sábado, 8 de enero de 2011

Buscar la cruz nos libera

 
"¡Oh, cruz, descanso sabroso de mi vida,
vos seáis la bienvenida!"


"En la cruz está la dicha y el consuelo,
y ella sola es el camino para el Cielo".

Santa Teresa de Jesús


¿Estaba loca santa Teresa, diciendo estas cosas?
Pues yo creo que no, creo que ella había encontrado el único verdadero descanso, la única verdadera alegría y la verdadera libertad que se puede encontrar en este mundo.

¿Acaso sufrir es en sí deseable? Claro que no. ¿Y entonces?

Pues permíteme que te lo explique en primera persona. La verdad es que, cada vez más, me hastía la carga de vivir siempre buscando el mínimo esfuerzo, evitando el sacrificio, rechazando la cruz. Eso es una esclavitud lastimosa. Muchas veces veo gente que malvive, con actitud irascible, porque ansian tremendamente disfrutar, aprovechar el tiempo haciendo lo que les gusta, evitando los compromisos y los sacrificios. Y eso les lleva a un sinvivir constante, a una ansiedad constante. A mí mismo me ha pasado y a veces me sigue pasando.

En cambio, cuando el Señor te concede darte cuenta de que lo que vale es el sacrificio por amor a Él, y te concede buscarlo, buscar la cruz, se acaba toda la esclavitud. Ya nada te esclaviza, ya sólo anhelas lo que tú libremente quieres hacer, aunque cueste. Encuentras que ése es el "yugo suave", la "carga ligera" de Cristo; porque, aunque te estés esforzando, o estés sufriendo alguna penalidad, te esfuerzas con satisfacción, con alegría, sabiendo que eso sí tiene sentido. Y en el fondo: ¿cuánto esfuerzo dedicamos, cada segundo, en buscar el disfrute y en evitar el esfuerzo? ¡Es mucho más de lo que nos cuesta hacer realmente la voluntad de Dios! Por eso, cuando buscamos la cruz, en lugar de la diversión o el placer, es cuando realmente nos sentimos libres y alegres, paradójicamente.

Lo que pasa es que uno no puede proponerse a sí mismo "buscar la cruz" y hacerlo. Eso es imposible. Si lo hacemos por nosotros mismos, no conseguiremos sino amargarnos, entrar en una especie de competición extraña con nosotros mismos que se traducirá en amargura con los demás, insatisfacción, etc. Sólo con la gracia de Dios podemos buscar la cruz con alegría, ofrecer a Dios sacrificios con alegría. Y si no tenemos esa gracia, ¿qué hacemos? Pedirla. Ya nos dijo Jesús: "no tenéis porque no pedís". "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca encuentra, y al que llama, se le abre". Eso no quiere decir que esperemos que Dios nos dé una gracia para no tener que esforzarnos al tomar la cruz. La cruz sin esfuerzo no existe, salvo en ocasiones excepcionales en que Dios se la quiere dar a alguien, para mostrar su poder. La gracia que Dios nos da habitualmente es la gracia de esforzarnos. Pero sin ella, nada podemos, de modo que tenemos que reconocer siempre que nada tenemos que no hayamos recibido.

También nos dijo Jesús: "Pedís y no recibís porque pedís mal, para satisfacer vuestras pasiones". Y ¿para qué debemos pedir entonces? No es "para", es "por". Por amor. Por amor a Cristo; por amor a los demás. Queremos ser esforzados y sufridos porque el amor que recibimos de Dios nos mueve a amarle nosotros, a amar a los demás, a querer seguirle como Él nos dijo que le podíamos seguir: tomando nuestra cruz.

Sí, además de eso, esa cruz tomada por amor a Él, nos libera a nosotros. Hay más alegría en dar que en recibir, nos recuerda la Madre Teresa.

