domingo, 6 de diciembre de 2015

Salir de la pecera ( o el gran error del pensamiento moderno)

¿Cómo explicar a los demás peces que estamos en una pecera, sin darnos cuenta, desde que tenemos uso de razón? ¿cómo ayudarles a salir de esta "Matrix" alienante?

 Sí, amigo pez. Tú, como yo, has nacido en la pecera y crees que es un mar. Realmente, no sabes ni siquiera lo que es una pecera. No sabes que cada pensamiento, cada intención mental con la que sigues este texto, sólo sirve en la pecera...

 Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar... Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar mal, de forma equivocada... Lo aprendimos por ósmosis, por inmersión en el mundo que piensa así, que trata de conocer así... que hace como que trata de conocer así... y sólo se mira el ombligo.

 Fabricamos ideas, las gestamos en nuestro cerebro, y si suenan bien, las adoptamos. Si satisfacen nuestro ego, las adoptamos. Si nos suenan a algo parecido a lo que debe sonar la frase de la carpeta de una quinceañera, o las pintaditas de la pared de un pub bohemio, o las chorradas de la entrevista del grupo de moda, las adoptamos. Así funciona la pecera.

 Si necesitamos que Dios salve a todos, adoptamos esa idea. Nos suena bien, nos satisface, nos cuadra con la idea que nos hemos hecho de la misericordia. Si necesitamos que la misericordia sea perdonarlo todo, sin mirar nada, adoptamos esa idea. Si necesitamos que el amor sea darlo todo sin querer nada del otro, adoptamos esa idea, la compramos, nos vanagloriamos de ella, la pegamos en nuestra colección de pensamientos, de ideas, de creencias... de chorradas.

Hubo un tiempo en que los filósofos sabían lo que vale un hombre -o una mujer- y de lo que es capaz. Hubo un tiempo en que los hombres no tenían miedo de saber que conocían, y de expresar lo que conocían. Hubo un tiempo en que el hombre confiaba naturalmente, desde que tenía uso de razón, en su contemplación, en sus ojos del alma, y razonaba sobre lo que previamente había contemplado. Hubo un tiempo en el que los hombres pisaban tierra, y los peces nacían y nadaban en el mar.

 Hubo un tiempo en que el filósofo se atrevía a afirmar cosas como que el hombre sabio es el hombre virtuoso, y no pretendía buscar razones para sustentar esa verdad evidente. Y ahora es otro tiempo, el tiempo en que un idiota necesita buscar una razón para saber si existe. Tiempo en que se niega la humanidad de los niños no nacidos, el sexo de hombres y mujeres, la realidad de Dios y el amor que encierra la proclamación de la verdad.

 Y sin verdad, no hay encuentro. Un día, un explorador miraba extasiado la puesta de sol en la sabana de África. Se acercó un pastor masai y tranquilamente le dijo: "¿es bello, verdad?"

 Hubo un tiempo en que los hombres hacían amigos diciéndose la verdad.

 Desde que el hombre se centró en sí mismo solo, abandonó su centro, que es Dios, Cristo, y perdió el hilo de la Filosofía. Hubo un un tiempo en que las ideas no partían del pensamiento, ni se medían por la tranquilidad que proporcionaban, sino que partían de la realidad, de su comtemplación, y guiaban luego la razón para aprender esa realidad desconocida, a veces extraña y que interpelaba a los hombres. Hubo un tiempo en que contemplar y pensar era una aventura, en la que el hombre perdía el control de sus pasos y se enfrascaba, descubriendo nuevos paisajes de la creación que cambiaban su vida, que le "convertían"...

 Hubo un tiempo en que los peces no nacían, vivían y morían en la pecera; hubo un tiempo en que todo eso lo hacían en el mar... de la realidad.

