sábado, 2 de abril de 2011

Autocensura

Señor, quítanos el camuflaje

La autocensura de los cristianos es una de las peores consecuencias de la secularización. Con ella, la sal se nos vuelve "sosa".

La autocensura funciona:

- Por miedo a que lo que vamos a decir no sea aceptado por el otro
- Por miedo a ser vistos como "bichos raros" y que nuestro mensaje cristiano sea contraproducente
- Por miedo a resultar pesados
- Por miedo a parecer parciales
- Por miedo a que parezca que queremos convencer al otro o hacer proselitismo

El jueves pasado hablé con una amiga médico que evangeliza en su consulta a muchísimas personas. Me estaba contando un caso de ello. Y le pregunté cómo había llegado, en un encuentro breve con una persona a la que no conocía de nada, a hablar de Dios. Me respondió que había sido a raíz de un comentario de esta otra persona que daba como por normal el mantener relaciones sexuales a diestro y siniestro. Ella simplemente hizo un pequeño comentario que denotaba que ella no estaba de acuerdo con eso (ahí es donde la mayoría nos habríamos callado). La otra persona indagó: "¿entonces, usted no está de acuerdo...?" Y ella aclaró lo que pensaba. La otra persona insistió: "¿entonces usted no tiene relaciones con cualquiera? (sin malicia)" Y ella: "no..., etc". Inmediatamente la cosa derivó a la explicación de por qué ella pensaba y actuaba de otra manera, y ella se refirió a su fe, a la voluntad de Dios, etc. (eso es otra cosa que la mayoría nos habríamos callado). Así surgió una conversación evangelizadora muy buena.

Pues es que resulta imposible evangelizar sin parecer un bicho raro. Si nos camuflamos con los demás, seremos aceptados, no correremos riesgos, pero no evangelizaremos. El mensaje cristiano tiene que ser proclamado a tiempo y a destiempo. Es necesario hacerlo de forma comprensible, pero no de forma aceptable. El mensaje cristiano jamás será aceptable, porque jamás estará de acuerdo con el mundo. Lo único que hace aceptable el mensaje cristiano es la gracia que el Señor da a la otra persona, para que acepte lo que jamás aceptaría por sí mismo. Y eso no depende de nosotros. Nuestra misión es predicar, sin autocensura: dar a los demás la verdad que nos ha sido dada gratis a nosotros.

"Si alguno se avergüenza de Mí, yo me avergonzaré de él delante de mi Padre". Mc 8,38.

La autocensura se basa en el miedo. El que está unido a Cristo no tiene miedo. Tenemos miedo porque estamos alejados de Cristo, porque convertimos el ser cristianos en una sucesión de prácticas "religiosas", no en una unión viva de amor con Cristo resucitado. Nos autocensuramos porque nos dejamos engañar por el demonio, que nos enseña una falsa prudencia que es en realidad cobardía, la que a él le conviene para que la verdad sea ocultada, no predicada. Nos autocensuramos porque somos malos cristianos.

De todas formas, no quiero caer yo tampoco en el creer que todo lo tenemos que conseguir con nuestros propios medios. ¿Por qué no somos valientes? Porque nos falta el Espíritu Santo. Lo mismo que les faltaba a los discípulos cuando persevaraban con María en la oración, esperando Pentecostés. ¿Qué podemos hacer entonces? Perseverar con María en la oración, pidiendo el Espíritu Santo, porque podemos estar seguros, por la Palabra de Jesús, que el Padre nos lo dará a quienes se lo pidamos. Es más, el darnos cuenta de que somos cobardes y pecadores es el primer paso de la penitencia; es ya una acción del Espíritu que nos convence de nuestro pecado y nos mueve a conversión.

