martes, 22 de enero de 2013

La Virgen de Czestochowa nos muestra el camino

 El icono de la Madre de Dios que peregrina de Vladivostok a Fátima, procede del mismo que aquél otro icono de la Virgen ante el que Juan Pablo II pasaba horas y horas rezando en Roma, en su capilla. El papa se entregaba continuamente a María Inmaculada para así consagrarse mejor a Cristo, con su lema “TOTUS TUUS (ego sum)”, que significa “soy todo tuyo”.

  El icono de la Virgen de Czestochowa probablemente se “escribió” -así se dice de los iconos, quizá porque podemos “leerlos”- en Constantinopla en el siglo VII-VIII. La tradición popular lo remonta a San Lucas, lo que sin duda tiene que ver con que se piensa que este buen colaborador de San Pablo, que probablemente era artista además de médico, conoció a la Virgen y así pudo “retratarla” especialmente en su Evangelio. El de Czestochowa y algunos otros iconos de la Virgen del mismo tipo, proceden de un icono ancestral común que llegó a Constantinopla desde Jerusalem, a principios del siglo V. De forma paralela, varios iconos del rostro de Nuestro Señor, denominados “Aquiropita” (no hechos por mano humana) provienen probablemente del icono verdaderamente no hecho por mano humana, que es el “Mandilion”, también venerado antiguamente en Constantinopla. Tienen con él una serie de detalles comunes, como el mechón de pelo ondulado sobre la frente que es en realidad una mancha de sangre en el Mandilion. Se trata de la Sábana Santa que hoy se venera en Turín, que entonces se exhibía doblada, mostrado solamente un cuadrado con el rostro de Jesús.

 Hay varios “tipos” de iconos orientales de la Virgen, que son formas distintas de representarla. Éste de la Virgen de Czestochowa pertenece a uno de los tres tipos más conocidos y antiguos, el de la “Odighitria”, palabra griega que significa “la que muestra el camino”. Esto se ve en que la Virgen, que nos mira de frente, sostiene con un brazo a su Hijo Jesucristo, mientras nos lo señala con la mano derecha, diciéndonos: “Jesús es el Camino”.

 Por su parte, el Niño Jesús nos mira también y sostiene con la mano izquierda el Evangelio, recordándonos en especial el pasaje donde Jesús, la noche antes de ser entregado para ser crucificado, dice a sus apóstoles: “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí” (Juan 14, 6). En este tipo de icono, al sostener las Escrituras, se nos muestra también que en Él se cumplen la Ley y los Profetas, de las que el Evangelio es plenitud. Como cuando en la sinagoga de Nazaret, tras leer al profeta Isaías -“El Espíritu de Dios está sobre Mí […] me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”-, Jesús les dijo: “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, refiriéndose a Sí mismo (cf Lucas 4, 16-21).

 El manto de María simboliza realeza, y une símbolos orientales y occidentales. María es Reina del Cielo y de la Tierra. El rojo púrpura interior es de realeza y también indica virginidad. Las estrellas sobre la cabeza y los hombros provienen de la triple cruz estrellada, antiguo símbolo sirio de la triple virginidad de María: antes del parto, durante el parto y después del parto. El azul oscuro exterior con flores de lis no es propio de los iconos orientales, sino de la casa real de Anjou, porque Luis de Anjou lo restauró en el siglo XV. Figura también en el centro del escudo de España. La flor de Lis es un emblema cristiano: la flor del lirio, elegida de entre las flores porque asemeja la forma de cruz y muestra la simplicidad y belleza del Evangelio. Significa también pureza (con ella se representa en nuestras imágenes al casto San José, o a San Antonio de Padua), y recuerda la frase de Jesús, en la que nos dice que ni el mismo Salomón, con toda su realeza, se vistió como uno de los lirios del campo, que ni trabajan, ni hilan, indicándonos que confiemos en nuestro Padre del Cielo, no en las falsas seguridades humanas.

   El manto de Jesús es de Rey, “para que toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2,11). Su color naranja simboliza la Verdad, el fuego del Espíritu Santo. Mientras sostiene el Evangelio con la izquierda, nos bendice con su mano derecha, en una forma que es típica de los iconos: el anular, meñique y pulgar unidos nos recuerdan la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios. Los dos dedos indice y corazón, levantados, nos recuerdan la doble naturaleza de Cristo: Dios y Hombre verdadero.

