viernes, 14 de octubre de 2011

María y el misterio de la fe

RESPUESTA A PREGUNTAS Y COMENTARIOS DE LECTORES, HERMANOS EN LA FE

  Voy a escribir sobre un tema que me maravilla, y es la relación de María con el misterio, y con lo que ella no comprendía de la voluntad de Dios. Toda su vida fue una relación íntima con el Misterio de Dios: ¡le llevó en su seno, le amamantó, se desveló por Él, sufrió con Él y su alma se alegró en Él...! Nadie como María ha vivido tan asociada al Misterio de Dios.

 Y el caso es que María no podía comprender los misterios, porque tenía las limitaciones propias de la mente humana. Y un misterio es precisamente aquello que no comprendemos porque excede nuestra capacidad. María no podía.

 Y no sólo no podía comprender el misterio, sino que había cosas que no excedían a nuestra capacidad, que ella tampoco comprendía, al menos al principio. No comprende cómo puede nacer de ella un hijo sin conocer varón -y por eso lo pregunta- y, sobre todo, el gran episodio que nos muestra qué hace María con lo que no comprende es el de la pérdida y encuentro del Niño Jesús en el Templo, que podemos leer en el segundo capítulo de Lucas, 41-ss.

 En ese episodio, María sabe que Jesús es Hijo de Dios, y sabe que Él no haría nunca nada malo. Y sin embargo, ve ante sus ojos una conducta para la que no encuentra justificación; no la entiende: les ha dejado marchar y se ha quedado hablando con los doctores del Templo, postergando en su consideración el hecho de lo mal que lo estarían pasando sus padres. Para ella y para San José, es algo incomprensible. Ella le pregunta: "Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo andábamos buscándote..." Y Jesús les dice que antes que ninguna otra consideración estaba la voluntad de su Padre. El propio Evangelio dice que María y José no comprendieron, pero que "María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (v .41). Esta frase es para imitarla, con la gracia de Dios.

 María no rechaza lo que no entiende de la voluntad de Dios: confía en Él. Tampoco pasa por alto lo que no entiende, no lo esquiva, no lo borra de su recuerdo, sino que lo guarda en su corazón como el más precisado tesoro. Realmente, lo que viniendo de Dios, nos contradice, es lo que más nos hace crecer, porque nos abre los ojos a algo que antes no veíamos. Así, el misterio puede actuar en el corazón de María. Lo que no entendemos podemos asumirlo, aceptarlo con confianza, contemplarlo, meditarlo, que es saborearlo una y otra vez con el Señor. Así, nos sirve para crecer espiritualmente. María no podía purificarse, pues ya era purísima, pero sí podía crecer, ir avanzando en la asimilación de la voluntad de Dios, de sus caminos, que no son nuestros caminos.

 Contemplando la extraña enseñanza que recibió en el Templo, María experimentó aún más la confianza en la voluntad de Dios, aun cuando, a veces, ésta lleva aparejado el sufrimiento para nosotros.

No era la primera vez que María tenía que ir creciendo en la experimentación de la confianza y obediencia a Dios. Para empezar, la ignorancia de José sobre cómo había sido su embarazo ya la tuvo que poner a prueba, seguramente. Dios, que le había comunicado a ella la Encarnación, tardó, por motivos desconocidos, en mostrársela a José, de modo que ella probablemente tuvo que hacer un ejercicio de confianza en la voluntad de Dios. Cuando se aproxima el parto del Hijo de Dios, tiene que salir de su casa y de su familia: otro ejercicio de confianza. ¿Pero acaso les preparaba un palacio el Padre? ¡Ni siquiera lo que a ninguna otra parturienta se le negaría, un sitio en la posada, se le alquila para que nazca el Creador del mundo! Y nace en una cueva, y por trono tiene el pesebre donde comen los animales... María tuvo que aprender, y mucho, a confiar en Dios y a sufrir sin saber por qué, pero sabiendo que se cumplía la voluntad de Dios.

