domingo, 17 de noviembre de 2013

Sobre la libertad y el amor

Creo que la libertad es la capacidad que Dios nos ha dado para hacer voluntariamente aquello para lo que estamos hechos.

Esta forma de definir la libertad creo que es ajustada a la realidad, y tiene una consecuencia muy interesante: no dejamos de ser libres por no poder hacer algo para lo que no estamos hechos, algo que no está en nuestra naturaleza ni en nuestra vocación.

Ser libres significa, en primer lugar, estar bien hechos. Si no quisiéramos hacer aquello para lo que estamos hechos, o si queriendo hacerlo, no pudiéramos hacerlo, entonces no estaríamos bien hechos. Seríamos unos engendros defectuosos, condenados a la contradicción.

En segundo lugar, ser libres significa no estar determinados mecánicamente a hacer algo, sino tener voluntad propia. Un autómata hace todo aquello para lo que está hecho, pero no "quiere" hacerlo, carece de voluntad propia. Un hombre que actuara siempre por puro instinto, por puro resultado de una reacción bioquímica predeterminada, no sería libre. Haría aquello para lo que fue hecho, pero no lo haría voluntariamente.

¿Y para qué estamos hechos? Estamos hechos para conocer y amar a Dios, y al hacerlo, ser felices. Amar a Dios es también amar a su Creación: amar a las demás personas, y amar todo lo que ha creado.

Al darnos esta vocación al amor, Dios nos ha hecho verdaderamente a su imagen y semejanza. A su imagen, porque somos "personas", como Él. A su semejanza, porque somos capaces de amar y de vivir en el amor, como Él vive, en la unidad amorosa de las tres Personas divinas. Por eso dice el Génesis: "hagamos" al hombre a "nuestra" imagen y semejanza.

Aplicando el concepto de libertad al relato del Génesis, Dios hizo libres a Adán y Eva. Con esa libertad, ellos podían hacer voluntariamente  -es decir, queriendo hacerlo-, aquello para lo que estaban hechos. Querían y podían amar a Dios, y le amaban, viviendo en confianza con Él. Eran libres. Hacían el bien libremente, que equivale a decir que hacían la voluntad de Dios libremente.

Dios quiso permitir que ese amor fuera puesto a prueba. Esa prueba fue la fruta prohibida. En el fondo, lo que hace Dios al colocar ese árbol ahí es permitir la posibilidad de que el hombre elija el mal. Eso no era necesario para la libertad del hombre, es algo nuevo, distinto. Está muy mal expresado eso que se dice muchas veces de que "Dios nos ha hecho libres de elegir entre el bien y el mal". ¡No, la libertad no es eso! Adán y Eva habrían sido libres perfectamente aunque no hubiera árbol de fruta prohibida.

El árbol de la ciencia del bien y del mal, la fruta prohibida, que es la posibilidad real de elegir el mal, constituye algo nuevo: constituye una "prueba". Su presencia en medio del Paraíso está poniendo a prueba el amor del hombre por Dios.

Recordemos que Adán y Eva no tenían tendencia alguna a hacer el mal. Tomar la fruta prohibida estaba fuera de su naturaleza y de su vocación natural a amar a Dios, así que ni siquiera querían hacerlo. Ese fruto no tenía ningún atractivo para ellos. Pero fueron engañados por el tentador, al que Jesús llama "el padre de la mentira", el diablo (el que separa). Su presencia allí también fue permitida por Dios.

Pero, ¿por qué quiso Dios poner a prueba el amor del hombre? Él sabía que iba a fallar, no lo dudemos.Cualquier explicación teológica que parta de la idea de que Dios no sabe o no se espera algo, está confundida por necesidad. Por eso resulta extrañísimo que Dios permitiera eso. Pero, incluso en el caso de que Dios no supiera el resultado, ¿para qué poner a prueba ese amor? Si ya hemos dicho que no era necesario para la libertad del hombre, que ya le amaba voluntariamente, libremente...

Acudiendo a la realidad del amor humano podemos encontrar pistas. El enamoramiento es algo parecido a lo que pudieron vivir Adán y Eva hacia Dios antes de tener la fruta prohibida. Las personas que inician una amistad o un amor de pareja se aman y se ayudan casi "naturalmente", sin tener ninguna tentación de no hacerlo. Quizá piensan que ese amor es muy fuerte. Pero visto desde fuera, sabemos que ese amor es aún endeble, que cuando pase el primer enamoramiento vendrán tentaciones y verdaderas pruebas. Esas pruebas no son simples "tests" de amor, sino que lo hacen crecer. El amor crece ante la adversidad, crece cuando resiste la tentación, cuando supera las dificultades. El amor que ha pasado muchas pruebas y tentaciones se ha hecho mucho más fuerte.

Y si las personas estamos hechas para amar, tener la posibilidad de un amor mucho más fuerte, un amor probado, es algo que puede merecer la pena.

 Esto era el hombre: un ser limitado, llamado a amar al Dios infinito...





domingo, 27 de octubre de 2013

Escuela de Evangelizadores - Josué Fonseca

Ayer Josué Fonseca nos trasmitió 4 claves importantes sobre su experiencia evangelizadora:

1. La CONVERSIÓN. Anunciar a Cristo, y anunciar con amor, anunciarle amando. Que la primera buena noticia seamos nosotros mismos para esa persona a la que nos dirigimos, para que reciba bien esa "Buena Noticia" que es Jesucristo.

2. La COMUNIDAD. Integrar a la persona que se convierte, llamarla a donde nosotros vamos, recibirla como a un hermano. En esto insistió muchísimo, cargando contra la actitud del "playboy espiritual", que es anunciar a Cristo y desaparecer, engendrar hijos espirituales para luego abandonarlos. Su mujer  (hablamos con ella en la comida) y él mismo comentaron también la necesidad y la importancia de ir reconociendo en la comunidad los carismas de cada uno.

3. Relacionado con la anterior: el DISCIPULADO. La formación en la fe, la alimentación de las personas que vienen a la comunidad. Habló de que hacer un discípulo cuesta trabajo, es cuestión de años.

4. La IGLESIA, la fidelidad a su Enseñanza.

Sobre esto último, quiero añadir que, a veces no lo comprendemos, pero la verdadera Enseñanza de la Iglesia -no hablo de costumbres más o menos arraigadas- no cambia, es una guía que nos ayuda a discernir la voluntad del Señor, y no equivocarnos con soluciones que parecen más humanas pero que no nos llevan por el verdadero camino del amor.

