martes, 2 de diciembre de 2014

Sobre la homosexualidad masculina

Creo que últimamente he aprendido un poco más sobre este problema tan complejo y tan tremendo que nos plantea la homosexualidad. Este texto que empiezo ahora no es más que un bosquejo o memoria de lo que he ido aprendiendo hasta ahora, aunque sé que es muy pobre.

Es muy difícil dar una respuesta a qué es la homosexualidad sin conocer cómo se genera. Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia Católica reconoce que su origen permanece aún en gran medida inexplicado. Es verdad, y es lógico que un compendio doctrinal no se atreva a decir más. Pero nosotros, los cristianos que queremos comprender qué es la homosexualidad, debemos intentar ir más allá, debemos intentar conocer al menos esa pequeña medida en la que la homosexualidad sí se halla explicada. No soy un estudioso del tema ni un especialista, pero por lo que conozco, me voy formando una idea, y veo que quizá les pueda valer a otros, porque contemplo muchas posiciones que me parecen un poco simplificadoras, banalizadas o extremas, tanto por parte de los que defienden la moralidad de las relaciones homosexuales, como por los que la negamos.

 Una historia verídica ha hecho dar un salto cualitativo a mi comprensión de la homosexualidad. Cambiaré un poco los detalles, para mantener la intimidad. Se trata de Pablo, un niño de tan solo ocho años, inteligente y especialmente sensible. En su colegio, no juega con los niños, sino que comparte totalmente los juegos de las niñas. Sus padres se quieren y aman a sus hijos. Observan con preocupación que a Pablito le gusta jugar en casa a ser Cenicienta, a vivir su historia, el famoso cuento.

El padre es un aficionado a la práctica del balonmano, y pretendía jugar con sus hijos, a los que quiere iniciar en ese deporte, que a él le hizo tanto bien. El mayor va siempre con él, pero Pablito dejó de ir enseguida: no mostraba interés, y para él era un sufrimiento, así que se queda en casa con su mamá. Se lleva mucho mejor con ella. El padre ha intentado jugar con él de otras formas, en la forma en que lo suele hacer un padre con sus hijos varones, con luchas, etc., pero el niño no responde. Cada mutua decepción, muy a pesar de ambos, ha ido aumentando la distancia entre ellos.

Ni que decir tiene que la crueldad de los niños del colegio se ha cebado con él. Le han rechazado cada vez que ha tenido ocasión de unirse a ellos; ahora le llaman "nena" y cosas por el estilo. Su propio hermano carga sobre él en cuanto se presenta ocasión y le dice que es una niña. Parece que él ha empezado a pensar que, en realidad, se siente mucho mejor siendo niña. Lo raro sería lo contrario: los niños le escupen, le rechazan, le dicen que es una niña. Las niñas, en cambio, le acogen, le respetan y juegan con él.

Se ve cómo el grupo de los niños es algo así como un "club de élite", al que sólo se permite pasar a los que muestran rasgos competitivos, como por ejemplo en el competitivo juego del fútbol. En cambio, el grupo de las niñas es más abierto. No es que todos los niños sensibles vayan a desarrollar una tendencia así -nos enseñaba Begoña Ruiz Pereda en el curso "Aprendamos a Amar"-, pero sí que es cierto que aquellos que desarrollan esa tendencia son niños especialmente sensibles y poco competitivos. Y no es que todas las niñas competitivas vayan a desarrollar la tendencia hacia una identificación masculina, pero sí que es verdad que las que la desarrollan, tienen ese rasgo de la competitividad.

Un día, Pablo le cuenta a su madre: "Mamá, ¿sabes cómo bajan la escaleras las niñas?" Entonces se pone a bajar las escaleras cuidadosamente, escalón a escalón. "Y  -dice luego- ¿sabes cómo las bajan los niños?" A continuación las baja a trompicones, de dos en dos o de tres en tres escalones, dando un salto final. A la madre sólo se le ocurre preguntarle: "Y tú, ¿cómo las bajas, como los niños o como las niñas?" La respuesta es clara: "¡Mamá, como las niñas!" Y repite la forma en que él identifica que lo hacen ellas.