 Es tiempo de saltar de la pecera, de ver, simplemente, que el amor es tan interesado que hace desear al ser amado, y ni siquiera hace desear algo de él, sino a él mismo. Es tiempo de ver que los embriones son seres humanos; es hora de ver que los hombres han nacido para ser sexualmente hombres, y las mujeres para ser mujeres, aunque se crucen problemas por medio... Es hora de partir de la realidad, de desechar toda idea aparentemente bonita que no sea fiel reflejo de la realidad que no nos inventamos, sino que nos encontramos.

 Es hora de renovarnos, de ser quienes somos, de vivir con Dios y para Dios.

 Es tiempo de ver la realidad y de proclamar la verdad.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Sobre el Magisterio de la Iglesia, nuestra guía

 A menudo los cristianos tenemos dudas sobre la interpretación de determinados pasajes del Evangelio, o sobre cuestiones morales, etc. ¿La misericordia de Dios supone que todos nos salvemos? ¿Es buena la inseminación artificial? ¿Se pueden salvar los no creyentes? En el Magisterio de la Iglesia, expresado de forma resumida en el Catecismo, tenemos un auténtico tesoro que podemos aprovechar. Es más, sin él no podemos entender mucho, y nos arriesgamos a ir siempre entendiendo las cosas a medias, o a nuestra manera (confusa).

 Para entender las Escrituras necesitamos hacerlo a la luz del mismo Espíritu Santo que inspiró a los autores sagrados. Y ese Espíritu Santo que nos ayuda a entender la verdad trasmitida por Cristo, es precisamente el don que prometió a su Iglesia antes de partir:

"Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros".
Juan 16,12-15 
 Esto ocurre igualmente con la Tradición de la Iglesia. Tradición y Escrituras constituyen la fuente por la que nos llega el agua de la Revelación, la Palabra de Dios. Y para entender bien esta Palabra necesitamos al Espíritu Santo prometido. Esa interpretación auténtica, que nos ayuda tanto, es el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu Santo. Corresponde al Papa y a los obispos en comunión con él.

 Saber eso es fundamental, y distinguir lo que es verdaderamente Magisterio de lo que no lo es, resulta clave para avanzar en el conocimiento de nuestra fe.

 Hay personas que dicen: "yo creo sólo en los dogmas de fe, o en lo que está definido de forma infalible, ex-cátedra". Pero eso es desconocer lo que es y significa el Magisterio. De hecho, los dogmas y las proclamaciones ex-catedra son pocos, y corresponden principalmente a cuestiones que han sido puestas en duda por una parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. Entonces, han necesitado un Concilio o una definición solemne para poner en claro cuál era la verdad. Pero hay muchísimas cuestiones importantes que no han sido definidas dogmáticamente, porque no han sido puestas en duda seriamente. Por ejemplo: que "nuestras oraciones son escuchadas por Dios". ¿Podría uno vivir como cristiano sin creer esto? Para nada. Y sin embargo, no ha habido una definición dogmática sobre eso, porque no ha sido puesto en duda.

 Más frecuente aún es creer que la Iglesia va cambiando su enseñanza a lo largo de los siglos, o creer que hay distintas corrientes dentro de la propia Iglesia que piensan de forma distinta. Eso no es así, y la confusión ocurre porque no se ha aprendido a diferenciar lo que es el verdadero Magisterio de la opinión personal -y a veces en desobediencia- de personas, teólogos o sacerdotes, por abundantes que sean. Por ejemplo, el "limbo" fue una opinión que pareció mayoritaria durante algún tiempo, y que incluso llegó a ser enseñada en muchos seminarios, pero jamás fue Magisterio de la Iglesia. Cuando el Papa Benedicto XVI se pronunció al respecto, negando su existencia, eso sí constituyó un acto del Magisterio,  y cone so el Magisterio no cambió, porque nunca había enseñado lo contrario. Así, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, o sobre la anticoncepción, o sobre la resurrección de Cristo verdaderamente en la carne, no podemos decir que haya distintas opiniones en diversas corrientes o sectores de la Iglesia. Lo que sucede realmente es que hay una sola doctrina de la Iglesia, y cristianos que mantienen opiniones personales en discrepancia o desobediencia a esa doctrina. Y por muy laureados que sean, por mucha cátedra que ostenten, muy alto cargo que ocupen, o por muchos que sean en número, nunca su opinión puede ser considerada como el Magisterio de la Iglesia, sino que será una mera opinión personal en contra de la enseñanza de la Iglesia y en desobediencia a la misma.