Pienso que las personas somos seducidas por el Señor por diferentes vías. Por ejemplo, unas son atraídas más por el amor, porque encuentran en Cristo el amor incondicional, especialmente a los más pobres. Otros son atraídos más por la verdad, por esa Palabra que nos da la verdadera vida. Unos y otros nos necesitamos entre nosotros, pero debemos dejarnos ayudar, dejarnos interpelar unos por otros: siendo humildes, escuchando y aprendiendo, no prejuzgando. Los que ha sido llamados más por la verdad necesitan dejarse conquistar por el amor. Y los que han sigo ganados más por el amor necesitan dejarse enseñar por la verdad.

viernes, 10 de mayo de 2013

Una foto en la nevera

Tras mi conversión y al acercarme a la Iglesia, descubrí a la figura de Jesús. Lo narro en forma de cuento.
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 por Belén Pérez Morales
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Érase una vez una niña que recibió un gran Don: se enamoró de Dios.

Este Don le fue dado gratis, sólo por desearlo ardientemente y pedirlo intensamente.

La niña buscaba a Dios continuamente: Lo sentía como un Padre, así que Le empezó a llamar Papá. Se dormía con Su nombre en los labios, acunada en Su abrazo… inmensamente feliz….

...Él también la amaba… desde siempre la amó*…

La niña ardía en deseos por complacer y agradar a su amado Padre Celestial, así que investigó para averiguar cuál era SU Voluntad, para cumplirla pues. No le costó demasiado tiempo descubrirla ni le pareció complejo entenderla: "¡tenemos que amarnos los unos a los otros como hermanos!"...

…“¡Qué Preciosa Voluntad!” – Pensó–.

Y su Padre le sopló un truquillo: “Para que te salga mejor, ponte en el lugar de los demás”.

... Así que con gran entusiasmo se puso manos a la obra…

¡Qué fácil le resultaba hacerlo en su estado de enamoramiento!... un maravilloso, irrefrenable y sobrenatural impulso** la empujaba valiente y amorosamente a hacer el bien a todos los que la rodeaban!...

Sin embargo, a veces, cuando su enamoramiento se enfriaba, le resultaba más difícil amar a sus hermanos… Pero ella, siempre en deseos de agradar a su Padre-Dios, miraba al cielo, (donde encontraba su mirada dulcísima) y entonces, con corazón obediente, se dirigía (muchas veces, negándose a sí misma…) a hacer el bien… La entristecía ya no esforzarse en cumplir la bella voluntad de Su Amado.

La niña se sobrecogió al experimentar en su corazón tal Amor*** por sus hermanos: ¡realmente era un Amor sobrehumano! ...Maravillosamente sobrecogedor, sobrecogedoramente maravilloso…
¡Se sentía tan feliz! Como consecuencia de haber recibido este Don, que Le daba gracias a su Padre-Dios por ello unas 115.200 veces al día! …Una con cada latido de su corazón.

A veces le ardía un fuego incontrolable en su alma por compartir con los demás el secreto de su plenitud…
así que, no por presunción, sino por Amor (quería que todos fuesen tan felices como lo era ella), en ocasiones, se atrevió a contarlo…

...Pero algunos no la entendieron… y ella se entristeció por ellos. ¡Cuánto deseaba compartir su gran Tesoro con todos! Así que se alejaba esperanzada pensando: “bueno, ya saben el secreto, ahora, sólo es cuestión de tiempo y de orar por ellos”.

Un día oyó decir que tenía un “Hermano Mayor” llamado Jesús. Lo que escuchó acerca de Él la dejó sorprendida y admirada: Jesús era todo Amor, hacía milagros, curaba a los enfermos, era el Hijo de Dios hecho carne el cual dio su vida para nuestra salvación muriendo en una cruz, al tercer día resucitó… y por si fuera poco, (y para más pesar de su escaso entendimiento), Jesús era “Dios y Hombre”… (¡¡Las dos cosas a la vez!!)... Jesús era el Mesías, el Señor.

…Ella no entendió absolutamente nada de esto: ¡era lo más misterioso que había escuchado en su vida!...

…Pero, sobre todo, lo que menos le entraba en la cabeza, era que hubiese tenido que morir crucificado en rescate por nuestra salvación, dar la vida por todos nosotros.

Aunque no lo entendió, optó por creer que era cierto todo aquello que contaban de Jesús, y aún más: deseó amarLE de igual manera que amaba a su Padre-Dios. Así que hizo lo que siempre hacía cuando deseaba algo: “se lo pidió a su Padre-Dios” (¡era un “truco” infalible!).

La niña estaba tan impaciente por amar a Jesús, que se puso a investigar personalmente acerca de su vida y empezó a leer los Evangelios con gran interés.

Un día, se le ocurrió la idea de pegar en la nevera una foto de Jesús (le gustaba pegar fotos de sus seres queridos en la nevera), así que entró en internet y se puso a buscar. Como era de esperar, no encontró ninguna foto (ya sabía ella que en tiempos de Jesús no había cámaras fotográficas), pero vio un dibujo de un pastor con un corderito en brazos que le gustó, y podía servirle para lo que ella quería. Así que lo imprimió (con su impresora Epson a color en tamaño A-4), y lo colgó en la nevera con un imán.

Un día, mientras hablaba con su Padre Celestial en la cocina, de pronto entendió, y rebosando de amor hasta las lágrimas dijo: “¡querido Jesús!, perdóname por no haberte amado hasta ahora, aun sabiendo que, obediente al Padre, ¡nos amaste hasta dar Tu Vida por nosotros en una cruz! … Se acercó al dibujo de la nevera, pegó su cara a él y siguió llorando hasta que se calmó.

Al apartar su cara para contemplar el dibujo, vio que sus lágrimas habían mojado el papel y habían corrido la tinta… sonrió gozosa al identificarse con otra mujer que también, hace mucho tiempo ya, enjugó sus lágrimas de Amor-Dolor sobre ÉL... y…

…en virtud de aquellas lágrimas de Amor sobre el papel, supo en su corazón que ella también había muerto para entregar su vida a los demás.

