lunes, 30 de enero de 2012

Anuncio del Evangelio

 Juan 4, 4-44 (fácil de recordar)

Mi amigo Antonio escribió ayer, en una conversación en su muro de facebook, este anuncio del mensaje central del Evangelio (el kerigma). No he querido perderlo porque me gustó mucho, y le pedí permiso para copiárselo aquí:

"...Yo sólo te puedo decir que tienes a Dios muy cerca, muy cerquita y quiere decirte muchas cosas. La primera posiblemente sea que Dios no es una idea, ni una ética, ni una filosofía (por buena que sea). Dios es un ser real que realmente existe y que te quiere. El Creador de todo lo que existe se hizo hombre, uno de nosotros, para darnos la oportunidad de comuncarnos con Él. Que por nuestros pecados (no sólo los de los demás, sino por los míos, los tuyos...) murió crucificado hace unos 2000 años. Que resucitó al tercer día y que sigue vivo y presente entre nosotros en las formas y lugares que Él quiso. Ponte en contacto con Él y verás como Él te transforma y te hace capaz de vivir de una manera determinada (posiblemente no muy diferente de la que llevas). Con Él puedes hablar de estos temas y de todos. Él te enseñará el camino, la verdad y la vida; porque no son nuestras capacidades humanas, ni nuestras actitudes o aptitudes, ni nuestros conocimientos, es Él el que nos enseña y nos tranforma haciéndonos como Él. Y Él no es una idea, ni una filosofía; menos un programa político o social. Jesucristo es una persona que nos espera y que quiere comunicarse con nosotros y que seamos felices. Efectivamente nos podemos encontrar con Él de muchas formas, pero Jesucristo eligió unos medios privilegiados para poder entrar en contacto con Él: La Eucaristía (independientemente de que sea má o menos entretenida), la Confesión (donde nos perdona y nos ofrece nuevas capacidades para ser mejores), la Palabra de Dios (lectura meditada especialmente del Nuevo Testamento), la oración (entendida como conversación personal con Jesucristo), la ayuda a los más necesitados. Hay sin duda otros medios, pero con la practica frecuente de estos encuentros nuestra vida ya no es la misma. Insisto, no son ideas, son vivencia, experiencias, por lo que hasta que no se viven no se comprenden; y si se dejan den vivir se dejan de comprender. Resumiendo, Dios (que no es una idea ni una filosofía) existe realmente, te quiere y puedes comunicarte con Él"...


Así pintaban los cristianos a Jesús, hasta que apareció la Sábana Santa

domingo, 29 de enero de 2012

Defensa de la Iglesia


     Hoy he estado charlando en facebook con una chica que, desde la falta de fe en Cristo como Dios y Señor, criticaba a la Iglesia por cercanía a los poderosos, escasa lucha contra la pobreza, etc. Pongo aquí lo que le he contestado, porque al releerlo me ha parecido que estaba medio bien, y para que no se me pierda, por si le sirve a alguien.

   Empecemos por ser críticos con nosotros mismos, para que no nos pase lo de la viga y la mota en el ojo. Yo mismo no soy digno de llamarme cristiano si me comparo con Cristo, como tantos. ¿Quién puede ser digno de eso? Hasta el santo cae siete veces, y siete veces Dios lo levanta, cuánto más nosotros, que estamos tan lejos de parecernos a los santos. 

   ¿Has visto la cantidad de obras sociales que tiene la Iglesia? Comedores para pobres, casas de acogida para niños abandonados, para ex-prostitutas, para chicas que las echan de casa por quedarse embarazadas, para ex-drogadictos y ex-presos, colegios, centros de salud y comedores en el Tercer Mundo, casas de acogida para niños de la calle, para enfermos de SIDA, centros para ancianos pobres... todo eso es la Iglesia. 

   Y no podemos ser todos misioneros o monjas de la caridad, o voluntarios de Cáritas. La Iglesia les necesita a ellos, y necesita a los obispos, y al Papa, necesita quienes nos guíen en la verdadera fe de Cristo -según Él dejó encargado y nos fue revelado por el Espíritu Santo- y necesita a quienes nos den los sacramentos, y necesita familias cristianas, y quien ore por todos en los conventos de clausura, y hasta quien pida milagros en el Nombre de Cristo, como Él nos dijo (Juan 14,13) . 

