miércoles, 14 de septiembre de 2011

II. El mensaje cristiano fundamental


Querido amigo: éste es el capítulo fundamental del libro. Pero si te decepciona, no te preocupes y te pido que sigas leyendo el tercer capítulo, porque hoy hay muchas ideas ganeralizadas que hacen que el mensaje principal de Cristo, del Evangelio, no se entienda bien a la primera, y en el resto del libro intentaré explicarlo de forma más entendible. Aunque -repito- la fe no es cuestión de convencimiento, sino de aceptar un anuncio, y ese anuncio es Jesús. Y esa aceptación es imposible por tus propias fuerzas, si no te mueve a ello y te sostiene la acción imperceptible pero eficaz del Espíritu Santo. Pero, aunque yo no te pueda convencer, sí tengo que anunciarte bien a Cristo para que puedas creer en Él. Por eso, aunque aquí haga un primer anuncio de Jesucristo, en el resto del libro intentaré deshacer algunos prejuicios muy comunes que llevan a no entender bien este anuncio, y a dar de lado a Cristo sin haber entendido quién es.

 Lo primero que llama la atención sobre el mensaje fundamental del cristianismo es cómo en nuestro tiempo hemos llegado a taparlo tanto con otros mensajes que nos parecen más entendibles, de forma que estoy seguro de que casi nadie identifica qué es eso, lo central del cristianismo. Muchos dirían que la moral, otros que el amarnos unos a otros, algunos que rezar, acudir a los sacramentos, estar agradecidos a Dios, creer en Dios como Ser supremo... Hace unos días, leí un folleto de catequesis sobre el Bautismo que daban en una parroquia: se hablaba de todo, menos de lo fundamental; ni una sola Palabra sobre la salvación que nos ha ganado Jesucristo en la cruz. Yo no voy a inventarme nada nuevo, pero hoy resulta nuevo el mensaje cristiano, de lo perdido que está entre tantas cosas y lo poco que se explica. Y se explica poco porque parece tan increíble, que acaso nos da vergüenza hablar abiertamente de él. Pues aquí te lo anuncio, de parte de Cristo y en su nombre:

Lo primero que puedo decirte es que Jesús es el Señor. Jesús, ese hombre que vivió en la tierra hace dos milenios, no era sólo un hombre. Ni siquiera era un hombre completamente lleno de Dios, como dirían algunos. Ese hombre es Dios mismo, que existía ya antes de crear el mundo, bajó del Cielo y se hizo hombre para salvarnos. Es la segunda persona de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Hijo, al que también llamamos "el Verbo", porque por Él, que es Palabra divina, Verbo divino, se creó el mundo. Y es nuestro Señor.

He dicho que vino al mundo para salvarnos: ¿de qué? Del pecado y de la muerte. De una vida fracasada, sin sentido, de ser quienes no queremos ser, de no ser ni la sombra de aquello para lo que estamos creados. Vino a salvarnos. ¿Cómo? Pagando Él mismo el precio que nosotros no teníamos con qué pagar para liberarnos del pecado y de la muerte. Lo pagó cargando con nuestros pecados sobre Sí mismo, cargando con ellos en esa cruz que llevó al hombro al Calvario y en la que luego fue crucificado. Padeció Él mismo, poniéndose en nuestro lugar, el castigo que nos correspondía a nosotros. No murió simplemente asesinado por su coherencia, como dicen algunos teólogos despistados, no. Murió porque quiso someterse al castigo de un malhechor, que era el que nos correspondía a todos nosotros. Murió porque quiso pagar el precio de nuestra libertad, un precio que nosotros jamás habríamos podido pagar, porque nuestra vida y nuestra muerte eran inútiles. Y murió mostrándonos así su amor increíble y hasta excesivo:el amor de Dios por cada uno de nosotros. Murió por ti. Habría muerto en la cruz por ti, aunque tú fueras el único ser humano sobre la tierra. Porque te ama con locura, y dio hasta la última gota de su sangre para salvarte y para que lo sepas.