--------- Fin---------
Este cuento, escrito para Gloria de Dios, está dedicado, con todo mi cariño, a mi madre y a mi hermano, que oraron con Fe por mi conversión.
La autora.
(*): Tanto amó Dios al mundo que entregó a Su Hijo Único por nuestra salvación.
(**): Ese impulso es “la Gracia de Dios”
(***): Ese amor es la Caridad: virtud infundada por la gracia en la voluntad por la que amamos a Dios-Mismo con todas nuestras fuerzas y al prójimo por Dios, como Cristo nos amó. (Definición según catecismo)

sábado, 6 de abril de 2013

Conversión de un corazón incrédulo y rebelde



escrito por Belén Isabel María
(Esta es la historia de cómo Dios llamaba a mi puerta… y un día, le abrí).
1. ALGO A CERCA DE MI CARÁCTER
Para entender bien mi conversión, es necesario que primero hable un poco acerca de mi carácter. Siempre he sido una persona muy científica, empírica y racional (soy licenciada en ciencias químicas). Desde temprana edad andaba intrigada en temas científicos. En la adolescencia mi corazón empezó a ponerse rebelde, idealista, libertario... y negué la existencia de Dios (también la divinidad de Cristo, -y hasta llegué a dudar de su existencia real-). Así mismo, y aunque estuve en colegios de monjas, me dejé llevar por las leyendas negras en torno a la Iglesia hasta el punto que me molestaba todo lo relacionado con ella como los curas, las monjas, el papa… me parecían unos hipócritas. Pero ojo!, aunque renegué de Dios y de la Iglesia… admiraba "el mensaje de amor al prójimo" que enseñaba Jesucristo: “tratar a los demás como a mí me gustaría que me trataran”, pues además, lo encontraba en consonancia con mi propia conciencia. Así que “recorté” el Evangelio de manera que me quedé sólo con las partes que hablaban explícitamente del amor al prójimo. Y así, con este “tijeretazo”, me desentendí de todas las partes del evangelio que se referían, explícitamente, al amor a “Dios Mismo”, aún sabiendo (por las clases de religión) que era el primer mandamiento. Este evangelio recortado, fue lo único que admití del cristianismo.
(Resumiendo: “Yo no necesitaba a Dios ni a la Iglesia. Mi guía era mi propia conciencia, que me dictaba amar al prójimo”).
2. LA FIGURA DE MI MADRE
Para entender bien mi conversión, es también necesario que hable de la figura de mi madre. Sólo diré de ella que amaba mucho a Dios y al prójimo… pero… ojo!: No siempre fue así!… Es decir, que ella también tuvo su conversión! (… tendría sobre unos 48 años y yo unos 20). La transformación de mi madre revolucionó a mi familia: “pasamos de tener en casa un demonio, a tener en casa un ángel”… milagro alucinante e increíble que tuvimos la gran suerte de disfrutar en “primera fila”. Lógicamente, esta transformación de mi madre me hizo reaccionar y admití finalmente… “Dios sí que existe”… y también que “Jesús tiene naturaleza divina”. (Aclaración: aunque admití la divinidad de Cristo, lo hice con muchas reservas, pues seguía resistiéndome a creer en la veracidad de sus milagros, en su resurrección… y en parte de su mensaje).
Así que empecé a congeniar con mi madre… pues ciertamente, había similitudes entre nosotras:

Mi madre: amaba a Dios…………………Yo: creía en la existencia de Dios
Mi madre: amaba al prójimo……………Yo: anhelaba amar al prójimo
Así mi madre era TODO para mí. 
Desde que admití la existencia de Dios, y siempre de la mano de mi madre, empecé, lentamente, a entablar una relación con Dios y a reconocerlo también como Padre. De vez en cuando oraba (en forma de oración de gracias y oración de petición).
Es clave que destaque que esta relación (por mi parte), era una relación “no amorosa”, pues yo nunca contemplé en mis planes “el amarle”…
… Una cosa era admitir su existencia y mantener cierta relación con Él, y otra muy distinta, “pasar por el aro” de tener que amarle!... pues esto, ya era algo “superior a mí”… ¿como diría?… “demasiado humillante”. La simple idea, la rechazaba de cuajo. (Hacia la figura de Jesucristo, sentía exactamente el mismo tipo de rechazo: lo consideraba “un maestro” y no alguien a quien amar).
Así que con estos “materiales”:
• Admiración-amor-devoción por mi madre.
• “el amor al prójimo” (como anhelo, propósito y filosofía de vida)
• Una “relación” (no amorosa) con Dios-Padre.
• La confianza en “mis propias fuerzas” para cumplir con mi filosofía.
… Seguí “construyendo” mi vida…
… y así pasaron más de 10 años.
3. LLEGÓ LA TORMENTA!
A mi madre le diagnosticaron un cáncer de pulmón e hígado que le empezó a devorar el cuerpo tétricamente… (No puedo describir con palabras el dolor que sentía mi alma ante esta situación. Digamos que alcancé el máximo de dolor que un ser humano puede llegar a sentir).
La última vez que la vi con vida (una semana antes de su muerte) entré en su habitación llorando, con el alma absolutamente deshecha. Por la expresión en la cara de mi madre, noté enseguida que estaba contrariada por verme sufrir así. Me miró con gesto serio (como ella se ponía cuando me tenía que reñir) y con una voz que apenas le salía del cuerpo me ordenó: “PIDESELO A DIOS”. Recuerdo que yo no pude ni contestar y pensé para mis adentros: “PEDIRLE QUÉ?!...ACASO TENGO QUE PEDIRLE DEJARTE DE QUERER!?
Ella falleció la madrugada del 24 de diciembre de 2006…
… yo ya llevaba meses en actitud de reproche, enfadada con Dios.
4. VIVIENDO EN LAS RUINAS.
Con mucho dolor, “tiré palante”… sin mi madre y “sin Dios”…. Empezaba a vivir en las ruinas… sin intención de mudarme.
Pasados dos años de la muerte de mi madre, y con la ayuda de la llegada al mundo de una nueva hijita, la herida de mi alma empezó a cicatrizar… a pesar de ello, yo insistía en mi enfado con Dios.
A los 3 años y medio de su muerte, ya la ruina era total: mis fuerzas para cumplir mi anhelo de amar al prójimo, estaban muy muy disminuidas, raquíticas!… mi corazón se había convertido en un hervidero de egoísmo desorbitado, envidia, rencores, odios y demás maldades… yo estaba mal. Mi vida había perdido sentido: no me gustaba mi corazón cada día más empobrecido para amar… no soportaba la idea de tener un corazón tan seco de amor.
Por este tiempo (otoño del 2010), me pasó algo que considero de importancia contar: mi marido y yo habíamos estado almorzando con un matrimonio amigo y después de comer, mi amiga y yo fuimos a dar un paseo por el campo: Como llevábamos tiempo sin vernos (y es muy buena amiga), yo le abrí mi corazón la puse al día con respecto a mi enfado con Dios. Entre las dos, llegamos a la conclusión de que yo tenía que empezar a orar para pedirLE a Dios que solucionara aquella situación de enfado… (Pues además, recordé que era la última voluntad de mi madre…) Y así lo hice… empecé a hacer una torpe oración diaria, sobre todo por obediencia a mi madre, aunque también porque empezaba a sospechar que el raquitismo de mi corazón provenía de mi enfado con ÉL.
Así que estuve unas tres semanas haciendo una torpe oración (algunos días, lo más que lograba hacer es mirar al cielo y decir “buenos días, Padre”). 

