sábado, 6 de abril de 2013

Conversión de un corazón incrédulo y rebelde



escrito por Belén Isabel María
(Esta es la historia de cómo Dios llamaba a mi puerta… y un día, le abrí).
1. ALGO A CERCA DE MI CARÁCTER
Para entender bien mi conversión, es necesario que primero hable un poco acerca de mi carácter. Siempre he sido una persona muy científica, empírica y racional (soy licenciada en ciencias químicas). Desde temprana edad andaba intrigada en temas científicos. En la adolescencia mi corazón empezó a ponerse rebelde, idealista, libertario... y negué la existencia de Dios (también la divinidad de Cristo, -y hasta llegué a dudar de su existencia real-). Así mismo, y aunque estuve en colegios de monjas, me dejé llevar por las leyendas negras en torno a la Iglesia hasta el punto que me molestaba todo lo relacionado con ella como los curas, las monjas, el papa… me parecían unos hipócritas. Pero ojo!, aunque renegué de Dios y de la Iglesia… admiraba "el mensaje de amor al prójimo" que enseñaba Jesucristo: “tratar a los demás como a mí me gustaría que me trataran”, pues además, lo encontraba en consonancia con mi propia conciencia. Así que “recorté” el Evangelio de manera que me quedé sólo con las partes que hablaban explícitamente del amor al prójimo. Y así, con este “tijeretazo”, me desentendí de todas las partes del evangelio que se referían, explícitamente, al amor a “Dios Mismo”, aún sabiendo (por las clases de religión) que era el primer mandamiento. Este evangelio recortado, fue lo único que admití del cristianismo.
(Resumiendo: “Yo no necesitaba a Dios ni a la Iglesia. Mi guía era mi propia conciencia, que me dictaba amar al prójimo”).
2. LA FIGURA DE MI MADRE
Para entender bien mi conversión, es también necesario que hable de la figura de mi madre. Sólo diré de ella que amaba mucho a Dios y al prójimo… pero… ojo!: No siempre fue así!… Es decir, que ella también tuvo su conversión! (… tendría sobre unos 48 años y yo unos 20). La transformación de mi madre revolucionó a mi familia: “pasamos de tener en casa un demonio, a tener en casa un ángel”… milagro alucinante e increíble que tuvimos la gran suerte de disfrutar en “primera fila”. Lógicamente, esta transformación de mi madre me hizo reaccionar y admití finalmente… “Dios sí que existe”… y también que “Jesús tiene naturaleza divina”. (Aclaración: aunque admití la divinidad de Cristo, lo hice con muchas reservas, pues seguía resistiéndome a creer en la veracidad de sus milagros, en su resurrección… y en parte de su mensaje).
Así que empecé a congeniar con mi madre… pues ciertamente, había similitudes entre nosotras:

Mi madre: amaba a Dios…………………Yo: creía en la existencia de Dios
Mi madre: amaba al prójimo……………Yo: anhelaba amar al prójimo
Así mi madre era TODO para mí. 
Desde que admití la existencia de Dios, y siempre de la mano de mi madre, empecé, lentamente, a entablar una relación con Dios y a reconocerlo también como Padre. De vez en cuando oraba (en forma de oración de gracias y oración de petición).
Es clave que destaque que esta relación (por mi parte), era una relación “no amorosa”, pues yo nunca contemplé en mis planes “el amarle”…
… Una cosa era admitir su existencia y mantener cierta relación con Él, y otra muy distinta, “pasar por el aro” de tener que amarle!... pues esto, ya era algo “superior a mí”… ¿como diría?… “demasiado humillante”. La simple idea, la rechazaba de cuajo. (Hacia la figura de Jesucristo, sentía exactamente el mismo tipo de rechazo: lo consideraba “un maestro” y no alguien a quien amar).
Así que con estos “materiales”:
• Admiración-amor-devoción por mi madre.
• “el amor al prójimo” (como anhelo, propósito y filosofía de vida)
• Una “relación” (no amorosa) con Dios-Padre.
• La confianza en “mis propias fuerzas” para cumplir con mi filosofía.
… Seguí “construyendo” mi vida…
… y así pasaron más de 10 años.
3. LLEGÓ LA TORMENTA!
A mi madre le diagnosticaron un cáncer de pulmón e hígado que le empezó a devorar el cuerpo tétricamente… (No puedo describir con palabras el dolor que sentía mi alma ante esta situación. Digamos que alcancé el máximo de dolor que un ser humano puede llegar a sentir).
La última vez que la vi con vida (una semana antes de su muerte) entré en su habitación llorando, con el alma absolutamente deshecha. Por la expresión en la cara de mi madre, noté enseguida que estaba contrariada por verme sufrir así. Me miró con gesto serio (como ella se ponía cuando me tenía que reñir) y con una voz que apenas le salía del cuerpo me ordenó: “PIDESELO A DIOS”. Recuerdo que yo no pude ni contestar y pensé para mis adentros: “PEDIRLE QUÉ?!...ACASO TENGO QUE PEDIRLE DEJARTE DE QUERER!?
Ella falleció la madrugada del 24 de diciembre de 2006…
… yo ya llevaba meses en actitud de reproche, enfadada con Dios.
4. VIVIENDO EN LAS RUINAS.
Con mucho dolor, “tiré palante”… sin mi madre y “sin Dios”…. Empezaba a vivir en las ruinas… sin intención de mudarme.
Pasados dos años de la muerte de mi madre, y con la ayuda de la llegada al mundo de una nueva hijita, la herida de mi alma empezó a cicatrizar… a pesar de ello, yo insistía en mi enfado con Dios.
A los 3 años y medio de su muerte, ya la ruina era total: mis fuerzas para cumplir mi anhelo de amar al prójimo, estaban muy muy disminuidas, raquíticas!… mi corazón se había convertido en un hervidero de egoísmo desorbitado, envidia, rencores, odios y demás maldades… yo estaba mal. Mi vida había perdido sentido: no me gustaba mi corazón cada día más empobrecido para amar… no soportaba la idea de tener un corazón tan seco de amor.
Por este tiempo (otoño del 2010), me pasó algo que considero de importancia contar: mi marido y yo habíamos estado almorzando con un matrimonio amigo y después de comer, mi amiga y yo fuimos a dar un paseo por el campo: Como llevábamos tiempo sin vernos (y es muy buena amiga), yo le abrí mi corazón la puse al día con respecto a mi enfado con Dios. Entre las dos, llegamos a la conclusión de que yo tenía que empezar a orar para pedirLE a Dios que solucionara aquella situación de enfado… (Pues además, recordé que era la última voluntad de mi madre…) Y así lo hice… empecé a hacer una torpe oración diaria, sobre todo por obediencia a mi madre, aunque también porque empezaba a sospechar que el raquitismo de mi corazón provenía de mi enfado con ÉL.
Así que estuve unas tres semanas haciendo una torpe oración (algunos días, lo más que lograba hacer es mirar al cielo y decir “buenos días, Padre”). 