 Creo que el episodio donde mejor se aprecia este aprendizaje de la confianza, como antes he comentado, es en el Templo. Aquí, María sigue aprendiendo, o mejor dicho, experimentando, que hay algo más importante que ninguna otra cosa, algo más importante que evitar el sufrimiento, y es hacer la voluntad del Padre, se entienda ésta o no, lleve aparejado el sufrimiento para nosotros, o no. Y fíjémonos también en el paralelismo entre el episodio del Templo, donde Jesús aparece al cabo de tres días de búsqueda angustiosa, y la Muerte y Resurrección de Jesús. El Templo parece una preparación para lo que va a pasar en la Muerte: Jesús va a "aparecer" resucitado al tercer día.

 Ahora vamos al Calvario: María, como nosotros, no entiende por qué Jesús tiene que sufrir todo aquello, y por añadidura, por qué ella tiene que sufrirlo. Pero sabe que Jesús ha venido para hacer la voluntad de su Padre por encima de todo, y ella confía y obedece. Se une a su hijo en el dolor, sabiendo que esa es la voluntad de Padre, y así su dolor, unido a Cristo, beneficia a la Iglesia, como dijo San Pablo a los Colosenses (1,24): "completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia". Basta eso. María no necesitaba saber nada más que el hecho de que se estaba cumpliendo la voluntad del Padre para hacer lo que hizo: obedecerle. ¿Cómo? Aceptando aquel sufrimiento, como había aprendido a hacerlo durante toda su vida.

 Y cabe preguntarnos: ¿sabía María algo más? ¿Sabía que ese sufrimiento de Cristo era nuestra salvación? Saber esa verdad revelada no es un misterio, lo que es un misterio es comprenderla. Nosotros decimos bien que ese fue el pago por nuestros pecados, pero con eso no llegamos a comprender completamente el misterio, apenas lo arañamos. Por eso hay personas que, queriéndolo entender todo, dicen cosas como "yo no lo entiendo, eso no puede ser así, ¿cómo va el Padre bueno a querer ese pago terrible de su Hijo, qué Padre es ese?" Es porque creen que pueden asimilar todo el misterio, y piensan que lo que ellos no entienden, es porque no es así. No es que el Padre quisiera ver sufrir a su Hijo, pero sí es verdad que Cristo pagó por nuestros pecados, que su muerte y resurrección nos mereció la vida que teníamos perdida, y que se sometió a la cruz por propia voluntad, en obediencia a la voluntad del Padre. La gracia de Dios nos mueve a acoger en nuestro corazón el misterio, como María, sin sacar conclusiones erróneas de todo, aceptándolo completamente, aunque no podamos comprenderlo completamente.

Es muy posible que María sí conociera y aceptara en su corazón el misterio de la Redención, es decir, que Jesús, por su muerte y resurrección, estaba rescatando a todos los hombres del pecado y de la muerte, porque todo eso estaba profetizado en las Escrituras de Israel. De hecho, cuando Jesús les explica en la Escrituras a los de Emaús que el Mesías tenía que morir y resucitar al tercer día, les dice, porque no lo habían entendido: "Necios y torpes de corazón para entender lo que anunciaron los profetas" (Lc 24,25). Como María no era ni necia ni torpe de corazón, sino que era la "llena de gracia" (Lc 1, 28), es esperable que sí supiera estas cosas. Es decir, sabía que el Mesías había venido a sufrir, a morir y a resucitar al tercer día. ¿Sabía para qué era todo eso? Pues eso también estaba profetizado, por ejemplo en Isaías y en los salmos, hasta los detalles. Dice Isaías 53,5-ss del Siervo de Yahvé: "Él soportó el castigo que nos trae la paz, por sus heridas hemos sido curados". El mismo Juan Bautista pudo profetizar señalando a Jesús (Juan 1, 29) como "Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". De hecho, todos los sacrificios de animales en Israel eran un anticipo que tomaba su validez del único Cordero que sí quita los pecados, Jesús mismo.