Por aquel entonces, llegó a mis oídos la noticia de que se iban a celebrar en la parroquia unas charlas sobre el evangelio para el fin de semana del 23-24 de octubre. Yo tenía interés por ir, así que lo organicé todo para poder asistir a dichas charlas.
Durante las charlas experimenté una mezcla de enfado, confusión y envidia, desagradable envidia!: allí vi personas que tenían “algo”, “algo que las hacía felices”, “algo” que, claramente, yo no tenía … y las envidiaba por ello.
Aquel domingo, ya finalizadas las charlas, volví a mi casa y retomé mi rutina. Recuerdo que mientras fregaba los platos de la cena resonaban en mi cabeza “tres palabras”: Se me habían grabado en el cerebro pues fueron insistentemente repetidas por una de las ponentes. Estas palabras eran: "El evangelio es AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO"… "AMOR A DIOS Y AL PROJIMO"… "AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO"…
... resonando en mi cabeza…
… Me fui mosqueada a dormir.
Los tres días siguientes tuve mucha confusión y mucha lucha por encontrar “no sabía qué”, pero yo buscaba “algo”. 

Las tres palabras seguían resonando.
5. … LA CONVERSIÓN
Finalmente, el Jueves 28, mientras preparaba el almuerzo para mis niños, “toqué fondo”, me paré en seco y me dije…: ya sé!!!, “lo que tengo que hacer es amar a Dios!!!!!… PERO CÓMO?, si ni siquiera deseo hacerlo?... …si al menos tuviera sed… (pensé),… Tal vez, la sed me obligue a “beber de ese agua hacia la cual me resisto”...
Yo ya no veía otra salida… y entonces, levanté los ojos al cielo y le pedí:
“PADRE, DAME SED DE TI” (era la primera vez en mi vida yo que le pedía algo así).
Acto seguido, cogí el evangelio (guardaba una biblia en el cajón de los chismajos de la cocina), pero…. Esta vez, (y por primera vez también), lo cogí de forma diferente: lo cogí “entero”, sin recortes y con la absoluta certeza de que entre mis manos sostenía la clave para encontrar lo que estaba buscando. Entonces abrí el evangelio y leí: (Mt. 22, 37-38) “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante”… Uy!... De pronto, empecé a sentir un dolor y un arrepentimiento tremendos por nunca haber tenido la más mínima intención de hacer esto (amar a Dios) y mucho menos a la manera que Jesús mandaba hacerlo (con todo el corazón, toda el alma, toda la mente). Me reconocí terca, insolente, ingrata y rácana, y ya, sin poder contener las lágrimas por el dolor, busqué nuevamente en el evangelio y encontré: (Lc. 15, 21) “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo”… Y llorando, llorando a mares, repetí mil veces estas palabras, pues eran las únicas que daban algo de consuelo al dolor de mi alma.
Sin embargo, a pesar del dolor y en medio de sollozos, empecé a sentir por primera vez en mi vida UNA PAZ como no la había sentido nunca antes, jamás de los jamases. Era una sensación nueva para mí… ¿por fin en paz con Dios!? … ¡¡¿es posible que me esté pasando esto a mí?!!
… Al cabo de un buen rato (ya tranquilizada), me dirigí nuevamente al evangelio….
… Aún quedaba algo importante por hacer… (Yo ya iba ¡¡A POR TODAS!!...)
Y encontré: (Lc. 14, 26) “si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas y aún también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Entonces tomé conciencia de un paquete grande y pesado con el que había estado cargando durante cuatro años… “un amor por mi madre mal entendido”. Supe que era obligatorio soltar ese lastre para pasar por “la estrecha puerta”. Así que, aunque resistiéndome a hacerlo, y no sé ni cómo, pero lo solté!… Y entonces… me sentí extrañamente liberada… y fácilmente… “entré”.
(nota: con el tiempo he comprendido el significado de la orden que mi madre me dio en su lecho de muerte… la frase completa podría haber sido: “pídeLE a Dios… amarLE a ÉL más de lo que me amas a mí”…
… ella me quería de verdad…
(Quiero aclarar que soltar este lastre, es lo más difícil que he hecho en toda vida: tuve que recurrir a todas mis fuerzas para lograrlo, y aún así, tengo la certeza, de que ni todas mis fuerzas hubiesen sido suficientes si Dios mismo no me hubiese estado impulsando en este esfuerzo.)

Así que coloqué a DIOS, mi recién estrenado amor, en el lugar más privilegiado de mi corazón, que hasta aquel entonces, estuvo ocupado por mi madre...
(... y… curiosamente y aunque resulte paradójico, desde que hice esto, quiero a mi madre todavía más que antes!… y.... cada día la quiero más!)
Ya por la tarde, y ya sintiéndome más calmada, tuve la clara convicción y necesidad de ir a confesarme oficialmente, pues, para mi sorpresa! esta reconciliación con Dios, trajo consigo la reconciliación con la Iglesia!… Me encantó confesarme (no lo hacía desde que me casé y porque me obligaron) y desde ese día empecé a ir a misa todos los domingos. (La Eucaristía ha pasado de ser “un rollo” –no ponía un pie en misa- a ser un verdadero disfrute cada domingo!)
Me sentí renacida, feliz, pues sentí tener POR FIN lo que, en verdad, llevaba toda la vida buscando, toda la vida soñando… y mi deseo de amar al prójimo… RENACIÓ con una fuerza nueva!
Deseaba darle al Padre todo el amor que durante toda mi vida le había estado negando… Corresponder! al Amor que ÉL siempre me ha tenido! Quería amarLE con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente!… ir a misa los domingos, cantarle, orar… pero sobre todo… darle su delicia … cumplir SU MANDAMIENTO de amar al prójimo!
… pero, ahora, ya no sólo desde mis fuerzas… sino…
… por SU GRACIA…
…Y PARA AGRADARLE… PARA SERVIRLE… PARA SU GLORIA!
Ahora, abrazo el evangelio completo: AMO A DIOS, deseo amarLE cada día más y LE doy gracias por ello con cada latido de mi corazón.
Del amor por ÉL, brota la Gracia, la motivación y el impulso para cumplir SU MANDAMIENTO DE AMOR…
… EL está limpiando y transformando mi corazón… en un corazón obediente y amoroso…
… obedecer SU MANDAMIENTO es la bendita obligación por la que me esfuerzo y me gozo cada día…
… y SU GRACIA en mí… la sobrecogedora maravilla que hace mi corazón latir, mis ojos brillar.
GRACIAS!, PADRE!: ALELUYA Y GLORIA A TI POR SIEMPRE, SEÑOR!
(Jn. 15, 5): “Yo soy la vid y vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.
Con el tiempo he comprendido que todos aquellos años en los que estuve esforzándome en amar al prójimo (sin intención de amar a Dios), es como si hubiese estado edificando en la arena (mi amor era endeble, desde mis fuerzas, sin columna vertebral) no en la roca, pues desoí deliberadamente el Primer Mandamiento… y la tormenta destrozó mi edificación.
Sin amar a Dios, no tenía verdadera caridad*, sólo tenía ideología: una especie de fullería con la que incluso pretendía disimular mi falta de amor a Dios. Una flaca fuerza de voluntad con la que sobre todo buscaba mi bienestar emocional. Un humanismo que se desinflaba enseguida.
Mi estado era permanentemente de insatisfacción, descontento y vacío interior.
El cristianismo no es una simple ideología ni un sistema ético. Es una transformación sobrenatural del corazón que te lleva a vivir en plenitud de gozo; Es un corazón enamorado de Dios del que brotan ríos de amor a los demás.
Dice San Agustín algo así: “hemos nacido para Dios, y nuestra alma está inquieta hasta que no descansa en ÉL”.
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*CARIDAD (definición según el catecismo): La Caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, por amor a Dios.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La cruz de Benedicto


