domingo, 23 de septiembre de 2012

Fuimos convertidos gratuitamente, no por nuestros méritos

He estado hablando sobre la verdadera doctrina de la gracia, según la cual no recibimos la conversión por nuestros méritos, sino gratuitamente. Esa teología de la gracia gratuita que Dios nos da gratis, es la católica de toda la vida, la que enseña San Agustín en el siglo V, la que se estableció contra el pelagianismo y el semipelagianismo en el Sínodo de Orange, la que enseña el Concilio de Trento, la que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. Y la que, por desgracia, casi nunca hemos oído en los últimos tiempos, porque fue desplazada por un "cristianismo" cultural de prácticas, ritos y auto-ayuda.
  
Esto lo he aprendido en mis diálogos con calvinistas. Los calvinistas -a la vez que la renovación carismática, fue algo a dos bandas- me han ayudado a conocer la verdadera teología católica de la gracia. Así, como suena. Porque lo que a la inmensa mayoría de nosotros nos enseñaron nuestras abuelas y en la clases de religión y catequesis progres o retrógradas que recibimos de adolescentes, no fue la doctrina cristiana sobre la gracia, sino algo bastante contaminado de pelagianismo (* ver abajo), y a veces también arrianismo (**). La propia mixtura retro-progre del los años 60-70, no es más que una nueva forma del más rancio pelagianismo de los últimos siglos, que considera a Jesús nada más que un modelo moral al que hemos de imitar con nuestras solas fuerzas. Y la verdad es que, como tienen muy claro los calvinistas y deberíamos tenerlo los católicos, la justificación no nos viene porque seamos buenos, sino por la gracia gratuita que Dios nos da gratis (a ver si lo entendemos). Aunque nosotros sí la podemos rechazar; en esto es en lo que patinan los calvinistas, y es esto lo único que les corrige Trento a los protestantes en este punto. 
 
La primera vez que un calvinista me dijo que la justificación no era por obras, sino por la gracia, y me lo mostró con unas cuantas citas de las Cartas de San Pablo, yo me fui muy ufano al Catecismo, al Concilio de Trento, y a San Agustín, donde iba a obtener las claves para interpretar bien la Escritura en su contexto y sacar de su error a estos pobres protestantes. Y, claro... ¡me encontré que el Catecismo le daba la razón al protestante! Suspendí mi juicio a ver si en Trento lo entendía mejor, ¡pero Trento era aún más claro en esto que el Catecismo! Y ya, para colmo, San Agustín... La verdad es que esta doctrina de la gratuidad de la gracia que Dios da gratis (para que se entienda, que no nos entra), supuso un antes y un después en mi vida de fe, me enfervorizó, me pareció luminosa y maravillosa. No es que cambiara lo que yo sentía, es que unió lo que yo experimentaba ya desde antes con su explicación conceptual. Años antes, hablando de nuestra conversión con una carmelita de Iriépal que rezaba constantemente por la conversión de su hermano, ella nos dijo a mi mujer y a mí: "Es que vosotros habéis sido muy dóciles a la gracia..." Pero yo le repliqué al instante: "Es que Él nos ha dado muy fuerte..."

 No fui justo entonces con esos calvinistas (Renton, Paulo Arieu, etc.), y en vez de agradecerles inmediatamente el favor que me acababan de hacer para gloria de Dios -porque quizá aún estaba tan estupefacto que no había asimilado lo que me pasaba-, lo que hice fue rebatirles el punto de esa doctrina que aún tenían equivocado, y era la idea de que el hombre no puede rechazar la gracia de Dios. Para colmo de mi alegría, más adelante, a instancias de Renton, leí la doctrina de la gracia de San Agustín, contra el semi-pelagianismo, y ayudado por Alonso Gracián, mi amigo católico, estudié el Sínodo de Orange y me di cuenta que, incluso nuestra respuesta positiva de fe a la gracia que nos lleva a la justificación, es a su vez movida por la gracia. Y esta es la doctrina católica, que conceptualmente nos explica lo que experimentamos. El hombre no puede salir del hoyo del pecado, por mucho modelo que tenga en Cristo: es Cristo quien le saca con sus fuerzas, es Él quien nos tiende la mano y tira de nosotros. Y nosotros, ni fuerzas tedríamos para agarrarnos a Él, si no fuera Él mismo el que, con la otra mano, nos ayuda a hacerlo, nos lleva a agarrarnos a su brazo salvador, por la fe.

¡Gloria a Dios! Y gracias a Renton, a Paulo Arieu y a otros calvinistas, gracias a la Renovación Carismática y a la Iglesia Católica, que nos enseña la verdad sobre la gracia.



* PELAGIANISMO:  doctrina falsa que enseña que Jesús es nada más que un modelo moral, y que nosotros, por nuestras propias fuerzas, podemos imitarle. La verdadera doctrina cristiana enseña desde siempre que el hombre, aunque su naturaleza fue creada buena, está herido por el pecado, y no puede imitar a Jesucristo a menos que sea sanado por su gracia. Esto es reconocer a Cristo no sólo como Maestro, sino también como Salvador. La autoayuda nos dice lo que tenemos que hacer, pero no nos da la fuerza para hacerlo. Cristo nos muestra lo que tenemos que hacer, y nos regala las fuerzas para hacerlo.


** ARRIANISMO: falsa doctrina que considera a Jesús no como Dios encarnado, sino como un hombre completamente lleno de Dios. El que es arriano, es también pelagiano, porque si Cristo no fuera Dios, podría mostrarnos el camino y servirnos de "modelo", pero nada más. no recibiríamos de Él la salvación, sólo la enseñaza que supuestamente nos llevaría a salvarnos nosotros mismos, por nuestras propias fuerzas.

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