Pero, como sabes, no quedó todo ahí, en su muerte en la cruz. Porque resucitó venciendo a la muerte, y al vencer sobre ella, la muerte ya no tiene tampoco un verdadero poder sobre nosotros. Morimos, pero es para nacer a una vida nueva. Sufrimos, pero el sufrimiento tiene un sentido, aunque para nosotros siga siendo un misterio. El ha ganado para ti la libertad que tú no podías alcanzar por ti mismo. Ese es el misterio de la Redención, porque redimir significa liberar un prisionero pagando el precio que cuesta el rescate: Él pagó, con su sangre, el precio de tu liberación.

Sí, Jesús resucitó, y está vivo, y nos relacionamos con Él. Le hablamos, y Él nos habla; a su manera, pero de forma que la relación cotidiana con Él nos cambia la vida mucho más de lo que ninguna otra persona pueda cambiarnos. Nos da fuerzas, nos libera cada día para vencer al mal que hay en nosotros, al que ya venció Él en la cruz.

Bueno, pues ése es. Ése es el mensaje cristiano fundamental: Cristo mismo, Él es el mensaje, Él es al que anunciamos; Jesús, nuestro Señor; que se hizo hombre y murió para salvarnos; que ha resucitado y está vivo. Y da la verdadera vida a todo el que cree en Él.

Hace poco, un amigo me escribió que él no creía en el Dios cristiano porque era inverosímil. Me dieron ganas de abrazarle por esa enorme verdad que había dicho y responderle: ¡no lo sabes tú bien...! Porque por la razón podemos llegar a pensar en un Dios Creador, pero el Amor misericordioso de Dios es tan inverosímil, tan increíble, tan inaudito... Por eso no basta con el convencimiento ni con la razón para creer en Él, y es necesaria la fe, es necesaria una ayuda sobrenatural del Espíritu Santo para creer algo tan increíble: el amor de Dios.

 No es de extrañar que San Juan de la Cruz llorase a veces y repitiera como loco: "¡el Amor no es amado, el Amor no es amado...!"  Ese es el mayor dolor en el corazón de alguien que ha conocido a Cristo. Eso es lo que me mueve a escribirte. Que el Padre te conceda y el Espíritu Santo sostenga tu respuesta a Cristo: cree para comprender, y luego comprende para creer mejor. Dile que sí, que crees en Él, tírate a eso que ahora te parece el vacío y Él te recogerá en su Amor. No pases más tiempo así, con miedo a dar el salto de la fe; puedes tirarte así toda la vida y perderte su Amor; no sigas perdiéndote la verdadera Vida, que es la que Él quiere darnos a todos. Dile que Sí, como hizo María cuando el ángel le anunció la llegada de Cristo. Hoy, no mañana. Basta un "creo en Ti, sostén mi fe", "ayúdame, quiero creer en Ti", o mejor, incluso en tu desesperación, abandono y confusión, únete a Cristo abandonado en la cruz y utiliza sus propias Palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Rézale, como cuando eras pequeño, y volverá a ti, porque ya estará en ti, moviéndote a rezar. Antes de que digas nada, ya te estará llenando de besos, como el Padre del hijo pródigo le llenó de su misericordia en cuanto vio que volvía a casa.

Si no te la ha dado ya, Él te dará ocasión de hacerlo, ya verás. No le niegues, no rechaces su mano. Él te ama. Ha dado su vida por ti; no hay nada que tú puedas hacer que le haga perder el amor que te tiene. Te lo aseguro de su parte. Y no es presunción mía: estoy seguro de que Él quiere que yo te diga de su parte que te ama, más seguro que si te dijera que mañana por la mañana, saldrá el sol.

Que Él te bendiga por aguantar estas torpes palabras mías, que son sólo una pequeña sombra de su Amor por ti.

7 comentarios:

Longinos dijo...