 Sí es verdad que el Magisterio de la Iglesia está vivo, y que cada vez la Iglesia va al alcanzando una mayor explicitación de las enseñanzas reveladas, sin que el Magisterio pueda cambiarlas. Todo esto se expresa maravillosamente en la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II.

 Es más, existe un sentido sobrenatural de la verdad de la fe, que es un don de Dios a sus hijos y a su Iglesia, que es conocido como "sensus eclesiae". Nos lleva a encontrar la verdad y a apartarnos de los errores al interpretar la Palabra de Dios; es una iluminación espiritual interior que nos ayuda, y que nos mantiene en comunión, en la unidad de lo esencial. Necesitamos esa unidad en lo esencial, como dijo San Agustín: "In necesariis unitas, un dubiis libertas, in omnibus caritas" (en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad).

 El Magisterio de la Iglesia es un gran don de Jesús para todos los cristianos. Recordemos cuando Jesús andaba por la orilla del lago y vio a la muchedumbre y le dio lástima, porque andaban confundidos, "como ovejas sin pastor". Por eso nos dejó pastores y nos prometió el Espíritu Santo. Si no fuera por Él, por el Espíritu Santo, esa transmisión de la Tradición se habría corrompido con el paso de las generaciones, como en ese juego de los "disparates", en el que uno dice un mensaje a otro al oído, y este a otro, y así varias veces, y el mensaje del último es disparatado con respecto al original. Para que eso no ocurriera, el Señor envió al Espíritu Santo a su Iglesia.

 Creer lo que nos enseña el Magisterio es una forma de creer firmemente en el Espíritu Santo. Además, es una forma de obedecer a la autoridad de Cristo. Porque siempre el Magisterio es dado con la autoridad de Cristo. Y confiamos en él no por las bondades humanas del Papa y los obispos, no por su sabiduría, ciencia y rectitud moral -que ayudan cuando existen, claro- sino que confiamos en el Magisterio porque confiamos en el Espíritu Santo.

 Aquí es necesario decir también que todo el Magisterio se complementa, que tiene grados, y que no todo lo que dice o hace el Papa es Magisterio. Si, por poner un ejemplo extremo, el Papa dice que mañana va a llover, o se confunde y cree que las mareas son cada ocho horas en lugar de cada seis, esos no son actos del Magisterio. Si da una disposición disciplinar por la cual los sacerdotes deben llevar sotana amarilla, eso tampoco es un acto del Magisterio. En cambio, si escribe una encíclica sobre temas de fe o moral, eso es un acto del Magisterio, y de los más importantes, que debemos reconocer como tal, leer en consonacia con el resto del Magisterio de la Iglesia, y asimilar de forma adecuada para nuestra fe y vida cristiana.

 Este es el problema de los protestantes: se quedan con la Biblia sola, sin atender al Magisterio, interpretándola cada uno en oración, asumiendo que está ayudado por el Espíritu Santo. Leer la Biblia y asimilar su enseñanza en oración es perfecto, eso es lo que hay que hacer; pero, sin el Magisterio de la Iglesia, estamos negándonos a la iluminación necesaria que el Espíritu Santo nos da por esa mediación, y podemos sacar interpretaciones múltiples y divergentes de la misma Escritura. Así se acaba la unidad en lo esencial y los cristianos se dividen en grupos que interpretan la enseñanza de Cristo de forma distinta -y por tanto, errónea en muchos casos-. ¿Es esto lo que quiere Dios? ¡Claro que no! Algo parecido les pasa a los tradicionalistas cismáticos, que no aceptan una parte del Magisterio; al rechazarlo se sitúan por encima de él, rechazando la posibilidad de que sean ellos los que no lo entienden bien, o de entenderlo mejor en consonacia con el resto de las enseñanzas eclesiales.

