miércoles, 29 de febrero de 2012

Los protestantes no creen en la Sola Scriptura (gracias a Dios)

Ayer tomé esta foto con el móvil camino del trabajo. Los árboles me recuerdan el misterio de la Trinidad.

Hablando como estábamos en este blog de la "Sola Scriptura", me doy cuenta de que los protestantes creen también en Dios Uno y Trino, y por eso son cristianos, como nosotros, hermanos nuestros.

¿Por qué creen en Dios Uno y Trino? ¿Sólo por la Biblia? No, porque eso es de tal forma un misterio inabarcable, que no lo creerían sólo por la Escritura, lo mismo que el eunuco etíope no entendía lo que leía si nadie se lo explicaba.

¿Creen entonces porque el Espíritu Santo les revela las Escrituras? Sí, precisamente. Pero no se las ha revelado a cada uno individualmente, se las ha revelado a través de la Iglesia. Y ellos se pasan la tradición unos a otros.

Sí, los protestantes entienden la Escritura gracias, en buena medida, a que mantienen parcialmente vivos entre ellos la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, que les aclara las Escrituras. Y en muchas otras cosas no entienden las Escrituras -como es el caso de la Eucaristía- porque han abandonado esa sagrada tradición y enseñanza de la Iglesia.

¿Por qué mantienen unas enseñanzas o tradiciones y abandonan otras? Porque siguen la opinión de su pastor, que en parte sigue la del que fue su pastor, y así sucesivamente y con enmiendas en cada generación, hasta remontarnos a Lutero, que mantuvo unas y abandonó otras. Quizá sin darse cuenta, han abandonado la enseñanza segura de los pastores que mantienen la sucesión apostólica por la autoridad de Cristo, a cambio de seguir a aquéllos cuya opinión les convence más, por herencia de un mal cristiano: Martín Lutero.

Lutero no fue el primero en rechazar una enseñanza de la Iglesia. Muchos antes que Él lo habían hecho: Arrio, Pelagio, y un largo etcétera. Pero Lutero hizo una cosa más que todos ellos: no sólo rechazó enseñanzas de la Iglesia, sino que rechazó a la propia Iglesia como Maestra, y dijo que rechazar las enseñanzas de la Iglesia estaba bien, que bastaba con la Escritura, sin la Iglesia. Es absurdo, porque no hay nada más antibíblico que rechazar la Iglesia y quedarse sólo con la Escritura, como el eunuco.

Eso lleva a extremos tales que comunidades "cristianas" protestantes enteras defienden el aborto y el divorcio, y todos los protestantes rechazan con ignorancia la palabra de Cristo sobre la Eucaristía: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Juan 6,54). Que Dios les bendiga por el testimonio que muchos dan, como ese pastor condenado a muerte por no renegar de su fe en Irán, pero que les aparte de esa mala y falsa enseñanza de Lutero que es la "Sola Scriptura". Y que a todos nos una en una sola Iglesia visible, para que el mundo crea en Cristo.

Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. (Juan 6,68)

domingo, 26 de febrero de 2012

¿"Sola Escritura" (como dicen los protestantes) o "Todo Cristo"?

 

Lo mismo que el Verbo tomó un cuerpo visible, la Biblia es la Palabra de Dios inspirada por el Espíritu Santo, y jamás puede ser un riesgo de idolatría por mucho aprecio que se le tenga. La Biblia no es un libro sobre Dios, es la Palabra misma de Dios. El problema de los protestantes no es que amen mucho la Biblia. Eso está muy bien. Pero al decir "Sola Escritura" creen que la Biblia es la palabra única de Dios, que fuera de la Biblia Dios no nos dice nada. Pero Dios mismo nos dice lo contrario en la propia Biblia:

“Muchas otras cosas tengo que deciros, pero no podéis con ellas ahora. Cuando venga el Espíritu, Él os guiará a la verdad completa, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer” (Juan 16,13).

"Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían" (Juan 21, 25).

"Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta" (2 Tes 2,15)
.

Y ¿a quién pone Cristo para guardar su rebaño en la fe y la verdad? ¿A las Escrituras? La respuesta la da la propia Biblia:

"Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lucas 22,31-32).

"Así sabrás cómo comportarte en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad". (1 Tim 3,15)


Así que la Biblia es Palabra de Dios, venerable como el mismísimo Cuerpo de Cristo, pero no SOLA, sino con la Iglesia y la enseñanza del Espiritu Santo en la Sagrada Tradición. Dos son las fuentes de la Única Palabra de Dios de la Tradición que Cristo nos dejó y el Espíritu Santo nos da a concoer: La Tradición escrita y la no escrita (como nos dice Pablo en 2 Tes), es decir, la Sagrada Biblia y la Sagrada Tradición, y esa no es palabra aislada, sino que debe ser entendida con "la regla de la fe", el Magisterio de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

No le puede decir la boca al oído: no te necesito. Igual, esa Palabra, que es de Cristo, no puede prescindir de la Iglesia, no puede aislarse de ella. El eunuco etíope tenía la Escritura ante los ojos, pero para él era inerte, porque no tenía a la Iglesia para interpretarla. La Escritura no es Sola Escritura. Quien tiene una parte del cuerpo sola, por importante que sea esa parte, no tiene el cuerpo. Por eso el eunuco le responde a Felipe:

"¿Cómo voy a entenderla, si nadie me la explica?" (Hechos 8, 31)

La Escritura sola no se basta a sí misma. Si se bastara a sí misma, el eunuco se habría llevado la escrituar y, sin que nedie le predicase, podría haber aceptado y entendido por sí mismo la Revelación. Pero no. Querer sólo la Escritura es un error, es una aceptación incompleta de la Revelación, de la Palabra de Dios.



En definitiva, los protestantes hacen muy bien en venerar la Sagrada Escritura como al mismo Cristo, no hay ninguna idolatría en eso, y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Pero la Escritura no es Todo Cristo. Decir "Sola Escritura" es una equivocación. Los católicos decimos por oposición a eso: "¡Todo Cristo!" Toda su Revelación, esto es: Tradición y Escrituras, complementándose entre sí e interpretadas auténticamente en unión con la Iglesia, que es Una y visible, "para que el mundo crea" en Cristo (cf. Juan 17,21). El mundo no puede creer en una "Iglesia" de unidad invisible, eso es un error. Por eso, la unidad visible de la Iglesia subsiste en la Iglesia Católica. "Donde está Pedro, allí está la Iglesia, y donde está la Iglesia, allí no hay muerte, sino vida eterna" -nos dice la Sagrada Tradición, asistida por el Espíritu Santo, por boca de San Ambrosio, Padre de la Iglesia.

No hay nigún peligro por amar la Palabra de Cristo, pero hay que amarla Toda, y con todo su sentido. Y si algo nos cuesta entenderlo, no val olvidarlo y desecharlo, como hacen los protestantes con la Sagrada Tradición y hasta con la Iglesia.

Y bueno, para lo que dije antes de que no hay peligro de idolatría con las Escrituras, creo que esta cita de Dei Verbum 21, del Concilio Vaticano II, lo aclara mucho:

"21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.

Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".

Creo que la Dei Verbum es el documento más sencillo, hermoso y clarificador que conozco sobre la Revelación. Es corta y preciosa. Es muy citada en el Catecismo, además.

