jueves, 17 de febrero de 2011

Ascesis y don de consejo



Esto es una serie de ideas bastante desordenadas, pero que quería fijar para que no se me perdieran, e irlas quizá desarrollando y ordenando más tarde. Si a alguno le sirven de algo, me alegro mucho.

La ascesis consiste en hacer lo que el Señor quiere que hagamos, aunque no tengamos ganas de hacerlo.

Hacer lo que el Señor quiere es lo que corresponde a la voluntad.

Conocer lo que el Señor quiere corresponde al entendimiento.

Tener ganas de hacer lo que el Señor quiere, corresponde al sentimiento.

 Todas estas capacidades humanas están contaminadas por el pecado. De ellas, aquella que constituye el acto moral, por la que nos unimos a Dios o nos alejamos de Él, es la voluntad. La voluntad es nuestro corazón, ese lugar donde tomamos las decisiones. La voluntad, para poder luchar contra el pecado, necesita estar imbricada en Dios, vivificada por su gracia. Lo dijo Pablo: "ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Y Jesús nos enseñó: "sin mí no podéis hacer nada".

Sólo el que recibe la gracia de Dios es libre para hacer el bien. Sin la gracia de Dios que nos viene por Jesucristo, nuestra voluntad no es capaz de hacer el bien por amor a Dios. Y es que el bien sólo puede hacerse por amor a Dios, porque realizar un acto aparentemente bueno por amor a nosotros mismos, buscando nuestra propia gloria y no la de Dios, ni siquiera es bien: es vanagloria. ¿Y si lo hacemos exclusivamente por amor al prójimo? -replicará alguno. Pregunto entonces: ¿amas realmente al prójimo, o lo haces por vanagloria? ¿sin amar a Dios, sin reconocer que si eres bueno es porque Él te lo da, porque le debes todo? ¿y no lo haces para demostrarte a ti mismo lo bueno que eres, el "buen corazón" que tienes? Mira, aunque te dejaras matar por el prójimo, difícil es que eso sea así... San Pablo nos dijo, que aunque dejara todo lo que tengo y lo entregara a los pobres, si no tengo caridad -el amor que viene de Dios y nos une a Él- no soy nada; todo eso es pura apariencia de bien. A veces -muchas veces-, la apariencia de bien se usa incluso para hacer el mal. No hay más que ver la mentalidad "progre": por hacer el "bien" se justifica el aborto, la eutanasia, la pornografía, la prostitución... toda esa apariencia de bien es falsa, es una forma disfrazada de hacer el mal y engañar a muchos, llevarles a rechazar la verdad exigente de Cristo. Así está el mundo.

En la filantropía atea o agnóstica hay una enorme dosis de soberbia y de orgullo, que suele ser su verdadero motor. Juliano el apóstata, emperador romano que persiguió a los cristianos, se dedicó a hacer muchas obras de misericordia, y no porque le importaran los pobres, sino porque así quería demostrar que él era mejor que los ellos, que ayudaban a todos y por eso eran bien vistos por muchos. Otro ejemplo clarísimo lo tenemos en la masonería y el comunismo. La masonería intenta organizar bien la sociedad para demostrar que Dios no es necesario, pero no ha dudado nunca en justificar armas como el asesinato, la injusticia y la mentira para conseguir sus fines. Si hay algún lema de la masonería es el de Maquiavelo: "el fin justifica los medios". No es la excepción, es la regla, con lo cual estas personas demuestran que no les importa el ser humano, sino su propio "éxito". Y su éxito lo cifran -pobres- en hacer desaparecer a Cristo de nuestras vidas. En cuanto a lo del comunismo, es tan claro que ni siquiera necesita explicación, no ha habido nadie que matara más pobres y cometiera más injusticias en toda la historia de la humanidad que los comunistas.

También a veces está actuando en los agnósticos o ateos, sin que ellos mismos lo sepan, la gracia del Señor, que les está moviendo como desde fuera a hacer algo bueno, y el Señor está usando eso para llamarles a la conversión, para predisponerles a recibir su gracia. O también está actuando en ellos externamente la gracia del Señor por misericordia hacia otros, como sucede con la madre que cuida de sus hijos. Pero si esa madre es incapaz de darse cuenta de que ese bien que le hace a su hijo se lo debe agradecer a Dios, de que su mismo hijo es un don que debe agradecer a Dios, el acto que ella hace tiene sólo apariencia de bien, y la llevará a la vanagloria, a ahondar en su propio engreimiento y egoísmo.


