miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi encuentro con el Señor

"Mi corazón y mi carne están gimiendo: ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios vivo!"
Salmo 84,3

Desde que me estoy volviendo "carismático" me están pasando cosas impresionantes. La oración de alabanza es un tesoro de la Iglesia que había quedado casi olvidado. La alegría que el Señor nos da a través de la alabanza a la que Él nos llama es increíble.

Desde hacía tiempo me llamaban la atención los carismáticos, porque observaba en ellos una fe fresca, viva, no secularizada. ¡Hasta se atrevían a hablar del demonio...! Y se atreven a hablar del poder de Dios, de su poder de sanación, de los carismas que da a los cristianos para bien de su Iglesia.

Participar de la corriente carismática ha sido para mí una verdadera renovación en mi fe y en mi vida. Pero eso era sólo la preparación para lo que recibí hace dos días.

Estoy haciendo el Seminario que llaman "de las Siete Semanas", cuyo centro es la "efusión" o "bautismo" en el Espíritu. Consiste en que, en una oración con el Santísimo expuesto, unos hermanos han orado por nosotros imponiéndonos las manos, pidiendo al Espíritu Santo que descendiera sobre nosotros, como en un nuevo Pentecostés. Nos dijeron que eso era lo que iba a pasar, que nosotros no teníamos que hacer nada, salvo ir limpios por dentro, con la confesión sacramental, y abandonarnos en manos de Dios.

¡Y pasó! Por la invocación de esos hermanos, mientras María Inmaculada me cogía de las manos, el Espíritu Santo descendió sobre mí, sobre nosotros, reavivando su presencia y su acción en nosotros. Yo me encontré con Jesús, hablé con Él, contándole como en balbuceos con un significado mucho más esencial que las palabras, gimiendo desde lo más profundo de mi corazón, todo lo que Él me inspiraba, y Él me consoló y me transmitió su amor, su comprensión, me llenó de confianza. Nunca he llorado tanto y tan profundamente, salvo cuando -hace ya diez años- me convertí y le conocí, cuando el mismo Espíritu me dio contemplar la maravilla de su Iglesia... pero nunca había tenido a Jesús así, como un amigo, entero, presente... Le había contemplado profundamente en oración llamando a Mateo, lleno de misericordia; enseñando en el Templo, con la verdad pura saliendo de sus labios... le había visto en la cruz, contemplándole desde el corazón de su Madre; había visto su sangre correr a chorros madera abajo, conmoviendo todas mis entrañas; había visto su acción en mi vida, me había visto a mí mismo liberado y movido por Él, había visto su acción en mi matrimonio, en mis hijos; había visto milagros sencillos pero maravillosos, como el nacimiento de mi primer hijo después de que nos aseguraran que era imposible tener descendencia (y vamos por el tercero); había visto llorar myron a un icono de la Virgen; había escuchado, como un trueno, la voz celosa del Padre dándome seguridad; le había contemplado en la belleza y el orden de la Creación, en la hermosura de mis hijos, en la sublime alegría de ver a un amigo recibir humildemente la Eucaristía después de muchos años; en el perdón, en el reencuentro, en la dulzura sin medida de una amistad centrada en Cristo, en la alegría de ir a Misa cada Domingo y recibirle, junto con mi mujer... y anteayer le tuve conmigo.

Cualquier cosa que pueda decir de este encuentro se quedará cortísima. La imagen mejor que puedo dar de ello es la que sirve de inicio a este texto: Jesús dialogando en amistad con Juan, mientras el corazón y la carne de éste claman de alegría por el Dios vivo. Probablemente pocos lo entenderán, pero no puedo callármelo, no quiero callármelo, porque es verdad. Nunca en mi vida había visto cosa igual, algo impresionante y maravilloso sucedió a todos los que estábamos allí, a cada uno a su manera. He tardado casi tres días en poder contarlo, porque todo lo que pudiera decir me parecía poco.Y no soy el único, ni mucho menos, soy uno más que se ha encontrado con Él. No soy un santo, aunque sé que todos estamos llamados a serlo; no merezco nada de esto, que es todo regalado. Esta misma mañana me he exasperado con una pobre mujer que habrá pensado fatal de mí, y a la vista está en este mismo foro la pobreza de mi diálogo con Renton... pero ¡Cristo está vivo!

Los cristianos necesitamos esta renovación en la fe, esta apertura confiada a la acción del Espíritu Santo. Tenemos que acabar con la secularización que nos hace languidecer. La renovación carismática es un don del Espíritu Santo a su Iglesia. No es un movimiento, no es un carisma particular, no es una asociación, es una corriente de fervor y de fe que puede ayudar cualquier cristiano, incluidos los que están en cualquier movimiento, a vivir mejor su fe, manteniendo su carisma particular, desde un jesuita a un miembro del Camino. Es una corriente de amor, un incendio que el Espíritu Santo ha encendido para enardecer a toda su Iglesia. El Espíritu Santo está alentando la Nueva Evangelización, y para eso está llenando de fervor y de carismas a su Iglesia.

San Agustín habló en su tiempo (s. V) de una corriente de fervor que, proviniendo del oriente cristiano, entró por Milán con San Ambrosio y se extendió al occidente, incluida su propia diócesis, algo que él relata muy contento. Creo que esta corriente carismática es un regalo similar del Espíritu Santo, que viene a extirpar la secularización, reavivando la expresión de fe del Pueblo de Dios.

Por eso, os animo a todos a contagiaros de este fervor, a participar en oraciones carismáticas y a asistir a este Seminario de las Siete Semanas. No os lo perdáis, por el amor de Dios. Es para todos. No quiero forzar ni insistir a nadie, pero esto que nos ha sucedido es algo que se sale de todo lo que uno pueda contar.

¡Gloria a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

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