 La boca de la Virgen, como la de otros iconos, es pequeña, indicando su escucha, que guardaba los misterios de su Hijo y los meditaba en su corazón, como tras la adoración de los pastores, o la pérdida y encuentro de Jesús en el Templo. La nariz larga indica espiritualidad. Sus ojos están atentos a las necesidades del Pueblo de Dios, como en las bodas de Caná, donde se dio cuenta de que se había acabado el vino, para pedírselo a su Hijo. Y las heridas son realmente daños producidos por las guerras e invasiones que han asolado Polonia. Nos muestran que María se une al dolor de sus hijos, como se unió al dolor de su Hijo en la cruz, cuando Él cargó sobre Sí mismo todas nuestras injusticias, para liberarnos del pecado y de la muerte.

   Este icono refleja lo que nos explica el Concilio Vaticano II en Dei Verbum: la unidad de la Tradición viva y la Escritura, depósito de la Revelación de Dios enseñada por su Iglesia.

-------

Sobre la historia del Icono:


La Madre de Dios de Czestochowa
Según una tradición, también San Lucas fue el iconógrafo que pintó este icono, siendo la emperatriz Elena la que lo trajo de Jerusalén enviándolo a Tsargrad en el siglo V. Posteriormente – s X-XI - fue ofrecido al príncipe ruteno Lwow (León) quien lo ocultó en su castillo de Belz en Ucrania, región que en 1382 pasó a Polonia y donde lo descubrió Wladislaw Opolczyk, hacia el 1375, quien lo depositó en Czestochowa, en un monasterio recientemente construido por su primo Luis de Anjou y confiado a monjes húngaros.
Otra tradición afirma que este icono pertenecía a la dote de la gran duquesa Ana, hermana de Basilio II emperador de Bizancio, para su matrimonio de Vladimir el Grande (980 – 1015). En la invasión de Khan Batu el icono fue ocultado en Leopold y, posteriormente, en Belz donde la halló el príncipe palatino Wladislaw Opolczyk.
Lo que si parece cierto, según todos los estudios críticos modernos, es que el icono se fecha entre los siglos VII-VIII en Constantinopla, de autor desconocido.
Parece ser que la “herida” que aparece en el rostro de la Madre de Dios se debe a una flecha tártara que lo dañó cuando fue colocado como palladium sobre el muro de la ciudad de Belz.
Fue restaurado entre 1430 y 1434. A esta restauración debemos la incorporación de las flores de lys sobre el manto (por Luis de Anjou) así como el aspecto gótico que presenta actualmente el icono.
Perteneciente al tipo clásico de Odighitria, observamos en él a la Madre de Dios en busto de frente, sosteniendo al Hijo sobre el brazo izquierdo, ataviada de un manto azul oscuro en la actualidad adornado con flores de lys. Su rostro, ovalado, alargado, de tez oscura. Resalta su boca pequeña, su nariz alargada, al igual que sus ojos que expresan calma e inspiran paz. El nimbo en relieve, casi ensamblado con el del Hijo sobre un fondo verde oscuro.
El Hijo, vestido de un manto rojo ricamente adornado, lleva el libro cerrado de los Santos Evangelios en su mano izquierda, mientras bendice con la derecha.
Fuente: Dios muestra su rostro de Madre - volumen II
Fraternidad Monástica de la Paz, 1996

domingo, 13 de enero de 2013

Objeción contra la fe: si hubiéramos nacido en China, no seríamos cristianos...

Un amigo me hizo ayer esta interesante objeción, que muchos nos hemos hecho muchas veces.

Es verdad -contesté-, si hubiéramos nacido en China, quizá ni siquiera habríamos oído hablar de Cristo, de que Él es Dios, que ha venido a liberarnos del pecado y la muerte, que ha resucitado y da la vida a quien cree en Él.

... Y si hubiéramos nacido hace 1.000 años, pensaríamos que la Tierra es plana. Tenemos suerte de haber nacido en una época en la que ya se sabe que la Tierra es redonda. No lo sabemos porque seamos mejores ni más listos, sino porque eso ya se sabe hoy.

Por lo mismo, somos afortunados de haber nacido en un país donde se nos ha enseñado quién es Jesús. Somos unos privilegiados.

Bueno, aprovecho esta entrada para orar por el pueblo chino, para que pueda recibir el anuncio de Cristo. Y por la Iglesia perseguida en china, por nuestros hermanos cristianos perseguidos, como el de la foto de arriba. Se lo pido al Señor y le pido a San Francisco Javier, que murió a las puertas de China, que ore también con nosotros al Padre, por Jesucristo, para que los chinos reciban el Evangelio, para mayor gloria de Dios.

