miércoles, 16 de febrero de 2011

La táctica de Induráin

Induráin era superior a sus rivales. Si mantenía su ritmo, era capaz de cubrir la distancia de cada etapa en menos tiempo que nadie. La única esperanza de sus rivales era ir quemándole en batallitas, romper su ritmo, que tuviera que hacer sobreesfuerzos en la montaña y que luego los pagara...

Pero su táctica le daba triunfos una y otra vez. Él sabía que para ganar sólo tenía que luchar contra sí mismo, porque era el mejor. En la montaña era cuando su táctica se mostraba más a las claras: imponía -se imponía a sí mismo- un ritmo muy exigente desde el principio. Si alguien se atrevía a lanzar una escapada tenía que ir con todas sus fuerzas, y si fallaba, se hundía. Induráin no salía a perseguir a ningún escapado, seguía su ritmo lo más fuerte posible. Y lo imponía todos los días. Hoy fallaba uno de sus rivales, mañana otro, y así, él acababa siempre el primero del Tour. Ninguno de sus rivales podía lanzarle escapadas y además aguantar su ritmo todos los días.

Me recuerda un poco esto a la Iglesia. Se dice que la Iglesia es un yunque que ha destrozado muchos martillos. La acción del Espíritu Santo continuamente está inspirando a los santos, generación tras generación. Los que no tienen el Espíritu -las desviaciones doctrinales, las actitudes secularizadas, las modas mundanas, etc.- van cayendo. Con cada generación muere una herejía. Unas caen antes, otras tardan más. Pero la doctrina de Cristo se reaviva en la Iglesia con cada generación. Es el Espíritu el que impone su ritmo, un ritmo que nadie separado de la vid puede aguantar. Un ritmo de santos, un ritmo de amor, de testimonio, de verdad. Ése es el tesoro de la Tradición, la maravilla de la Iglesia.

Estoy especialmente optimista, porque hoy veo. Veo envejecer la "fe" mundanizada que quizá un día creía que iba a devorar la Iglesia, el martillo que en su soberbia creía que iba a partir el yunque. Veo desprenderse  esa "fe" muerta, epidérmica, intelectualoide, avergonzada de la cruz de Cristo. Veo reverdecer cada vez más la fe centrada en Cristo, en su gracia, en la alegría fervorosa de su salvación, la fe de los Apóstoles, la confianza humilde de los mártires. La Iglesia sigue adelante, como Cristo prometió, al decir "yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos" (Mateo 28, 20), y también "tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la derrotarán" (Mt 16,19). ¡Gloria a Cristo! ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera!

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