Este, el anuncio directo y claro del "kerigma", iba a ser el segundo capítulo; en realidad, el primero después del que sirve de prólogo para la serie o "libro" que estoy escribiendo. Pero no me convencía, me parecía que era un anuncio demasiado "de sopetón" para personas que vienen de haber rechazado ya el mensaje cristiano con anterioridad. Finalmente, he decidido que el kerigma va ser expuesto poco a poco en todo el resto del libro, que todo el libro va a ser un anuncio explicado del mensaje cristiano fundamental, que además es más fiel a la idea inicial. Me he propuse además seguir la guía de la "Introducción al Catecumenado", de San Agustín, y lo he hecho desde el principio, empezando por dar gracias a alos que me escuchan. La diferencia entre lo que me propongo y lo que este libro enseña es que San Agustín habla a catecúmenos, personas que han oído hablar de Cristo por primera vez y han creído, pidiendo ser admitidos al Bautismo. Era una sociedad pagana, que no había conocido otra cosa; la nuestra es una sociedad apóstata.

Maria del Rayo dijo...

¡Hola!
Hace muchos años, leí un libro que utilizamos en la Renovación Carismática, se llama "Id y evangelizad a los bautizados" de José H. Prado Flores.
Y es retomar la fe con la doctrina de la Iglesia Católica.
Me alegra que estes escribiendo un libro.
Además eres muy prolifico, tienes muchos blogs.
Leí una entrada tuya que dice "Mi conversión" y te pido permiso para publicarla en mi blog, redireccionando al tuyo.
¿Me concedes ese permiso?
DTB!!
SL2!!

Longinos dijo...

Muchas gracias, María, preguntaré por ese libro. Yo también estoy en la corriente carismática. Aunque la he conocido mucho después de convertirme, es como si el Señor me hubiera llevado en ella desde el principio.

Claro que puedes usar todo lo de este blog en la medida que te venga bien, sin ninguna condición. Lo mismo digo para todos.

¡Muchas bendiciones!

Maria del Rayo dijo...

Ahora no estoy en Renovación Carismática, duré muchos años, pero había que dar pasos más comprometidos.
Pertenezco a un instituto misionero desde hace 22 años, me dedico al área de la salud, de profesión soy enfermera.
SL2!!

Maria del Rayo dijo...

Gracias por el permiso!!
DTB!!

Longinos dijo...

Estupendo, María. Yo soy "carismático" -por decirlo de alguna manera- pero creo que la renovación carismática no es -o no sólo es- un movimiento con un carisma particular (yo no me siento llamado a ello), sino que principalmente -y quizá solamente- es una corriente de fervor, movida por el Espíritu Santo en oposición a la secularización, para bien de toda la Iglesia.

Me vienen a la mente dos expresiones de San Josemaría Escrivá contra la secularización, que tanto daño ha hecho: una es que el Espíritu nos mueve a "sobrenaturalizar lo natural", a hacer todo lo cotidiano con sentido sobrenatural. Esta es la enseñanza que tan bien se vive en el Opus Dei, y que creo que sirve para todos. Y su recíproca, que no sé si San Josemaría lo decía, es que el Espíritu Santo también nos llama a "naturalizar lo sobrenatural", aceptando de Dios e incorporando a nuestra vida todos los bienes sobrenaturales que nos regala. Creo que esto es también para toda la Iglesia, y es lo que hacemos los "carismáticos". No sé si es voluntad de Dios que la Renovación se haya constituido como asociación, con estructura de movimiento; los que están ahí es porque así lo creen. Yo veo que les va bien, pero de lo que sí estoy más seguro, es de que ese impulso del Espíritu Santo quizá no es para que se quede sólo en un movimiento, sino para que contagie de fervor -las formas de ese fervor pueden ser variadas- a toda la Iglesia.

Saludos y bendiciones

Longinos dijo...

El Señor había permitido que me estancara en el libro, y creo que era porque éste tenía que ser, verdaderamente, el segundo y principal capítulo. Lo he restaurado. Ahora voy a por el tercero, que será sobre el la Creación, el mal y sobre qué es un misterio.

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