Jesús se somete a un bautismo de conversión

Celebramos este Domingo el Bautismo de Jesús en el Jordán. ¿Cómo es que Jesús, que no tenía pecado, comienza su vida pública sometiéndose a un bautismo de conversión? Porque vino a tomar nuestro lugar, el de los pecadores. Ocupó el lugar que no le correspondía, se hizo reo y esclavo, cargando con las consecuencias del pecado, con lo que nosotros no podíamos pagar. Cargó con nuestros delitos y clavándolos en la cruz consigo mismo, nos liberó del poder del pecado y de la muerte. Ya sólo nos queda salir de la celda que estaba cerrada y ahora se nos ha abierto, por la puerta de la fe. Él está vivo, y da la verdadera vida a los que creemos en Él.

Los budistas creen en el "karma", un fardo que vamos cargando a cuestas con todos nuestros errores, impurezas y pecados. Es acertado ver eso, y querer purificarse de ello... Pero la verdad es que, por nosotros mismos, jamás podremos liberarnos del peso del pecado. Sólo la misericordia del Padre, gracias al sacrificio de Cristo, puede liberarnos. 

Jesús es nuestro redentor, que quiere decir que ha pagado el rescate para que seamos liberados de nuestra prisión; ha pagado el precio que no podríamos acabar de pagar nunca, ha cargado con nuestra carga por amor, ¡bendito sea!"

martes, 1 de enero de 2013

¡Libres para amar!

 "Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales. Háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor" (Gálatas 5,13).

"Se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud" (León XIII, Libertas Praestantissimum).

Creo que tenemos una idea un tanto equivocada de lo que es la LIBERTAD. Muchas veces, en el terreno ético, usamos la palabra "Libertad" para significar la supuesta "capacidad" que tenemos para elegir entre el bien y el mal. Con esta definición -que no me parece que explique bien lo que es la libertad-, hasta decimos que esa "capacidad" de hacer el mal nos la ha dado Dios, e incluso en ocasiones le echamos la culpa a Él por habérnosla dado.

Yo no creo que la libertad consista simplemente en elegir entre el bien y el mal, no creo que esa sea la forma mejor de expresarlo, o al menos no me parece suficiente. Si queremos plantearlo como elección entre el bien y el mal, al menos habría que añadir que lo que nos da la libertad es la capacidad de hacer el bien. Diría, más bien, que somos libres porque somos capaces de amar, y que el mal se da cuando no ejercemos esa capacidad de amar que Dios nos ha dado y que forma parte esencial de nosotros mismos.

Muchas veces decimos que no entendemos por qué Dios nos dio la "capacidad" de elegir el mal, que es un misterio, etc. Realmente, es que no nos la dio, lo mismo que Él no creó el mal, como nos dice San Agustín. Lo que Dios nos dio fue la voluntad libre, la capacidad de hacer el bien por amor, y lo que nosotros hacemos a veces es no usar esa capacidad, y dejarnos llevar por el mal. Eso es la maldad y el pecado.

Nos dice San Agustín en sus confesiones: "Busqué asimismo qué cosa era la maldad, y no hallé que fuera sustancia, sino perversidad de la voluntad, desviada de la suma Sustancia, que sois Vos, hacia las criaturas ínfimas, que arroja sus entrañas, y se hincha por fuera".

Es decir, Dios nos da una voluntad libre que realiza el bien por amor. Y la perversión de esa voluntad libre es la que realiza el mal. Realizar el mal no es un acto libre de voluntad, sino una corrupción de la voluntad, que desecha la libertad y se hace esclava, se enajena.

"La libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es libertad para el Bien, en el cual solamente reside la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto —prescindiendo de otras fuerzas— guía su voluntad". Instrucción Libertatis Constientia, 26.

Dios nos creó, como vemos en el Génesis, en la historia de Adán y Eva, con voluntad libre. Voluntad libre, por encima de todo, es capacidad de amar, de amar a su Creador, amarse a sí mismos y amar al otro. Libertad, diría yo, es la capacidad de escoger y hacer el bien, de realizar el plan de amor que Dios tiene para nosotros, de amar a Dios y a nuestros hermanos, y a toda la creación, según su voluntad.

¿Quién, entonces, es el no-libre? El que no usa su libertad: el que no es capaz de moverse hacia el bien, el que no ama a Dios, a sí mismo, a sus hermanos y a la creación. Ése es el esclavo. El que es incapaz de elegir y hacer el bien, el que no puede amar.