   Claro, que no todos somos fieles; habrá "Judas", y habrá muchos que no llegamos a estar a la altura, pero eso no debe escandalizarnos; más bien piensa que, gracias a que la Iglesia no es un club de santos, sino un hospital de pecadores, aquí hay sitio para nosotros. 

   La Iglesia acoge a todos, pero lo que la Iglesia nunca va hacer, aunque le haría ganar muchos aplausos, es decir que todo está bien, porque Jesús no lo dijo. Jesús vino a salvar a los pecadores, pero no a decirles que siguieran pecando, que daba igual. A la samaritana, en el pozo, le recordó su vida desordenada (no para humillarla, sino para que se convirtiera y cambiara), y a la adúltera, después de salvarla de las pedradas, le dijo: "anda, vete y no peques más". Al joven rico le dijo: "una cosa te falta, vende todo lo que tienes...". A los casados les dijo que no les era lícito repudiar a su mujer, y a todos, que ni siquiera era lícito mirar a una mujer casada, deseándola. Habló de lo que ensucia al hombre, que es lo que sale de su corazón, y mencionó: homicidios, adulterios, robos, fornicaciones, blasfemias... 

   Por eso molestaba. Por eso, hasta muchos de sus discípulos le abandonaron. Pero cuando a Pedro y los otros les dijo "¿también vosotros queréis marcharos?" Ellos le contestaron: "¿A quién iremos, Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna?" (Juan 6,68). 

    Muchos, abandonamos la Iglesia cuando éramos jóvenes (luego, algunos hemos vuelto). Creo que cada uno puede buscarse algunas razones y echarle la culpa a la Iglesia o a quien quiera, pero generalmente esas son razones a posteriori, cuando ya uno ha dejado morir la fe en su corazón. La razón fundamental de que nos fuéramos tantos, creo yo, es que somos una sociedad de ricos (no ya en dinero, sino en muchas otras cosas), y no queremos que nadie nos aparte de ellas, y cuando Cristo, por boca de la Iglesia, nos dice como al joven rico "una cosa te falta...", nosotros optamos por dar media vuelta poniendo alguna de las mil excusas posibles. Y es que "es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja, a que entre un rico en el Reino de los Cielos" (Mt 19,24).  

   El "no" a la Iglesia es, la mayoría de las veces, un "no" a Cristo que nos habla por medio de ella.

martes, 17 de enero de 2012

III. ¿Qué nos ha pasado? (4 y 5)

Lo que nos ha pasado es que hemos perdido la gracia que recibimos en el Bautismo, la presencia viva de Dios actuando dentro de nosotros. Esa gracia del Bautismo es como una semilla que fue sembrada cuidadosamente en nuestra tierra. Pero si al crecer no recibió el agua y el sol que necesitaba, la semilla de la fe se quedó sin germinar.

El agua que necesita es la conexión continua con la vida de Dios, con su savia, por la gracia que recibe mediante la oración y los sacramentos. El sol que también necesita para alimentarse y crecer es la enseñanza cristiana, la Palabra de Dios, la catequesis y el ejemplo vivo de otros cristianos, empezando por nuestros padres y padrinos, que nos llevaron a bautizar. Sin el agua y el sol de la enseñanza y la gracia, la semilla de la fe no germinará. Y no basta que tuviéramos todo eso una vez, de pequeños: es necesario que el aporte de agua y la luz del sol sean continuos.