Señor, queremos estar muy unidos a ti. Perdona nuestra cobardía, queremos cambiar y mostrar a todos la alegría de haber sido salvados por Ti. Danos verdadera prudencia, danos tu audacia sobrenatural para predicar bien en tu Nombre, a tiempo y a destiempo. Acompaña tu Palabra de señales para confirmarla cuando evangelicemos en tu Nombre, danos abundancia de carismas que ayuden a los demás a darse cuenta de que ésa es la verdad, y dales tu gracia para que acepten tu Palabra. Y sobre todo, danos tu Amor para amar a todos y que, a través de nosotros, descubran que son amados por Ti con amor inquebrantable.

El mensaje cristiano no es "aceptable". No puede evitar ser visto como algo raro. No puede dejar de ser insistente, aun a riesgo de parecer "pesados" a quienes de momento lo rechazan. No puede ser imparcial, pues supone tomar partido por Cristo y su Iglesia. Y claro que queremos convencer al otro, y hacer proselitismo, llevarle al Amor de Cristo. Veámoslo de otra manera: El mensaje parece inaceptable, porque es tan maravilloso, tan bueno, que en medio de este mundo tan perdido parece una locura, cosa de tontos. Somos vistos como bichos raros porque no ponemos nuestra confianza en lo que la pone todo el mundo, porque vivimos una verdadera vida en libertad, ¡la verdad nos hace libres! Somos parciales, porque entre Cristo y el mundo no hay color, entre la Iglesia y el mundo no hay color. Por supuesto que queremos convencer a todos, porque nos hemos encontrado con Jesús, que es la Verdad, y queremos compartir la maravilla que es vivir con Él, porque no hay nada mejor que conocerle, y es para todos. No es que seamos pesados, es que vivir con Cristo es algo tan impresionante, tan bueno, tan enriquecedor, que es imposible no estar todo el día y todos los días pensando en eso, tratando de  mostrárselo a los demás. Por supuesto que queremos que todos vuelvan a la Iglesia, que es su casa, como volvió el hijo pródigo, para recibir todas las bendiciones de su Padre...


Perdona nuestra cobardía y nuestra vergüenza, Señor. Haznos audaces en tu Espíritu, que tu amor nos apremie. Pon en nuestra boca una alabanza poderosa a Ti, que con tu gracia resquebraje los corazones endurecidos. Haznos tus apóstoles, Señor, enviados por la Iglesia en tu Nombre.

19 comentarios:

mfccadiz dijo...

Si nos les hablamos de Cristo les estamos defraudando. Si no les hablamos de Cristo tal vez nunca oigan hablar de Él. No, no se trata de ser ejemplares, porque somos pecadores, se trata de presentarles a Cristo, el resto lo hará Él. El mundo, todo el mundo, todas y cada una de las personas necesitan conocer a Cristo. Sólo tenemos que decir "si", "aquí está la esclava del Serño", "hágase en mí según tu palabra". El resto lo hace Él, "te basta mi Gracia". Superemos la autocensura por medio del trato cercano y cotidiano con Jesucristo. Gracias.

Alonso Gracián dijo...

De acuerdo en todo, das en el clavo.

De acuerdo también, por supuesto, con el comentario de mfccadiz.

Llegan nuevos tiempos, tiempos de renovación, el pelagianismo humanocéntrico tiene las horas contadas. El fuego del Señor nos enciende y el Espíritu nos pide valentía, celo por las salvación de las almas, que proclamemos a Cristo como nuestra única esperanza y el Único que puede liberar a esta sociedad enferma de sus tinieblas de muerte.

Hemos de recueperar en nuestro apostolado el lenguaje bíblico y tradicional y poner nuestra seguridad en el Señor que vence y da la Gracia salvadora.

Gloria a Dios !!

Longinos dijo...