En los creyentes que viven en Cristo sucede a menudo que Dios da la oportunidad de obrar bien, haciendo su voluntad, pero no da el sentimiento para hacerlo. Eso es lo que le ocurrió a Jesús en Getsemaní: sudó sangre, le pidió al Padre que apartara de él ese cáliz, pero aceptando de antemano su voluntad. En esos casos, la voluntad debe forzar al sentimiento, actuar contra él, y eso duele, cuesta mucho. Muchas veces no lo hacemos, rechazamos ese regalo que Dios nos quiere dar porque somos pecadores. Por ese regalo, nos unimos a Cristo en su cruz. Dios nos da la gracia para aceptarlo, pero nos da la oportunidad de demostrarle nuestro amor aceptando voluntariamente, de forma costosa, hacer eso que nos ofrece. Aceptar lo que nos ofrece es una cuestión de confianza; no es extraño que sea así, porque es la confianza la que revierte el pecado de Adán y Eva en el Génesis. Ellos desconfiaron de la bondad de Dios, dejaron de amarle y pecaron. Por eso, a nosotros nos sucede al revés: por la confianza llegamos al amor -como decía Santa Teresita.

Dios nos ofrece la ocasión de sufrir haciendo su voluntad para que así nos unamos más a Él, ensanchemos el vaso de nuestra alma para que Él nos la pueda llenar aún más de bendiciones. Y, aunque ese amor no se vea, porque queda entre Él y nosotros, Él hace fructificar ese amor en nosotros y en los demás (ésta es la doctrina de la comunión de los santos, por la cual todo lo que hacemos por amor a Dios se comunica, como por arterias espirituales, a toda la Iglesia). Por eso, la limosna que dio la pobre viuda del Evangelio, sacándola de lo que necesitaba para comer, valía más que todo aquello que dieron los que entregaron sólo lo que les sobraba. Jesús no hablaba por hablar, es que realmente ella dio más. El fruto de esa moneda, Dios lo multiplicaría. Hay un dicho español que creo que es muy verdadero: "lo que cuesta, vale"; lo que se hace con esfuerzo, da mucho fruto (siempre que eso que se hace sea lo que Dios quiere que hagamos).

¿Quiere decir eso que debemos abandonar lo que no nos cuesta, y dedicarnos sólo a lo difícil, a lo que nos resulta costoso? Radicalmente: ¡no! Tenemos que echar a la basura ese modo de pensar propio del Viejo Testamento, en que había reglas para todo. Ese pensamiento alejado del Espíritu Santo es el propio del jansenismo, una herejía que ha pasado demasiado desapercibida y que nos ha hecho mucho daño a los católicos. No, no es verdad que haya que hacer siempre lo que más cuesta. Nosotros no vivimos en la ley, sino en la gracia que nos vino por Jesucristo. Y vivimos la vida nueva del Espíritu Santo, movidos por Él. No se puede echar el vino nuevo de la gracia en los odres viejos de la ley. Eso significa que tenemos que hacer lo que el Espíritu Santo nos diga que hagamos. Porque, a veces, -muchas veces- Dios nos concede que tengamos muchísimas ganas de hacer el bien. Cuando Dios quiere dar, sería poco delicado negarse -como dijo Santa Teresita-. Por eso necesitamos como el comer que nuestro entendimiento nos señale lo que no sólo lo que está bien, sino lo que Dios quiere, para poder hacerlo -no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios-. Sólo hay un modo de saber lo que Dios quiere, de luchar contra el pecado que afecta a nuestro entendimiento: estar muy unidos a Cristo, con la oración y los sacramentos. Así es como podremos escuchar lo que el Señor quiere que hagamos: escuchando lo que Él mismo nos dice, dejándonos aconsejar por el Espíritu Santo..