A muchos nos pasó que recibimos, mal que bien, enseñanza cristiana y sacramentos hasta que hicimos la Primera Comunión, poco más o menos. Pero cuando teníamos que haber recibido las enseñanzas que necesita un joven, no las recibimos. Tampoco se nos enseñó a orar, ni se nos ayudó con el ejemplo, ni a nadie se le ocurrió enseñarnos a escuchar la voz de Dios en nuestro interior, ni en su Palabra, ni en los acontecimientos cotidianos (también dedicaremos un capítulo a eso). La semilla de la fe germinó hasta la Primera Comunión, pero entonces fue dajada a oscuras y sin agua, y acabó secándose. Estábamos tan débiles, que no pudimos hacer frente a las tentaciones y perdimos la gracia bautismal. En otros casos, incluso se sembraron malas hierbas alrededor de la semilla, enseñanzas adulteradas sobre Cristo o falsas ideas religiosas que acabaron parasitando y sustituyendo a nuestra verdadera fe. En mi caso, cuando me convertí y leí el Catecismo de la Iglesia Católica, lo que leí en él me sonó completamente nuevo y distinto de lo poco que me habían enseñado sobre Cristo. Dos falsas ideas muy extendidas se nos enseñaron de jóvenes a muchos: el arrianismo (tratar a Cristo como si no fuese nuestro Dios y Señor, como si fuese un simple maestro espiritual) y el pelagianismo (tratar a Cristo como si no fuese nuestro Salvador, como si fuese un mero modelo ético, y nosotros pudiéramos seguirle y ser buenos con nuestras propias fuerzas, imitándole). Y lo importante no es ya lo que se nos enseñó con eso, sino lo que no se nos enseñó, lo que se nos omitió sobre Cristo: precisamente, todo lo que supone que es nuestro Señor y Salvador.

A otros, su familia ni siquiera les llevó a Misa cada Domingo tras la Primera Comunión: fue la primera y casi la única. ¿Y cómo iba a vivir la planta sin recibir periódicamente el agua de la Vida, ni el sol del ejemplo de sus padres? Se debilitó y acabó muriendo por el pecado, como las otras.

Otros, más cuidados por su entorno familiar o más fuertes en el Señor, recibieron de alguna forma todo eso, y crecieron más o menos sanos. Alguna vez quizá se secaron o enfermaron un poco, pero recibieron el agua medicinal que se nos da en la confesión: la misma vida de Cristo, que nos sana de nuevo, como ya nos sanó en el Bautismo. Incluso de entre esos, algunos cayeron, porque el viento y las inclemencias contra la fe han sido muy fuertes últimamente, y ellos fueron débiles.  

Bueno, hasta aquí las "excusas". No son excusas falsas, pero son excusas, porque lo cierto es que no hemos ido a la boda, además y por encima de todo eso, porque no nos ha dado la gana. Sí... no nos regaron... nos taparon la luz del sol, todo eso es muy triste, pero la realidad es que Dios jamás abandona a un alma que está en gracia por el Bautismo. Si hemos caído, si hemos perdido la fe, si hemos perdido la pureza del alma, ha sido porque hemos querido. La gracia bautismal nos hizo libres para elegir el bien, para esforzarnos por evitar el mal. Si expulsamos a Dios de nuestro corazón fue porque quisimos. Sí, estábamos muy débiles por muchas cosas, pero además, quisimos. "La puerza del alma no puede perderse sin consentimiento" -dice San Agustín. Caer en un pecado que nos aleja totalmente de Dios no puede hacerse -por definición- si no es de forma voluntaria. No es que Dios se quiera alejar de nosotros, es que a nosotros nos estorba Él y le expulsamos; le decimos, con hechos y pensamientos, que no le queremos en nuestra alma. Y "Dios se retira" -como dice León Bloy, pues no tendría sentido obligarnos a amarle. Hará todo lo posible para movernos a amarle, hasta dejarse matar en una cruz por nosotros, pero no nos obligará a amarle.

"Cuando venga el Espíritu Santo, convencerá al mundo de pecado" (Evangelio según San Juan 16,8)