 Quiero decir que, aunque no sería necesario que María supiera todo esto para sufrir aceptando la voluntad de Dios, es posible y casi seguro me parece, que María sabía que Jesús, Hijo de Dios, el Mesías esperado, el Cordero de Dios, tenía que padecer, morir y resucitar al tercer día, y que su sacrificio era la salud y la salvación de todos los hombres, incluyendo la suya propia (de María), pues no olvidemos que María fue salvada preventivamente por los méritos de Cristo, no por los suyos propios. No llegó a ser tocada por el pecado porque los méritos de Cristo la preservaron de ello. Nosotros somos curados por Cristo, salvados curativamente; María fue salvada preventivamente. Por eso, ella también puede decir, como nosotros: "Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador" (Lc 1, 46-47).

 Creo que esta interpretación de cómo María se unió al sufrimiento de su Hijo aceptando la voluntad del Padre y obedeciendo, está en sintonía con lo que de María dicen los Padres de la Iglesia, santos teólogos y doctores como San Roberto Belarmino. Y mucho de esto se puede ver también en la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II.

 Y no me puedo resistir a señalar otro detalle: ¿qué dice Jesús cuando alguien alaba a su madre por haberle dado a luz y criado a sus pechos? Dice: "di mejor: bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 27-ss). ¿Estaba Jesús quitando el elogio a su propia madre, como interpretan algunos que no escuchan al Espíritu Santo? No, porque Jesús era fiel cumplidor de la Ley, que dice: "honrarás a tu padre y a tu madre", y habría sido un desagradecimiento no reconocer, al menos, que ella le había llevado en su vientre y críado a sus pechos. Es más, lo que hace Jesús es realmente honrar a su madre por algo superior por lo que debe ser honrada: no sólo por haber sido elegida para llevarle en su vientre, sino porque ella misma ha aceptado esa elección con su voluntad, conociendo la voluntad de Dios y aceptándola en su corazón. Como hizo al decir: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Como hizo en el Templo, anticipo de la cruz. Y como hizo hasta la cruz, y después, escuchando y obedeciendo en su corazón, aceptando la voluntad del Padre, unida a su hijo Jesucristo, sufriendo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Por tanto, estimado lector, si para ti -lo mismo que para mí- el sufrimiento y la Redención son un misterio, creo que es buena cosa. Si los entendiéramos, entonces nos estaríamos equivocando. Muchos pretenden entenderlos y se lían, porque la Redención es un misterio que, como María, necesitamos guardar y meditar en nuestro corazón. Fíjate cómo hoy muchos quieren entenderlos completamente para explicárselos a otros y empiezan a sacar conclusiones raras, y como no les cuadran con el amor de Dios, rechazan la propia idea de la Redención y de nuestra participación en ella por la cruz. Por eso, la actitud correcta, a la que nos mueve el Espíritu Santo, es la de María: tomar el misterio como misterio. Esto significa creerlo, aceptarlo, contemplarlo, meditarlo, saborearlo y dejar que, desde nuestro corazón, sea luz para nuestra vida. Eso es la fe.

"Dichosa tú que has creído" (Lc 1, 45)

¡Gloria a Dios!

Si sólo hay un mediador, Cristo, ¿por qué rogamos a los santos?

El Cristo de la iglesia de San Damiano, 
que habló a  San Francisco de Asís,
muestra a Cristo y su Iglesia.

"Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: 
Cristo Jesús, hombre también" (1 Tim 3,5)


RESPUESTA A LA CUESTIÓN PLANTEADA POR UN HERMANO EN CRISTO

La clave para entender la Palabra de Dios está en interpretarla con la ayuda del Espíritu Santo. El que la lee sin Él, solo o por indicación de otros, se equivoca. Por ejemplo, los arrianos o los Testigos de  Jehová leen la cita anterior, y se equivocan creyendo que sólo el Padre es Dios. Sin el Espíritu Santo, sus ojos están cerrados y leen sin entender la Palabra, que dice, por ejemplo:


"Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz".

Cántico de Filipenses 2, 6-8

¿Y cómo podemos saber que nos está ayudando el Espíritu Santo a entender de verdad de la Biblia? Lo estamos entendiendo si estamos en comunión con la Iglesia que Cristo fundó, y concretamente con Pedro, a quien encargó apacentar sus corderos (Juan 21, 17) y confirmarnos en la verdadera fe a nosotros, sus hermanos, según dice el mismo Evangelio (Lc 22,32). Si el Espíritu Santo nos lleva a separarnos de la fe de la Iglesia, de la fe de Pedro o de sus sucesores, es que no es el Espíritu Santo el que nos enseña, sino nuestro propio y débil entendimiento, el entendimiento de otro hombre o incluso un mal espíritu.

