sábado, 26 de marzo de 2011

"No somos nadie..."

 El cinismo de Alfredo Pérez Rubalcaba le ha llevado una vez más a reírse de los españoles a quienes prometió servir. Esta vez, ha sido dirigiéndose a Ignacio Gil Lázaro en el congreso, citándole la canción de Amaral para decirle: usted sin mí no es nada.

Rubalcaba es famoso y poderoso, y por lo visto cree que eso es “ser más” que ese otro diputado poco conocido, que ha aparecido en los medios por inquirirle cada miércoles acerca de su participación en el chivatazo a ETA. Un chivatazo que, recordemos, permitió a Otegi huir de la justicia.

Con eso muestra una vez más la verdadera cara de ese “progresismo” que los izquierdistas defienden. Una ideología para la cual los que cuentan en realidad son los “guays”, los poderosos, los famosos, los perfectos. Por eso, a los defectuosos hay que matarlos antes de que nazcan. Por eso, a los débiles hay que inducirles al suicidio en vez de ayudarles a vivir. Es una doctrina materialista, que se presenta revestida de un falso humanismo, pero es la ideología más hipócrita y antihumana que hay sobre la tierra, porque desprecia lo espiritual.

Pero, volviendo a lo concreto, todo español bien informado sabe quién es Rubalcaba: es el que amparó los GAL, el que aprovechó entusiasmado el 11-M para hacer campaña política el día de reflexión, el que estaba al mando cuando un telefonazo desde el ministerio avisó a Otegi de que la policía le iba a detener. Es un personaje siniestro, que aún ejerce su poder en España por la falta de cultura y de sentido ético que daña nuestro país. A mí me parece que esos no son títulos para presumir ante Ignacio Gil Lázaro (en la foto), que miércoles tras miércoles le ha exigido respuestas. La honradez vale algo.

Si quieren ver en qué acaban las glorias de este mundo, les aconsejaría a Rubalcaba y a los que piensan como él, que se asomaran a ese cuadro de Valdés Leal que se puede ver en el Hospital de la Caridad de Sevilla (ver abajo). Todo se pudre en la tumba, y lo que antes parecía valer mucho, después no vale nada. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” –se lee en la Sagrada Escritura. O como dijo San Francisco de Asís: “lo que uno es ante Dios, eso es y no más”. Sin Él no somos nada.

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