Dicho de otra forma, Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Su gracia siempre nos auxilia. Por tanto, si una vez estuviste bautizado, como yo, y perdiste la fe y la gracia, como yo creo que las perdí, fue porque en algún momento tomaste la determinación de pecar: luchaste contra Dios y contra ti mismo y conseguiste gritar más alto que la voz de tu conciencia, apagando su crítica y haciendo lo que sabías que estaba mal. Quizá fue un gran salto hacia el mal, o quizá una sucesión de pequeños escalones, de forma que uno de ellos fue el definitivo, ya que para entonces habías conseguido tener muy "atada" y acallada la voz de la conciencia. O ambas cosas, como en mi caso. Yo recuerdo perfectamente el gran esfuerzo que tuve que hacer para cometer un pecado bastante grave, y eso que para entonces mi conciencia ya la tenía muy oprimida. Tuve que gritar interiormente para no escuchar la voz de mi conciencia, como hacen los niños cuando no quieren escuchar algo y repiten a gritos: "¡No te oigo, no te oigo, no te oigo, no te oigo...!" Después, seguir cometiendo pecados y autojustificármelos fue muy fácil. Me recuerda eso ahora al testimonio de un delincuente colombiano, que contaba lo muchísimo que le costó matar por primera vez a alguien, pero que luego, a todos los demás los mató como si nada, "como a perros".

"No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito". (1ª Carta de San Pablo a los Corintios 10, 13). Nos hemos apartado de Dios, no porque Él nos haya abandonado, sino porque nosotros le hemos abandonado a Él.

En definitiva, algunos perdieron -o perdimos- la gracia y la fe. Otros, sólo la gracia, pero su fe se convirtió una planta muerta, porque la fe que no supone vivir con Cristo cada día es como una planta seca y mustia, que no sirve para nada. "Apenas creí que había un Dios, comprendí que no tenía otro remedio que vivir sólo para Él" -dijo Carlos de Foucauld (*Carta a Henry de Castries, 14 de agosto de 1901). Sólo eso es la fe viva. El cristianismo no es un barniz, no es una ideología, ni una escala de valores. Ni siquiera es "cristianismo". Es vivir en Cristo, por Él y para Él, cada instante.

¿Y qué puede pasarnos para recuperar la fe y la vida en Cristo? Puede pasarnos que Él no nos abandona, porque somos suyos por el Bautismo, y sigue llamando a nuestra puerta, como en el soneto de Lope de Vega que transcribo a continuación.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:
«¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos»  respondía,
para lo mismo responder mañana!

sábado, 14 de enero de 2012

III. ¿Qué nos ha pasado? (3)

A nivel de experiencia vital, y por mi propia experiencia antes de convertirme, el que está alejado de Dios experimenta de mil formas eso que llega a confundir con la nada, y se dice a sí mismo: "no hay Dios". Pero, en verdad, no es la nada lo que experimenta, sino la ausencia. La ausencia de Dios. Más tarde dedicaremos un capítulo a "la misteriosa ausencia de Dios".

A mí, en el proceso que me movió a la conversión, el Señor me dio la gracia de dejar de confundir la nada con la ausencia. Fue cuando murió mi padre, cuando sentí esa falta de su presencia en mi vida. Y me di cuenta de que aquella experiencia de la ausencia de mi padre era análoga a la experiencia de la falta de Dios: no era la nada, sino Su ausencia, lo que yo venía experimentando desde hacía años. No me dije ya: "no hay Dios", sino que, en el fondo, fue tomando forma en mi corazón esta idea: "me falta Dios". Porque ese supuesto "vacío", ese enorme agujero que había en mi vida tenía la forma de su bondad, de su bien, de su belleza, y alcanzaba el tamaño de su infinitud. Nada podía llenarlo, nada podía simular taparlo, pues nada había del tamaño de Dios, ni tenía la forma de su verdad, de su bondad y de su belleza. Ni siquiera el amor humano podía rellenarlo.

Por eso no nos conformamos con el vacío, porque no es vacío sino ausencia. Y ausencia de Dios, así que "no nos conformamos con menos que con Dios", como dijo San Agustín. Sí, antes, llegamos a creer que Dios no existe, pero anhelamos todo lo que Él es, todo lo que hacía en nosotros ese Dios vivo y verdadero al que un día tuvimos en el corazón, de niños, cuando nos bautizaron.

(CONTINUARÁ)

viernes, 6 de enero de 2012

Sólo en Cristo hay salud (sobre el yoga)

 
"Uno solo es vuestro maestro: Cristo" (Mt 23,10)

En respuesta a un amigo lector que me pregunta sobre el yoga, aprovecho para comentar lo que pienso sobre él. Aunque parezcan cosas distintas, en esencia está muy unido a esas otras prácticas orientales de crecimiento espiritual y sanación mental o corporal.

