sábado, 26 de febrero de 2011

Ave María...

  Madre, por más que quieras, no puedo hacerte un poema.
¡No se puede alabar tu belleza sin parecer un tonto,
como el que alumbra el sol con la linterna!

  No insistas, Madre, porque no, no puedo hacerte un poema,
que ni te harían justicia las estrellas;
pues aunque te las ponemos por corona
eres tú quien las ensalza a ellas.

  Sólo el Espíritu; Él sí, Él puede hacerte un poema,
y decirte con labios de Ángel:

  “Ave María. Gratia plena”.






jueves, 17 de febrero de 2011

Ascesis y don de consejo



Esto es una serie de ideas bastante desordenadas, pero que quería fijar para que no se me perdieran, e irlas quizá desarrollando y ordenando más tarde. Si a alguno le sirven de algo, me alegro mucho.

La ascesis consiste en hacer lo que el Señor quiere que hagamos, aunque no tengamos ganas de hacerlo.

Hacer lo que el Señor quiere es lo que corresponde a la voluntad.

Conocer lo que el Señor quiere corresponde al entendimiento.

Tener ganas de hacer lo que el Señor quiere, corresponde al sentimiento.

 Todas estas capacidades humanas están contaminadas por el pecado. De ellas, aquella que constituye el acto moral, por la que nos unimos a Dios o nos alejamos de Él, es la voluntad. La voluntad es nuestro corazón, ese lugar donde tomamos las decisiones. La voluntad, para poder luchar contra el pecado, necesita estar imbricada en Dios, vivificada por su gracia. Lo dijo Pablo: "ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Y Jesús nos enseñó: "sin mí no podéis hacer nada".

Sólo el que recibe la gracia de Dios es libre para hacer el bien. Sin la gracia de Dios que nos viene por Jesucristo, nuestra voluntad no es capaz de hacer el bien por amor a Dios. Y es que el bien sólo puede hacerse por amor a Dios, porque realizar un acto aparentemente bueno por amor a nosotros mismos, buscando nuestra propia gloria y no la de Dios, ni siquiera es bien: es vanagloria. ¿Y si lo hacemos exclusivamente por amor al prójimo? -replicará alguno. Pregunto entonces: ¿amas realmente al prójimo, o lo haces por vanagloria? ¿sin amar a Dios, sin reconocer que si eres bueno es porque Él te lo da, porque le debes todo? ¿y no lo haces para demostrarte a ti mismo lo bueno que eres, el "buen corazón" que tienes? Mira, aunque te dejaras matar por el prójimo, difícil es que eso sea así... San Pablo nos dijo, que aunque dejara todo lo que tengo y lo entregara a los pobres, si no tengo caridad -el amor que viene de Dios y nos une a Él- no soy nada; todo eso es pura apariencia de bien. A veces -muchas veces-, la apariencia de bien se usa incluso para hacer el mal. No hay más que ver la mentalidad "progre": por hacer el "bien" se justifica el aborto, la eutanasia, la pornografía, la prostitución... toda esa apariencia de bien es falsa, es una forma disfrazada de hacer el mal y engañar a muchos, llevarles a rechazar la verdad exigente de Cristo. Así está el mundo.

En la filantropía atea o agnóstica hay una enorme dosis de soberbia y de orgullo, que suele ser su verdadero motor. Juliano el apóstata, emperador romano que persiguió a los cristianos, se dedicó a hacer muchas obras de misericordia, y no porque le importaran los pobres, sino porque así quería demostrar que él era mejor que los ellos, que ayudaban a todos y por eso eran bien vistos por muchos. Otro ejemplo clarísimo lo tenemos en la masonería y el comunismo. La masonería intenta organizar bien la sociedad para demostrar que Dios no es necesario, pero no ha dudado nunca en justificar armas como el asesinato, la injusticia y la mentira para conseguir sus fines. Si hay algún lema de la masonería es el de Maquiavelo: "el fin justifica los medios". No es la excepción, es la regla, con lo cual estas personas demuestran que no les importa el ser humano, sino su propio "éxito". Y su éxito lo cifran -pobres- en hacer desaparecer a Cristo de nuestras vidas. En cuanto a lo del comunismo, es tan claro que ni siquiera necesita explicación, no ha habido nadie que matara más pobres y cometiera más injusticias en toda la historia de la humanidad que los comunistas.