Yo creo que Jesús nos llama a una evangelización martirial, que eludimos cada día el martirio al camuflarnos, al autocensurarnos. Juan Pablo II, proféticamente, en sus mensajes a los españoles, puso el acento en que estuviéramos preparados para el martirio. Me parece que aquí está la clave de la Nueva Evangelización, que esto es lo que falta para arrancar. No son grandes medios ni grandes ideas, es esto: dejar de camuflarnos, dar a los demás la razón de nuestra esperanza, que es Cristo, sin miedo a ser rechazados. Eso es compatible con usar un lenguaje moderno, adaptado a la comprensión de quienes nos rodean, pero no hecho aceptable para el mundo. Mfc tiene mucha razón, sobre eso resuenan hoy con una especial fuerza las palabras de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi:

"No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. La historia de la Iglesia, a partir del discurso de Pedro en la mañana de Pentecostés, se entremezcla y confunde con la historia de este anuncio".

Estoy de acuerdo con que estamos en un período de renovación de la Iglesia. El Espíritu Santo está cambiando a una multitud de cristianos, como dijo hace dos meses el mensaje de Medjugorje. La Iglesia se está librando de la secularización. Es un renovación que se está produciendo desde dentro hacia afuera, como la metamorfosis de los insectos; fuera, aún queda la piel secularizada, pero está seca y muerta. Donde la veo aún más agarrada es en la liturgia, en esa forma anodina y llena de indiferencia con que celebramos nuestra fe, como si fuera un acto mundano, como si no estuviéramos presenciando y compartiendo el Misterio más impresionante del Amor de Dios.

Un abrazo en Cristo

Longinos dijo...

Y en lo de la liturgia diría que, más que la forma, lo que falla es la actitud con la que celebramos, carente de fervor. Esa actitud se ha consolidado o condensado en una manera uniformada y automática de celebrar, tanto por parte del sacerdote como de los fieles.

En eso, las misas que he vivido en el ambiente de la renovación carismática me han parecido una maravilla. Son como las que se están celebrando hoy en día en África, llenas de participación fervorosa y de auténtica fe en lo que celebramos.

Longinos dijo...

Creo que asumimos que las maneras encorsetadas y graves que tenemos hoy de celebrar han sido las de siempre, pero me parece que eso es un error. Las vidas de los santos están llenas de detalles que hoy nos parecen "locuras" y que pasamos por alto, porque no nos cuadran. Pero como ejemplo, voy a poner sólo un detalle.

Alguna vez he contado por qué se introdujo en la Misa la presentación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, cuando se dice "este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo..." En la liturgia anterior, en la que el sacerdote consagraba de espaldas a los fieles, éstos no veían apenas la Sagrada Forma, y eso les inquietaba. Tanto, que algunos e iban a las esquinas laterales del presbiterio a asomarse, para intentar verlo. ¡¿Nos podemos imaginar hoy ese fervor?! En Notre Dame de París, llegó a ser un verdadero problema, la gente salía corriendo y se apelotonaba en las esquinas del presbiterio. Por eso, el Papa se vio movido a instituir en la liturgia una presentación de cara al pueblo del Cuerpo y el Cáliz con la Sangre de Cristo, para que los fieles pudieran ver a Aquél a quien habían ido a ver, aunque fuera "tan disfrazado" es las especies del Pan y el Vino.

¿Podemos imaginarnos hoy ese fervor de aquellos fieles? En el encorsetamiento actual de las celebraciones, esas actitudes están proscritas como locura, pero ese es el verdadero fervor de los santos.

Alonso Gracián dijo...

Creo que esta autocensura de la que hablas procede de esos diversos miedos que citas, y que pueden resumirse en uno solo:

miedo a la cruz.

El testimonio, el apostolado de hoy, será martirial, o no será sino palabra humana. Debemos dejar de pensar en términos de agradar, conseguir éxito, convencer, parecer normales...

Esta entrada que has escrito sobre la autocensura, en definitiva sobre cómo proclamar nuestra fe y anunciar el Evangelio, es muy importante.

Alonso Gracián dijo...

Respecto al tema de la Liturgia, creo que es vital que se cumplan escrupulosamente las normas y los libros litúrgicos promulgados por la Iglesia tal y como quiere el CVII, según la Tradición de la Iglesia.