Porque la "columna y fundamento de la verdad" no es nuestro propio entendimiento, ni el de otros, sino la Iglesia (1 Tim 3,15).

Así, en comunión con la Iglesia, con Pedro -que nos confirma en la verdadera fe- interpretamos la Palabra de Dios, Escrita (la Biblia) o trasmitida por la Tradición de la Iglesia, sin equivocarnos. Tampoco hay que creer que todas las tradiciones son Sagrada Tradición. Y lo mismo que la Iglesia fue quien, asistida por el Espíritu Santo, discirnió lo que eran libros inspirados por el mismo Espíritu Santo, de los apócrifos y los que eran correctos pero no inspirados por Él, la misma Iglesia discierne, con la ayuda del Espíritu Santo, lo que es Tradición Sagrada de las simples tradiciones humanas, por buenas o piadosas que sean.

Entremos ahora en la cuestión: es Palabra de Dios que "sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús" (1 Tim 2,5). Nadie puede pedir nada al Padre si no es por los méritos de Cristo y por su mediación. Es Él, Cristo, quien con sus méritos nos ha merecido la salvación, intercediendo por nosotros ante el Padre. Esto es un misterio, el misterio de nuestra fe.

Por eso, cuando nos pedimos unos a otros que recemos unos por otros, no es que nos convirtamos en mediadores por nosotros mismos y por nuestros méritos ante el Padre, sino que todo lo pedimos y lo recibimos por mediación de Cristo. Y si eso -que rueguen por nosotros- se lo pedimos a nuestros hermanos vivos aquí en la tierra, también se lo podemos pedir a nuestros hermanos vivos que están en el Cielo.

Sabemos que están vivos porque el mismo Jesús lo dijo, al prometerle al buen ladrón que esa misma noche estaría con Él en el Paraíso (Lucas 23,43), y la Virgen María, llena del Espíritu Santo, proclamó que todas las generaciones la llamaríamos "bienaventurada" (Lc 1,48). Y si aún a alguien le cabe duda porque cree que ellos están muertos y que hablar con ellos es hablar con muertos, le pido que recuerde, como les recordó Jesús a los saduceos que no entendían la Palabra de Dios, que "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos" (Marcos 12,27), refiriéndose a los santos patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, que tampoco están muertos, sino vivos y muy vivos, más que tú y que yo, porque viven ya la verdadera vida en Dios, donde ya no hay pecado.

Sí, están vivos, y lo mismo que yo ruego por ti, para que el Espíritu Santo te asista para entender la Escritura, ellos -los santos que nos han precedido- pueden rogar por nosotros, pero nunca por sus propios medios, sino por mediación del único Mediador, el único cuyos méritos nos han salvado a todos: Cristo Jesús.

Y... ¿qué sentido tiene que pidamos a otros que ruegen por nosotros, si tenemos a Cristo? "¡No hace falta...!" -dicen algunos.

Pues no, en realidad, no haría falta, porque Dios nos escucha a todos, pero resulta que Dios mismo ha querido que nos ayudemos unos a otros a pedirle: "Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá" (Mateo 18,19). Y el Espíritu Santo ha movido a hacer esto a los cristianos de todos los siglos, incluyendo no sólo a los vivos en la tierra, sino a los vivos en el Cielo (María, los ángeles y los santos). Esto es Tradición que se une a la Escritura: siempre los cristianos hemos rogado unos por otros, aunque en "teoría", no hiciera falta. Pero la realidad es que Dios lo quiere así, y nosotros hacemos su voluntad al pedirle a Dios unos por otros, porque así el Señor nos muestra que necesitamos unos de otros, nos ayuda a estar unidos en el Amor de Cristo.

¡Gloria a Dios!