También a veces está actuando en los agnósticos o ateos, sin que ellos mismos lo sepan, la gracia del Señor, que les está moviendo como desde fuera a hacer algo bueno, y el Señor está usando eso para llamarles a la conversión, para predisponerles a recibir su gracia. O también está actuando en ellos externamente la gracia del Señor por misericordia hacia otros, como sucede con la madre que cuida de sus hijos. Pero si esa madre es incapaz de darse cuenta de que ese bien que le hace a su hijo se lo debe agradecer a Dios, de que su mismo hijo es un don que debe agradecer a Dios, el acto que ella hace tiene sólo apariencia de bien, y la llevará a la vanagloria, a ahondar en su propio engreimiento y egoísmo.


En los creyentes que viven en Cristo sucede a menudo que Dios da la oportunidad de obrar bien, haciendo su voluntad, pero no da el sentimiento para hacerlo. Eso es lo que le ocurrió a Jesús en Getsemaní: sudó sangre, le pidió al Padre que apartara de él ese cáliz, pero aceptando de antemano su voluntad. En esos casos, la voluntad debe forzar al sentimiento, actuar contra él, y eso duele, cuesta mucho. Muchas veces no lo hacemos, rechazamos ese regalo que Dios nos quiere dar porque somos pecadores. Por ese regalo, nos unimos a Cristo en su cruz. Dios nos da la gracia para aceptarlo, pero nos da la oportunidad de demostrarle nuestro amor aceptando voluntariamente, de forma costosa, hacer eso que nos ofrece. Aceptar lo que nos ofrece es una cuestión de confianza; no es extraño que sea así, porque es la confianza la que revierte el pecado de Adán y Eva en el Génesis. Ellos desconfiaron de la bondad de Dios, dejaron de amarle y pecaron. Por eso, a nosotros nos sucede al revés: por la confianza llegamos al amor -como decía Santa Teresita.

Dios nos ofrece la ocasión de sufrir haciendo su voluntad para que así nos unamos más a Él, ensanchemos el vaso de nuestra alma para que Él nos la pueda llenar aún más de bendiciones. Y, aunque ese amor no se vea, porque queda entre Él y nosotros, Él hace fructificar ese amor en nosotros y en los demás (ésta es la doctrina de la comunión de los santos, por la cual todo lo que hacemos por amor a Dios se comunica, como por arterias espirituales, a toda la Iglesia). Por eso, la limosna que dio la pobre viuda del Evangelio, sacándola de lo que necesitaba para comer, valía más que todo aquello que dieron los que entregaron sólo lo que les sobraba. Jesús no hablaba por hablar, es que realmente ella dio más. El fruto de esa moneda, Dios lo multiplicaría. Hay un dicho español que creo que es muy verdadero: "lo que cuesta, vale"; lo que se hace con esfuerzo, da mucho fruto (siempre que eso que se hace sea lo que Dios quiere que hagamos).

¿Quiere decir eso que debemos abandonar lo que no nos cuesta, y dedicarnos sólo a lo difícil, a lo que nos resulta costoso? Radicalmente: ¡no! Tenemos que echar a la basura ese modo de pensar propio del Viejo Testamento, en que había reglas para todo. Ese pensamiento alejado del Espíritu Santo es el propio del jansenismo, una herejía que ha pasado demasiado desapercibida y que nos ha hecho mucho daño a los católicos. No, no es verdad que haya que hacer siempre lo que más cuesta. Nosotros no vivimos en la ley, sino en la gracia que nos vino por Jesucristo. Y vivimos la vida nueva del Espíritu Santo, movidos por Él. No se puede echar el vino nuevo de la gracia en los odres viejos de la ley. Eso significa que tenemos que hacer lo que el Espíritu Santo nos diga que hagamos. Porque, a veces, -muchas veces- Dios nos concede que tengamos muchísimas ganas de hacer el bien. Cuando Dios quiere dar, sería poco delicado negarse -como dijo Santa Teresita-. Por eso necesitamos como el comer que nuestro entendimiento nos señale lo que no sólo lo que está bien, sino lo que Dios quiere, para poder hacerlo -no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios-. Sólo hay un modo de saber lo que Dios quiere, de luchar contra el pecado que afecta a nuestro entendimiento: estar muy unidos a Cristo, con la oración y los sacramentos. Así es como podremos escuchar lo que el Señor quiere que hagamos: escuchando lo que Él mismo nos dice, dejándonos aconsejar por el Espíritu Santo..