Así que, en lugar de "Sola Escritura", los cristianos haremos bien en proclamar:  "Todo Cristo"!

miércoles, 15 de febrero de 2012

IV. ¿Cómo nos contesta Dios? (2)


Lo primero es decir que la relación que Dios tiene con cada uno es distinta y personal. Es algo parecido a un idilio amoroso. Bueno, en realidad es un idilio amoroso. El Señor es un Dios seductor, que conoce a quién se dirige, y le derretirá el corazón a su manera, como si fuera la única persona que existe en el mundo. Por eso dice el poema de Oseas que hemos leído antes: "yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón...". El amor busca la soledad (el "desierto") porque todo lo demás le sobra. De forma que Dios intenta dejarnos en soledad. Al mismo tiempo, es una lucha de Dios contra nuestro rechazo, porque nosotros, que en el fondo de nuestro corazón anhelamos a Dios, anhelamos su belleza, su verdad, su bien, la felicidad que nos espera en su compañía, incluso sin ser conscientes de ello, tenemos sin embargo una herida, una enfermedad, una tendencia a rechazarlo. Hablaremos de esta herida en un capítulo posterior. Pero esa herida existe. Lo mismo que queremos a veces hacer el bien en el fondo, pero el egoísmo, la pereza o el vicio nos ciega y puede con nosotros, con Dios nos pasa lo mismo. En el fondo nuestro corazón anhela estar junto a Él, pero nuestros sentimientos (equivocados), nuestra inteligencia (mal utilizada) y hasta nuestra imaginación (obtusa) le rechaza; nuestra memoria no cesa de buscar experiencias pasadas que nos muevan a rechazarle, a despedirle sin escucharle, sin mirarle, sin pensar en lo que nos dice...

Pero Dios puede más: se busca estratagemas para llevarnos "al desierto", y allí hablarnos de amor como sabe que nadie más puede hablarnos. El poema de Oseas empieza entonces a decirnos de qué forma nos habla Dios. O mejor dicho, de qué forma se relaciona con nosotros, porque su forma de hacerlo va más allá que las palabras. Un buen amigo puede darte un buen consejo de palabra, para que cambies; el Señor va más allá: te cambia si tú le dejas. Por eso, quizá una de las frases más repetidas entre los conversos es ésta: "mi encuentro con Jesús me cambió la vida". Yo también soy testigo de ello: mi encuentro con Jesús me cambió la vida (otro más).

Dice Oseas: "le entrego allí mismo sus viñedos". Quiere decir que el Señor te devuelve tu propiedad (tus viñedos), y tu propiedad más preciada es la libertad: Dios te la devuelve, porque tú la has tirado y pisoteado. Tú, por el pecado y el alejamiento de Dios, eres esclavo/a de esa herida que hemos dicho antes, no eres libre para aceptar al Señor, para aceptar al que tu corazón anhela. Por eso Dios actúa primero en tu corazón, para liberarte de miedos y prejuicios, para que puedas aceptarle libremente. Cuando estás apartado de Dios, tienes mil razones, sentimientos, miedos  y recuerdos para rechazarle; en el momento de la conversión, todo eso queda arrinconado. No te condiciona. "Y haré del valle de Acor una puerta de esperanza". El valle de Acor significa para el pueblo hebreo el valle de la turbación, del dolor que nosotros mismos nos hemos buscado por apartarnos de Dios, y también del dolor que nos ha venido por culpa de otros o por la enfermedad, etc. Pero Él abre en nuestro dolor una puerta a la esperanza, nos consuela y nos empieza a sanar. De hecho, uno de los nombres con que llamamos al Espíritu Santo es éste: "Consolador". Y aún es más, mucho más, porque olvida nuestra culpa, borra nuestra traición, el rechazo con el que hasta ahora hemos pagado a nuestro Creador. Esa deuda, esa factura imposible de pagar, Jesús la ha hecho mil pedazos al pagarla por nosotros en la cruz.