 Cristo no nos ha dado la Iglesia para fastidiarnos, sino para ayudarnos, porque la necesitamos. Con todos sus defectos humanos, con las traiciones y abominaciones de los que somos sus indignos miembros, sigue siendo la mediación querida por Cristo para nosotros. ¡Nos equivocamos tanto en la vida...! Y queremos estar siempre acertados sobre cuestiones que, incluso, muchas veces, sobrepasan nuestra capacidad. Escuchar el Magisterio de la Iglesia, dejarse enseñar por él, es verdadera sabiduría. Sería soberbio empeñarnos en creer que la Iglesia, asitida por el Espíritu Santo en su Magisterio, es la equivocada, y no nosotros. Dejémonos enseñar, incluso en lo que no acabamos de entender del todo, y muchas veces ese será el principio del camino para empezar e entender.

 Este es también el testimonio de los santos: todos siguieron la enseñanza de la Iglesia, sin excepción, y en su vida mostraron la unión con Cristo. Y es la enesñanza de María, que aun lo que no entendía de Jesús, lo guardaba como un tesoro en su memoria y lo paladeaba en su corazón (Lc 2,19). Ese es el auténtico camino, humilde, de la verdadera sabiduría, de quienes se dejan enseñar por Cristo y su Autoridad, dada a la Iglesia.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Reino de la realidad

"TODO EL QUE ES DE LA VERDAD ESCUCHA MI VOZ" 
- Cristo a Pilatos (Evangelio según san Juan 37,2)



 El Reino de Dios está ya entre nosotros. Es el reino de la verdad y la justicia, es más: es el reino de la realidad. Es el Reino de todos los que escuchan la verdad, la proclaman y viven en ella. No nos damos cuenta, pero mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no es nada, es como ceniza; basta un soplo para dispersarla y que quede al descubierto la verdadera realidad de oro puro que apenas vemos.

  YO  
 LA REALIDAD

 En el juicio a Jesucristo había mucho griterío, mucha confusión; Roma afirmaba su poder con un juez injusto, los judíos el suyo con una estrategia falsa. En medio, un hombre al que quieren matar con el engaño de que es una amenaza para la autoridad imperial. Nada de eso es verdad, nada responde a la realidad, todo es paja que arrebata el viento. Debajo, el grano es el Hijo de Dios entregándose por amor, diciendo la verdad sobre Sí mismo. Es la mujer de Pilato intercediendo a favor de ese hombre justo, porque aquella noche había soñado con él. Es quizá María y alguno de los apóstoles y discípulos sufriendo a distancia la escena; es quizá alguno de los judíos sintiéndose confuso por aquella actitud inicua. Es todo corazón que escucha la verdad y se hace capaz, a su vez, de proclamarla: es la misericordia de Dios que se derrama en los corazones de los hombres, de los elegidos.

"... No así los impíos, no así:
son como paja que arrebata el viento".

(Salmo 1,4)