A veces nos proponemos cosas que están muy bien, pero no son lo que Dios quiere, porque no le hemos escuchado. Los planes de Dios son mucho mejores que los nuestros. Aquí traigo a colación otro dicho: "si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes". Este dicho lo encontramos ejemplificado cuando al rey David se le ocurrió que le iba a construir un templo al Señor. Por lo menos, se le ocurrió preguntarle a un profeta si eso era lo que Dios quería, antes de hacerlo. El profeta le dijo de parte de Dios: "¿que "tú" me vas a construir un templo a "Mí"...?" Si David hubiera hecho eso, habría caído en la vanagloria. Habría creído que él -pobre hombre, que lo recibía todo de Dios-, le estaba haciendo un regalo enorme a su Señor. El Señor le daría a su hijo Salomón el don de ser quien construyera el templo. Lo que pensaba David parecía objetivamente bueno, pero no era lo que Dios quería, y le llevaría por peor camino. Podemos caer en el activismo o en el jansenismo, en querer hacer muchas cosas por Dios, pero que no sean las que Dios quiere para nosotros. Hay que estar unidos a Él para dejarnos mover por el Espíritu. No es cuestión de reglas, sino de vivir escuchándole continuamente. Esa es la única "regla": "orad sin cesar" -en palabras de San Pablo y del propio Espíritu Santo. Y por supuesto, para eso hay que evitar el pecado, que nos aparta de Dios, nos impide escucharle.

El don del Espíritu Santo por el cual le es dado a nuestro entendimiento conocer la voluntad de Dios es el don de consejo. Se ven ejemplos magníficos del don de consejo en pasajes bíblicos como el episodio de Judith que acabó con Holofernes, o la famosa pedrada que David le dio la Goliath. En ambas situaciones, Judith y David fueron guiados por el Espíritu a hacer algo que, para el mero entendimiento humano, no guiado por el Espíritu, habría sido una imprudencia. En el nuevo testamento, se ve claramente el don de consejo cuando los discípulos de Jesús no ayunaban, y cogían espigas en sábado. No ayunaban porque eran los amigos que estaban con el "novio", ya ayunarían cuando se lo dijera el Espíritu. Y cogían espigas en Sábado porque estaban con alguien -Jesús- que tenía poder sobre el Sábado. Eso no podían saberlo los fariseos acusadores con sus miríadas de reglas: eso sólo lo sabían ellos porque estaban con Jesús, porque le escuchaban directamente.

¿Qué papel tiene la Iglesia en esto? Mucho. Porque el Espíritu Santo no sólo actúa directamente en nosotros: muchas veces actúa por medio de los hermanos que nos aconsejan bien -Dios puede concederle a un hermano el don de consejo para bien mío-, y sobre todo, el Espíritu Santo nos habla por aquéllos que nos guían con la autoridad de Cristo. Incluso cuando se equivocan, a menos que lo que nos aconsejan o mandan sea un pecado, lo que Dios quiere es que obedezcamos. Dios ha dado muchísimas bendiciones y ha hecho fructificar la labor de los santos cuando obedecían a sus superiores.

Es más, la mejor forma de abrirnos a recibir el don de consejo es con la obediencia. Obedecer es rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios: "Padre... que no se haga mi voluntad, sino la tuya". Eso es justo lo que necesitamos para que el espíritu de consejo prenda en nosotros.