Añado este texto breve de la CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA "DEI VERBUM" ("PALABRA DE DIOS") SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN (Art. 10) DEL CONCILIO VATICANO II; recomiendo mucho leerlo, porque es clave para entender cómo asegurarnos de que asimilamos la Palabra de Dios con el mismo Espíritu Santo que la inspiró:

"Relación de Tradición y la Escritura con toda la Iglesia y con el Magisterio

10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas".

miércoles, 5 de octubre de 2011

Para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lucas 2,35)


(Esto estáis dispensados de leerlo. Es un rollo larguísimo que escribí como "pensando en voz alta" para ayudarme a meditar e investigar sobre esta frase que quería entender).

Me llama la atención esta frase porque no sé lo que significa. Y me llama también la atención que, cuando hablamos de lo que dice la Escritura sobre la Virgen María, solemos pasar por alto estas palabras. Recordemos: Simeón, movido por el Espíritu Santo, que estaba con él (Lc 2,26-27) y le había revelado que no moriría sin ver al Cristo del Señor, fue al Templo cuando José y María fueron allí para la purificación de María, cumpliendo la Ley, y para la presentación de Jesús, su primogénito. Simeón se encuentra con ellos, eleva una oración a Dios por haber visto al Niño, y luego bendice a José y a María, y le da a ella la profecía que luego investigaremos.

Lo primero que me llama la atención es la relación de este pasaje con el bautismo de Jesús en el Jordán. Porque Jesús no necesitaba bautizarse; lo hace porque quiere, pero sin que le corresponda. El bautismo de Juan era para perdonar los pecados, por tanto, sólo había un requisito para poder acceder a él: ser pecador. Justo lo único que Jesús no era. ¿Y por qué lo hace, por qué se hace bautizar por Juan? Pues lo hace justo cuando inaugura su vida pública, su misión, y con ello nos hace ver a qué ha venido: el que no tiene pecado, ha venido a tomar el lugar que no le corresponde, el de los pecadores, haciéndose pasar por uno de ellos, de nosotros.

"No hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". (Filipenses 2,6-8).


"La condición de esclavo": ¿esclavo de quién? Del pecado. Nos dice que, aunque no le corresponde, ha venido para ocupar el sitio que nos corresponde a nosotros, el de los pecadores. Ha venido a soportar la esclavitud que nos corresponde a nosotros. No para igualarnos en el pecado, no para pecar, sino para sufrir en nuestro lugar el castigo que a nosotros nos correspondía. Y eso lo anuncia desde el principio; mejor dicho: no lo anuncia; lo hace, sometiéndose al bautismo del perdón de los pecados.

"Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos justicia de Dios". (2 Corintios 5,21).

Este bautismo de Juan toma ya su fuerza del que será el nuevo Bautismo: el que nos dará Jesucristo por su Sangre derramada en la Cruz, por su sepultura y su Resurrección.

"Tengo que ser bautizado con un bautismo, ¡y qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!" (Lucas 12,50).

¿Y por qué digo que tienen relación la presentación de Jesús en el Templo y su bautismo en el Jordán? Porque ninguno de los dos los necesitaba el Señor. Jesús era hijon de Dios. Pero siendo Israel el Pueblo de Dios, era claro que Jesús debía ser hijo de Israel, y lo sería por ser hijo de María y al ser adoptado por José como su propio hijo. Entonces, lo que la ley mandaba era lo siguiente: "Redimirás a todo primogénito humano de entre tus hijos" (Éxodo 13,13). Pero resulta que todo el valor que tenían esas redenciones era como anticipo de la verdadera Redención por el verdadero Redentor, que es Jesucristo, y que obviamente no necesitaba ser redimido. Como la sangre del cordero señaló las puertas de los judíos en Egipto para que el ángel no matara al primogénito de cada casa, así todos los primogénitos de Israel eran salvados, rescatados, por la sangre de otro cordero o por un pago en especie. Pero el verdadero Cordero, del que esos corderos no eran más que un anticipo, una imagen, es Jesucristo. El Redentor, el que es la Redención misma para todos nosotros, no necesitaba ser redimido.