 Hoy en nuestro mundo también existe mucho griterío y mucha confusión. Mucha idea vana, mucha actitud falsa, mucha mentira y mucha injusticia. Pero debajo está el Reino de Dios, que es el reino de la realidad. Por ejemplo: muchos hoy desprecian a los aún no nacidos, como si no fueran seres humanos como los demás. Pero la realidad es que sí lo son. Todas esas ideas de supuesta defensa de derechos de la mujer, de compasiones y correcciones políticas, todo el abortismo y todo lo que lo apoya, todos los intereses políticos y estupideces que se dicen para sacar partido en torno a la oculta barbaridad del aborto... todo eso está en el humo, inconexo de la realidad: es pura ceniza. El Reino de Dios, el reino de la realidad, está debajo: en los niños que son abortados por desprecio a la vida que Dios nos regala, y sus almas son recibidas en la misericordia del Padre, en los que defienden la vida, en los que verdaderamente apoyan a la mujer, en las parejas o mujeres solas que con esfuerzos luchan por su hijo, en quienes se enfrentan a la corriente y dan testimonio aunque sean vilipendiados por ello, en los que escuchan esas verdades y se sienten confundidos en su error, replanteándose tanta falsedad, en las personas que reciben la misericordia de Dios y se arrepienten de haberse sometido a un aborto o de haber colaborado con él. Todo eso sí es real, sí se funda en la verdad; eso no se lo lleva el viento, sino que está bien fundido con la gracia de Dios: es el Reino de Dios presente entre nosotros.

"Cuando se aplasta bajo los pies
 a los cautivos de la tierra,
cuando se conculca el derecho de un hombre
en presencia del Altísimo,
cuando se defrauda a alguien en su pleito,
¿no lo ve el Señor?"

(Lamentaciones de Jeremías 3, 34-36)

 ¡Claro que lo ve! Otro ejemplo: la persecución anticristiana en África, Oriente Medio, Corea del Norte, China, etc. ¡Cuántas falsedades y ocultaciones hay sobre eso! ¡Cuántos intereses económicos, cuántas alianzas increíbles por el poder mientras se asola Siria e Irak, mientras se mata a los cristianos! ¡Qué manejo torticero de los medios de comunicación para que no se sepa que en nuestos tiempos se está produciendo un terrible martirio! No entremos en culpables; todo es paja que se lleva el viento. Los intereses económicos, el odio al cristianismo, la barbarie y la mezquindad de tantos; todo eso es falso, toda esa ganacia es óxido que se deshace. Nada es real, nada de lo falso permenece. Sólo permanece la verdad: la verdad del niño que confiesa a Jesucristo antes de ser degollado, la verdad de la mujer que es separada de su familia para ser vendida como esclava sexual por ser cristiana, la verdad de los que son machacados por una bomba cuando estaban en su casa sin culpa de nada, la realidad de quienes apenas pueden esbozar un gemido de denuncia para oponerse a la máquina de la injusticia, el perdón de las víctimas y los perseguidos, los musulmames -incluso los terroristas- que se ven atraídos por Cristo a la conversión, a causa del testimonio de misericordia y fidelidad de los mártires... Hasta ese mal puede servir para llamar a algunos elegidos de entre los musulmanes, para que se conviertan y vivan...  Todo eso es verdad y permanece, todo eso es el Reino de Cristo que crece entre nosotros, y que resplandecerá en su realidad cuando el orín sea limpiado, cuando todo lo falso y todo lo injusto se desprenda como el óxido.

"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?"

 (Jesús en el Evangelio según San Lucas 9,25)


 ¿Y la injusticia social? ¡Cuánto lujo, cuánto derroche, y cuánto sufrimiento al lado! ¡Qué dolor y qué frustración los de unas personas que sólo quieren formar una familia y vivir honradamente, pero no pueden, porque no tienen un sitio donde trabajar, una casa para vivir, un salario para ganarse el pan! ¡Cuánta estupidez cruel, disfrazada de ciencia económica, cuánto egoísmo y narcisismo disfrazados de política social, cuánta falsedad disfrazada de ayuda! Todo eso es porquería, polvo que se va con un soplido. Debajo queda el sufrimiento y la frustración de los pobres, eso sí es realidad; el sudor de los que sí trabajan por ellos y lo hacen por amor, la voz de los que sí claman justicia en nombre de Dios y no para subirse a ningún pedestal. Los pedestales caerán; los pobres y los misericordiosos se alzarán. Estos forman el Reino de Dios que está ya entre nosotros.

