lunes, 10 de febrero de 2014

Sobre el sufrimiento: Job y Elihú

Job es un hombre piadoso, y se siente bendecido con familia, salud y riqueza. Pero el demonio pide a Dios poder ponerle a prueba, en la seguridad de que acabará maldiciéndole. Dios no quiere ningún mal para Job, pero permite que el demonio se lo cause, permite la prueba. Tras la desolación de ver muerta a su familia, perdida su riqueza, y lleno de enfermedades, Job maldice el día en que Dios le hizo nacer.

Ahí está el hombre que sufre la injusticia del mundo, el dolor de la vida. ¿Cómo puede Dios permitir todo esto?

Tres amigos intentan calmar a Job: Elifaz, Bildad y Sofar. Básicamente, le reprenden un poco por maldecir su vida, y suponen que algo habrá hecho para merecer todo eso. Pero Job les replica brillantemente, defendiendo su inocencia. Ante esto, ellos finalmente callan, no saben qué responder.

Entonces, Elihú, un joven que no había hablado por dejar a los mayores hacerlo, no se resigna a que Dios acabe enjuiciado y es el único que sigue respondiendo a Job. Aparte de mostrar la grandeza de Dios, lo lejos que estamos de llegar a su poder y sabiduría, y la esperanza de que Dios ayudará al que sufre, dice lo siguiente:

Dios "salva al afligido con la aflicción. Le instruye mediante el sufrimiento" (Job 36,15).

Tras esto, aparece en escena Dios mismo. Reprende a Job por enjuiciarle y le reta a darle lecciones y a mostrarle su poder. Job se arrepiente y se excusa: "Hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión [...] te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos" (Job 42, 3-5). Dios enseguida le acoge con amor y le pone de ejemplo ante sus amigos. Pero a los tres amigos, Elifaz, Sofar y Bildad, Dios les echa en cara no haber sido capaces de hablar bien de Él a Job, haberse quedado callados. Ellos, que no sufrían el dolor, no acertaron a mantener en la esperanza de Dios al que sufría. Por la súplica y la amistad de Job, Dios les perdonará, y a Job le llenará de nuevo la vida con familia, salud, riqueza y alegría.

En interesante que Dios no reprenda a Elihú, el joven. Este era el único que había insistido en defender a Dios hasta el final. Elihú había acertado al insistir en que no conocemos suficientemente a Dios, en que ni podemos ni somos quienes para juzgarle, en que el verdaderamente sabio es Él, en que podemos observar su magnificencia y poder en las obras de la creación. Da un paso más en la comprensión de la cuestión del sufrimiento, como hemos visto: Dios instruye y salva al afligido, al que sufre, al que tiene dolor, a través de la aflicción, del sufrimiento, del dolor. El discurso de Dios nos revela que bajo la injusticia del mundo, la sabiduría divina lo conduce, una sabiduría que el hombre no es capaz de percibir.

El sufrimiento del hombre está unido al misterio liberador de la cruz de Cristo. De Jesús, dice la profecía de Isaías: "Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron" (Isaías 53,5). Escribe San Pablo a los Corintios que él no llegó allí a predicarles con elocuencia ni sabiduría, sino temblando de miedo, de forma que los frutos de su predicación fueron por la fuerza del Espíritu Santo. Afirma: "nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Cor 2,5). Pablo habla muchas veces de gloriarse en sus padecimientos, en su debilidad. Habla de la cruz como un sufrimiento fecundo, soportado también en favor de otros, de la Iglesia. Más adelante, en esa misma carta, dice, en la misma línea de los argumentos del libro de Job: "¿Quién ha conocido la mente de Dios, para poder instruirlo?", y aclara: "Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo" (1 Cor 2,16). Acudamos, entonces, a las palabras de Cristo en medio del sufrimiento:

- "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34). Cristo sufre el sentimiento de soledad y abandono extremo, pero aún se dirige con esa queja al Padre, en cuya sabiduría está la explicación. Este lamento, esta llamada dolorida dirigida a Dios es verdadera oración. Dijo Benedicto XVI sobre esa frase, que "es una llamada a un Dios que parece lejano, que no responde [...] Sin embargo, el orante “llama al Señor ‘Dios mío’, en un acto extremo de confianza y de fe". Y este mismo Papa, en su visita a Auschwitz, comentó que esa exclamación de Cristo nos da a nosotros también el derecho a decirle lo mismo a Dios. No comprendemos el sufrimiento, pero sabemos que hay un sentido, que nuestro Dios tiene respuesta. Tras esa frase, Cristo grita con fuerza sus últimas palabras, que son de entrega y confianza absoluta en el amor de su Padre, de nuestro Padre:

 - "¡PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU!" (Lc 23,46)

Aunque nos sintamos abandonados, aunque para nosotros es un misterio el silencio de Dios, nuestro Padre no permitirá que el mal nos destruya, que venza sobre nosotros, si clamamos a Él, unidos al grito de Cristo crucificado. Todo lo contrario, lo convertirá en nuestra victoria sobre el mal; de forma que por las heridas de Cristo seamos curados.  Los designios de la sabiduría y el amor de Dios para nuestra salvación se realizan a través de la cruz, de nuestra cruz unida a la cruz de Cristo.

Esto sucede también en la historia. Juan Pablo II, que había contemplado el sufrimiento de su pueblo por la dominación nazi y comunista, veía los signos del reinado histórico de Cristo a través de ese sufrimiento. Ese es el corazón de las bienaventuranzas:

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (Mateo 5,5).

Elihú, en el capítulo 36 del libro, le muestra a Job dos caminos posibles en medio del sufrimiento: juzgar a Dios, rechazándole, o clamar a Él, como hizo Cristo. El que confía en Dios a pesar de todo, será liberado. En cambio "si tu medida está colmada para el juicio condenatorio, el juicio y la sentencia te arrastrarán" (Job 36,17). Job mismo cae en ese error, pero es liberado de él por la propia presencia y palabra de Dios, que acude en su ayuda. Sólo la gracia, la acción de Dios en nuestra alma, nos capacita para amar a Dios aun en medio de la prueba. Dios ama primero, y ama gratis, sin tener en cuenta nuestros pecados, nuestro rechazo hacia Él. 

Quizá sólo se atreva a hablar de esto un joven que aún está casi exento del sufrimiento, como aquel Elihú del libro de Job. Una cosa es sufrir, cuando ya no es posible articular más palabra que el lamento o la rebelión, y otra muy distinta hablar del sufrimiento desde fuera. Pero Elihú nos da ejemplo de que es bueno hablar de ello, y parece que es mucho mejor que el silencio, reprobado por Dios en los tres amigos. El sufrimiento no es un vacío sin sentido, es la cruz liberadora de Cristo, donde se manifiesta el poder y la sabiduría de Dios en nuestra vida y en medio del mundo.

1 comentario:

Longinos dijo...

Veo en Elihú el ejemplo de un apóstol. No es por su palabra por lo que Job se convierte; Job se convierte porque Dios viene luego y le habla. Job necesitaba la presencia de Dios, su palabra, su autoridad. Una vez aparece Dios, Elihú queda totalmente en segundo plano, pasa desapercibido. Pero Elihú había hecho todo lo que podía, en su debilidad; habló como pudo, con tal de no aceptar que la verdad de Dios quedara reducida al silencio. Quizá preparó de alguna forma el camino al Señor. Él no era siquiera necesario, no es luego premiado ni ensalzado, sólo ha hecho lo que tenía que hacer, lo que pudo; pero Dios le quiso ahí. ¡Señor, concédenos ser como Elihú ante los que sufren y necesitan tu presencia! ¡Y ven pronto a ellos, Señor, que a nosotros no pueden entendernos, apenas pueden escucharnos!

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