Porque para el corazón humano, el movimiento es amor. El amor es bien. Y el mal es dejarse llevar, no moverse, dejarse engañar por quien nos quiere inyectar el veneno de la desconfianza, para que no confiemos en quienes nos aman.

¿Y quién no puede amar? Tú, yo, nosotros, muchas veces. Nacimos esclavos: "pecador me concibió mi madre" -dice el salmo 51. La libertad verdadera que Dios quiso darnos está en nosotros herida por el pecado. Pero "para ser libres nos liberó Cristo" (Gálatas 5,1). Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha resucitado, y ha vencido a la muerte y al pecado, precisamente para restaurarnos, para sanarnos, para que podamos amar. Es decir, para que seamos libres. Dice San Pablo de cuando Jesús ascendió al Cielo triunfante, tras su victoria sobre el pecado y la muerte: "se llevó cautiva nuestra cautividad" (Efesios 4,8). Se llevó prisionera nuestra esclavitud. Para acoger su liberación sólo tenemos que aceptar su sacrificio salvador, y su liberación se hará verdadera y operativa en nosotros.

Volvamos al Génesis. Adán y Eva son libres, libres para amar a Dios, para amarse entre sí. Esa capacidad de amar es la libertad, que ellos ejercen amándose, y amando a Dios. Cuando Dios presenta Eva a Adán, éste la ama, y dice: "esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gen 2,23). Está agradecido a Dios, ama a Eva. Pero el demonio les engaña y seduce, les miente y les induce a creer que Dios no es bueno, que se guarda algo para sí, que no quiere que sean realmente felices. Les está diciendo: "dejad de usar vuestra libertad, dejad de amar a Dios, haced lo que yo os digo". Ellos, al tomar la fruta prohibida, no están usando la libertad, sino que se están metiendo en la jaula del demonio. No están haciendo su propia voluntad, pues ellos por sí mismos estaban más que satisfechos con su felicidad en el amor, sino que se están dejando llevar por la voluntad de otro, el demonio. Eran libres, dueños de sus actos de amor, pero ahora han puesto esa preciosa libertad a los pies del tentador, convirtiéndose en sus esclavos. Eso es lo que todos hacemos cuando hacemos el mal.

La libertad es un don de Dios. La capacidad de amar, es un don. Nunca deberíamos enajenarla, porque Dios no nos la ha dado para que la perdamos, poniéndola a los pies de otro, sino para que la disfrutemos. Esa es la diferencia entre un don y un regalo: el don es un regalo, pero que tiene una finalidad. Si tenemos una ONG de ayuda a los niños sin familia y alguien nos dona una casa que tiene para acoger a esos niños, nosotros no podemos vender la casa y apostar el dinero en el casino. Nos la ha dado como don, para que usemos esa casa como debe ser usada, no para que se la demos a otro y la perdamos. Pues la libertad es igual: Dios nos da la libertad. la capacidad de hacer el bien, de amarle y de amarnos, para usarla nosotros, no para entregársela a otro y que nos esclavice, renunciando nosotros al amor.

Por eso, la posibilidad de no hacer el bien, no es una capacidad, y no es eso libertad, ni forma parte de ella. Hacer el mal, precisamente, es renunciar a la libertad. Es esclavizarnos. La posibilidad de no hacer el bien, de hacer el mal, es precisamente un abandono de la libertad que Dios nos ha dado, de nuestra capacidad de amar, que esa es la verdadera libertad.

Hace poco vi una película que puede ayudar a entender esto. A un niño le habían regalado dos sellos para su colección. Pero resulta que esos sellos, sin que él lo supiera, eran dos de los sellos más valiosos del mundo. Una vez fue con su álbum a un mercadillo de sellos, y uno de los comerciantes los vio y, engañándole, se los cambió por un plástico lleno de sellos muy bonitos, pero que no valían nada. Pues bien, nosotros hemos hecho lo mismo que ese niño con el don de la libertad. Nos lo dio Dios para nosotros, nos dio voluntad libre para amar, y nos hemos dejado engañar, enajenando nuestra libertad a cambio de las chucherías sin valor que nos prometía el tentador, con el pecado. El trueque es injusto, y obtenido con malas artes, pero el injusto dueño de nuestra libertad no piensa soltarnos. ¿Y qué podemos dar nosotros para que nos devuelva la libertad? Nada, no tenemos nada para poder pagarle. Pero Dios no ha resistido nuestra desdicha, porque nos ama. El Hijo se ha hecho hombre, y ha pagado en la cruz, y con creces, el precio para que nos sea devuelto el don que nos fue arrebatado: la libertad plena. Sólo tenemos que aceptar el pago del rescate, y seremos libres. Esa aceptación es la fe en Jesús, nuestro Señor y Salvador, que se sometió a muerte de cruz para liberarnos del pecado y de la muerte, pagando el precio de nuestra libertad (eso es la Redención). Jesús resucitado está vivo, y da la verdadera vida a todos los que creen en Él.