"Él derriba del trono a los podrosos 
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos".

(María, alabanza a Dios en el Magníficat 
Evangelio según San Lucas 1, 52-53)

 Hasta en la escena más terrible vence ya el Reino de Cristo: un grupo de niños puestos en fila es invitado a renegar de Cristo o ser degollados uno a uno. El dolor, el miedo, el sufrimiento, son terribles, pero la realidad que vemos con los ojos de la cara es incompleta. Acaba el primero de ser degollado en un charco de sangre sobre la tierra, y ya se levanta en el Cielo a grandes saltos, arrojándose en los brazos de su Creador. Todo, todo el sufrimiento ha pasado; en esa escena terrible hay una ventana inmensa a la felicidad.

"Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos".

Salmo 118, 15


 Hasta el mal sirve para el bien, como la traición de Judas sirvió para la glorificación de Cristo y la salvación de todos los elegidos. Los malvados, sin quererlo, aumentan la victoria de sus víctimas. El demonio intenta hacer el mal, pero...

"Todo concurre al bien de los que aman a Dios"

(Carta de San Pablo a los Romanos 8,28) 

..."incluso el pecado"

(San Agustín, padre de la Iglesia, siglo V)

 En nosotros mismos hay verdad y mentira, hay bien y mal. Todo lo que no es verdad, lo que no viene de Dios, no está anclado en la realidad y no permenecerá, será como paja que se quema en el fuego. El resto, lo auténtico, lo verdadero, lo sano, lo que está sostenido por la gracia de Dios, eso sí permenecerá.

"El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo.
Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera, pasto o paja:
la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno.
Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego".

(Primera Carta de San Pablo a los Corintios 3, 10-15) 

 Sí, sólo quien está verdaderamente sobre la Roca, que es Cristo, que es lo verdadero, lo real, se salvará. Quizá muchos sin ni siquiera conocerle, aunque sin culpa suya, se salvarán, porque eran de la verdad y escucharon su voz... en su conciencia. En cambio, otros se condenarán, porque le rechazaron. Esa es la realidad, ese el el Reino de Cristo, aparentemente ocultado entre tanta parafernalia, entre tanto griterío falso. Está ya aquí. Es real, es más, es lo único verdaderamente real, pues todo lo demás es vanidad.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad"

(Eclesiastés 1,2)

 Por eso, vivamos en la realidad del Reino de Dios, acogiendo su misericordia, antes de que resplandezca su justicia, porque cuando Él llegue, sólo lo justo resplandecerá. Pone Santa Faustina Kowalska en labios de Jesús en una de sus revelaciones: "Antes de venir como Juez justo, abro de par en par la puerta de mi Misericordia".


«Dime, Padre común, pues eres justo, 
¿por qué ha de permitir tu providencia, 
que, arrastrando prisiones la inocencia, 
suba la fraude a tribunal augusto? 


¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto 

hace a tus leyes firme resistencia, 
y que el celo, que más la reverencia, 
gima a los pies del vencedor injusto? 

Vemos que vibran vitoriosas palmas 
manos inicas, la virtud gimiendo 
del triunfo en el injusto regocijo.» 

Esto decía yo, cuando, riendo, 
celestial ninfa apareció, y me dijo: 
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»


Bartolomé Leonardo de Argensola, siglo XVI

 De los hombres no veremos la justicia, pero sí veremos la justicia de Dios, y los que la esperan se saciarán de ella.

 "Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia,
porque serán saciados".

Jesús en el Evangelio según San Mateo 5, 6

Y será pronto, muy pronto, antes de que nos demos cuenta:


"¡MARANA THA, VEN, SEÑOR JESÚS!"