A veces nos proponemos cosas que están muy bien, pero no son lo que Dios quiere, porque no le hemos escuchado. Los planes de Dios son mucho mejores que los nuestros. Aquí traigo a colación otro dicho: "si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes". Este dicho lo encontramos ejemplificado cuando al rey David se le ocurrió que le iba a construir un templo al Señor. Por lo menos, se le ocurrió preguntarle a un profeta si eso era lo que Dios quería, antes de hacerlo. El profeta le dijo de parte de Dios: "¿que "tú" me vas a construir un templo a "Mí"...?" Si David hubiera hecho eso, habría caído en la vanagloria. Habría creído que él -pobre hombre, que lo recibía todo de Dios-, le estaba haciendo un regalo enorme a su Señor. El Señor le daría a su hijo Salomón el don de ser quien construyera el templo. Lo que pensaba David parecía objetivamente bueno, pero no era lo que Dios quería, y le llevaría por peor camino. Podemos caer en el activismo o en el jansenismo, en querer hacer muchas cosas por Dios, pero que no sean las que Dios quiere para nosotros. Hay que estar unidos a Él para dejarnos mover por el Espíritu. No es cuestión de reglas, sino de vivir escuchándole continuamente. Esa es la única "regla": "orad sin cesar" -en palabras de San Pablo y del propio Espíritu Santo. Y por supuesto, para eso hay que evitar el pecado, que nos aparta de Dios, nos impide escucharle.

El don del Espíritu Santo por el cual le es dado a nuestro entendimiento conocer la voluntad de Dios es el don de consejo. Se ven ejemplos magníficos del don de consejo en pasajes bíblicos como el episodio de Judith que acabó con Holofernes, o la famosa pedrada que David le dio la Goliath. En ambas situaciones, Judith y David fueron guiados por el Espíritu a hacer algo que, para el mero entendimiento humano, no guiado por el Espíritu, habría sido una imprudencia. En el nuevo testamento, se ve claramente el don de consejo cuando los discípulos de Jesús no ayunaban, y cogían espigas en sábado. No ayunaban porque eran los amigos que estaban con el "novio", ya ayunarían cuando se lo dijera el Espíritu. Y cogían espigas en Sábado porque estaban con alguien -Jesús- que tenía poder sobre el Sábado. Eso no podían saberlo los fariseos acusadores con sus miríadas de reglas: eso sólo lo sabían ellos porque estaban con Jesús, porque le escuchaban directamente.

¿Qué papel tiene la Iglesia en esto? Mucho. Porque el Espíritu Santo no sólo actúa directamente en nosotros: muchas veces actúa por medio de los hermanos que nos aconsejan bien -Dios puede concederle a un hermano el don de consejo para bien mío-, y sobre todo, el Espíritu Santo nos habla por aquéllos que nos guían con la autoridad de Cristo. Incluso cuando se equivocan, a menos que lo que nos aconsejan o mandan sea un pecado, lo que Dios quiere es que obedezcamos. Dios ha dado muchísimas bendiciones y ha hecho fructificar la labor de los santos cuando obedecían a sus superiores.

Es más, la mejor forma de abrirnos a recibir el don de consejo es con la obediencia. Obedecer es rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios: "Padre... que no se haga mi voluntad, sino la tuya". Eso es justo lo que necesitamos para que el espíritu de consejo prenda en nosotros.