 Hace 9 o 10 años, en la Semana Santa, se tomó esta foto. Recibió la cruz del Papado un anciano de 78 años. Un anciano al que no se ha dado tregua. Del que se han burlado hasta la náusea. Primero, dijeron que había sido nazi, algo cruelmente injusto. Luego, a cada discurso suyo, a cada libro, a cada mensaje, sacaban cosas de contexto, o inventaban noticias, como la famosa supresión de la mula y el buey, o como la manipulación de sus discursos en África y Ratisbona.  Le condenaron, le impidieron enseñar en alguna universidad, le intentaron vetar en la ONU, y hasta le quisieron condenar en el Parlamento español. Ignoraron todos sus buenos actos, todos sus gestos de amor y misericordia, que han sido muchísimos. Hasta estoy seguro de que su renuncia es por amor. Supongo que muchos están satisfechos, han conseguido que al anciano se le haga imposible seguir. No sólo no le han perdonado ni una, sino que la han prejuzgado, difamado y condenado hasta la extenuación.

 Felicidades a El País, a la BBC, a la Sexta y demás verdugos de la verdad, que no caben en estas líneas. Felicidades a unos cuantos pseudotéologos, que creen que un Papa tiene que ser alguien que se amolde a sus opiniones, en lugar de alguien que les ayude a orientarse en el camino de la Verdad de Cristo -sí, incluso a ellos-. A pesar de todos vuestros esfuerzos, ese anciano siguió hablando a millones de personas y llevando la Palabra de Dios a su corazón, como se vio en la JMJ de Madrid. Y detrás viene otro que no sé quién será, pero que en nombre de Dios guiará a su Pueblo según su designio. Porque podéis agotar a un anciano, pero no podéis vencer a Cristo, ya que Él mismo es la Victoria. Fijaos: hasta vuestra difamaciones y frivolidades contribuyen a que se cumpla la voluntad de Dios, como lo hicieron las falsas acusaciones que llevaron a  Cristo a la cruz, instrumento de nuestra salvación. Porque todo contribuye al bien de los que aman a Dios, incluso el pecado. Lo siento por vosotros: Dios no se deja vencer. Debe ser duro dar coces contra el aguijón.

 Ahora también siento lo mío, es decir, lo poco que he rezado por él, lo poco que he compartido su cruz. Le he dejado solo con la cruz de la Iglesia, que es también mi cruz, en tantas ocasiones... Él la ha llevado por mí, unido a Cristo, cuando yo estaba en la inopia. Siento haber tenido que esperar a hoy, en que él ya ha anunciado su renuncia, para moverme a escribir esto.

Perdóname, Benedicto, padre sufriente en el espíritu. Doy gracias a Dios por haberte elegido y haberte preparado tan bien para ser nuestro Papa. Dejarás de serlo en unos días, pero te seguiremos reconociendo como un padre espiritual. Rezo por ti, por tu sucesor y por la Iglesia. ¡Que Dios te bendiga, Benedicto! ¡Te queremos, padre Joseph!

martes, 22 de enero de 2013

La Virgen de Czestochowa nos muestra el camino

 El icono de la Madre de Dios que peregrina de Vladivostok a Fátima, procede del mismo que aquél otro icono de la Virgen ante el que Juan Pablo II pasaba horas y horas rezando en Roma, en su capilla. El papa se entregaba continuamente a María Inmaculada para así consagrarse mejor a Cristo, con su lema “TOTUS TUUS (ego sum)”, que significa “soy todo tuyo”.

  El icono de la Virgen de Czestochowa probablemente se “escribió” -así se dice de los iconos, quizá porque podemos “leerlos”- en Constantinopla en el siglo VII-VIII. La tradición popular lo remonta a San Lucas, lo que sin duda tiene que ver con que se piensa que este buen colaborador de San Pablo, que probablemente era artista además de médico, conoció a la Virgen y así pudo “retratarla” especialmente en su Evangelio. El de Czestochowa y algunos otros iconos de la Virgen del mismo tipo, proceden de un icono ancestral común que llegó a Constantinopla desde Jerusalem, a principios del siglo V. De forma paralela, varios iconos del rostro de Nuestro Señor, denominados “Aquiropita” (no hechos por mano humana) provienen probablemente del icono verdaderamente no hecho por mano humana, que es el “Mandilion”, también venerado antiguamente en Constantinopla. Tienen con él una serie de detalles comunes, como el mechón de pelo ondulado sobre la frente que es en realidad una mancha de sangre en el Mandilion. Se trata de la Sábana Santa que hoy se venera en Turín, que entonces se exhibía doblada, mostrado solamente un cuadrado con el rostro de Jesús.

 Hay varios “tipos” de iconos orientales de la Virgen, que son formas distintas de representarla. Éste de la Virgen de Czestochowa pertenece a uno de los tres tipos más conocidos y antiguos, el de la “Odighitria”, palabra griega que significa “la que muestra el camino”. Esto se ve en que la Virgen, que nos mira de frente, sostiene con un brazo a su Hijo Jesucristo, mientras nos lo señala con la mano derecha, diciéndonos: “Jesús es el Camino”.