También es importante que se recupere, junto al fervor participativo, el sentido del silencio, de la belleza, de la sacralidad, el uso ritual de los sacramentales,

la absoluta importancia del sacerdote consagrado (que actúa in persona Christi y guarda una diferencia esencial, y no sólo de grado, con el sacerdocio común de los fieles),

y lo fundamental, que quede claro en el alma de todos que lo principal de la liturgia es que es un Sacrificio, el Sacrificio mismo redentor del Señor,

y que lo importante es que el Señor está operando la redención por la muerte en el Calvario, que es la misma que la que se produce en el altar.

Es decir, que la Eucaristía es una acción de Cristo y de su Iglesia entera, y sigue siendo una acción de Cristo y de su Iglesia aunque no haya en la iglesia sino el sacerdote y una sola persona.

Creo que es necesario recuperar esa conciencia fervorosa de que a la Santa Misa no voy yo a darle de lo mío humano al Señor, sino el Señor a morir por mí y a darme de lo Suyo, de la Gracia de su Sacrificio, para que sea santo y le glorifique y así convierta mi vida cotidiana en una prolongación de la Liturgia,

y vivamos de lo que el Señor nos da en su Sacrificio, a lo que nosotros respondemos ofreciéndole nuestra vida como ofrenda litúrgica.

El Señor se sacrifica, nos da de su carne y de su sangre, y nosotros respondemos a su don entregándonos totalmente movidos por la Gracia misma que se nos da.

Algo grandioso. Gloria a Dios!

Longinos dijo...

Alonso, es verdad, es miedo a la cruz. Pero si nos apareciese como tal, fácilmente nos daríamos cuenta y lo rechazaríamos. Sin embargo, aparece como sensatez y prudencia.

En cuanto al lenguaje, creo que tiene que ser el que mejor se entienda. Hay que intentar llegar a cada uno en su lenguaje, en su forma. En este sentido, todo esfuerzo es bueno, hay que "hacerse todo con todos para gtanarlos a todos". Una cosa es el mensaje y otra la forma. En eso me parece que sí es necesaria una verdadera prudencia y astucia. Curiosamente, el lenguaje directo y fresco de los Padres de la Iglesia resulta hoy plenamente actual, mucho más que lenguajes más recientes pero ya "pasados de moda".

Longinos dijo...

En cuanto a la liturgia, sí que estoy de acuerdo en que es necesario celebrar con la Liturgia de la Iglesia, claro. Pero un uso minimalista de los libros litúrgicos no es seguir verdaderamente la Tradición. La Eucaristía es la celebración actualizada, viva y pública de la fe.

A veces, como reacción contra los abusos litúrgicos, parece que el criterio para una buena celebración fuera la uniformidad. Eso es un gran error, me parece.

Creo que muchas veces los jóvenes tienen razón cuando dicen que la Misa es aburrida. La solución no es hacerla "entretenida", sino hacerla fervorosa. Pero no puede ser fervorosa si la participación de los fieles está uniformada y encorsetada a repetir, en posición de "firmes" o "descanso" una serie de textos, con un tono equivalente al que usan las locutoras de los grandes almacenes para decirnos que hay una oferta de galletas. Recibir así al Señor que viene ¡es penoso!

Alonso Gracián dijo...

Estoy de acuerdo contigo en que no debe ser entretenida, sino fervorosa. El fervor es la piedra de toque, porque expresa el amor a Cristo.

Respecto a la Santa Misa, creo que lo fundamental es que es en sí misma, más allá de lo que hagamos nosotros o no, el Sacrificio en la cruz del Señor,

es decir, que la Eucaristía es la misma Cruz del Calvario, nos redime, nos salva, es una acción de Cristo, en cuyo sacrificio participamos eucarísticamente, junto con la Iglesia celestial y todos los ángeles.

Juan Pablo II explica esta centralidad objetiva de la Misa como Sacrificio en Dominicae Cenae, con esta palabras bellísimas:

"9. La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual —afirmó hace siglos la Iglesia griega— es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio».

"Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención.

"Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

Es decir, la Misa es el centro de todo, y es el centro del universo, el lugar en que se redime al ser humano y se restaura la creación entera en Cristo y no deja de restaurarse día a día hasta la restauración total y definitiva.

Longinos dijo...

Y es más, en la Misa unimos nuestras cruces a la de Cristo, y nuestros sacrificios, con el pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, son transubstanciados en Cristo. La Misa es el sacramento, es decir el signo que muestra y contiene esa unión nuestra con Cristo.

Pero para mostrar a todos esa realidad, el sacramento no sólo tiene que ser explicado en su maravilloso significado (que también), sino vivido, mostrado. Nuestras celebraciones a menudo son formalmente una caricatura de lo que debe ser un signo de la presencia viva del Señor entre nosotros. Recuerdo las misas de mi barrio, cuando yo era joven: muchas señoras paseando abrigos de pieles, con caras largas; sus maridos ni respondían a las palabras del sacerdote, nadie cruzaba una palabra ni un saludo, si alguien se sentaba a tu lado, ni siquiera te miraba ni te saludaba y entre todo eso, nos decían que Dios venía y se hacía presente... ¿entre la indiferencia y el desprecio de su pueblo? Eso es falta de fervor y hasta de fe; eso es secularización pura, un anti-signo de Cristo. Y no han mejorado mucho, aunque sí se van haciendo cada vez más auténticas, pero falta muchísimo. Así se han vaciado las iglesias de jóvenes, y no sólo por la falta de formación o las tentaciones mundanas, que también, y mucho. Pero precisamente porque la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, porque en ella la Iglesia se hace como esa ciudad construida en la cima de un monte, es por lo que la celebración de la Eucaristía tiene mayor trascendencia y mayor valor testimonial que ninguna otra acción en la Iglesia.

Alonso Gracián dijo...

Es verdad desde luego que esa frialdad y rutina son muy malas, y que hay que recuperar el verdadero fervor, y dar testimonio de él.

Es como un círculo vicioso: si la Santa Misa no es auténticamente eclesial, no suscita fervor, y sin fervor, no hay deseo sobrenatural de la Misa verdadera, en espíritu y verdad.

En cuanto a lo que dices del lenguaje que mejor se entienda y que llegue a cada cual,

creo que es absolutamente necesario que sea bíblico y tradicional, y desde ahí, abierto a nuevas sensibilidades,

pero la Palabra de Dios y la Liturgia y vida y obra de los santos son insustituibles,

porque a través de su Palabra Divina (Escritura y Tradición) el Señor elige y llama y suscita gracias, y la verdad se muestra perfecta y sin mancha.

Nunca debemos substituir la Palabra Divina por la palabra humana.

Aunque sé que pensamos igual en este tema, así que estamos en verdad de acuerdo.

Miserere mei Domine dijo...

Estupendo post. Merece que lo guarde y lo relea de vez en cuando. Gracias a Alonso por enviarme desde su blog hasta aquí :)

Que Dios les bendiga :)

Longinos dijo...

Encantado de tenerte por aquí, Miserere. Gracias.

Alonso, estoy completamente de acuerdo. La Escritura y la Tradición son insustituibles.

Recuerdo, en este sentido, la carta de Juan Pablo II a los artistas. Les animó a que tomasen la Revelación como base de sus obras. Fíjate lo que ha sido "La Pasión" de Mel Gibson, que responde totalmente a esto. O la película "De dioses y hombres", que muestra un acto de martirio, completamente arraigado en la Tradición de la Iglesia.

Sin hacer obras de arte, nosotros tenemos también que transmitir la Revelación.

Cada vez entiendo más por qué me hicieron tanto bien las Confesiones de San Agustín cuando estaba en proceso de conversión. No era lo que yo entendía en ellas, sino lo que Agustín mostraba en ellas: el atrevimiento, la sinceridad evidente... la falta de autocensura y de respetos humanos de quien de verdad cree y vive lo que dice, su unión con el Señor. Lo que más me cautivó fue precisamente que en todo se dirigiera al Señor directamente, de esa forma tan confiada.

