miércoles, 17 de agosto de 2011

I. ¡Gracias! (2)

¿Por qué os escribo esto?

¿Por qué un cristiano hace apostolado? A primera vista -y ya es decir mucho-, porque se ha encontrado con la verdad y el amor de Cristo, y una alegría tan enorme necesita compartirla con otros, extenderla para que otros se beneficien también, lo mismo que el científico que descubre una vacuna para una enfermedad letal quiere que se extienda, que se beneficie todo el mundo de ella. Inmaculada Galván, presentadora de televisión, comentó que había respondido a un amigo ateo al que le molestaba que los cristianos tratáramos de convencer a los demás, que no se trataba de imponer nada, pero que si uno tuviera la forma de eliminar el hambre del mundo, tendría obligación de hacerlo, y eso es lo que ocurre con haber encontrado a Cristo a nivel espiritural: no podemos callárnoslo. Es más, como me comentó una cristiana, María, al tener noticia de que estaba escribiendo este libro, es un deber proclamar al mundo entero las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros sus hijos, sin mérito nuestro, por pura gracia.

¿Por qué lo hago yo, por qué escribo esto? Pues por eso mismo: porque os quiero y me gustaría que recibiérais la alegría que yo he recibido, que viviérais lo que yo estoy viviendo. Pero, inmediatamente, me doy cuenta de que no soy yo solo, es el Señor, es su amor por vosotros, por ti, el que me mueve a escribirte esto, como dijo San Pablo:

"El amor de Cristo nos apremia" (2ª  Carta a los Corintios 5,14)

Por tanto, esto que lees es una muestra del amor de Dios por ti, de su misericordia. ¿Y qué es lo que busca? Que te unas a Él por el amor que Él te tiene y por el amor que te va a dar a ti para que le ames, si le aceptas. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" -dijo San Agustín. Cuando le aceptes, descubrirás a qué maravilla estabas llamado; te darás cuenta de por qué tu corazón anhelaba otra vida muy distinta, verás para qué estabas hecho, es más, para qué maravilla estabas preparado por el Bautismo. Entenderás muchas cosas de ti que desconocías o que no querías darte cuenta de lo que eran: era el templo vacío de Dios, tan inútil como penoso desde que le rechazaste, pero preparado para volver a acogerle de nuevo.

"¿Es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?" -escribió San Pablo a los Corintios  (1ª Carta a los Corintios 3,16).

Y sin embargo, no escribo esto para convencerte, y no porque yo no quiera convencerte -¡claro que querría hacerlo!-, sino porque esto no funciona así. O mejor dicho: sí quiero convencerte de algunas cosas, pero ese convencimiento no te bastará para aceptar y recibir la fe de Dios. Podría ser que te acercase a ella, podría ser que te ayudara a aceptar razonablemente la existencia de Dios, o incluso podría ser que te hiciera ver la fe en Cristo como Señor y Salvador como algo, al menos, no irracional, incluso como lo más razonable... pero para recibir la fe no basta el convencimiento ni la razón. La fe, contra lo que mucha gente cree actualmente -yo mismo lo creía, antes de convertirme-, no es una cuestión de convicción. La fe es la respuesta a una llamada de Dios que se anuncia, que se revela, que se te presenta: yo pretendo anunciártelo, más que convencerte; presentártelo, más que darte argumentos de su existencia y acción. La fe se parece más a un idilio: uno se siente atraído por Cristo y le dice que sí, le abre la puerta y le entrega su vida. Por eso, la primera frase del pontificado de Juan Pablo II fue: "¡no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo!" Lo mismo te digo yo ahora: no tengas miedo.

A la fe no se llega por convicción, lo mismo que no puedo convencerte para que ames a alguien. Tampoco es un sentimiento, aunque normalmente hay sentimientos en juego. En realidad, me resulta difícil explicarte lo que es, aunque lo intentaré más adelante. Por otra parte... estás bautizado/a, y hubo un tiempo en que tú viviste con fe, aunque quizá no te acuerdes, y en un momento dado la rechazaste, dudaste voluntariamente, aceptando en tu corazón la desconfianza hacia el amor que estabas recibiendo de Dios, como hice yo también. Empezaste a vivir prescindiendo de Él, poniendo tu seguridad en ti mismo o en otras cosas, pensando en cómo sería todo sin contar con Cristo, o tal vez teniéndole sólo como un modelo moral, un hombre lleno de Dios que vivió hace mucho tiempo. La desconfianza en quien nos ama mata la fe, y acaba con el amor. Dice Santa Teresita de Lisieux: "sólo la confianza nos llevará al amor". Pero aunque tú dejaste de amar a Cristo en tu corazón, Él no ha dejado de amarte a ti.