 Por su parte, el Niño Jesús nos mira también y sostiene con la mano izquierda el Evangelio, recordándonos en especial el pasaje donde Jesús, la noche antes de ser entregado para ser crucificado, dice a sus apóstoles: “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí” (Juan 14, 6). En este tipo de icono, al sostener las Escrituras, se nos muestra también que en Él se cumplen la Ley y los Profetas, de las que el Evangelio es plenitud. Como cuando en la sinagoga de Nazaret, tras leer al profeta Isaías -“El Espíritu de Dios está sobre Mí […] me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”-, Jesús les dijo: “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, refiriéndose a Sí mismo (cf Lucas 4, 16-21).

 El manto de María simboliza realeza, y une símbolos orientales y occidentales. María es Reina del Cielo y de la Tierra. El rojo púrpura interior es de realeza y también indica virginidad. Las estrellas sobre la cabeza y los hombros provienen de la triple cruz estrellada, antiguo símbolo sirio de la triple virginidad de María: antes del parto, durante el parto y después del parto. El azul oscuro exterior con flores de lis no es propio de los iconos orientales, sino de la casa real de Anjou, porque Luis de Anjou lo restauró en el siglo XV. Figura también en el centro del escudo de España. La flor de Lis es un emblema cristiano: la flor del lirio, elegida de entre las flores porque asemeja la forma de cruz y muestra la simplicidad y belleza del Evangelio. Significa también pureza (con ella se representa en nuestras imágenes al casto San José, o a San Antonio de Padua), y recuerda la frase de Jesús, en la que nos dice que ni el mismo Salomón, con toda su realeza, se vistió como uno de los lirios del campo, que ni trabajan, ni hilan, indicándonos que confiemos en nuestro Padre del Cielo, no en las falsas seguridades humanas.

   El manto de Jesús es de Rey, “para que toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2,11). Su color naranja simboliza la Verdad, el fuego del Espíritu Santo. Mientras sostiene el Evangelio con la izquierda, nos bendice con su mano derecha, en una forma que es típica de los iconos: el anular, meñique y pulgar unidos nos recuerdan la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios. Los dos dedos indice y corazón, levantados, nos recuerdan la doble naturaleza de Cristo: Dios y Hombre verdadero.

 La boca de la Virgen, como la de otros iconos, es pequeña, indicando su escucha, que guardaba los misterios de su Hijo y los meditaba en su corazón, como tras la adoración de los pastores, o la pérdida y encuentro de Jesús en el Templo. La nariz larga indica espiritualidad. Sus ojos están atentos a las necesidades del Pueblo de Dios, como en las bodas de Caná, donde se dio cuenta de que se había acabado el vino, para pedírselo a su Hijo. Y las heridas son realmente daños producidos por las guerras e invasiones que han asolado Polonia. Nos muestran que María se une al dolor de sus hijos, como se unió al dolor de su Hijo en la cruz, cuando Él cargó sobre Sí mismo todas nuestras injusticias, para liberarnos del pecado y de la muerte.

   Este icono refleja lo que nos explica el Concilio Vaticano II en Dei Verbum: la unidad de la Tradición viva y la Escritura, depósito de la Revelación de Dios enseñada por su Iglesia.

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Sobre la historia del Icono:


La Madre de Dios de Czestochowa
Según una tradición, también San Lucas fue el iconógrafo que pintó este icono, siendo la emperatriz Elena la que lo trajo de Jerusalén enviándolo a Tsargrad en el siglo V. Posteriormente – s X-XI - fue ofrecido al príncipe ruteno Lwow (León) quien lo ocultó en su castillo de Belz en Ucrania, región que en 1382 pasó a Polonia y donde lo descubrió Wladislaw Opolczyk, hacia el 1375, quien lo depositó en Czestochowa, en un monasterio recientemente construido por su primo Luis de Anjou y confiado a monjes húngaros.
Otra tradición afirma que este icono pertenecía a la dote de la gran duquesa Ana, hermana de Basilio II emperador de Bizancio, para su matrimonio de Vladimir el Grande (980 – 1015). En la invasión de Khan Batu el icono fue ocultado en Leopold y, posteriormente, en Belz donde la halló el príncipe palatino Wladislaw Opolczyk.
Lo que si parece cierto, según todos los estudios críticos modernos, es que el icono se fecha entre los siglos VII-VIII en Constantinopla, de autor desconocido.
Parece ser que la “herida” que aparece en el rostro de la Madre de Dios se debe a una flecha tártara que lo dañó cuando fue colocado como palladium sobre el muro de la ciudad de Belz.
Fue restaurado entre 1430 y 1434. A esta restauración debemos la incorporación de las flores de lys sobre el manto (por Luis de Anjou) así como el aspecto gótico que presenta actualmente el icono.
Perteneciente al tipo clásico de Odighitria, observamos en él a la Madre de Dios en busto de frente, sosteniendo al Hijo sobre el brazo izquierdo, ataviada de un manto azul oscuro en la actualidad adornado con flores de lys. Su rostro, ovalado, alargado, de tez oscura. Resalta su boca pequeña, su nariz alargada, al igual que sus ojos que expresan calma e inspiran paz. El nimbo en relieve, casi ensamblado con el del Hijo sobre un fondo verde oscuro.
El Hijo, vestido de un manto rojo ricamente adornado, lleva el libro cerrado de los Santos Evangelios en su mano izquierda, mientras bendice con la derecha.
Fuente: Dios muestra su rostro de Madre - volumen II
Fraternidad Monástica de la Paz, 1996

domingo, 13 de enero de 2013

Objeción contra la fe: si hubiéramos nacido en China, no seríamos cristianos...

Un amigo me hizo ayer esta interesante objeción, que muchos nos hemos hecho muchas veces.

Es verdad -contesté-, si hubiéramos nacido en China, quizá ni siquiera habríamos oído hablar de Cristo, de que Él es Dios, que ha venido a liberarnos del pecado y la muerte, que ha resucitado y da la vida a quien cree en Él.

... Y si hubiéramos nacido hace 1.000 años, pensaríamos que la Tierra es plana. Tenemos suerte de haber nacido en una época en la que ya se sabe que la Tierra es redonda. No lo sabemos porque seamos mejores ni más listos, sino porque eso ya se sabe hoy.

Por lo mismo, somos afortunados de haber nacido en un país donde se nos ha enseñado quién es Jesús. Somos unos privilegiados.

Bueno, aprovecho esta entrada para orar por el pueblo chino, para que pueda recibir el anuncio de Cristo. Y por la Iglesia perseguida en china, por nuestros hermanos cristianos perseguidos, como el de la foto de arriba. Se lo pido al Señor y le pido a San Francisco Javier, que murió a las puertas de China, que ore también con nosotros al Padre, por Jesucristo, para que los chinos reciban el Evangelio, para mayor gloria de Dios.