A Jesús le correspondía ese cumplimiento, pero no lo necesitaba. A María, legalmente también le correspondía, pero en realidad, tampoco lo necesitaba. Según la ley del Levítico, la mujer quedaba impura por el flujo de sangre, y por eso toda mujer debía purificarse tras el parto. Pero el nacimiento de Jesús se produjo sin que se rompiese la integridad virginal de María, como ha enseñado el Espíritu Santo a la Iglesia, de tal forma que Jesús nació "como pasa la luz por el cristal, sin mancharlo ni romperlo". Por cierto,  qué imagen tan hermosa es ésta que nos enseña la Tradición, porque esta luz, Jesús, es la Luz misma, y el cristal es el cuerpo inmaculado de María, perfectamente transparente para Dios.

María, por tanto, también hace algo que no necesita. El Redentor no necesitaba ser redimido. Y la Purísima no necesitaba purificarse. Tampoco necesitaba expiar sus pecados con el sufrimiento, porque ella no los tenía, ni los había tenido nunca, ni tenía en sí sombra de concupiscencia, reato de culpa ni apego alguno a nada que no fuera Dios mismo y que necesitase ser purificado por el fuego del sufrimiento. Sí había necesitado la redención preventiva de Cristo -porque era hija de Adán-, para no ser concebida con el pecado original, pero no necesitaba la purificación del sufrimiento, pues en ella jamás había habido nada que purificar. Sin embargo, si su Divino Hijo vino a sufrir, ¿cómo no iba a participar ella en sus dolores? Y así, al pie de la cruz, padeció para nosotros lo que ella no necesitaba para sí misma, haciendo lo que dice San Pablo:

"Completo en mi propia carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1,24)

No es que a Cristo le hagan falta nuestros sufrimientos porque los suyos fueran insuficientes para nuestra plena santificación. Es que Dios ha querido asociarnos así a su sufrimiento en nuestro propio favor. Pero María, que fue justificada preventivamente, impidiendo, por los méritos de Cristo, que fuese siquiera tocada por el pecado original, no necesitaba purificarse. Sufrió unida a su Hijo, al pie de la cruz, de la misma forma que se unió a su hijo en la presentación en el Templo: sin necesitarlo para sí misma. La que no tenía impureza, pasó por impura para colaborar en nuestra purificación. Todos los cristianos, en realidad, una vez unidos a Cristo por la gracia, colaboramos en la purificación de los demás por la comunión de los santos, de forma que nuestros sufrimientos cobran valor en Cristo, y constituyen un verdadero mérito en favor de nosotros mismos y de otros. Se da la particularidad de que nosotros necesitamos esa purificación también para nosotros mismos, pero María no la necesitaba para sí misma de ninguna forma. Su entrega fue totalmente en favor nuestro. No podía ser de otra forma: era necesario que ella aceptara los padecimientos de su Hijo en obediencia al Padre; todo eso lo empezó a aceptar, en realidad, cuando dijo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38).




Pero... a lo que íbamos: ¿qué significa la segunda parte de la profecía de Simeón?


"Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción, y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones". (Lucas 2,34-35).

Está claro que la espada que atravesará el alma de María es ver a su Hijo e Hijo de Dios, inocente, padecer y morir, siendo despreciado, como un pecador, como un criminal. Así escrito, como viene en la Biblia de Nácar-Colunga, parece que el hecho de que el corazón de María sea atravesado por esa espada, servirá para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Pero la Biblia de Navarra traduce de otra forma, cambiando los signos de puntuación y el sentido de la frase:

"Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones".

Según esta otra traducción, que coloca la profecía sobre la espada como una nota interpolada en la profecía sobre Jesús, lo que servirá para descubrir los pensamientos de muchos no es la espada que herirá a María, sino el propio Jesús como signo de contradicción.

Como no sé Griego, no puedo acudir al original para traducirlo yo mismo; y aunque me pudiera a estudiarlo, tardaría toda una vida en ponerme a la altura de dos equipos de expertos traductores que ni ellos se ponen de acuerdo entre sí. Así que voy  a ir directamente a la Tradición, para ver cómo se interpreta este pasaje, usando ese lujazo que tenemos que es la Biblia "clerus", que relaciona toda la Escritura con la.Tradición y Magisterio de la Iglesia.

