viernes, 18 de noviembre de 2011

III. ¿Qué nos ha pasado? (1)

Tú y yo fuimos bautizados de pequeños. Y... te voy a decir una cosa que te romperá todos los esquemas sobre lo que es la fe, como me los rompió a mí. Yo no entendía esto que te voy a decir, me parecía absurdo... Y es que creemos que la fe es algo muy distinto, no comprendemos que es un don de Dios...

Pues se trata de un hecho importantísimo que sucedió cuando te bautizaste, y es que, en el Bautismo, Dios nos dio la fe, una fe maravillosa, que nos hacía capaces de vivir con Él, de reconocerle y de amarle. Claro, como éramos tan pequeños, quizá no teníamos ni siquiera la idea de Dios, y si recibimos algo sensiblemente, sólo Dios lo sabe. Aquella fe era como una semilla, que tenía que ser regada, al ir creciendo, con la catequesis y con la oración, es decir, con la relación íntima con el Señor. Era como un regalo que, con los años, vamos abriendo y disfrutando. Para mantener viva esa fe que ya teníamos, bastaba ir aceptando en nuestro corazón cada vez que alguien, en nombre de la Iglesia, nos anunciaba los misterios de Dios: que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha creado por amor, que todos los hombres caímos por el pecado de Adán, y que Cristo se hizo hombre para morir en nuestro lugar, liberarnos del pecado y de la muerte y, resucitando de entre los muertos, darnos la verdadera vida, y que Él es nuestro Señor. El asentimiento a estas verdades de fe, a las que ya estaba adherido nuetsro corazón por el Bautismo, iba confirmando nuestra fe cada día. Esto se completaría con la recepción de la Eucaristía y, en su día, con la Confirmación. Pero este camino se truncó.

Sin embargo, antes de seguir contando qué nos pasó, voy a explicarte lo que es el Bautismo en su sentido más fácil de entender, que es cuando un adulto se convierte y pide ser bautizado. Porque es importante conocer qué es el Bautismo de adultos para comprender lo que nos pasó a nosotros.

Imaginemos un adulto no bautizado, que ni siquiera conoce el cristianismo; por ejemplo, un inmigrante japonés; alejado de Dios, incluso alejado del bien moral. El egoísmo le domina; eso causa constantes tensiones con su mujer y sus hijos; a veces se imagina la tranquilidad de una vida sin ellos, sucumbe a tentaciones de infidelidad, de una forma u otra... Un día, pasa por una parroquia y le llama la atención un letrero, que anuncia una oración. Dice: "Vine para que tengáis vida" - (Juan 10,10). Está triste porque está pensando dejar a su mujer y sus hijos, no puede más y su vida le parece que no vale nada. Por eso el letrero le llama la atención y entra. Pero aún no ha empezado la oración , y allí encuentra sólo cuatro viejas rezando el Rosario. Sin embargo, las ve pasar las cuentas del rosario... y gracias a una claridad interior, se da cuenta de que hay más vida en ellas que la que él ha vivido en toda su vida; más vida que en todos sus falsos anhelos e infidelidades; más vida que en todas sus juergas y todos sus trabajos. Y le pide ayuda al sacerdote. Él le anuncia, por primera vez, a Jesucristo; y éste hombre, se da cuenta de que lo que le está contando tiene que ser verdad, porque le explica toda su vida. Semana tras semana, acude a catequesis y allí le enseñan lo que la Iglesia cree; y le enseñan la moral; es decir, le enseñan a vivir bien, para vivir siempre. Este hombre ha sido movido por el Espíritu Santo. Es como si él hubiera estado hasta entonces en un agujero del que no podía salir, y Cristo le ha tendido la mano. A su vez, él, movido por el Espíritu Santo, ha hecho algo impropio de su estado de ceguera e incapacidad: ha agarrado la mano que Cristo le ofrecía. El Señor le sostiene, y él se une al Señor con una fe imperfecta, débil pero sincera. Y llega el día de ser bautizado. Con esa fe imperfeceta, al menos es capaz de decir que cree en todo lo que se dice en el Credo, y ha sido ya capaz, con la ayuda de Dios, de empezar a vivir de otra manera, luchando día a día contra su egoísmo. Al aceptar la fe en el Credo, acepta al Señor, y cuando recibe el Bautismo con el agua, baja sobre él el Espíritu Santo. Al ser bautizado y confirmado, recibe la plenitud de la fe, como el enorme regalo que Dios quería darle, que llena su corazón, porque -es más- es el mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo quien en ese momento ha entrado a vivir a su alma, y ya, divinizado, es capaz de decir, movido por la gracia de Dios: ¡creo en Ti, Señor, confío en Ti!¡Creo en Ti, te adoro, tengo mi esperanza puesta en tus promesas, y te amo

Fíjate que, aunque el hombre no está pasivo, todo lo que recibe es un enorme don, un enorme regalo inmerecido. Porque él, en su vida, no había hecho nada bueno para recibir esto. Ha sido Dios el que siempre ha tenido misericordia de él y se ha adelantado: llamándole por medio del cartel, limpiándole los ojos para que viera la realidad de la vida en aquellas viejecitas, moviéndole a que preguntara al sacerdote, moviéndole a creer en las verdades de la fe... pero él no rechazó esas mociones de Dios, y así, finalmente, pidió la plenitud de la fe que le fue entregada por Dios en el Bautismo.

Nosotros somos muy "cátaros", y nos parece mentira que Dios se abaje, que entre tanto en lo concreto que dé la fe a alguien en un acto material, en el que se echa agua sobre la cabeza. Pero es así, y ése es el signo que Él ha elegido para, por medio de él, darse a nosotros, entrar en nuestro corazón y salvarnos. El Bautismo significa que recibimos a Dios y Él nos recibe en su salvación, y realmente sucede eso, así de real.Quien se horroriza de un Dios tan cercano que entra en los actos humanos y se sirve de ellos, y actúa por medio de ellos, no puede aceptar esto, no puede aceptar que, con el agua, viene el Espíritu Santo. Pero sí, el hecho de que Dios se haya hecho hombre tiene estas maravillas: increíbles, pero ciertas.

Pues bien, hemos visto que el adulto era movido por Dios para aceptar la fe, primero con una fe imperfeceta que sale de él, para luego pedir a Dios la plenitud de la fe en el Bautismo. En el niño que se bautiza, sucede lo mismo, sólo que en él, primero es el recibir la plenitud de la fe, y luego es cuando, al ir creciendo y madurando, va confirmando día a día su asentimiento a la fe, al no rechazarla, según la va conociendo, y según va viviendo unido a Dios.

Y sabiendo esto, podemos ya ponernos a explicar qué es lo que nos pasó, cómo y cuándo perdimos esa fe que recibimos en el Bautismo. CONTINÚA
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