domingo, 25 de diciembre de 2011

Aclaración a III: el catarismo


He elegido la palabra "catarismo", que me ha sugerido mi amigo Alonso Gracián, para hacer referencia a una deformación en la concepción del cristianismo muy frecuente hoy en día, aunque forma parte de muchas desviaciones ya desde el siglo I. "Cátaro" significa "puro", y se llamó cátaros a los pertenecientes a una secta herética de la Edad Media; pero ya existe el "catarismo", como he dicho, desde las primeras desviaciones que se dieron en la Iglesia. Existe también catarismo en el protestantismo, y existe catarismo hoy en día entre muchos bautizados que se consideran más o menos católicos. Actualmente, esta desviación se produce sobre todo por contaminación con las religiones orientales, en lo que se conoce como "New Age". Lo que llamo "catarismo" consiste en no llegar a soportar que Dios se haga hombre, con todas sus consecuencias.

Y es que el hecho de que Dios se haga hombre es realmente algo inaudito. Supone que todo un Dios Creador, el Eterno, el Inaccesible, El que Es, tome carne y se haga un niño pequeño, indefenso, para salvarnos y guiarnos por el camino de la Vida. Este misterio, que se conoce como el "Misterio de la Encarnación del Verbo", es ya inseparable del misterio de la cruz, por el que fuimos salvados, el "Misterio de la Redención" ("redención", de "redimir", significa liberar al que ha sido apresado, pagando el precio de su rescate; eso es lo que hizo Jesús por nosotros). Ya San Pablo nos avisó de lo que ocurre con este misterio de la cruz, el misterio de que Dios se haga hombre para salvarnos sufriendo por nosotros. Ese misterio es "escándalo para los judíos, necedad para los paganos" (1 Corintios 1,22). Es decir, muchos, a los que les falta fe, no acaban de concebir que Dios se haga hombre con todas sus consecuencias: que entre en la historia de la humanidad, y que entre en nuestra historia personal, que nos hable como Persona que es, que nos ame y que, como Dios, nos guíe, por ese amor que nos tiene, hacia la verdad.

Claro, por una parte, si uno no tiene fe, prefiere una concepción nebulosa y abstracta, de un "dios" que no se mete en mi vida, que no me dice lo que está bien y lo que está mal. Por otra parte, si uno no tiene fe, tampoco soporta completamente la idea, por parecerle ridícula, de que Dios emplee un signo concreto, como el agua, para derramarse Él con el agua en el alma de una persona (en el Bautismo). Tampoco soporta la idea de que Dios Hijo se haga Pan y Vino para ser comido en la Eucaristía. Esta idea es tan aberrante para el que no tiene fe, que ya muchos de sus discípulos abandonaron a Jesús cuando dijo: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna" (Juan 6,55).

 Esta concepción "cátara" no soporta tampoco la Iglesia, la idea de que Dios, en la Persona de Jesucristo, ha fundado la Iglesia, y que la vivifica y asiste continuamente con el Espiritu Santo. Para el "puro" es insoportable que Dios se halla mezclado con el hombre de esa manera, que le haya dadp autoridad a unos hombres para enseñar en su nombre (Marcos 16,15), para "atar y desatar en la tierra" lo que quedará "atado o desatado" en el Cielo (Mateo 16,19), o para perdonar los pecados en su nombre (Juan 20,23). Esto es realmente insoportable para esta mentalidad "purista" o "cátara" que anhela una falsa "pureza total", la "simplicidad total". Sin embargo, en nuestro estado de naturaleza caída por el pecado, y puesto que ya no estamos en el Paraíso, donde todo era puro y simple, la verdad, el bien y la belleza sólo se alcanzan a través de la lucha y el sufrimiento, y aceptar sólo lo puro, lo simple... lo inconcreto... es quedarnos con las manos vacías, es encaminarnos hacia la nada.