(Apocalipsis 22,20)



lunes, 16 de noviembre de 2015

Semillas de verdad en religiones no cristianas

Las religiones no cristianas tienen "semillas de verdad". Es la enseñanza de la Iglesia, expresada por el Concilio Vaticano II y recordada numerosas veces por San Juan Pablo II (ver abajo), especialmente en la Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida en su día por Joseph Ratzinger.
No cabe, por tanto, un rechazo total de las religiones que tienen "semillas de verdad", semillas que son reflejo del Verbo, de Dios mismo. Si las rechazáramos totalmente como algo malo, estaríamos rechazando también esas cosas buenas que contienen.
Decir eso no significa tampoco afirmar que son totalmente buenas, ni que salvan al hombre. Sólo la misericordia del Padre, merecida únicamente por el sacrificio de Cristo en nombre de cada persona, es capaz de salvarnos, uniendo misteriosamente a la Iglesia de Cristo a quienes ni siquiera le conocen, pero movidos misteriosamente por su gracia han aceptado su voz, inscrita en la conciencia de todo hombre. Las religiones no cristianas son mezcla de verdad sobre Dios con error y omisión, y tienen efectos buenos para el conocimiento de Dios y su ley natural en la medida que éste predomina sobre los errores. Algunas tienen una imagen de una divinidad claramente distinta, incluso opuesta al Dios verdadero, creador y bueno, llegando a ofrecer sacrificios humanos o promoviendo la violencia.
En la medida en que caen en eso, dejan de ser religión para convertirse en idolatría, ya sea por la adoración de criaturas naturales que no son Dios, o incluso adoración satánica. El diablo se las ingenia para tomar el lugar de Dios y prometer poder o protección a cambio de falsos sacrificios y crímenes, es decir, de graves pecados que alejan al hombre de Dios. Esto es evidente, por ejemplo, en los islamistas radicales. También a veces los cristianos podemos caer en idolatría, cuando decimos que adoramos a Dios pero no le seguimos en realidad a Él, presente en la enseñanza de la Iglesia, sino a ídolos materiales o, en ocasiones, al mismo Satanás.
En el extremo opuesto, los fieles de otras religiones -incluida el Islam- que piadosamente oran al Dios creador, bueno y justo, según se les ha enseñado y le ruegan según su conciencia, acorde con la ley natural, oran al mismo Dios que nosotros, aunque no le conozcan completamente o puedan tener deformaciones -y a veces más coincidencias profundas de las que pensamos y conocemos-. 
Dios es un modelo real, al que podemos conocer un poco, naturalmente, a través de su creación, de la razón y de nuestra propia conciencia. Artistas que le contemplan desde diversos lugares son capaces de dibujarle, aunque sea con una contemplación sólo parcial, y trasmitiendo al cuadro sus propios defectos como dibujantes. Estos cuadros ayudan a muchos a conocer al modelo; unos más, otros menos. Otros sin embargo, le deforman terriblemente, y hasta pintan al mismo demonio o a un objeto que se interpone entre ellos y el divino modelo.
En un momento dado, Dios se apiada del hombre y decide entregarle un cuadro perfecto, un cuadro que es tan perfecto que es Él mismo: Cristo, "imagen del Dios invisible" (Colosensses 1;15). Esta es la Revelación cristiana.
Aceptar y no rechazar lo que hay de bueno y santo en las otras religiones está en consonancia con el espíritu de la doctrina católica, del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña sin error.
De la Catequesis del 9 de Septiembre de 1998, San Juan Pablo II:"Recogiendo la enseñanza conciliar, ya desde la primera carta encíclica de mi pontificado, quise recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia, según la cual es necesario reconocer «las semillas del Verbo» presentes y operantes en las diferentes religiones (cf. Ad gentes, 11; Lumen gentium, 17). Esa doctrina nos impulsa a afirmar que, aunque por diversos caminos, «está dirigida, sin embargo, en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana» (Redemptor hominis, 11).Las «semillas de verdad» presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios, «que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y que se hizo carne en Cristo Jesús (cf. Jn 1, 14). Son, al mismo tiempo, «efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico» (cf. Redemptor hominis, 6 y 12) y que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8)". 
 Dice la declaración "Dominus Iesus", firmada por San Juan Pablo II, citando el Concilio Vaticano II (Nostra Aetate): "Teniendo en cuenta los valores que éstas [las demás tradiciones religiosas] testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres»".

jueves, 5 de noviembre de 2015

Fecundación in vitro: una experiencia.