El yoga es una práctica de las que se llaman "iniciáticas". Eso quiere decir que según tú vas aprendiendo y te vas introduciendo en eso, te van contando poco a poco lo que de verdad es, y solamente a los que ya son muy expertos se les van descubriendo sus mayores secretos.

Conozco a una persona que estuvo muy introducida en el yoga. Llegado un punto, le enseñaron una especie de cantos en lengua hindú, en indi. Pasado un tiempo, él tenía curiosidad por saber qué significaba aquello que él estaba diciendo durante su práctica, y logró que se lo tradujeran: eran invocaciones a los demonios. Es decir, cuando él estaba practicando yoga, "olvidado" de sí mismo, con las defensas bajadas, lo que estaba recitando eran llamadas al demonio. Dejó todo aquello y empezó a darse cuenta del sentido maléfico que tenía todo aquello.

El yoga promete una forma de "crecimiento" espiritual. Ahí se da el primer error: en no reconocer que lo que el hombre necesita no es crecimiento, sino sanación del pecado, de su naturaleza herida. Pero el mayor problema es que, como la única verdadera sanación espiritual nos viene por medio de Jesucristo, el yoga se olvida de eso y busca una vía alternativa: sanación espiritual sin Cristo. O lo que es lo mismo, liberación, redención sin Cristo. Esto es lo que decía el entonces cardenal Joseph Ratzinger en el libro-entevista "Nadar contra corriente":


"El riesgo es que el yoga pueda transformarse en un método autónomo de 'redención', desprovisto de un verdadero encuentro entre Dios y el hombre".

No es malo que alguien que no conoce a Cristo anhele su sanación espiritual. Es buenísimo. Nuestros antepasados griegos y romanos más sabios buscaron esa sana espiritualidad en la pr´ñactica del bien, en el seguimiento e la conciencia recta, sin saber que precisamente "la conciencia es el primer vicario de Cristo", como decía Henry Newmann. En el fondo, estaban rechazando el pecado y yendo en la buena dirección, aun en medio de las tinieblas.

Pero los yoguis no buscan la sanación ahí, sino en la "conexión" con otros poderes que están en la naturaleza. Eso es un error. Y para una persona que sí conoce a Cristo, buscar sanación espititual en poderes distintos de Él, de su gracia y, con ella, de la obediencia a su voluntad, luchando contra el pecado, no es ya que sea un error, es mucho más grave, es una forma de apostasía. Lo malo es que uno empieza a poner su confianza fuera de Cristo, en otras cosas, casi sin darse cuenta, y poco a poco va desplazando sus apoyos espirituales, quitándolos de cristo y teniéndolos en otro lugar, en otro poder.

¿Y cuál es ese otro poder que no es humano y que tampoco es divino, que nos promete lo que no nos puede dar, la salud espiritual, porque él mismo no la tiene? El mismo que le prometió a Eva que serían como dioses, el mismo que le prometió a Jesús la propiedad del mundo entero si le adoraba, el mismo que día a día nos promete la felicidad al ofrecernos el pecado. Esos poderes que están en la naturaleza pero no son de la naturaleza, son los del príncipe de este mundo, Satanás.

Por eso, lo que hace el yoga y la meditación budista, con su apariencia de inofensivos, es deshacernos de nuestro propio control, nuestra sagrada propiedad sobre el cuerpo, la mente y el espíritu, para dejarnos indefensos y que nuestra casa esté abierta de par en par para los malos espíritus.

Todo lo contrario de la oración, que es ponernos en movimiento espiritual, mental y corporal implorando la gracia que nos viene por Jesucristo, movidos por el Espíritu Santo desde el principio, estableciendo un contacto personal con Dios, que nos ama y nos infunde su amor.