Bueno, más adelante hablaremos más -y más claramente- de estas cosas. De momento, quiero que sepas que, aunque quiero presentarte algunos argumentos para que comprendas mejor la fe en Cristo, sobre todo quiero anunciarte a Jesús para que puedas creer en Él. Dice San Pablo en su Carta a los Romanos:

"Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? [...] La fe viene por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo" (Romanos 10, 14,17).

----

Santa Teresita de Lisieux, conocida como Santa Teresa del Niño Jesús, es una carmelita de clausura que vivió en Francia en el último cuarto del siglo XIX. Murió en 1898, con sólo 25 años de edad. Ni siquiera estudió Teología y, sin embargo, fue declarada Doctora de la Iglesia por Juan Pablo II, algo a lo que sólo 33 personas han tenido acceso en toda la historia, incluyendo a San Agustín, Tomás de Aquino, Teresa de Jesús -la gran mística de Ávila- o San Juan de la Cruz. El motivo, en el caso de Santa Teresita, pese a que todo lo que escribió cabe en un libro, son sus palabras llenas de confianza en la misericordia de Dios. Sus reflexiones en forma de diario, publicado con el título de "Historia de un Alma" han constituido probablemente la enseñanza espiritual que más infuencia ha tenido en el último siglo. Es citada en seis ocasiones en el Catecismo de la Iglesia Católica. Cuando Agnes Bohaxhiu (Teresa de Calcuta) entró en el convento, eligió para sí misma el nombre de "Teresa" en memoria de ella. Y a pesar de no haber salido de la clausura de Lisieux, Teresa del Niño Jesús es patrona de las misiones, junto al gran misionero jesuita San Francisco Javier. Santa Teresita es, sobre todo, la maestra de la infancia espiritual, que parte de las palabras de Jesús:

"En aquel momento, se acercaron los dicípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Él, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hicereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Evangelio según San Mateo 18, 1-4).

San Ambrosio, Padre de la Iglesia del siglo IV, que colaboró con su predicación en la conversión del joven San Agustín, explicó esa afirmación de Cristo diciendo: "los niños confían en quien les ama". Esa enseñanza sobre la confianza en el amor y la misericordia de Dios es la que Santa Teresita enseñó y vivió.

8 comentarios:

Marian dijo...

Es un deber proclamar al mundo entero
las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros sus hijos, sin merito nuestro, por pura gracia.
Es verdad que después está la respuesta libre, personal, la cooperación con la gracia.
Siempre proclamaremos las maravillas del Señor.
¡Enhorabuena
Bendiciones!!!

Longinos dijo...

Marian, creo que has expresado de una forma muy clara y acertada la gracia del Señor, sin mérito nuestro, y nuestra cooperación con ella, que también está movida por la gracia. Es un tema en el que pienso entrar más adelante. Creo que los católicos nos estamos dando cuenta de que este es un tema esencial, porque nos habla de cómo es nuestra relación con Dios, que todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él, por el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Muchas gracias y bendiciones

Anónimo dijo...

Hola, sobre la respuesta a una llamada, en relación a la fe, mi esposa no es católica, pero siempre comparte conmigo el ir a misa y colabora con la educación católica de mis hijos, pero no veo que este acercándose a una conversión, y creo que es porque no quiere abrirse a esa posibilidad por temor que sus padres, que tampoco son católicos, vayan a pensar que ha sido 'alienada' por mi.
Sigo teniendo fe y rezando por esa conversión, pero a veces siento que estoy fallando en algo, que no se trata simplemente de que esa llamada llegue como un milagro, realmente no se que pensar, que concejo me puedes dar?

Antonio.

Longinos dijo...

Hola, Anónimo. Yo creo que haces muy bien, rezar por la conversión de tu mujer, ¿qué oración mejor que la tuya, que eres el designado por Dios por medio del matrimonio para evangelizar y ayudar a tu esposa en su santificación?

Y sí, esa llamada es un milagro, pero el milagro se sirve -porque así lo quiere el Señor- de causas segundas. Y esta causa segunda es la predicación de la Iglesia:

"La fe viene por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo" (Romanos 10, 17).