El de consejo es el don de los líderes, de los que tienen responsabilidad de guiar a otros: es lo que en el argot actual se llama "visión". Pero es visión sobrenatural, que no significa ver lo que va a suceder ni ver las cosas más profundamente que los demás, sino "ver" -más bien diríamos "escuchar"- lo que Dios quiere que hagamos en cada situación. Pues bien, sólo vale para mandar quien es capaz de obedecer. El que no es capaz de obedecer confiadamente, no vale para líder, no vale para guiar, no vale para mandar. El que es incapaz de dejarse guiar, de reconocer su dependencia de nadie, es incapaz de guiar a nadie, porque Dios no le capacitará para ello. Claro, ¿qué pasa si mi "superior" es de estos que no valen para mandar? Pues que mi labor será agradable a Dios si, a pesar de todo, yo sí le obedezco a él (en lo que no está contra mi conciencia recta, se entiende, porque no hay que obedecer nunca al que nos manda cometer un pecado, y obrar contra nuestra conciencia rectamente formada es pecado). Aconseja en una de sus cartas San Francisco Javier a un hermano de la Compañía que protestaba por el destino poco útil al que le enviaban: "tenga por seguro que en ningín sitio servirá mejor a Dios Nuestro Señor que donde por obediencia se halle". Y pocas personas hay con un don más evidente de consejo, que dirigía sus propios pasos y acciones, que San Francisco Javier. Él y Santa Teresita, la otra patrona de las misiones, son dos enamorados de la obediencia. Los dos grandes misioneros, llenos de frutos concedidos por Dios, han sido virtuosos de la obediencia. Es por algo: porque la obediencia nos dispone a recibir del Espíritu Santo el don de consejo. Por la obediencia, Cristo mismo se dispuso a lo que humanamente era una locura, pero que era la voluntad de Dios por la que nos iban a venir todos los frutos de su amor y su salvación: someterse a la cruz.

Algunos dicen: yo sólo obedezco a Dios, y sólo me dejo guiar por Dios. Es mentira. Ese se deja guiar sólo por lo que él cree que Dios quiere y que Dios le dice. Y es tan fácil engañarse a sí mismo... Quien no se deja guiar por nadie, quien cree que no hay nadie que le pueda aconsejar mejor que él mismo,  tampoco se deja guiar por Dios. Jesús fundó la Iglesia, y mandó a los apóstoles a evangelizar, haciendo depender su mensaje salvífico de sus acciones y palabras. El Espíritu Santo no está evangelizando él sólo el África: lo está haciendo usando a los misioneros. En la evangelización, Dios actúa por medio de su Iglesia, porque así lo quiso. En la confirmación de la fe verdadera, Dios actúa por medio del Papa, porque así lo quiso, diciéndole a Pedro: "confirma tú a tus hermanos". Gracias al Papa, podemos confrontar lo que nosotros creemos que el Espíritu nos da a entender con la verdadera fe. Cristo no dijo: "confrontaos directamente cada uno con el Espíritu Santo", no: nombró pastores de su grey y le dio a Pedro ese encargo. Pues eso también sucede en lo relacionado con el don de consejo: es importantísimo escuchar y seguir lo que el Espíritu Santo nos va diciendo, pero es también importantísimo actuar por obediencia a los que tienen la misión de guiarnos; sólo así, además, nos pondremos en disposición de recibir el don de consejo y de escuchar, por tanto, lo que el Espíritu Santo nos quiere decir en cada momento. Así seremos como el viento, que lo oyes y escuchas su fuerza, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Porque así es -como dijo Jesús- todo aquél que nace del Espíritu Santo.

¡Gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo! Bendita sea María Inmaculada.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La táctica de Induráin

Induráin era superior a sus rivales. Si mantenía su ritmo, era capaz de cubrir la distancia de cada etapa en menos tiempo que nadie. La única esperanza de sus rivales era ir quemándole en batallitas, romper su ritmo, que tuviera que hacer sobreesfuerzos en la montaña y que luego los pagara...

Pero su táctica le daba triunfos una y otra vez. Él sabía que para ganar sólo tenía que luchar contra sí mismo, porque era el mejor. En la montaña era cuando su táctica se mostraba más a las claras: imponía -se imponía a sí mismo- un ritmo muy exigente desde el principio. Si alguien se atrevía a lanzar una escapada tenía que ir con todas sus fuerzas, y si fallaba, se hundía. Induráin no salía a perseguir a ningún escapado, seguía su ritmo lo más fuerte posible. Y lo imponía todos los días. Hoy fallaba uno de sus rivales, mañana otro, y así, él acababa siempre el primero del Tour. Ninguno de sus rivales podía lanzarle escapadas y además aguantar su ritmo todos los días.