Uno de los papeles del Espíritu Santo -quizá el más difícil- es precisamente convencernos de esto. Jesús ya ha muerto en la cruz y ha resucitado, mostrándonos el camino; ahora nos toca a nosotros morir con Él para resucitar con Él. Esta muerte, que se da en nuestra conversión y bautismo, dura toda la vida, mientras gustamos ya, también, la fe, esperanza y amor que Dios nos da, prendas de la Resurrección, de la victoria final que Cristo nos da sobre el pecado y la muerte.

Sí, el Espíritu Santo tiene que darnos una "mala" noticia: debemos morir con Cristo para resucitar con Él. A nosotros, que lo tenemos todo desde que nacimos, nos parece una noticia pésima, la verdad. Si es aparentemente mala para todos, para los que estamos acostumbrados a la comodidad, ni te cuento... Recuerdo los versos de  Jacinto Verdaguer:

"A mi corazón llamaron;
corrí a abrir con vida y alma.
Veo en la puerta a mi Amor
con una cruz que me espanta..."

Pero la buena noticia es que esa cruz es más descansada que nuestra búsqueda constante del placer y de la tranquilidad. Si a todos libera la cruz, a los que vivimos apegados al placer, mucho más. Mucha gente se desasosiega por las muchas tareas que tiene, cuando ansía tranquilidad y comodidad: si aceptáramos ese "stress" como algo valioso que ofrecer al Señor por amor, seguro que todo nos sería mucho más enriquecedor. Cada pequeño esfuerzo tendría su compensación. La búsqueda de la cruz nos libera del desasosiego o, por lo menos, es mucho más soportable que nuestras esclavitudes mundanas. Y nos llena completamente, no como nuestras diversiones frívolas, tan fugaces que no duran siquiera el momento del disfrute.

Así que pidamos a Dios que nos dé su amor para amarle, y pedirle, por amor, que nos conceda buscar la cruz, con Él. En eso está la felicidad, el consuelo, lo mejor que podemos tener en la tierra. Por eso, el Espíritu Santo, que es el que nos covence de esa mala noticia -que tenemos que morir con Cristo-, es también el que nos da el Consuelo. Por eso, Jesús, cuando dice que va venir a nosotros el Espíritu Santo, le llama "el Consolador".

Para convencernos de eso, nadie mejor que una Madre -llena del Espíritu Santo- que nos muestra su amor, y nos dice dulcemente: Hijo mío, haz esto, ofrécete al Señor por amor, deja de buscar la paz y la tranquilidad en todas esas cosas; tanto ansiar y buscar tonterías te turba, te tienen acongojado; pídele al Señor su gracia para dejar todas esas preocupaciones, esa huida continua de la cruz que te tiene esclavizado. Sólo su amor puede aliviarte, convéncete. Convéncete; aunque este camino es esforzado y a veces muy duro, todos los demás son mucho peores, y además te apartan de su amor, no te hacen feliz como te hará el camino de la cruz.

Es como si estuviéramos ante un cruce de caminos. El camino de la cruz es esforzado, se ve que va hacia arriba, tiene piedras, etc. Los otros, hasta donde se ven, aparecen  preciosos, anchos, cuesta abajo, llenos de fuentes. Pero luego, en estos últimos, enseguida lo que parecía tierra seca se vuelve fango que se pega a los pies que no te deja andar; dan veinte mil vueltas y uno nunca sabe a dónde va, las fuentes son de agua salada y dan más sed, y el final de estos caminos acaba en barranco o en pantano. Uno acaba dando vueltas por ellos y desesperándose; en cada recodo, una nueva ilusión hace pensar que el camino mejora, pero no lo hace nunca. El camino de la cruz, en cambio, se ve muy difícil al principio, pero cuando ponemos el pie en él, la gracia de Dios nos alienta, nuestro espíritu se eleva y las piedras hasta nos divierten. Y cuando verdaderamente se hace difícil andar por él, saber que ése es el camino que nos lleva al Amor de Dios, nos da fuerza para continuar.

María, ¡madre!, convéncenos con tu dulzura de entregarnos al Padre por Amor; por Cristo, con Él y en Él. Concédenos de Él la gracia de hacerlo con alegría, es espera de la felicidad eterna en su Amor.

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