"El Doctor Angélico se ha ocupado con frecuencia de esta cuestión, y de sus exposiciones se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud. Sobre las palabras de Cristo, nuestro Señor, el que comete pecado es siervo del pecado (Juan 8, 34), escribe con agudeza: «Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza. Por consiguiente, cuando es movido por un agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo. Ahora bien: el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al domimo ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado»(4). Es lo que había visto con bastante claridad la filosofia antigua, especialmente los que enseñaban que sólo el sabio era libre, entendiendo por sabio, como es sabido, aquel que había aprendido a vivir según la naturaleza, es decir, de acuerdo con la moral y la virtud" (León XIII, Libertas Praestantissimum). 

¿A qué puedo comparar la libertad, para que se entienda mejor lo que quiero decir? Podríamos compararla con la alimentación, porque tan importante es para el cuerpo alimentarse, como para el alma y toda la persona amar. Dios nos ha dado la capacidad de alimentarnos para vivir, pero si nosotros tomamos veneno, nos morimos.  Dios no nos ha dado la boca ni el estómago para ingerir veneno, no es esa su función. Y cuando tomamos el veneno no nos estamos alimentando, estamos dándole un mal uso al don de Dios. Alimentarse no es poder elegir entre el alimento y el veneno, alimentarse es tomar el alimento. Por lo mismo, ejercer la libertad no es poder elegir entre el bien y el mal, sino ser capaz de elegir y hacer el bien.

Pues con la libertad pasa lo mismo que con la alimentación. Dios nos ha hecho libres para amar. Nos ha dado voluntad libre para que le amemos. Pero si nosotros no lo hacemos o incluso tomamos el veneno del pecado, no estamos ejerciendo la libertad, estamos renunciando a ella, nos estamos esclavizando.

"Esta era la objeción que sabiamente ponían San Agustín y otros autores contra los pelagianos: Si la posibilidad de apartarse del bien perteneciera a la esencia y a la perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles y los bienaventurados, todos los cuales carecen de ese poder, o no serían libres o, al menos, no lo serían con la misma perfección que el hombre en estado de prueba e imperfección". (León XIII, Encíclica Libertas Praestantissimum).

Cuando lleguemos al Cielo -por la misericordia de Dios-, ya no tendremos la posibilidad de hacer el mal, pero ¿acaso seremos menos libres? ¿Acaso los ángeles son menos libres que nosotros porque no puedan ya hacer el mal? Todo lo contrario, los ángeles y los santos del Cielo son plenamente libres, más que nosotros, porque pueden amar más plenamente, amarse a sí mismos, y amar a los demás y a toda la Creación. Pueden moverse, y el movimiento esencial de las personas es el amor.

Sí, comparemos también la libertad con el movimiento. Dios nos ha dado la capacidad de movernos. Pero viene un enemigo nuestro y nos quiere arrastrar hacia donde él quiere, que es hacia una jaula que nos tiene preparada. Nosotros podemos usar la capacidad que Dios nos ha dado de movernos, para oponernos a ese enemigo, pero a veces no la usamos y nos dejamos arrastrar hacia la jaula. La libertad es igual. Dios les dio a Adán y a Eva la capacidad de oponerse a la tentación, de no dejarse arrastrar al mal por el tentador. Esa capacidad era su libertad. Pero ellos no la usaron, y se dejaron arrastrar. Realmente, no se trataba de elegir entre el bien y el mal, sino de elegir el bien o dejarse arrastrar hacia el mal: ser libres o dejar de serlo. Por el pecado original, que causó una herida en nuestra libertad, la fuerza del enemigo, su capacidad de arrastre, era superior a nuestra fuerza, a nuestra voluntad. Pero Cristo, con su sacrificio, nos redimió, es decir, pagó nuestra liberación, de forma que ya no somos esclavos, sino libres, y en Ël, con su gracia, tenemos la fuerza que nos faltaba para no dejarnos arrastrar por el enemigo.

Pues "para ser libres nos liberó Cristo". Acojamos el don de su sacrificio, acojamos su liberación.

---
Agradezco a Alonso Gracián la conversación en la que hablamos de estas cosas, y las citas del Magisterio.
Se ha producido un error en este gadget.