Encontramos referencias a este detalle en dos Padres de la Iglesia: Orígenes (s.III) y San Gregorio Niceno (s.IV).

San Gregorio Niceno: "Pero no declara que ella sola habría de sufrir en la pasión, cuando añade "Para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones", con lo que expresa el hecho, pero no la causa, porque después de estos sucesos se siguió para muchos el descubrimiento de sus pensamientos. Unos confesaban a Dios en la cruz, otros no dejaban de insultarlo e injuriarlo. O tal vez se dice esto en el sentido de que durante la pasión se manifestó la meditación en el corazón de muchos, que se enmendaron por la resurrección, reemplazando después la duda con la certidumbre. Acaso por revelación debemos entender iluminación, conforme al sentido habitual de la Escritura".

Orígenes. "Había en los hombres pensamientos malos, que fueron revelados para que los destruyera el que murió por nosotros. Puesto que es imposible destruirlos durante el tiempo que permanecen ocultos, por lo que, si nosotros pecamos, debemos decir: "no he ocultado mi maldad" (Ps 31,5) Si manifestamos nuestros pecados, no solamente a Dios, sino a aquellos que pueden curar las heridas de nuestras almas, se borrarán nuestros pecados".

Según San Gregorio de Nisa, no parece que el descubrimiento de los pensamientos se deba a la espada que atravesó a María, sino a la propia Pasión de Cristo. En su audiencia del 3 de Enero de 2007, Benedicto XVI también lo interpreta así.


"Pero Jesús, el verdadero Jesús de la historia, es verdadero Dios y verdadero hombre, y no se cansa de proponer su Evangelio a todos, sabiendo que es "signo de contradicción para que se revelen los pensamientos de muchos corazones" (cf. Lc 2,34-35), como profetizó el anciano Simeón".

Esta explicación del Papa ayuda mucho, porque habla ya del Evangelio, que al ser anunciado es signo de contradicción (unos lo aceptan y otros lo rechazan) para que se revelen los pensamientos de muchos corazones. Cuando predicamos a Cristo crucificado, unos lo creen, mientras que para otros es escándalo o necedad.

Pero una homilía de Juan Pablo II (2-2-1979) sí asocia el descubrimiento de los pensamientos al padecimientio de María:

"Por fin, Simeón dice a María. primero mirando a su Hijo: «Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción». Después, mirando a Ella misma: «Y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Este día es su fiesta: la fiesta de Jesucristo, a los 40 días de su vida, en el templo de Jerusalén según las prescripciones de la ley de Moisés (cf. Lc Lc 2 Lc Lc 22-24). Y es también la fiesta de Ella: de María. Ella lleva al Niño en sus brazos. También en sus manos El es la luz de nuestras almas, la luz que ilumina las tinieblas de la conciencia y de la existencia humana, del entendimiento y del corazón.

Los pensamientos de muchos corazones se descubren cuando sus manos maternales llevan esta gran luz divina, cuando la acercan al hombre.

¡Ave, Tú que has venido a ser Madre de nuestra luz a costa del gran sacrificio de tu Hijo, a costa del sacrificio materno de tu corazón!"

En el mismo sentido se pronuncia el mismo día del año siguiente:

"Cuán necesario es que también nosotros fijemos la mirada en el alma de María, en esta alma que, según las palabras de Simeón, fue atravesada por una espada para que se revelasen los pensamientos de muchos corazones".

Pero cambia el mismo día del año 1998: "En efecto, Simeón, al dirigirse a María, le profetiza: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma». Lo mismo se ve en años siguientes.