Al recibir todo eso, nosotros le respondemos apartándonos de las cosas que nos poseen, para arrojarnos en sus brazos. Esas cosas son los "baales", los ídolos en los que buscamos el consuelo a la dureza de la vida, el descanso, la paz, la felicidad. Pero nuestro anhelo de dulzura, de consuelo, de descanso, de paz y de felicidad, en realidad es un anhelo de Dios, porque Dios es el único que puede darnos todo eso. Sin embargo, nosotros lo buscamos en cosas externas, que nos dan migajas de consuelo, de paz, de descanso, de felicidad, pero luego se cobran el doble. Con el corazón con el que deberíamos amar a Dios, amamos el placer, la comodidad, el poder... Dios nos mueve liberarnos de eso. Es una liberación con lucha, que dura toda la vida. Pero tener esa lucha interna es ya un signo claro de que Dios actúa en nosotros, es la forma en que Dios nos "responde": haciendo que nosotros le respondamos, moviéndonos a amarle. Todo eso está dicho aquí: "Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto.
Aquel día -oráculo del Señor-
me llamarás "esposo mío",  y ya no me llamarás "mi amo" ("baal mío"). Apartaré de su boca los nombres de los baales, y no serán ya recordados por su nombre".

Dice San Agustín en el libro que cuenta su conversión, hablándole a Dios: "¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!  He aquí que Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba, y sobre esas hermosuras que Tú creaste me arrojaba deforme.  Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo.  Me tenían lejos de Ti aquellas cosas, que, si no estuvieran en Ti, no existirían.  Pero Tú llamaste y clamaste y rompiste mi sordera.  Relampagueaste y resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera.  Exhalaste fragancia, la respiré y anhelo por Ti.  Gusté y ahora  tengo hambre y sed de Ti.  Me tocaste, y encendí en deseos de tu paz".  (Confesiones 10:27).

El resultado -paradójico- de esa lucha interior incesante contra lo que nos aparta de Dios, es que Él nos da la paz. Por eso dice San Agustín: "nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti". Porque en medio de la mayor lucha, hay paz si tenemos a Dios con nosotros -eso significa uno de los nombres de Cristo, "Emmanuel", "Dios con nosotros" (Isaías 7,14; Mateo 1, 23). Y eso es así porque la paz no es algo que uno puede conseguir, sino algo que es un regalo de Dios, que sólo Él puede dar. La paz es lo que Dios nos da cuando nos unimos a Él.

Luego, el poema de Oseas, dice: "Aquel día haré una alianza en su favor con las bestias del campo, con las aves del cielo, y los reptiles del suelo". Aplicado a la relación con Dios, el profeta nos dice que todo aquello que estaba desordenado en nuestra vida y en nuestro interior, el Señor lo va ordenando. Se refiere al Génesis, en el que, por el pecado de Adán y la maldición que le acompaña, la armonía original entre el hombre y la Creación se rompe. Pero no sólo se rompe la armonía exterior, también se rompe la armonía interior. Nuestros sentimientos, deseos, pensamientos, nuestra imaginación, nuestra inteligencia y hasta nuestra memoria, se rebelan contra nosotros, y a pesar de que muchas veces nos sirven -como los animales domésticos-, otras veces se oponen a  nuestra felicidad como fieras salvajes: nuestras pasiones nos arrastran donde no queremos ir, nuestros sentimientos de ira, venganza, inferioridad, desprecio, etc., nos apartan del bien; nuestra imaginación nos hace temer grandes males cuando queremos hacer algo bueno, nuestra inteligencia maquina excusas para apartarnos de la verdad, y nuestra memoria nos recuerda lo que nos hirió, presentándonoslo de forma parcial e injusta, culpabilizando a quien no tiene la culpa. Ir ordenando todo eso, hacer alianza con esas bestias, es otra de las formas que Dios tiene de hablar con nosotros. Dios habla actuando en nuestro interior. Por eso, a veces pedimos a Dios que nos cure de una enfermedad, y él nos responde ayudándonos a aceptarla, de forma que nos sirva para crecer espiritualmente, es decir, para unirnos más a Él. Ésta es su forma más normal de respondernos, luego explicaremos las formas más excepcionales.

