domingo, 17 de noviembre de 2013

Sobre la libertad y el amor

Creo que la libertad es la capacidad que Dios nos ha dado para hacer voluntariamente aquello para lo que estamos hechos.

Esta forma de definir la libertad creo que es ajustada a la realidad, y tiene una consecuencia muy interesante: no dejamos de ser libres por no poder hacer algo para lo que no estamos hechos, algo que no está en nuestra naturaleza ni en nuestra vocación.

Ser libres significa, en primer lugar, estar bien hechos. Si no quisiéramos hacer aquello para lo que estamos hechos, o si queriendo hacerlo, no pudiéramos hacerlo, entonces no estaríamos bien hechos. Seríamos unos engendros defectuosos, condenados a la contradicción.

En segundo lugar, ser libres significa no estar determinados mecánicamente a hacer algo, sino tener voluntad propia. Un autómata hace todo aquello para lo que está hecho, pero no "quiere" hacerlo, carece de voluntad propia. Un hombre que actuara siempre por puro instinto, por puro resultado de una reacción bioquímica predeterminada, no sería libre. Haría aquello para lo que fue hecho, pero no lo haría voluntariamente.

¿Y para qué estamos hechos? Estamos hechos para conocer y amar a Dios, y al hacerlo, ser felices. Amar a Dios es también amar a su Creación: amar a las demás personas, y amar todo lo que ha creado.

Al darnos esta vocación al amor, Dios nos ha hecho verdaderamente a su imagen y semejanza. A su imagen, porque somos "personas", como Él. A su semejanza, porque somos capaces de amar y de vivir en el amor, como Él vive, en la unidad amorosa de las tres Personas divinas. Por eso dice el Génesis: "hagamos" al hombre a "nuestra" imagen y semejanza.

Aplicando el concepto de libertad al relato del Génesis, Dios hizo libres a Adán y Eva. Con esa libertad, ellos podían hacer voluntariamente  -es decir, queriendo hacerlo-, aquello para lo que estaban hechos. Querían y podían amar a Dios, y le amaban, viviendo en confianza con Él. Eran libres. Hacían el bien libremente, que equivale a decir que hacían la voluntad de Dios libremente.

Dios quiso permitir que ese amor fuera puesto a prueba. Esa prueba fue la fruta prohibida. En el fondo, lo que hace Dios al colocar ese árbol ahí es permitir la posibilidad de que el hombre elija el mal. Eso no era necesario para la libertad del hombre, es algo nuevo, distinto. Está muy mal expresado eso que se dice muchas veces de que "Dios nos ha hecho libres de elegir entre el bien y el mal". ¡No, la libertad no es eso! Adán y Eva habrían sido libres perfectamente aunque no hubiera árbol de fruta prohibida.

El árbol de la ciencia del bien y del mal, la fruta prohibida, que es la posibilidad real de elegir el mal, constituye algo nuevo: constituye una "prueba". Su presencia en medio del Paraíso está poniendo a prueba el amor del hombre por Dios.

Recordemos que Adán y Eva no tenían tendencia alguna a hacer el mal. Tomar la fruta prohibida estaba fuera de su naturaleza y de su vocación natural a amar a Dios, así que ni siquiera querían hacerlo. Ese fruto no tenía ningún atractivo para ellos. Pero fueron engañados por el tentador, al que Jesús llama "el padre de la mentira", el diablo (el que separa). Su presencia allí también fue permitida por Dios.

Pero, ¿por qué quiso Dios poner a prueba el amor del hombre? Él sabía que iba a fallar, no lo dudemos.Cualquier explicación teológica que parta de la idea de que Dios no sabe o no se espera algo, está confundida por necesidad. Por eso resulta extrañísimo que Dios permitiera eso. Pero, incluso en el caso de que Dios no supiera el resultado, ¿para qué poner a prueba ese amor? Si ya hemos dicho que no era necesario para la libertad del hombre, que ya le amaba voluntariamente, libremente...

Acudiendo a la realidad del amor humano podemos encontrar pistas. El enamoramiento es algo parecido a lo que pudieron vivir Adán y Eva hacia Dios antes de tener la fruta prohibida. Las personas que inician una amistad o un amor de pareja se aman y se ayudan casi "naturalmente", sin tener ninguna tentación de no hacerlo. Quizá piensan que ese amor es muy fuerte. Pero visto desde fuera, sabemos que ese amor es aún endeble, que cuando pase el primer enamoramiento vendrán tentaciones y verdaderas pruebas. Esas pruebas no son simples "tests" de amor, sino que lo hacen crecer. El amor crece ante la adversidad, crece cuando resiste la tentación, cuando supera las dificultades. El amor que ha pasado muchas pruebas y tentaciones se ha hecho mucho más fuerte.

Y si las personas estamos hechas para amar, tener la posibilidad de un amor mucho más fuerte, un amor probado, es algo que puede merecer la pena.

 Esto era el hombre: un ser limitado, llamado a amar al Dios infinito...





1 comentario:

Anónimo dijo...
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