Pero la madre no se queda satisfecha con su propia actitud ante esta confidencia de Pablo. Siente que no ha reaccionado bien, y lo comenta con una amiga con experiencia pedagógica y conocimientos de sexología. Llegan a la conclusión de que la idea de Pablo sobre que las niñas bajan todas de una forma y los niños de otra, es demasiado estereotipada. Puede haber niños que bajen de uno en uno los escalones, sin ser por eso menos "niños". Su madre piensa que le debería haber dicho: "No, Pablo, no todos los niños tienen que bajar así. Puede haber niños que lo hagan escalón por escalón. Tú mismo, eres un niño estupendo y precioso, y sin embargo bajas uno por uno. Uno no se convierte en niña por bajar los escalones de uno en uno".

 Hasta aquí la primera parte de la historia, que retomaré más adelante. He oído antes historias sobre homosexuales que habían crecido en familias disfuncionales; por supuesto que los hay. No quiero decir que no sean valiosos esos testimonios; me parecen cualitativa y cuantitativamente muy valiosos, porque desgraciadamente hay muchos hogares donde se dan maltratos y abusos. Una de ellas cuenta su historia, la de una adolescente que vive en una casa con un padre que maltrata a su mujer, y con una madre que se siente incapaz de reaccionar y de proteger a sus hijas. Ve a su madre maltratada y acongojada, y no puede identificarse con ella. De alguna forma intenta hacerse fuerte, ser como un hombre, para que no le pase como a su madre. Cuenta todo esto después de haber vivido como lesbiana muchos años y haber dejado finalmente la homosexualidad activa.

Pero a Pablo no le pasa nada de eso, al contrario. Sus padres se aman y le aman, muchísimo y bien. Sin embargo, el suyo es un caso muy evidente desde la infancia. Pablo es víctima del implacable club de élite de los niños, de su hermano, de los estereotipos exagerados, incluso favorecidos en algunos colegios educativamente desorientados. Ha sufrido mucho por ser un niño sensible y no competitivo. Quizá no nos damos cuenta de todo el sufrimiento que hay ahí. Un niño llega a su colegio, después de haberlo preparado todo con tanta ilusión. Qué gran posibilidad de tener amigos, con los que compartir no ya un rato como en el parque, sino casi todo el día. Sin embargo, los demás niños no son como él, y acumula rechazo tras rechazo. Primero desplantes, luego tortas, luego insultos. Pablo es un experto en recibir heridas, en ser excluido y despreciado. Es un extraño entre los niños. Cuando Pablo llegue a la pubertad, llegará además con una carencia de relación con su padre, con una falta de contacto con sus homólogos varones. Cuando pasen unos años y se convierta en un joven o un adulto, podría acabar sintiendo que él no ha sido masculino nunca, que esa orientación no-masculina ha sido "innata" en él. ¿Realmente lo fue, o es que fue excluido desde pequeñísimo del "club masculino", desde que recuerda? ¿Nació así o le hicimos así? ¿Nació no-masculino, o es que no encajó desde pequeño en un estereotipo varonil demasiado exagerado y excluyente?

Observo, por otra parte, que los niños "sensibles" no son tan pocos, y que a menudo son inteligentes, creativos y con dotes de liderazgo. Creo que para ayudar a estos niños a desarrollar su masculinidad, es necesario huir de los estereotipos y ser pacientes. El machismo ha llevado a que muchos padres y profesores violentaran a estos niños, echándoles bronca tras bronca, forzándoles a enfrentarse a situaciones difíciles y lamentándose de su incapacidad. Esto es todo lo contrario a lo que se debe hacer. En un testimonio de conversión, un antiguo travesti contaba cómo ese intento de su padre de "despabilarle" le llevó a desistir de una masculinidad en la que llegó a creer que no encajaba. Un gran error, porque la masculinidad comprende un amplio abanico de posibilidades, desde el modelo "John Wayne" hasta el "Wooy Alen" y todos son igualmente masculinos.

¿Qué se puede hacer? Creo que la relación con el padre es primordial. Es esencial que su padre sea cariñoso y comprensivo, y que juntos encuentren actividades que compartir. Quizá no le interese el fútbol pero sí salir al campo y conocer las plantas y animales... Hay muchas posibilidades para fortalecer ese sentimiento de camaradería masculina con su padre y de reconocer cómo es apreciado en su masculinidad y puede auto-identificarse bien en ella. Esto fue lo que se hizo en el caso de Pablo, y él pudo irse identificando como varón y desarrollarse como lo que es.

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