Cabe recordar también la imagen de la Piedad. Viendo a la madre con el hijo inocente muerto en los brazos, no se puede imaginar uno una imagen más viva de la predicación de Cristo crucificado. Las esculturas e imágenes nos presentan a la Virgen mostrándonos al Hijo. Esta imagen tiene también una fuerza tremenda, como una recopilación de toda la Pasión, en la película de Mel Gibson, cuando la Madre mira directamente a los ojos del espectador mientras muestra a su Hijo muerto en sus brazos, como preguntándote: "¿y cómo te posicionas tú ante esto?" Ahí se "descubren" tus pensamientos. Es como si dijera: "Mi hijo ha muerto por ti, ¿vas a dejar que su sacrificio haya sido en vano para ti?" Esta idea recopila las dos interpretaciones, la de Benedicto XVI y la de Juan Pablo II: el dolor de María en la Piedad es a la vez el anuncio del Evangelio, de la Pasión, de Cristo crucificado y muerto por nuestros pecados. Es que el dolor de la Madre no se queda en sí misma. Si en las bodas de Caná nos dijo "haced lo que Él os diga", en la Piedad nos dice: "mirad lo que Él ha hecho". Ante ese anuncio tremendo ya no caben excusas: o se acepta el sacrificio de Cristo, o se rechaza. La Piedad es la viva imagen del anuncio del Evangelio por la Iglesia. La espada que atraviesa el corazón de María es el propio Jesús muerto para salvarnos. El dolor que atraviesa el corazón de María es el sufrimiento que su Hijo ha tenido que padecer por nosotros; por ti, por mí. Y ella no protesta por ese padecimiento: se lo ofrece a Dios, lo soporta como Jesús soportó por obediencia su Pasión. Su dolor no es un dolor de "mira lo que me ha pasado por tu culpa", sino de "mira mi dolor, que es motivado por el sufrimiento de mi Hijo: aprovecha su sufrimiento para tu salvación, que para eso Él lo ha dado todo por ti". Ella sufre compartiendo no sólo el dolor, sino también la intención de ofrecimiento de su Hijo. Ella está de acuerdo con Él en soportar aquello por nosotros. Es tremendo, pero es así. La Madre acepta por amor a nosotros el sacrificio espantoso de su Hijo y el suyo propio. Ella, porque nos ama y quiere que nos salvemos, acepta que se ofrezca su Hijo y se ofrece ella misma obedeciendo la voluntad del Padre.

Dice San Roberto Belarmino en "Las 7 palabras": "Y puesto que el martirio del corazón es más amargo que el martirio del cuerpo, San Anselmo en su obra Sobre la excelencia de la Virgen dice que el dolor de la Virgen fue más amargo que cualquier sufrimiento corporal. Nuestro Señor, en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, sufrió un martirio del corazón al pasar revista a todos los sufrimientos y tormentos que habría de soportar al día siguiente, y abriendo en su alma las compuertas al dolor y al miedo empezó a estar tan afligido que un Sudor de Sangre mano de su Cuerpo, algo que no sabemos que haya resultado jamás de sus sufrimientos corporales. Por tanto, más allá de toda duda, nuestra Bienaventurada Señora cargó una pesadísima cruz, y soportó un dolor conmovedor, de la espada de dolor que atravesó su alma, pero se mantuvo de pie junto a la Cruz como verdadero modelo de paciencia, y contempló todos los sufrimientos de su Hijo sin manifestar signo alguno de impaciencia, porque buscó el honor y la gloria de Dios más que la gratificación de su amor materno. Ella no cayó al suelo medio muerta de dolor, como algunos imaginan; tampoco se cortó los cabellos, ni sollozó o gritó fuertemente, sino que valientemente llevo la aflicción que era la voluntad de Dios que llevase. Ella amó a su Hijo vehementemente, pero amó más el honor de Dios Padre y la salvación de la humanidad, del mismo modo que su Divino Hijo prefirió estos dos objetos a la preservación de su vida. Más aún, su inconmovible fe en la resurrección de su Hijo acrecentó la confianza de su alma al punto que no tuvo necesidad de consolación alguna. Ella fue consciente de que la Muerte de su Hijo sería como una pequeña dormición, tal como dijo el Salmista Real: "Yo me acuesto y me duermo, y me despierto, pues Yahvé me sostiene" (Ps 3,6)".

Creo que con esto vemos el sentido de ese dogma que algunos está pidiendo, de que María es co-redentora, porque participó en la obra de nuestra redención, como todos lo hacemos uniéndono a Cristo, pero de una forma singular y mucho más profunda que ningún otro de nosotros.
Se ha producido un error en este gadget.