domingo, 12 de febrero de 2012

IV. ¿Cómo nos contesta Dios? (I)

"La persuado, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón" (Oseas 2, 16)


 De todo lo que nos ha faltado, a mí me parece que lo peor y lo fundamental es que no se nos enseñó a tener una relación personal con el Señor. Porque de esto, viene lo demás. El que no vive pidiendo a Dios lo que pedimos en el "Padre nuestro", que es que no nos deje caer en la tentación, acaba cayendo en ella.

Orar es fácil para un niño, al menos para el que vive una vida más o menos "normal". Su fe no flaquea, y ni siquiera necesita escuchar la voz de Dios; él sabe que le escucha. Pero cuando crecemos, empezamos a hacernos muchas preguntas, empezamos a tener problemas, y ya no nos basta con rezarle a la manera de un niño, necesitamos oír expresamente su Palabra, necesitamos ver su actuación en nuestra vida.

Sin embargo, cuando hablamos con Dios no es como cuando hablamos con un amigo al que llamas por teléfono, le preguntas, te contesta y ya está. Cuando oramos, cuando hablamos con Dios, no oímos su voz, y a primera vista puede parecer que aquello no es un diálogo, sino un monólogo, como el que podría uno tener con la pared o con la Luna. Pero la oración no es eso; de hecho, en la oración cristiana, aún más importante que lo que nosotros le decimos a Dios, es lo que Él nos "dice" a nosotros. Por eso quiero dedicar este capítulo a comentar cómo nos contesta Dios cuando nosotros le hablamos y le preguntamos.

"Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el Cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. En fin, es algo grande, sobrenatural, que me dilata el alma y me une con Jesús".
Santa Teresita del Niño Jesús
Ya hablamos en el capítulo I de Santa Teresa del Niño Jesús, o "Teresita de Lisieux", maestra de la "infancia espiritual", que viene de las palabras de Jesús: "En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?" Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: "En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". Evangelio según San Mateo 18, 1-3. Y en otro pasaje, dice: "Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él". Evangelio según San Lucas 18, 16-17.
Es claro que "ser como niños" se refiere a la sencillez, a la humildad. El propio Jesús, lleno de alegría en el Espíritu Santo, según nos cuenta el Evangelio de Lucas, ora así a su Padre en una ocasión: 
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños". 
Evangelio según San Lucas 10, 21.
Y hemos visto también que San Ambrosio, padre de la Iglesia del siglo V, aquél que con su predicación ayudó a convertirse a San Agustín, nos aclara un importante aspecto del significado de "ser como niños", al decir que "los niños confían en quien les ama". Santa Teresita dice: "Sólo la confianza nos llevará al amor".
Sobre la oración, quizá lo primero que se me ocurre decir es que quien constesta al principio... ¡no es Dios! Los que contestamos, aún sin saberlo,  ¡somos nosotros! Porque cada vez que nos dirigimos de corazón al Dios verdadero, no lo hacemos por nosotros mismos, sino que eso es ya una respuesta a una llamada suya. Por eso, en la Misa y en la mayoría de las oraciones empezamos: "En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". ¿Por qué? Porque no estamos ahí porque de nosotros haya salido la idea, sino que estamos ahí en respuesta a una llamada que Dios nos ha hecho por medio de su Espíritu Santo. Estamos allí "en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Por eso, si te diriges a Dios en Nombre de Cristo, no es ya que Dios te escuche -que por supuesto, te escucha-, es que Él mismo te ha movido a esa oración por medio del Espíritu Santo.

Pero vamos a decir mucho más, porque Dios de verdad responde cuando le hablamos. De forma quizá escondida para quien no lo conoce, su forma de respondernos está expuesta en este bello poema del profeta Oseas, escrito en el siglo VIII antes de Cristo. En Él, Dios habla a su pueblo, Israel, pero en sentido espiritual está hablándote a ti, a mí, a cada uno de nosotros, al interior de nuestra alma. Nos promete en respuesta sembrar en nosotros bienes espirituales que cambiarán nuestra vida. No te preocupes si este poema te resulta aún incomprensible; más adelante comentaremos algunas de sus palabras.

"Por eso, yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón,
le entrego allí mismo sus viñedos,
y hago del valle de Acor
una puerta de esperanza.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día -oráculo del Señor-
me llamarás "esposo mío",
y ya no me llamarás "mi amo" ("baal mío").
Apartaré de su boca los nombres de los baales,
y no serán ya recordados por su nombre.
Aquel día haré una alianza en su favor,
con las bestias del campo,
con las aves del cielo,
y los reptiles del suelo. 
Quebraré arco y espada
y eliminaré la guerra del país,
y haré que duerman seguros.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo 
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor.
Aquel día yo responderé
-oráculo del Señor-,
yo responderé con los cielos,
y ellos responderán a la tierra.
La tierra responderá con el trigo,
el mosto y el aceite nuevo,
y ellos responderán a "Dios-siembra".
Yo la sembraré para mí en el país,
tendré compasión de "No compadecida",
y diré a "No mi pueblo":
"Tú eres mi pueblo";
y él dirá: "Mi Dios".

Oseas 2, 16-25.

(CONTINÚA)

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