martes, 17 de enero de 2012

III. ¿Qué nos ha pasado? (4 y 5)

Lo que nos ha pasado es que hemos perdido la gracia que recibimos en el Bautismo, la presencia viva de Dios actuando dentro de nosotros. Esa gracia del Bautismo es como una semilla que fue sembrada cuidadosamente en nuestra tierra. Pero si al crecer no recibió el agua y el sol que necesitaba, la semilla de la fe se quedó sin germinar.

El agua que necesita es la conexión continua con la vida de Dios, con su savia, por la gracia que recibe mediante la oración y los sacramentos. El sol que también necesita para alimentarse y crecer es la enseñanza cristiana, la Palabra de Dios, la catequesis y el ejemplo vivo de otros cristianos, empezando por nuestros padres y padrinos, que nos llevaron a bautizar. Sin el agua y el sol de la enseñanza y la gracia, la semilla de la fe no germinará. Y no basta que tuviéramos todo eso una vez, de pequeños: es necesario que el aporte de agua y la luz del sol sean continuos.

A muchos nos pasó que recibimos, mal que bien, enseñanza cristiana y sacramentos hasta que hicimos la Primera Comunión, poco más o menos. Pero cuando teníamos que haber recibido las enseñanzas que necesita un joven, no las recibimos. Tampoco se nos enseñó a orar, ni se nos ayudó con el ejemplo, ni a nadie se le ocurrió enseñarnos a escuchar la voz de Dios en nuestro interior, ni en su Palabra, ni en los acontecimientos cotidianos (también dedicaremos un capítulo a eso). La semilla de la fe germinó hasta la Primera Comunión, pero entonces fue dajada a oscuras y sin agua, y acabó secándose. Estábamos tan débiles, que no pudimos hacer frente a las tentaciones y perdimos la gracia bautismal. En otros casos, incluso se sembraron malas hierbas alrededor de la semilla, enseñanzas adulteradas sobre Cristo o falsas ideas religiosas que acabaron parasitando y sustituyendo a nuestra verdadera fe. En mi caso, cuando me convertí y leí el Catecismo de la Iglesia Católica, lo que leí en él me sonó completamente nuevo y distinto de lo poco que me habían enseñado sobre Cristo. Dos falsas ideas muy extendidas se nos enseñaron de jóvenes a muchos: el arrianismo (tratar a Cristo como si no fuese nuestro Dios y Señor, como si fuese un simple maestro espiritual) y el pelagianismo (tratar a Cristo como si no fuese nuestro Salvador, como si fuese un mero modelo ético, y nosotros pudiéramos seguirle y ser buenos con nuestras propias fuerzas, imitándole). Y lo importante no es ya lo que se nos enseñó con eso, sino lo que no se nos enseñó, lo que se nos omitió sobre Cristo: precisamente, todo lo que supone que es nuestro Señor y Salvador.

A otros, su familia ni siquiera les llevó a Misa cada Domingo tras la Primera Comunión: fue la primera y casi la única. ¿Y cómo iba a vivir la planta sin recibir periódicamente el agua de la Vida, ni el sol del ejemplo de sus padres? Se debilitó y acabó muriendo por el pecado, como las otras.

Otros, más cuidados por su entorno familiar o más fuertes en el Señor, recibieron de alguna forma todo eso, y crecieron más o menos sanos. Alguna vez quizá se secaron o enfermaron un poco, pero recibieron el agua medicinal que se nos da en la confesión: la misma vida de Cristo, que nos sana de nuevo, como ya nos sanó en el Bautismo. Incluso de entre esos, algunos cayeron, porque el viento y las inclemencias contra la fe han sido muy fuertes últimamente, y ellos fueron débiles.  

Bueno, hasta aquí las "excusas". No son excusas falsas, pero son excusas, porque lo cierto es que no hemos ido a la boda, además y por encima de todo eso, porque no nos ha dado la gana. Sí... no nos regaron... nos taparon la luz del sol, todo eso es muy triste, pero la realidad es que Dios jamás abandona a un alma que está en gracia por el Bautismo. Si hemos caído, si hemos perdido la fe, si hemos perdido la pureza del alma, ha sido porque hemos querido. La gracia bautismal nos hizo libres para elegir el bien, para esforzarnos por evitar el mal. Si expulsamos a Dios de nuestro corazón fue porque quisimos. Sí, estábamos muy débiles por muchas cosas, pero además, quisimos. "La puerza del alma no puede perderse sin consentimiento" -dice San Agustín. Caer en un pecado que nos aleja totalmente de Dios no puede hacerse -por definición- si no es de forma voluntaria. No es que Dios se quiera alejar de nosotros, es que a nosotros nos estorba Él y le expulsamos; le decimos, con hechos y pensamientos, que no le queremos en nuestra alma. Y "Dios se retira" -como dice León Bloy, pues no tendría sentido obligarnos a amarle. Hará todo lo posible para movernos a amarle, hasta dejarse matar en una cruz por nosotros, pero no nos obligará a amarle.

"Cuando venga el Espíritu Santo, convencerá al mundo de pecado" (Evangelio según San Juan 16,8)

Dicho de otra forma, Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Su gracia siempre nos auxilia. Por tanto, si una vez estuviste bautizado, como yo, y perdiste la fe y la gracia, como yo creo que las perdí, fue porque en algún momento tomaste la determinación de pecar: luchaste contra Dios y contra ti mismo y conseguiste gritar más alto que la voz de tu conciencia, apagando su crítica y haciendo lo que sabías que estaba mal. Quizá fue un gran salto hacia el mal, o quizá una sucesión de pequeños escalones, de forma que uno de ellos fue el definitivo, ya que para entonces habías conseguido tener muy "atada" y acallada la voz de la conciencia. O ambas cosas, como en mi caso. Yo recuerdo perfectamente el gran esfuerzo que tuve que hacer para cometer un pecado bastante grave, y eso que para entonces mi conciencia ya la tenía muy oprimida. Tuve que gritar interiormente para no escuchar la voz de mi conciencia, como hacen los niños cuando no quieren escuchar algo y repiten a gritos: "¡No te oigo, no te oigo, no te oigo, no te oigo...!" Después, seguir cometiendo pecados y autojustificármelos fue muy fácil. Me recuerda eso ahora al testimonio de un delincuente colombiano, que contaba lo muchísimo que le costó matar por primera vez a alguien, pero que luego, a todos los demás los mató como si nada, "como a perros".

"No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito". (1ª Carta de San Pablo a los Corintios 10, 13). Nos hemos apartado de Dios, no porque Él nos haya abandonado, sino porque nosotros le hemos abandonado a Él.

En definitiva, algunos perdieron -o perdimos- la gracia y la fe. Otros, sólo la gracia, pero su fe se convirtió una planta muerta, porque la fe que no supone vivir con Cristo cada día es como una planta seca y mustia, que no sirve para nada. "Apenas creí que había un Dios, comprendí que no tenía otro remedio que vivir sólo para Él" -dijo Carlos de Foucauld (*Carta a Henry de Castries, 14 de agosto de 1901). Sólo eso es la fe viva. El cristianismo no es un barniz, no es una ideología, ni una escala de valores. Ni siquiera es "cristianismo". Es vivir en Cristo, por Él y para Él, cada instante.

¿Y qué puede pasarnos para recuperar la fe y la vida en Cristo? Puede pasarnos que Él no nos abandona, porque somos suyos por el Bautismo, y sigue llamando a nuestra puerta, como en el soneto de Lope de Vega que transcribo a continuación.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:
«¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos»  respondía,
para lo mismo responder mañana!

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