Jesús se somete a un bautismo de conversión

Celebramos este Domingo el Bautismo de Jesús en el Jordán. ¿Cómo es que Jesús, que no tenía pecado, comienza su vida pública sometiéndose a un bautismo de conversión? Porque vino a tomar nuestro lugar, el de los pecadores. Ocupó el lugar que no le correspondía, se hizo reo y esclavo, cargando con las consecuencias del pecado, con lo que nosotros no podíamos pagar. Cargó con nuestros delitos y clavándolos en la cruz consigo mismo, nos liberó del poder del pecado y de la muerte. Ya sólo nos queda salir de la celda que estaba cerrada y ahora se nos ha abierto, por la puerta de la fe. Él está vivo, y da la verdadera vida a los que creemos en Él.

Los budistas creen en el "karma", un fardo que vamos cargando a cuestas con todos nuestros errores, impurezas y pecados. Es acertado ver eso, y querer purificarse de ello... Pero la verdad es que, por nosotros mismos, jamás podremos liberarnos del peso del pecado. Sólo la misericordia del Padre, gracias al sacrificio de Cristo, puede liberarnos. 

Jesús es nuestro redentor, que quiere decir que ha pagado el rescate para que seamos liberados de nuestra prisión; ha pagado el precio que no podríamos acabar de pagar nunca, ha cargado con nuestra carga por amor, ¡bendito sea!"

martes, 1 de enero de 2013

¡Libres para amar!

 "Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales. Háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor" (Gálatas 5,13).

"Se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud" (León XIII, Libertas Praestantissimum).

Creo que tenemos una idea un tanto equivocada de lo que es la LIBERTAD. Muchas veces, en el terreno ético, usamos la palabra "Libertad" para significar la supuesta "capacidad" que tenemos para elegir entre el bien y el mal. Con esta definición -que no me parece que explique bien lo que es la libertad-, hasta decimos que esa "capacidad" de hacer el mal nos la ha dado Dios, e incluso en ocasiones le echamos la culpa a Él por habérnosla dado.

Yo no creo que la libertad consista simplemente en elegir entre el bien y el mal, no creo que esa sea la forma mejor de expresarlo, o al menos no me parece suficiente. Si queremos plantearlo como elección entre el bien y el mal, al menos habría que añadir que lo que nos da la libertad es la capacidad de hacer el bien. Diría, más bien, que somos libres porque somos capaces de amar, y que el mal se da cuando no ejercemos esa capacidad de amar que Dios nos ha dado y que forma parte esencial de nosotros mismos.

Muchas veces decimos que no entendemos por qué Dios nos dio la "capacidad" de elegir el mal, que es un misterio, etc. Realmente, es que no nos la dio, lo mismo que Él no creó el mal, como nos dice San Agustín. Lo que Dios nos dio fue la voluntad libre, la capacidad de hacer el bien por amor, y lo que nosotros hacemos a veces es no usar esa capacidad, y dejarnos llevar por el mal. Eso es la maldad y el pecado.

Nos dice San Agustín en sus confesiones: "Busqué asimismo qué cosa era la maldad, y no hallé que fuera sustancia, sino perversidad de la voluntad, desviada de la suma Sustancia, que sois Vos, hacia las criaturas ínfimas, que arroja sus entrañas, y se hincha por fuera".

Es decir, Dios nos da una voluntad libre que realiza el bien por amor. Y la perversión de esa voluntad libre es la que realiza el mal. Realizar el mal no es un acto libre de voluntad, sino una corrupción de la voluntad, que desecha la libertad y se hace esclava, se enajena.

"La libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es libertad para el Bien, en el cual solamente reside la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto —prescindiendo de otras fuerzas— guía su voluntad". Instrucción Libertatis Constientia, 26.

Dios nos creó, como vemos en el Génesis, en la historia de Adán y Eva, con voluntad libre. Voluntad libre, por encima de todo, es capacidad de amar, de amar a su Creador, amarse a sí mismos y amar al otro. Libertad, diría yo, es la capacidad de escoger y hacer el bien, de realizar el plan de amor que Dios tiene para nosotros, de amar a Dios y a nuestros hermanos, y a toda la creación, según su voluntad.

¿Quién, entonces, es el no-libre? El que no usa su libertad: el que no es capaz de moverse hacia el bien, el que no ama a Dios, a sí mismo, a sus hermanos y a la creación. Ése es el esclavo. El que es incapaz de elegir y hacer el bien, el que no puede amar.

Porque para el corazón humano, el movimiento es amor. El amor es bien. Y el mal es dejarse llevar, no moverse, dejarse engañar por quien nos quiere inyectar el veneno de la desconfianza, para que no confiemos en quienes nos aman.

¿Y quién no puede amar? Tú, yo, nosotros, muchas veces. Nacimos esclavos: "pecador me concibió mi madre" -dice el salmo 51. La libertad verdadera que Dios quiso darnos está en nosotros herida por el pecado. Pero "para ser libres nos liberó Cristo" (Gálatas 5,1). Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha resucitado, y ha vencido a la muerte y al pecado, precisamente para restaurarnos, para sanarnos, para que podamos amar. Es decir, para que seamos libres. Dice San Pablo de cuando Jesús ascendió al Cielo triunfante, tras su victoria sobre el pecado y la muerte: "se llevó cautiva nuestra cautividad" (Efesios 4,8). Se llevó prisionera nuestra esclavitud. Para acoger su liberación sólo tenemos que aceptar su sacrificio salvador, y su liberación se hará verdadera y operativa en nosotros.

Volvamos al Génesis. Adán y Eva son libres, libres para amar a Dios, para amarse entre sí. Esa capacidad de amar es la libertad, que ellos ejercen amándose, y amando a Dios. Cuando Dios presenta Eva a Adán, éste la ama, y dice: "esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gen 2,23). Está agradecido a Dios, ama a Eva. Pero el demonio les engaña y seduce, les miente y les induce a creer que Dios no es bueno, que se guarda algo para sí, que no quiere que sean realmente felices. Les está diciendo: "dejad de usar vuestra libertad, dejad de amar a Dios, haced lo que yo os digo". Ellos, al tomar la fruta prohibida, no están usando la libertad, sino que se están metiendo en la jaula del demonio. No están haciendo su propia voluntad, pues ellos por sí mismos estaban más que satisfechos con su felicidad en el amor, sino que se están dejando llevar por la voluntad de otro, el demonio. Eran libres, dueños de sus actos de amor, pero ahora han puesto esa preciosa libertad a los pies del tentador, convirtiéndose en sus esclavos. Eso es lo que todos hacemos cuando hacemos el mal.