Me recuerda un poco esto a la Iglesia. Se dice que la Iglesia es un yunque que ha destrozado muchos martillos. La acción del Espíritu Santo continuamente está inspirando a los santos, generación tras generación. Los que no tienen el Espíritu -las desviaciones doctrinales, las actitudes secularizadas, las modas mundanas, etc.- van cayendo. Con cada generación muere una herejía. Unas caen antes, otras tardan más. Pero la doctrina de Cristo se reaviva en la Iglesia con cada generación. Es el Espíritu el que impone su ritmo, un ritmo que nadie separado de la vid puede aguantar. Un ritmo de santos, un ritmo de amor, de testimonio, de verdad. Ése es el tesoro de la Tradición, la maravilla de la Iglesia.

Estoy especialmente optimista, porque hoy veo. Veo envejecer la "fe" mundanizada que quizá un día creía que iba a devorar la Iglesia, el martillo que en su soberbia creía que iba a partir el yunque. Veo desprenderse  esa "fe" muerta, epidérmica, intelectualoide, avergonzada de la cruz de Cristo. Veo reverdecer cada vez más la fe centrada en Cristo, en su gracia, en la alegría fervorosa de su salvación, la fe de los Apóstoles, la confianza humilde de los mártires. La Iglesia sigue adelante, como Cristo prometió, al decir "yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos" (Mateo 28, 20), y también "tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la derrotarán" (Mt 16,19). ¡Gloria a Cristo! ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera!

domingo, 13 de febrero de 2011

Signos de los tiempos

(Lo que yo creo que está pasando)

  Yo no parece que tenga -de momento- carisma de profecía. Pero tengo buena memoria, y voy guardando cosas que oigo aquí y allá, escucho a personas que sí considero que lo tienen -como Juan Pablo II-, escucho lo que dice la Virgen en sus apariciones y voy atando cabos... Así que nada me impide hacer aquí un resumen de lo que yo creo en mi fuero interno que está pasando. Me ha salido un escrito como muy solemne, pero eso no quiere decir que yo esté muy seguro de todo esto, para nada. Ya digo que no pretendo ser profeta, sólo escucho a los que sí lo son y voy guardando lo que oigo, lo que me llama la atención.

La Nueva Evangelización  que Juan Pablo II anunció es lo que el Espíritu Santo está preparando, y vendrá de la mano de una renovación mística de su Iglesia. La evangelización ha languidecido por la secularización: hemos reducido el Evangelio a un manual de autoayuda, hemos hecho de la Liturgia un rito aburrido, carente de fervor, donde Dios acude a encontrarse con la indiferencia de su Pueblo. Esa fe intelectualoide, desacralizada, soporífera y estéril está muerta y se está cayendo como una costra. Se está reavivando en la Iglesia una fe ardiente, por acción del Espíritu Santo sobre los que tienen sed de Dios y el corazón abierto a su gracia. Será el nuevo Pentecostés que empezó cuando Juan XXIII lo pidió al Señor, en el Concilio Vaticano II, y que se va haciendo una realidad en las nuevas generaciones de cristianos, tras el Éxodo, el paso por el desierto que ha vivido la Iglesia. La renovación carismática está contagiando de fervor a toda la Iglesia, y los movimientos eclesiales están aportando una renovación catequética también necesaria, sobre la base de la confianza en el Magisterio de la Iglesia. Los grupos de oración se extienden. Rahner dijo: "el cristiano del siglo XXI, será un místico o no será". Lo que el absurdo racionalismo excluyente ha rechazado, lo aceptará la fenomenología.

Por otra parte, la fe viva de África está cobrando ya importancia dentro de la Iglesia.Y el ecumenismo probablemente irá dando sus frutos, también en Oriente, reconociendo al Papa como "primus inter pares" (el primero entre obispos y patriarcas iguales), la persona encargada en cada momento por Jesús para confirmar y mantener unida a su Iglesia en la misma fe del Evangelio. Si la Iglesia consigue respirar por sus dos pulmones, el oriental y el occidental, no habrá cuesta que se le resista y muchos otros querrán integrarse en ella, siguiendo lo que dijo Jesús: "Padre, que todos sean uno como yo en ti y tú en mí, para que el mundo crea que tú me has enviado".

Los cristianos españoles estamos llamados a un papel crucial en esa Nueva Evangelización, y para que eso suceda hemos de disponernos al martirio. La tercera parte de las contemplativas del mundo están en España. La sangre de los mártires españoles está clamando a Dios desde la tierra. España (e Hispanoamérica) es clave, y eso lo saben los enemigos de la Iglesia. Pero quien intenta apagar la Iglesia es como quien sopla sobre las brasas. Cuando el enemigo se vea obligado a dejar de soplar sobre las brasas del cristianismo hispano que intenta tontamente apagar, se alzarán las llamas que ha avivado.