Esta es una mentalidad muy propia de una generación criada entre algodones, como la nuestra, que pretende que todo sea "de color de rosa". Por eso nos cuesta tanto aceptar que necesitamos la salvación de Cristo, y que no vamos a obtener esa salvación como nosotros queramos, sino como Él nos muestra por medio de su Iglesia. Creemos que el hombre sigue siendo "bueno por naturaleza" -como dijo Rousseau- y no aceptamos que esa naturaleza buena está herida, caída por el pecado, y que sólo la gracia de Cristo puede salvarnos. Muchos, de esta forma, lo que buscan es unirse directamente con el Absoluto, sin intermediarios, por medio de una falsa "pureza" o "simplicidad" total, sin la mediación de lo concreto, sin la mediación de la Iglesia (que es el Cuerpo Místico de Cristo), que es decir: sin la mediación de Cristo. Sin la locura de un Dios que entra en lo concreto, que me guía y me da las fuerzas para aceptar mi cruz, para aceptar su yugo, que es "el yugo suave, la carga ligera". Paradógicamente, ese es el yugo que nos libera, la cruz que nos da la salud:

"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga, ligera" (Mateo 11,28-30).

Por eso -porque no aceptan, en el fondo, la locura de un Dios-Persona hecho hombre-, muchos que le dan de lado total o parcialmente, consciente o inconscientemente, buscan su sanación espiritual por medio de técnicas de autoayuda o de "energías" que supuestamente Dios habría puesto en el mundo para nuestra sanación. Es un gran engaño que les aparta de Cristo, nuestro único Salvador. Él es el Alfa y la Omega, que quiere decir: el Principio y el Fin de todo. Los cristianos tenemos la dicha de saberlo, de conocerle. Cristo es el Absoluto, hecho hombre. No hay salvación fuera de Él; incluso los que no le conocen, como los musulmanes, si llegan a salvarse, es -sin que ellos lo sepan- gracias al sacrificio de Dios hecho hombre en la cruz, pagando el precio de nuestra liberación.

El "catarismo" de hoy es esa búsqueda directa de lo absoluto, de lo puro, dejándose engañar por ideas o religiones orientales, y prescindiendo del hecho concreto de que Dios se ha hecho hombre: su nombre es Jesús. Y nos dijo:

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí" (Juan 14,6).

viernes, 23 de diciembre de 2011

Villancico de Navidad


La Virgen da hoy a luz al Eterno
y la tierra ofrece un refugio al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores te alaban
y los magos viajan con la estrella,
porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño: ¡Dios Eterno!

FELIZ NAVIDAD A TODOS

(el villancico de arriba es del siglo I, de Romanos el meloda)

lunes, 5 de diciembre de 2011

María implora sobre nosotros el Espíritu Santo

A mí no me acaba de llenar plenamente eso de dejar la oración a María para el final de las oraciones, como honrándola. Está bien honrarla, porque es nuestra Madre y porque "todas las generaciones la llamaremos bienaventurada" (Lc 1,48), pero una madre no quiere ser honrada sin contar con sus cuidados; la mayor y mejor forma de honrar a una madre es aceptar sus cuidados, es comerse con gusto la comida que te ha preparado.

Y la "comida" que nos prepara María es ésta: implorar al Padre, por los méritos de Cristo, que envíe sobre nosotros el Espíritu Santo. Esa es su función, su utilidad maternal. Como en Pentecostés, cuando ya era ella Madre de la Iglesia, y los discípulos oraron en unión con ella. Dice la "Redemptoris Mater" de Juan Pablo II:


Por consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del « nacimiento del Espíritu ». Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna, como indican las palabras pronunciadas en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre ».

Sobre esto, dijo Juan Pablo II en su enseñanza de Pentecostés en 1989:

"La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia en la oración , en compañía de Ella, la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración "en compañía de María" se trasluce su particular mediación, nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo".

Es decir, María es especialmente el instrumento de Dios, la mediadora materna para que el Señor nos envíe su Espíritu Santo. Ella es la "omnipotencia suplicante", capaz de adelantarle la hora a Dios, como hizo en Caná. María está deseando que nos acojamos a ella como madre, que le pidamos que ruegue por nosotros a Dios para que, por mediación de Cristo y por sus méritos, el Padre nos envíe el Espíritu Santo. Yo creo que honrarla al final de las oraciones está bien, pero acudir a ella al principio de las oraciones, empezar a orar con ella para que implore sobre nosotros el Espíritu Santo, está mejor, es más útil para nosotros, y la honra a ella aún mejor.
Se ha producido un error en este gadget.