La libertad es un don de Dios. La capacidad de amar, es un don. Nunca deberíamos enajenarla, porque Dios no nos la ha dado para que la perdamos, poniéndola a los pies de otro, sino para que la disfrutemos. Esa es la diferencia entre un don y un regalo: el don es un regalo, pero que tiene una finalidad. Si tenemos una ONG de ayuda a los niños sin familia y alguien nos dona una casa que tiene para acoger a esos niños, nosotros no podemos vender la casa y apostar el dinero en el casino. Nos la ha dado como don, para que usemos esa casa como debe ser usada, no para que se la demos a otro y la perdamos. Pues la libertad es igual: Dios nos da la libertad. la capacidad de hacer el bien, de amarle y de amarnos, para usarla nosotros, no para entregársela a otro y que nos esclavice, renunciando nosotros al amor.

Por eso, la posibilidad de no hacer el bien, no es una capacidad, y no es eso libertad, ni forma parte de ella. Hacer el mal, precisamente, es renunciar a la libertad. Es esclavizarnos. La posibilidad de no hacer el bien, de hacer el mal, es precisamente un abandono de la libertad que Dios nos ha dado, de nuestra capacidad de amar, que esa es la verdadera libertad.

Hace poco vi una película que puede ayudar a entender esto. A un niño le habían regalado dos sellos para su colección. Pero resulta que esos sellos, sin que él lo supiera, eran dos de los sellos más valiosos del mundo. Una vez fue con su álbum a un mercadillo de sellos, y uno de los comerciantes los vio y, engañándole, se los cambió por un plástico lleno de sellos muy bonitos, pero que no valían nada. Pues bien, nosotros hemos hecho lo mismo que ese niño con el don de la libertad. Nos lo dio Dios para nosotros, nos dio voluntad libre para amar, y nos hemos dejado engañar, enajenando nuestra libertad a cambio de las chucherías sin valor que nos prometía el tentador, con el pecado. El trueque es injusto, y obtenido con malas artes, pero el injusto dueño de nuestra libertad no piensa soltarnos. ¿Y qué podemos dar nosotros para que nos devuelva la libertad? Nada, no tenemos nada para poder pagarle. Pero Dios no ha resistido nuestra desdicha, porque nos ama. El Hijo se ha hecho hombre, y ha pagado en la cruz, y con creces, el precio para que nos sea devuelto el don que nos fue arrebatado: la libertad plena. Sólo tenemos que aceptar el pago del rescate, y seremos libres. Esa aceptación es la fe en Jesús, nuestro Señor y Salvador, que se sometió a muerte de cruz para liberarnos del pecado y de la muerte, pagando el precio de nuestra libertad (eso es la Redención). Jesús resucitado está vivo, y da la verdadera vida a todos los que creen en Él.

"El Doctor Angélico se ha ocupado con frecuencia de esta cuestión, y de sus exposiciones se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud. Sobre las palabras de Cristo, nuestro Señor, el que comete pecado es siervo del pecado (Juan 8, 34), escribe con agudeza: «Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza. Por consiguiente, cuando es movido por un agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo. Ahora bien: el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al domimo ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado»(4). Es lo que había visto con bastante claridad la filosofia antigua, especialmente los que enseñaban que sólo el sabio era libre, entendiendo por sabio, como es sabido, aquel que había aprendido a vivir según la naturaleza, es decir, de acuerdo con la moral y la virtud" (León XIII, Libertas Praestantissimum). 

¿A qué puedo comparar la libertad, para que se entienda mejor lo que quiero decir? Podríamos compararla con la alimentación, porque tan importante es para el cuerpo alimentarse, como para el alma y toda la persona amar. Dios nos ha dado la capacidad de alimentarnos para vivir, pero si nosotros tomamos veneno, nos morimos.  Dios no nos ha dado la boca ni el estómago para ingerir veneno, no es esa su función. Y cuando tomamos el veneno no nos estamos alimentando, estamos dándole un mal uso al don de Dios. Alimentarse no es poder elegir entre el alimento y el veneno, alimentarse es tomar el alimento. Por lo mismo, ejercer la libertad no es poder elegir entre el bien y el mal, sino ser capaz de elegir y hacer el bien.

Pues con la libertad pasa lo mismo que con la alimentación. Dios nos ha hecho libres para amar. Nos ha dado voluntad libre para que le amemos. Pero si nosotros no lo hacemos o incluso tomamos el veneno del pecado, no estamos ejerciendo la libertad, estamos renunciando a ella, nos estamos esclavizando.

"Esta era la objeción que sabiamente ponían San Agustín y otros autores contra los pelagianos: Si la posibilidad de apartarse del bien perteneciera a la esencia y a la perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles y los bienaventurados, todos los cuales carecen de ese poder, o no serían libres o, al menos, no lo serían con la misma perfección que el hombre en estado de prueba e imperfección". (León XIII, Encíclica Libertas Praestantissimum).

Cuando lleguemos al Cielo -por la misericordia de Dios-, ya no tendremos la posibilidad de hacer el mal, pero ¿acaso seremos menos libres? ¿Acaso los ángeles son menos libres que nosotros porque no puedan ya hacer el mal? Todo lo contrario, los ángeles y los santos del Cielo son plenamente libres, más que nosotros, porque pueden amar más plenamente, amarse a sí mismos, y amar a los demás y a toda la Creación. Pueden moverse, y el movimiento esencial de las personas es el amor.

Sí, comparemos también la libertad con el movimiento. Dios nos ha dado la capacidad de movernos. Pero viene un enemigo nuestro y nos quiere arrastrar hacia donde él quiere, que es hacia una jaula que nos tiene preparada. Nosotros podemos usar la capacidad que Dios nos ha dado de movernos, para oponernos a ese enemigo, pero a veces no la usamos y nos dejamos arrastrar hacia la jaula. La libertad es igual. Dios les dio a Adán y a Eva la capacidad de oponerse a la tentación, de no dejarse arrastrar al mal por el tentador. Esa capacidad era su libertad. Pero ellos no la usaron, y se dejaron arrastrar. Realmente, no se trataba de elegir entre el bien y el mal, sino de elegir el bien o dejarse arrastrar hacia el mal: ser libres o dejar de serlo. Por el pecado original, que causó una herida en nuestra libertad, la fuerza del enemigo, su capacidad de arrastre, era superior a nuestra fuerza, a nuestra voluntad. Pero Cristo, con su sacrificio, nos redimió, es decir, pagó nuestra liberación, de forma que ya no somos esclavos, sino libres, y en Ël, con su gracia, tenemos la fuerza que nos faltaba para no dejarnos arrastrar por el enemigo.

Pues "para ser libres nos liberó Cristo". Acojamos el don de su sacrificio, acojamos su liberación.

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Agradezco a Alonso Gracián la conversación en la que hablamos de estas cosas, y las citas del Magisterio.
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