Y eres tú el principal enviado por la Iglesia, dotado con la Autoridad de Cristo, para anunciarle la fe a tu esposa. Lo demás lo hará el Señor con su gracia y tu esposa con su voluntad, movida también por la gracia que Dios no niega a nadie para que reciba la salvación.

Sobre qué anunciarle, creo que al colaborar ella en la educación cristiana de vuestros hijosny asistir contigo a Misa ya le estás anunciando muchas cosas. Comentar la palabra de Dios de cada Misa tras pedir al Espíritu Santo que os ayude a aplicarla a vuestra vida creo que sería bueno. Pero sobre todo, creo que es necesario que le anuncies explicitamente el "kerigma", el núcleo fundamental de nuestra fe:

- Que Jesús es el Señor, que Él con su sacrificio redentor, nos liberó del pecado y de la muerte, y que el Padre le resucitó de entre los muertos, de forma que tú y yo vivimos en un encuentro con Él, vivo y resucitado de entre los muertos.

Cuando Pedro anuncia esto en Pentecostés y los judíos se abrean a le fe preguntándole qué han de hacer, él les ofrece el Bautismo. Para los ya bautizados que hemos caído, la Iglesia tiene otro "bautismo trabajoso" que es la Confesión. Pero mientras tu mujer se prepara para la confesión puede hacer comuniones espirituales, ya que va a Misa contigo, y orar pidiendo luz. Dile, si te parece, que confíe en Dios, que es un Padre bueno, y la acogerá en sus brazos. Él le infundirá la fe si ella le acepta y se arroja en sus brazos.

Podéis orar juntos a María Inmaculada, o al menos tú en su presencia, para que os una en la Verdad y el Amor a tu esposa y a ti.

Bueno, como creo que no me ha dado el Señor el don de aconsejar, le preguntaré de todas formas a un amigo que sí creo que lo tiene, a ver qué me dice.

Un abrazo en Cristo resucitado

Longinos dijo...

Perdón, te he llamado Anónimo: Antonio! Que Dios te bendiga, y recuerda que es Cristo quien habla con su autoridad por tu boca a tu esposa, Él se rebaja a que llevemos su tesoro en vasijas de barro, que somos nosotros con nuestras debilidades y pecados.

Anónimo dijo...

Longinos, muy sabias palabras que me dan mucho aliento y esperanza. Es un camino difícil, pero tengo confianza en Dios, se que la fe le llegara algún día, espero estar presente para verlo. Un abrazo fraternal. Antonio.

Longinos dijo...

Gracias, Antonio, el Señor me ayuda, pero yo lo enturbio mucho, así que toma lo que te valga y quita lod emás, que quizá sea de mi propia cosecha. Ahora vienen los consejos de una persona que conozco, Manolo, que creo que tiene don del Señor para aconsejar, porque lo he comprobado en ocasiones:

En primer lugar, que estás haciendo lo correcto, que es rezar por ella. Sigue así. La fe es una respuesta que ella tiene que dar en un momento determinado al Señor, que no depende de ti como esposo suyo, no depende de lo que ella vea que hacen los demás o lo que haces tú. Ten tranquilidad y paciencia, y piensa que, por muy interesado que estés tú en que ella reciba la fe, más interesado que tú está el Señor.

En segundo lugar, que cuando ella sienta la llamada del Señor y dé esa respuesta, todos los miedos, temores y prejuicios van a desaparecer; el paso que va a dar va a ser para ella mucho más importante que todo lo demás.

En tercer lugar, que la respuesta llegará en su momento, y que cada persdona tiene su propia forma y su propio tiempo para convertirse. Ella ya tiene cierta fe porque está colaborando contigo en la educación cristiana de tus hijos, pero lleva su propio proceso y su momento.

Finalmente, que tengas confianza, paciencia, que no te desanimes, que no te eches la culpa a ti mismo y, de nuevo, que tengas presente que el más interesado en su conversión es el Señor.

---
Bueno, espero en el Señor que te sirva. Un abrazo y muchas bendiciones para ti, tu mujer y vuestros hijos. Me aprovecho para pedirte una pequeña oración por mi mujer y por la niña que nos va anacer estos días (la tercera).

Anónimo dijo...

Longinos,, y Manolo. Nuevamente gracias por las palabras, esto lo dice todo, "más interesado en su conversión es el Señor".

Y orare por su nueva hija, que Dios la llene de bendiciones, felicidades por tener esa dicha.

Antonio

Se ha producido un error en este gadget.