Habrá miríadas de santos en todo el mundo, una muchedumbre -como ha dicho la Virgen en Medjugorje-, y los ojos que antes estaban cerrados al mensaje de Cristo, se abrirán por la palabra y por el testimonio de éstos. Mientras, el mal sembrado en estos años se desencadenará y mostrará más su diabólico rostro, amenazando la supervivencia de la civilización occidental. En palabras de Teresa de Calcuta, "la mayor amenaza para la paz es el aborto", y eso se verá en los próximos años, porque quien acepta el aborto promueve toda forma de homicidio y crueldad. Es imposible construir una sociedad justa sobre millones de cadáveres de niños inocentes. Europa se agitará de violencia cotidiana contra los más débiles, pero en la Unión Europea nacerá una reacción curativa, posiblemente con consecuencias políticas; no en vano su bandera representa a María Inmaculada, cuyo Inmaculado Corazón triunfará, según sus propias palabras en Fátima. Esta bandera fue aprobada -por providencial coincidencia- el 8 de Diciembre de 1955, día de la Inmaculada Concepción. La foto que encabeza este texto es una vidriera de la Catedral de Estrasburgo, donde Schuman y Adenauer, padres intelectuales de la Unión Europea junto a De Gasperi, acudieron a rezar ante una imagen de María Inmaculada coronada de 12 estrellas.

Muchos, al ver a otros convertirse y dar testimonio, incluyendo personas famosas, caerán en la cuenta de los engaños y tontos prejuicios que les mantienen alejados de la Iglesia, que se esfumarán como la niebla de la mañana ante un sol de justicia, y enseguida volverán a Cristo.

Esto ya ha empezado.

Y eso es lo que yo creo que pasará en estos próximos años. O quizá es lo que quiero que pase, salvo la parte mala, que ojalá no fuera así, pero me parece inevitable. En resumen: estemos listos para el martirio, al menos para el cotidiano, si no el violento. Juan Pablo II nos lo dijo en su última visita a los españoles.

No tengo ninguna idea sobre lo que puede pasar en China ni en Israel. China parece tener vinculado especialmente su destino a la Compañía de Jesús (San Francisco Javier murió a sus puertas, y completará lo que empezó), pero ésta languidece totalmente secularizada y desviada por completo de la guía de San Ignacio, con más signos de descomposición que de renovación, si el olfato no me engaña. Sin embargo, Dios puede sacar hijos de San Ignacio de debajo de las piedras. Además, todo misionero actúa en China -y en todo el mundo- bajo el patronazgo de San Francisco Javier. Israel es totalmente una incógnita, porque la plenitud del pueblo de la Antigua Alianza entrará en la fe de Cristo antes del fin, pero, de momento, no hay indicio de eso, si bien el afán conciliador de Benedicto XVI con el pueblo judío es impresionante y tiene que dar sus frutos.

Hay otras cosas, relacionadas con el fin de los tiempos, que también se ponen de manifiesto en profecías y posibles apariciones, desde Santa Faustina Kowalska hasta Garabandal. Según éstas, habrá una gran señal para todos y un aviso que nos moverá a conversión, pero el aviso será terrible y más vale que nos coja convertidos de antes. Todo eso no lo acabo de entender (o me da miedo entenderlo) y por eso no lo mencioné antes. De todas formas, a quien pregunte cuándo será el fin, las palabras de Jesús le dicen que "no nos toca a nosotros saber el día ni la hora que el Padre ha fijado". Si viene Jesús, que nos "sorprenda" trabajando por su Reino. Es buena cosa vivir pensando que la venida definitiva de Jesús en majestad es inminente (si no es así públicamente, lo será, en definitiva, para cada uno, con la muerte). Pero que no nos coja mirando al Cielo, sino orando y trabajando por el Reino.

No sé cómo me atrevo a escribir estas cosas... Al fin y al cabo, esto del blog es como para cuatro amiguetes, aunque uno nunca sabe quién va a leerlo. Si uno dice esto en su trabajo, la gente se lleva la mano a la sien y da vueltecitas, pero ante una pantalla en blanco que parece que no la lee nadie, uno se atreve a todo... aunque seguro que algunas vueltecitas también se dan al otro lado de la pantalla. En fin, "ande yo caliente..."

jueves, 10 de febrero de 2011

¡Vive!