Un ejemplo, y una cosa creo que hay que desterrar de nuestras oraciones: dirigirse al Señor en tercera persona, como si nos diera vergüenza mostrar que estamos hablándole a Él, que sabemos que está con nosotros: "hoy quiero pedir al Señor que..." ¡No! ¡Eso es de mala educación! Está presente, digámosle: "Señor, danos esto, ayúdanos en esto otro, etc..." La fe hay que mostrarla, no se debe disimular, ¡es pecado!

"Si alguno se averguenza de Mí, yo me avergonzaré de él delante de mi Padre". (Mc 8,38 )

Longinos dijo...

También estoy de acuerdo completamente con lo del círculo vicioso, Alonso. Si la Misa no es auténticamente eclesial, apaga y vámonos... Eso afecta a la esencia de la Misa. Aunque en un sacramento esencia y forma son inseparables, si la esencia flaquea, la forma ya puede ser maravillosa, que se estará cerrando puertas al Espíritu Santo. Él es el que, actuando en el sacerdote y en los fieles, incendia la liturgia.

Para eso hace falta abrirle las puertas de par en par. Él actuará en la medida que nosotros nos dejemos guiar por Él. Deformar la liturgia es decirle: "no, mira, si ya lo hacemos mejor nosotros solos, no necesitamos la liturgia que nos has enseñado a través de la Iglesia, Tú es que no conoces bien lo que de verdad llega a la gente". Así de ridículos somos...

Longinos dijo...

Y es que no aprendemos que no hay nadie más "moderno" que el Espíritu Santo. Él siempre va por delante de nosotros. "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé..." -que dijo San Agustín.

Longinos dijo...

De todas formas, no quiero caer yo tampoco en el creer que todo lo tenemos que conseguir con nuestros propios medios. ¿Por qué no somos valientes? Porque nos falta el Espíritu Santo. Lo mismo que les faltaba a los discípulos cuando persevaraban con María en la oración, esperando Pentecostés. ¿Qué podemos hacer entonces? Perseverar con María en la oración, pidiendo el Espíritu Santo, porque podemos estar seguros, por la Palabra de Jesús, que el Padre se lo dará a quienes se lo pidamos. El darnos cuenta de que somos cobardes y pecadores (ya lo decía Chiquito de la calzada), es el primer paso de la conversión, de la penitencia.

Así que voy a añadir este párrafo al texto.

Alonso Gracián dijo...

El asunto está en que vivimos engañados. El príncipe de la mentira nos hace creer que vamos bien, que todo marcha, salvo con algunos errores y defectillos...y por eso no nos urge la caridad del Señor, nos callamos al Señor, pensamos que vamos bien y no es para tanto.

Pensamos que podemos seguir con nuestras historias y dejamos la Palabra del Señor a un lado en nuestro apostolado. Basta con corregir algunas cosillas.

Falta el Espíritu, que nos convence en lo referente al pecado, nos hace saber que estamos muertos por nuestros delitos, y que Cristo es esa maravilla de Gracia que nos recupera y nos devuelve a la Vida, como nadie ni nada puede.

Pero si no vemos las tinieblas espantosas en que estamos metidos si no estamos metidos en Cristo...

Como bien dices, darnos cuenta de que somos cobardes y pecadores es el primer paso.

Alonso Gracián dijo...

Por todo ello, te confieso que todo lo que no sea hablar del Señor y de su Iglesia me aburre soberanamente, me produce tedio y hastio. Solamente Cristo y su Palabra me interesan, animan, y convencen.

Dos cristianos o más, reunidos en su Nombre, que no dejan de hablar del Señor, van por buen camino. Un apostolado que habla del Señor y de su Gracia va por buen camino. Todo lo demás, es aburrido, y conduce a la autocensura, al miedo, a la tibieza.

Viva Cristo

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