Por aquel entonces, llegó a mis oídos la noticia de que se iban a celebrar en la parroquia unas charlas sobre el evangelio para el fin de semana del 23-24 de octubre. Yo tenía interés por ir, así que lo organicé todo para poder asistir a dichas charlas.
Durante las charlas experimenté una mezcla de enfado, confusión y envidia, desagradable envidia!: allí vi personas que tenían “algo”, “algo que las hacía felices”, “algo” que, claramente, yo no tenía … y las envidiaba por ello.
Aquel domingo, ya finalizadas las charlas, volví a mi casa y retomé mi rutina. Recuerdo que mientras fregaba los platos de la cena resonaban en mi cabeza “tres palabras”: Se me habían grabado en el cerebro pues fueron insistentemente repetidas por una de las ponentes. Estas palabras eran: "El evangelio es AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO"… "AMOR A DIOS Y AL PROJIMO"… "AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO"…
... resonando en mi cabeza…
… Me fui mosqueada a dormir.
Los tres días siguientes tuve mucha confusión y mucha lucha por encontrar “no sabía qué”, pero yo buscaba “algo”. 

Las tres palabras seguían resonando.
5. … LA CONVERSIÓN
Finalmente, el Jueves 28, mientras preparaba el almuerzo para mis niños, “toqué fondo”, me paré en seco y me dije…: ya sé!!!, “lo que tengo que hacer es amar a Dios!!!!!… PERO CÓMO?, si ni siquiera deseo hacerlo?... …si al menos tuviera sed… (pensé),… Tal vez, la sed me obligue a “beber de ese agua hacia la cual me resisto”...
Yo ya no veía otra salida… y entonces, levanté los ojos al cielo y le pedí:
“PADRE, DAME SED DE TI” (era la primera vez en mi vida yo que le pedía algo así).
Acto seguido, cogí el evangelio (guardaba una biblia en el cajón de los chismajos de la cocina), pero…. Esta vez, (y por primera vez también), lo cogí de forma diferente: lo cogí “entero”, sin recortes y con la absoluta certeza de que entre mis manos sostenía la clave para encontrar lo que estaba buscando. Entonces abrí el evangelio y leí: (Mt. 22, 37-38) “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante”… Uy!... De pronto, empecé a sentir un dolor y un arrepentimiento tremendos por nunca haber tenido la más mínima intención de hacer esto (amar a Dios) y mucho menos a la manera que Jesús mandaba hacerlo (con todo el corazón, toda el alma, toda la mente). Me reconocí terca, insolente, ingrata y rácana, y ya, sin poder contener las lágrimas por el dolor, busqué nuevamente en el evangelio y encontré: (Lc. 15, 21) “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo”… Y llorando, llorando a mares, repetí mil veces estas palabras, pues eran las únicas que daban algo de consuelo al dolor de mi alma.
Sin embargo, a pesar del dolor y en medio de sollozos, empecé a sentir por primera vez en mi vida UNA PAZ como no la había sentido nunca antes, jamás de los jamases. Era una sensación nueva para mí… ¿por fin en paz con Dios!? … ¡¡¿es posible que me esté pasando esto a mí?!!
… Al cabo de un buen rato (ya tranquilizada), me dirigí nuevamente al evangelio….
… Aún quedaba algo importante por hacer… (Yo ya iba ¡¡A POR TODAS!!...)
Y encontré: (Lc. 14, 26) “si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas y aún también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Entonces tomé conciencia de un paquete grande y pesado con el que había estado cargando durante cuatro años… “un amor por mi madre mal entendido”. Supe que era obligatorio soltar ese lastre para pasar por “la estrecha puerta”. Así que, aunque resistiéndome a hacerlo, y no sé ni cómo, pero lo solté!… Y entonces… me sentí extrañamente liberada… y fácilmente… “entré”.
(nota: con el tiempo he comprendido el significado de la orden que mi madre me dio en su lecho de muerte… la frase completa podría haber sido: “pídeLE a Dios… amarLE a ÉL más de lo que me amas a mí”…
… ella me quería de verdad…
(Quiero aclarar que soltar este lastre, es lo más difícil que he hecho en toda vida: tuve que recurrir a todas mis fuerzas para lograrlo, y aún así, tengo la certeza, de que ni todas mis fuerzas hubiesen sido suficientes si Dios mismo no me hubiese estado impulsando en este esfuerzo.)