Todos anhelamos que nuestra vida se convierta en otra cosa. Sentimos que hemos venido al mundo para algo que realmente valdrá la pena...

Un día, mientras estaba perdiendo el tiempo, como siempre, llegó una persona. Enseguida vi que era alguien distinto... ¡y me estaba llamando!, ¡a mí!

Él era la respuesta a todas esas locas esperanzas que nunca me había atrevido a contar a nadie. Me llamó por mi nombre, y me descubrió quién era yo. Me dijo que lo dejara todo y me fuera con él. Le di una patada -¡con toda mi alma!- a todo lo que hasta entonces valía algo para mí; me di cuenta que todo era basura, que ya no lo necesitaba, porque Él me daría todo lo que de verdad merece la pena.

Era el mismo Dios hecho hombre, y había venido a buscarme.  Desde entonces, toda mi vida ha cambiado, porque vivo con Él. Vivo con Jesús. Desde entonces soy verdaderamente feliz, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Escúchale.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi encuentro con el Señor

"Mi corazón y mi carne están gimiendo: ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios vivo!"
Salmo 84,3

Desde que me estoy volviendo "carismático" me están pasando cosas impresionantes. La oración de alabanza es un tesoro de la Iglesia que había quedado casi olvidado. La alegría que el Señor nos da a través de la alabanza a la que Él nos llama es increíble.

Desde hacía tiempo me llamaban la atención los carismáticos, porque observaba en ellos una fe fresca, viva, no secularizada. ¡Hasta se atrevían a hablar del demonio...! Y se atreven a hablar del poder de Dios, de su poder de sanación, de los carismas que da a los cristianos para bien de su Iglesia.

Participar de la corriente carismática ha sido para mí una verdadera renovación en mi fe y en mi vida. Pero eso era sólo la preparación para lo que recibí hace dos días.

Estoy haciendo el Seminario que llaman "de las Siete Semanas", cuyo centro es la "efusión" o "bautismo" en el Espíritu. Consiste en que, en una oración con el Santísimo expuesto, unos hermanos han orado por nosotros imponiéndonos las manos, pidiendo al Espíritu Santo que descendiera sobre nosotros, como en un nuevo Pentecostés. Nos dijeron que eso era lo que iba a pasar, que nosotros no teníamos que hacer nada, salvo ir limpios por dentro, con la confesión sacramental, y abandonarnos en manos de Dios.

¡Y pasó! Por la invocación de esos hermanos, mientras María Inmaculada me cogía de las manos, el Espíritu Santo descendió sobre mí, sobre nosotros, reavivando su presencia y su acción en nosotros. Yo me encontré con Jesús, hablé con Él, contándole como en balbuceos con un significado mucho más esencial que las palabras, gimiendo desde lo más profundo de mi corazón, todo lo que Él me inspiraba, y Él me consoló y me transmitió su amor, su comprensión, me llenó de confianza. Nunca he llorado tanto y tan profundamente, salvo cuando -hace ya diez años- me convertí y le conocí, cuando el mismo Espíritu me dio contemplar la maravilla de su Iglesia... pero nunca había tenido a Jesús así, como un amigo, entero, presente... Le había contemplado profundamente en oración llamando a Mateo, lleno de misericordia; enseñando en el Templo, con la verdad pura saliendo de sus labios... le había visto en la cruz, contemplándole desde el corazón de su Madre; había visto su sangre correr a chorros madera abajo, conmoviendo todas mis entrañas; había visto su acción en mi vida, me había visto a mí mismo liberado y movido por Él, había visto su acción en mi matrimonio, en mis hijos; había visto milagros sencillos pero maravillosos, como el nacimiento de mi primer hijo después de que nos aseguraran que era imposible tener descendencia (y vamos por el tercero); había visto llorar myron a un icono de la Virgen; había escuchado, como un trueno, la voz celosa del Padre dándome seguridad; le había contemplado en la belleza y el orden de la Creación, en la hermosura de mis hijos, en la sublime alegría de ver a un amigo recibir humildemente la Eucaristía después de muchos años; en el perdón, en el reencuentro, en la dulzura sin medida de una amistad centrada en Cristo, en la alegría de ir a Misa cada Domingo y recibirle, junto con mi mujer... y anteayer le tuve conmigo.