Otro peligro de ponerse en contacto con esos poderes que hay en el mundo, que son los malos espíritus (lo sepamos o no), es que esos poderes existen, y tienen verdadero poder y control sobre el mal. Pueden darnos temporalmente algo que se parece a lo que necesitamos, para quitárnoslo luego y mantenernos apegados a ellos, con el único fin de que pongamos nuestra confianza en ellos, en esos poderes, y nos vayamos desapegando de Cristo. Con el tiempo, veremos que no nos darán verdadera alegría, como sí nos la da Cristo, aun en medio del dolor, sino que nos iremos llenando de tristeza, desidia espiritual y desesperación, aun en medio del bienestar. No sabremos por qué y recurriremos cada vez más a estas prácticas en busca de migajas de esa falsa sanación, y así nos irá agarrando el príncipe de este mundo.

Quizá alguno pensará que esto son locuras o exageraciones, pero como no escribo para contentar, sino para deciros la verdad de lo que realmente pienso, pues aquí está. No quiero ofender a nadie, pero creo que esto es un peligro, algo mucho más dañino de lo que muestra su apariencia inofensiva.

Aún así, puede haber personas que piensen que, si no se entra en profundidades espirituales, y se practica el yoga como una especie de "gimnasia" meramente corporal, puede ser bueno y relajante... ¿Seguro?

No hay nada "meramente corporal". Nos hemos olvidado de que el cuerpo es inseparable del alma, que no son realidades separadas, sino mucho más unidas de lo que parece. Yo lo he descubierto al utilizar el cuerpo en la oración. Hay posturas corporales que son objetivamente de petición, de apertura del corazón a Dios, como es el ponerse en la disposición del mendigo, las manos abiertas y vacías con la palmas hacia arriba, reconociendo su Todo y pidiéndole para nuestra nada. Hay posturas y actos que son objetivamente de alabanza, como es el alzar los brazos y el rostro hacia el Cielo, como dicen los salmos. Hay posturas que son de adoración, como el arrodillarse o mucho más, echarse todo a lo largo en el suelo. Por eso, orar con todo nuestro ser, que es algo que hemos olvidado, es una maravilla, porque el cuerpo ayuda a mover el corazón en la oración.

Yo no sé qué significarán específicamente las posturas del yoga, pero estoy seguro de que son inseparables de su esencia. Además, de algo que es maléfico, yo no quiero ni el envoltorio, porque puede estar contaminado. Estoy seguro de que las posturas del yoga llevan al corazón por un camino equivocado y perjudicial.

Me parece que muchos en la Iglesia están siendo muy inocentes con todo esto, y no se dan cuenta de lo grave que es. La mentalidad racionalista de muchos les lleva a no darse cuenta de los poderes que se ponen en movimiento, y que no son ni divinos, ni humanos. Lo mismo que no es igual "jugar" a la ouija que al juego de la oca, no es lo mismo hacer yoga u otros ejercicios corporales desarrollados para poner en juego estos poderes o energías ocultas, que practicar una buena gimnasia. Y hay muchísima gente muy dañada espiritualmente por estas prácticas, que son anticristianas y dañinas. Yo aconsejo dejarlas totalmente, lo mismo que los amuletos, supersticiones, adivinaciones, reiki y todas esas formas de presencia maléfica, incluidas todas las prácticas budistas de diversas corrientes, y confiar sólo en el Señor y en su poder para sanarnos del pecado, curar nuestro corazón y librarnos de la muerte.

A los que dicen: "pero es que a mí me viene muy bien, pero es que a mí me ha curado tal práctica de reiki, etc.", yo les diría: si funciona, peor. Porque si no funcionase, podría ser mero engaño humano, y eso todo lo más sería tirar el dinero. Pero si funciona, es que ahí se han puesto en marcha poderes que no son ni de Dios, ni del hombre, y sólo pueden ser de los malos espíritus. Estos malos espíritus usan el poder que tienen para darte "migajas" que te relajen o satisfagan temporalmente, para que pongas tu confianza en ellos y no en Cristo, nuestro único Salvador. Pero no te darán la paz, porque no la tienen; al contrario, te la quitarán. Sólo Cristo puede darte la verdadera paz, que procede sólo de Él."En ningún otro hay salud, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Hechos 4,12).
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