sábado, 3 de septiembre de 2011

Sobre el Bautismo


"¿Es que no sabéis que quienes fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?" (Romanos 6, 3).

Como acabamos de tener una niña, la tercera de nuestros hijos, y la vamos a llevar a bautizar el Domingo, si Dios quiere, voy a escribir unas palabras sencillas sobre lo que es el Bautismo. Porque en la catequesis que se suele dar sobre este sacramento se dicen muchas cosas, pero la principal a menudo brilla por su ausencia, porque parece como si exponer el Misterio de la Redención fuese tabú... yo no me lo explico, ¡si es la base de nuestra fe...!

En el Bautismo, como dice San Pablo a los Romanos, somos sepultados con Cristo para resucitar con Él. ¿Qué significa esto? Pues que éramos esclavos y ahora somos libres. Éramos esclavos porque el hombre, por Adán, había rechazado la voluntad de Dios y se había hecho esclavo del mal. Y el hombre era incapaz de pagar su rescate. Nacemos heridos por ese pecado, y no hay nada que nadie pueda hacer para sanarse por sí mismo y recuperar la comunión de amor con Dios.

Pero, aunque no tenía por qué hacerlo en justicia, Dios no quiso dejar al hombre en su esclavitud, sino que se apiadó de Él, y fue Él mismo, el Hijo de Dios hecho hombre, quien pagó por nosotros el rescate de nuestra esclavitud, el precio de nuestra libertad. De forma que uno sólo, Él, pagó por todos nuestros pecados, ofreciéndonos así su salvación gratuita. Los pagó en la cruz: allí quedó saldada nuestra deuda, de forma que su sangre nos lava del pecado. Realmente, como profetizó Isaías (53,5), "por sus heridas hemos sido curados". Por eso, en el Apocalipsis (7,14), cuando se habla de los que se han salvado, se dice de ellos que "han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero". El Cordero es Cristo, que con su sangre ha pagado por nuestros pecados, nos ha limpiado y nos ha liberado.

Y eso es justamente lo que sucede en el Bautismo: un niño o niña (en nuestro medio es lo normal, que se bautice a los niños), que nace con su alma herida y esclava del pecado, apartada de Dios, recibe en sí el bautismo en la sangre de Cristo. El Bautismo es un signo, pero es un signo perfecto (sacramento), que contiene realmente lo que significa: realmente los méritos de Cristo lavan y purifican a la persona bautizada, que recibe la salvación y la santificación del Señor. Queda limpia y es unida a Dios, de forma que el Espíritu Santo desciende a su alma, y con Él, la Trinidad entra a habitar esa alma y ordenarla como posesión suya por el amor. Con esto Dios le infunde también la fe sobrenatural y la esperanza, que el niño aún no puede ejercer porque no tiene uso de razón, pero que al irse desarrollando su entendimiento y su voluntad y ser educado en la fe cristiana, irá confirmando día a día el asentimiento libre, movido por la gracia, a esa fe que ya posee internamente, no rechazándola y alimentándola con la relación íntima con Dios, que es la oración, así como con los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, y con buenas obras que son respuesta a la acción interior del Señor, que es la gracia. Si, aceptando la acción interna de Dios,  persevera en la fe viva por la caridad, la mantendrá siempre, recibiéndola en plenitud al confirmarse, ya de joven. Si no persevera, si rechaza esa acción del Señor dejándose seducir por el mal, si no ora para no caer en la tentación, si no se alimenta de los sacramentos, podrá llegar a expulsar al Señor de su vida y podrá incluso dejar morir la fe o rechazarla, como hemos hecho tantos por desgracia, para recuperarla con ese otro "bautismo trabajoso" que nos devuelve la salvación de Cristo, y que es el sacramento de la Penitencia.

Muchísimas cosas más se pueden decir del Bautismo, pero ésta es la principal, y la única que a menudo se olvida en esta época aún secularizada: por el Bautismo recibimos la salvación gratuita, la misericordia del Padre por los méritos de Cristo en la cruz, que por virtud del Espíritu Santo, se derraman sobre nosotros y nos liberan de la esclavitud del pecado y sus consecuencias nefastas. En el Bautismo, por la acción del Espíritu Santo, somos hechos Uno con Cristo, que muere al pecado y resucita para gloria de Dios Padre.

¡Gloria a Dios!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicidades por el nacimiento de tu hija, que Dios la llene de bendiciones.

Antonio

Alonso Gracián dijo...

Esta entrada tiene algo especial, una unción clara. Ideal para incluir en tu libro.

Un saludo

Longinos dijo...

Gracias a ambos, Antonio y Alonso. Sobre el libro, quizá esto podría formar parte de un capítulo sobre "qué nos ha pasado", en el que trataría de explicar a las personas que recibieron el bautismo de pequeños, qué recibimos, qué ocurrió en nosotros al recibir el Bautismo, qué ocurrió al rechazar la fe y en qué estado quedamos entonces, y qué se puede hacer para recuperar esa salud que tuvimos cuando éramos niños. Recuerdo que cuando estaba alejado de Cristo añoraba esa salud; no añoraba la niñez, sino aquel estado de claridad en el que yo vivía y que recuperé al volver a la fe. No sé si esa experiencia la tendrán también otras personas.

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