Así que coloqué a DIOS, mi recién estrenado amor, en el lugar más privilegiado de mi corazón, que hasta aquel entonces, estuvo ocupado por mi madre...
(... y… curiosamente y aunque resulte paradójico, desde que hice esto, quiero a mi madre todavía más que antes!… y.... cada día la quiero más!)
Ya por la tarde, y ya sintiéndome más calmada, tuve la clara convicción y necesidad de ir a confesarme oficialmente, pues, para mi sorpresa! esta reconciliación con Dios, trajo consigo la reconciliación con la Iglesia!… Me encantó confesarme (no lo hacía desde que me casé y porque me obligaron) y desde ese día empecé a ir a misa todos los domingos. (La Eucaristía ha pasado de ser “un rollo” –no ponía un pie en misa- a ser un verdadero disfrute cada domingo!)
Me sentí renacida, feliz, pues sentí tener POR FIN lo que, en verdad, llevaba toda la vida buscando, toda la vida soñando… y mi deseo de amar al prójimo… RENACIÓ con una fuerza nueva!
Deseaba darle al Padre todo el amor que durante toda mi vida le había estado negando… Corresponder! al Amor que ÉL siempre me ha tenido! Quería amarLE con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente!… ir a misa los domingos, cantarle, orar… pero sobre todo… darle su delicia … cumplir SU MANDAMIENTO de amar al prójimo!
… pero, ahora, ya no sólo desde mis fuerzas… sino…
… por SU GRACIA…
…Y PARA AGRADARLE… PARA SERVIRLE… PARA SU GLORIA!
Ahora, abrazo el evangelio completo: AMO A DIOS, deseo amarLE cada día más y LE doy gracias por ello con cada latido de mi corazón.
Del amor por ÉL, brota la Gracia, la motivación y el impulso para cumplir SU MANDAMIENTO DE AMOR…
… EL está limpiando y transformando mi corazón… en un corazón obediente y amoroso…
… obedecer SU MANDAMIENTO es la bendita obligación por la que me esfuerzo y me gozo cada día…
… y SU GRACIA en mí… la sobrecogedora maravilla que hace mi corazón latir, mis ojos brillar.
GRACIAS!, PADRE!: ALELUYA Y GLORIA A TI POR SIEMPRE, SEÑOR!
(Jn. 15, 5): “Yo soy la vid y vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.
Con el tiempo he comprendido que todos aquellos años en los que estuve esforzándome en amar al prójimo (sin intención de amar a Dios), es como si hubiese estado edificando en la arena (mi amor era endeble, desde mis fuerzas, sin columna vertebral) no en la roca, pues desoí deliberadamente el Primer Mandamiento… y la tormenta destrozó mi edificación.
Sin amar a Dios, no tenía verdadera caridad*, sólo tenía ideología: una especie de fullería con la que incluso pretendía disimular mi falta de amor a Dios. Una flaca fuerza de voluntad con la que sobre todo buscaba mi bienestar emocional. Un humanismo que se desinflaba enseguida.
Mi estado era permanentemente de insatisfacción, descontento y vacío interior.
El cristianismo no es una simple ideología ni un sistema ético. Es una transformación sobrenatural del corazón que te lleva a vivir en plenitud de gozo; Es un corazón enamorado de Dios del que brotan ríos de amor a los demás.
Dice San Agustín algo así: “hemos nacido para Dios, y nuestra alma está inquieta hasta que no descansa en ÉL”.
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*CARIDAD (definición según el catecismo): La Caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, por amor a Dios.
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