El de consejo es el don de los líderes, de los que tienen responsabilidad de guiar a otros: es lo que en el argot actual se llama "visión". Pero es visión sobrenatural, que no significa ver lo que va a suceder ni ver las cosas más profundamente que los demás, sino "ver" -más bien diríamos "escuchar"- lo que Dios quiere que hagamos en cada situación. Pues bien, sólo vale para mandar quien es capaz de obedecer. El que no es capaz de obedecer confiadamente, no vale para líder, no vale para guiar, no vale para mandar. El que es incapaz de dejarse guiar, de reconocer su dependencia de nadie, es incapaz de guiar a nadie, porque Dios no le capacitará para ello. Claro, ¿qué pasa si mi "superior" es de estos que no valen para mandar? Pues que mi labor será agradable a Dios si, a pesar de todo, yo sí le obedezco a él (en lo que no está contra mi conciencia recta, se entiende, porque no hay que obedecer nunca al que nos manda cometer un pecado, y obrar contra nuestra conciencia rectamente formada es pecado). Aconseja en una de sus cartas San Francisco Javier a un hermano de la Compañía que protestaba por el destino poco útil al que le enviaban: "tenga por seguro que en ningín sitio servirá mejor a Dios Nuestro Señor que donde por obediencia se halle". Y pocas personas hay con un don más evidente de consejo, que dirigía sus propios pasos y acciones, que San Francisco Javier. Él y Santa Teresita, la otra patrona de las misiones, son dos enamorados de la obediencia. Los dos grandes misioneros, llenos de frutos concedidos por Dios, han sido virtuosos de la obediencia. Es por algo: porque la obediencia nos dispone a recibir del Espíritu Santo el don de consejo. Por la obediencia, Cristo mismo se dispuso a lo que humanamente era una locura, pero que era la voluntad de Dios por la que nos iban a venir todos los frutos de su amor y su salvación: someterse a la cruz.

Algunos dicen: yo sólo obedezco a Dios, y sólo me dejo guiar por Dios. Es mentira. Ese se deja guiar sólo por lo que él cree que Dios quiere y que Dios le dice. Y es tan fácil engañarse a sí mismo... Quien no se deja guiar por nadie, quien cree que no hay nadie que le pueda aconsejar mejor que él mismo,  tampoco se deja guiar por Dios. Jesús fundó la Iglesia, y mandó a los apóstoles a evangelizar, haciendo depender su mensaje salvífico de sus acciones y palabras. El Espíritu Santo no está evangelizando él sólo el África: lo está haciendo usando a los misioneros. En la evangelización, Dios actúa por medio de su Iglesia, porque así lo quiso. En la confirmación de la fe verdadera, Dios actúa por medio del Papa, porque así lo quiso, diciéndole a Pedro: "confirma tú a tus hermanos". Gracias al Papa, podemos confrontar lo que nosotros creemos que el Espíritu nos da a entender con la verdadera fe. Cristo no dijo: "confrontaos directamente cada uno con el Espíritu Santo", no: nombró pastores de su grey y le dio a Pedro ese encargo. Pues eso también sucede en lo relacionado con el don de consejo: es importantísimo escuchar y seguir lo que el Espíritu Santo nos va diciendo, pero es también importantísimo actuar por obediencia a los que tienen la misión de guiarnos; sólo así, además, nos pondremos en disposición de recibir el don de consejo y de escuchar, por tanto, lo que el Espíritu Santo nos quiere decir en cada momento. Así seremos como el viento, que lo oyes y escuchas su fuerza, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Porque así es -como dijo Jesús- todo aquél que nace del Espíritu Santo.

¡Gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo! Bendita sea María Inmaculada.

2 comentarios:

Alonso Gracián dijo...

El don de consejo perfecciona la prudencia sobrenatural.

Me ha gustado esta idea que escribes:

"Dios nos ofrece la ocasión de sufrir haciendo su voluntad para que así nos unamos más a Él, ensanchemos el vaso de nuestra alma para que Él nos la pueda llenar aún más de bendiciones"

Hacer la voluntad del Señor, en muchas ocasiones, nos lleva al sufrimiento, es decir, a la cruz.

Alonso Gracián dijo...

En nuestro camino de perfección en la Gracia tenemos tres enemigos: mundo, demonio y carne.

Así nos los enseña la ascética tradicional de la Iglesia, y la propia Escritura. Creo que debemos disponernos para este combate con la armadura de Dios, y las armas nobles de Nuestro Señor.

Apoyados en la doctrina apostólica, revestidos de Cristo, aprendiendo de cómo los santos caminaron estas mismas sendas de perfección que ahora nosotros debemos trazar,

fuertes y libres como águilas por la obediencia, la castidad y la pobreza, libremos la buena batalla de la santidad.

Oración permanente, Confesión, Comunión, limosna, ayuno...

Pensando todo el día en cómo agradar a Nuestro Amado, el Señor Jesús, bendito sea su Santo Nombre por los siglos de los siglos.

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