Sigue el poema: "Quebraré arco y espada y eliminaré la guerra del país, y haré que duerman seguros". Dios elimina el poder de lo que nos hace guerra. Lo que nos hace guerra son las tentaciones, el poder del pecado, que nos quita la paz. Sin Él, el pecado es más fuerte que nosotros, somos incapaces de resistirle. Pero con Dios, podemos dormir seguros. No nos faltarán las tentaciones, pero ya seremos libres para vencerlas -si queremos- porque su gracia, su poder para vencerlas, no nos faltará nunca. Y añade: "Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura". Todo eso es lo que el Señor hace en nuestro corazón: nos cambia. Justicia y derecho parecen referirse más a nuestra voluntad y nuestro entendimiento, que se conciertan para buscar el bien. Pero misericordia y ternura parecen hablarnos ya de una relación sensible con el Señor, y así es: Dios nos da su amor, y se busca sus momentos, sus detalles y sus ocasiones para hacerlo de forma sensible. Él nos da constantemente muestras que nos hablan al corazón y nos dicen: "estoy contigo". Y esto lo hace ya de mil formas, desde las más normales a las más extraordinarias. De esa forma nos hace conocer su fidelidad, como dice el profeta:  "me desposaré contigo en fidelidad", para añadir: "y conocerás al Señor".

Merece la pena detenerse aquí un poco, para explicar esos miles de formas extraordinarias en que Dios nos habla. Lo normal -aunque en sí es el mayor de los milagros- es que Dios se relaciona con nosotros haciéndonos cambiar por dentro. Esto lo hace introduciéndose Él mismo en nuestro corazón, en nosotros -cuando le damos permiso, aceptando la fe y por tanto recibiéndole en los sacramentos. A esa presencia viva de Dios que nos renueva por dentro es a lo que llamamos "la gracia", una de las palabras más queridas del vocabulario cristiano. Esto es representado de forma maravillosa en los que para mí son los versos más sublimes que conozco. Son de San Juan de la Cruz y hablan así de la acción de Jesús, que se pasea por nuestra alma:

"Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura".

Pero esto, es lo normal. Porque lo normal es que recemos pidiendo la curación de un cáncer, y Dios nos responda ayudándonos a sobrellevarlo, a llevar nuestra cruz. Es duro aceptar esto de un Padre que nos ama, ojalá no te escandalice, ojalá te sea más fácil aceptarlo de un Hijo que ha dado su vida por ti. ¿Por qué Dios no cura siempre? ¿Por qué, la mayoría de las veces, se "conforma" con ayudarnos a aceptar y sobrellevar el sufrimiento? Esto es un escándalo para quien no confía en Cristo, y lo trataremos en un capítulo posterior, sobre "la incomprensible ausencia de Dios". Pero Cristo no nos engañó sobre ello; Él nos dijo:

"El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga".
Evangelio según San Marcos 8,34

Jesús ha vencido a la muerte y al pecado, pero es necesario que muramos con Él para resucitar con Él, para disfrutar plenamente de la victoria que Él nos ha conquistado. Sin embargo, Dios conoce nuestra debilidad y sabe que no podemos seguir adelante si no nos va dando pequeños "anticipos del Cielo", pequeños -o a veces grandes- "anticipos" de su victoria, de la felicidad eterna. Por eso nos da consuelos de paz y de misericordia en la oración, nos hace sentir su amor, nos da pequeñas señales cotidianas -a veces, grandes señales-, incluso hace algún milagro para fortalecer nuestra fe. Por ejemplo, antes de su Pasión, sabiendo que iban a necesitar una dosis extra de confianza, Jesús, que se mostraba en apariencia humana normal ante los demás, cogió a Pedro, Santiago y Juan y se los llevó al monte Tabor, donde se transfiguró, mostrándoles su imagen divina.

Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear lavandero sobre la tierra. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que hablaban con Jesús. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Rabbí, bueno es estarnos aquí-. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía, porque estaban aterrados. Se formó una nube que los cubrió con su sombra, y se dejó oír desde la nube una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle. Luego, mirando en derredor, no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo. Bajando del monte, les prohibió contar a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitase de entre los muertos. 
Evangelio según San Marcos 9, 1-9.


El pobre Pedro se habría quedado allí toda la vida; pero no podía ser...

(CONTINÚA)

domingo, 12 de febrero de 2012

Murió como vivió: por el amor de Cristo

Este es Pedro Manuel, hermano de nuestra Diócesis de Cádiz, que murió esta pasada semana en Ecuador, cerca de la misión de Quinindé, donde dirigía una casa-escuela. Murió por salvar a siete niños, que jugaban en la playa cuando les alcanzó una gran ola que les arrastraba mar adentro. Se echó al agua y los fue sacando poco a poco y, al salvar a los dos últimos, cayó agotado y muerto.

El hermano Pedro ha dado su vida a los 43 años, tras muchos años de trabajo escondido por los demás, por los más pequeños, como hacen tantas personas de los Hogares de Nazaret. No hablo de oídas, sino de lo que he visto con mis propios ojos. Aquí en Chiclana, los Hogares de Nazaret tienen dos casas para niños que quedan abandonados, donde se les trata con el amor que tantas veces les ha faltado. No es fácil: hay que ver cómo llegan muchas veces estos niños, después de las experiencias que han vivido. Aquí conocimos a un matrimonio de nuestra edad que acoge en su casa a cinco de estos niños, para cuidarles como si fueran sus propios hijos, hasta que una familia les acoja o adopte. Podemos decir que ahí hemos visto el amor de Cristo.

Pedro, de Chiclana, había consagrado su vida a Cristo en los niños pobres y abandonados. Dicen los que convivieron con él que era una persona discreta, que no le gustaba destacar, que era abnegado, trabajador, obediente, entregado a su labor en lo oculto; tanto, que les ha costado trabajo encontrar una foto suya, que es la que encabeza este artículo.

La historia de Pedro debería contarse el domingo en todas las parroquias de nuestra diócesis, para movernos a todos a seguir la voluntad de Dios como él, llevando a los demás el amor de Cristo, cada uno según su carisma y su vocación. Que el Padre le reciba en su misericordia y que ayude a los Hogares de Nazaret, esa maravillosa rama del árbol de la Iglesia que tenemos tan cerquita, aquí en Chiclana. Os queremos, hermanos. ¡Gloria a Dios!

Entonces dirá el rey a los de su derecha:
        «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme».
Entonces los justos le contestarán:
        «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?»
Y el rey les dirá:
        «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».
Mateo 25, 34-40

IV. ¿Cómo nos contesta Dios? (I)

"La persuado, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón" (Oseas 2, 16)


 De todo lo que nos ha faltado, a mí me parece que lo peor y lo fundamental es que no se nos enseñó a tener una relación personal con el Señor. Porque de esto, viene lo demás. El que no vive pidiendo a Dios lo que pedimos en el "Padre nuestro", que es que no nos deje caer en la tentación, acaba cayendo en ella.

Orar es fácil para un niño, al menos para el que vive una vida más o menos "normal". Su fe no flaquea, y ni siquiera necesita escuchar la voz de Dios; él sabe que le escucha. Pero cuando crecemos, empezamos a hacernos muchas preguntas, empezamos a tener problemas, y ya no nos basta con rezarle a la manera de un niño, necesitamos oír expresamente su Palabra, necesitamos ver su actuación en nuestra vida.

Sin embargo, cuando hablamos con Dios no es como cuando hablamos con un amigo al que llamas por teléfono, le preguntas, te contesta y ya está. Cuando oramos, cuando hablamos con Dios, no oímos su voz, y a primera vista puede parecer que aquello no es un diálogo, sino un monólogo, como el que podría uno tener con la pared o con la Luna. Pero la oración no es eso; de hecho, en la oración cristiana, aún más importante que lo que nosotros le decimos a Dios, es lo que Él nos "dice" a nosotros. Por eso quiero dedicar este capítulo a comentar cómo nos contesta Dios cuando nosotros le hablamos y le preguntamos.

"Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el Cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. En fin, es algo grande, sobrenatural, que me dilata el alma y me une con Jesús".
Santa Teresita del Niño Jesús
Ya hablamos en el capítulo I de Santa Teresa del Niño Jesús, o "Teresita de Lisieux", maestra de la "infancia espiritual", que viene de las palabras de Jesús: "En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?" Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: "En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". Evangelio según San Mateo 18, 1-3. Y en otro pasaje, dice: "Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él". Evangelio según San Lucas 18, 16-17.
Es claro que "ser como niños" se refiere a la sencillez, a la humildad. El propio Jesús, lleno de alegría en el Espíritu Santo, según nos cuenta el Evangelio de Lucas, ora así a su Padre en una ocasión: 
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños". 
Evangelio según San Lucas 10, 21.
Y hemos visto también que San Ambrosio, padre de la Iglesia del siglo V, aquél que con su predicación ayudó a convertirse a San Agustín, nos aclara un importante aspecto del significado de "ser como niños", al decir que "los niños confían en quien les ama". Santa Teresita dice: "Sólo la confianza nos llevará al amor".
Sobre la oración, quizá lo primero que se me ocurre decir es que quien constesta al principio... ¡no es Dios! Los que contestamos, aún sin saberlo,  ¡somos nosotros! Porque cada vez que nos dirigimos de corazón al Dios verdadero, no lo hacemos por nosotros mismos, sino que eso es ya una respuesta a una llamada suya. Por eso, en la Misa y en la mayoría de las oraciones empezamos: "En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". ¿Por qué? Porque no estamos ahí porque de nosotros haya salido la idea, sino que estamos ahí en respuesta a una llamada que Dios nos ha hecho por medio de su Espíritu Santo. Estamos allí "en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Por eso, si te diriges a Dios en Nombre de Cristo, no es ya que Dios te escuche -que por supuesto, te escucha-, es que Él mismo te ha movido a esa oración por medio del Espíritu Santo.

Pero vamos a decir mucho más, porque Dios de verdad responde cuando le hablamos. De forma quizá escondida para quien no lo conoce, su forma de respondernos está expuesta en este bello poema del profeta Oseas, escrito en el siglo VIII antes de Cristo. En Él, Dios habla a su pueblo, Israel, pero en sentido espiritual está hablándote a ti, a mí, a cada uno de nosotros, al interior de nuestra alma. Nos promete en respuesta sembrar en nosotros bienes espirituales que cambiarán nuestra vida. No te preocupes si este poema te resulta aún incomprensible; más adelante comentaremos algunas de sus palabras.

"Por eso, yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón,
le entrego allí mismo sus viñedos,
y hago del valle de Acor
una puerta de esperanza.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día -oráculo del Señor-
me llamarás "esposo mío",
y ya no me llamarás "mi amo" ("baal mío").
Apartaré de su boca los nombres de los baales,
y no serán ya recordados por su nombre.
Aquel día haré una alianza en su favor,
con las bestias del campo,
con las aves del cielo,
y los reptiles del suelo. 
Quebraré arco y espada
y eliminaré la guerra del país,
y haré que duerman seguros.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo 
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor.
Aquel día yo responderé
-oráculo del Señor-,
yo responderé con los cielos,
y ellos responderán a la tierra.
La tierra responderá con el trigo,
el mosto y el aceite nuevo,
y ellos responderán a "Dios-siembra".
Yo la sembraré para mí en el país,
tendré compasión de "No compadecida",
y diré a "No mi pueblo":
"Tú eres mi pueblo";
y él dirá: "Mi Dios".

Oseas 2, 16-25.

(CONTINÚA)

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