Cualquier cosa que pueda decir de este encuentro se quedará cortísima. La imagen mejor que puedo dar de ello es la que sirve de inicio a este texto: Jesús dialogando en amistad con Juan, mientras el corazón y la carne de éste claman de alegría por el Dios vivo. Probablemente pocos lo entenderán, pero no puedo callármelo, no quiero callármelo, porque es verdad. Nunca en mi vida había visto cosa igual, algo impresionante y maravilloso sucedió a todos los que estábamos allí, a cada uno a su manera. He tardado casi tres días en poder contarlo, porque todo lo que pudiera decir me parecía poco.Y no soy el único, ni mucho menos, soy uno más que se ha encontrado con Él. No soy un santo, aunque sé que todos estamos llamados a serlo; no merezco nada de esto, que es todo regalado. Esta misma mañana me he exasperado con una pobre mujer que habrá pensado fatal de mí, y a la vista está en este mismo foro la pobreza de mi diálogo con Renton... pero ¡Cristo está vivo!

Los cristianos necesitamos esta renovación en la fe, esta apertura confiada a la acción del Espíritu Santo. Tenemos que acabar con la secularización que nos hace languidecer. La renovación carismática es un don del Espíritu Santo a su Iglesia. No es un movimiento, no es un carisma particular, no es una asociación, es una corriente de fervor y de fe que puede ayudar cualquier cristiano, incluidos los que están en cualquier movimiento, a vivir mejor su fe, manteniendo su carisma particular, desde un jesuita a un miembro del Camino. Es una corriente de amor, un incendio que el Espíritu Santo ha encendido para enardecer a toda su Iglesia. El Espíritu Santo está alentando la Nueva Evangelización, y para eso está llenando de fervor y de carismas a su Iglesia.

San Agustín habló en su tiempo (s. V) de una corriente de fervor que, proviniendo del oriente cristiano, entró por Milán con San Ambrosio y se extendió al occidente, incluida su propia diócesis, algo que él relata muy contento. Creo que esta corriente carismática es un regalo similar del Espíritu Santo, que viene a extirpar la secularización, reavivando la expresión de fe del Pueblo de Dios.

Por eso, os animo a todos a contagiaros de este fervor, a participar en oraciones carismáticas y a asistir a este Seminario de las Siete Semanas. No os lo perdáis, por el amor de Dios. Es para todos. No quiero forzar ni insistir a nadie, pero esto que nos ha sucedido es algo que se sale de todo lo que uno pueda contar.

¡Gloria a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

miércoles, 2 de febrero de 2011

La efusión del Espíritu del Señor (Is 44, 1-5)

44 1 Y ahora escucha, Jacob, mi servidor,
Israel, a quien yo elegí.
2
Así habla el Señor, el que te hizo,
el que te formó desde el seno maternoy te ayuda.
No temas, Jacob, mi servidor,
Iesurún, a quien yo elegí.
3
Porque derramaré aguasobre el suelo sediento
y torrentes sobre la tierra seca;
derramaré mi espíritusobre tu descendencia
y mi bendición sobre tus vástagos.
4
Ellos brotarán como la hierba entre las aguas,
como sauces al borde de los arroyos.
5
Uno dirá: “Yo pertenezco al Señor”
y otro llevará el nombre de Jacob;
otro escribirá sobre su mano: “Del Señor”,
y será designado con el nombre de Israel.

Mírame, Señor


(letra de canción)

¡Señor, yo te amo!
Señor, ¡yo quiero cambiar!

Te busco en mi soledad,
te espero donde empieza el mar;
te recorro en los ríos,
te sondeo en las sombras,
no te puedo encontrar.
¡Dime dónde estás!

Dime, Señor, ¿hasta cuándo
vas a estar enfadado?

Mírame y renuévame;
renuévame y mírame,
Señor.

Te alabo en tu majestad,
te adoro en tu divinidad,
te celebro en tu gloria,
revivo tu memoria,
no te puedo olvidar.
¡Ven conmigo, Abbá!

Señor, yo te amo.
Señor, yo quiero cambiar.
Señor, yo te amo, 
Señor, yo confío en Ti.




"Mirarán al que traspasaron" (Zac 12,10).
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