 Un amigo me ha pedido que escriba algo sobre la fecundación in vitro. Podría redactar un texto dando explicaciones, pero sobre este punto puedo partir de la experiencia vivida, y creo que es mucho mejor.

 Mi mujer y yo llevábamos varios años esperando un niño que no venía. Precisamente, abrirnos a la vida había sido uno de los acicates de mi conversión a Cristo, pues me encontré con que, en cualquier momento, podríamos ser padres de un hijo, y me encontraba vacío, incapaz de enseñarle para qué vivimos. Entonces, el Señor me había salido al encuentro y me había devuelto a casa, a la Iglesia.

 Pero pasaban los años y los niños no venían. Entre mi mujer y yo se repetía cada mes aquella decepción silenciosa, oculta. Entonces me planteé la fecundación in vitro, pero tenía mis dudas sobre si la Iglesia la aprobaría. Yo mismo tenía sospechas éticas, como un vago sentimiento negativo hacia ese procedimiento, aunque racionalmente no encontraba el problema. Pensaba que la finalidad era claramente buena: traer una nueva personita a este mundo, a una familia donde sería amada. Y si la cuestión estribaba en que el procedimiento para hacerlo era artificial, eso no tenía en sí nada malo, al contrario. Muchas obras del hombre -artificiales- son buenas; los antibióticos son buenos y son artificiales, y curan las enfermedades. La fecundación in vitro -FIV- podría ser buena a pesar de ser artificial, solucionando ese problema que era nuestra falta de fertilidad, contribuyendo a traer al mundo una persona, un niño querido por Dios. No encontraba por qué iba a estar mal eso. Sabía que había cosas malas asociadas a la FIV, como la "reducción embrionaria", eufemismo con el que se designa la práctica de abortos para reducir el número de hijos en embarazos múltiples. En todo caso, estas eran cuestiones circunstanciales que podían evitarse.


 Pero tanto mi mujer como yo teníamos claro, aun en medio de cierta melancolía por la falta de hijos, que nos abandonábamos en los brazos de Dios, que queríamos hacer su voluntad. Entonces, en un momento tranquilo -en nuestro hogar de entonces aún había muchos- cogí mi libro de cabecera, el Catecismo de la Iglesia Católica. Acudí al índice temático de las últimas páginas y busqué "fecundación in vitro". Me fui a la página indicada y leí:

..."Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [...] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4)".
 
 No me quedaba ninguna duda, por tanto, de que para Iglesia la FIV era inaceptable. Me sentía identificado con algunas otras cosas que se decían, porque efectivamente no vivíamos nuestra esterilidad como "un mal absoluto" y se la ofrecíamos al Señor. También esperábamos al hijo como un "don", no como un derecho. Pero seguía sin entender qué había de malo en la FIV. Es verdad que disociaba el acto sexual de la procreación; pero al fin y al cabo, era por necesidad, no por voluntad, y era para un bien mayor. ¿Qué había tan intrínsecamente malo en ello como para no aceptarlo en caso de necesidad?

 Tal vez la voluntad de Dios fuera que adoptáramos un niño -era una de las posibilidades que también se sugerían-, pero yo seguía sin comprender. Sin embargo, aunque no entendía las razones expuestas, sí vi que la voluntad de Dios era que hiciéramos caso a la Iglesia. Él no podía querer que tuviésemos en más estima nuestro criterio que el de su Iglesia, la que fundó para ayudarnos. Al fin y al cabo, a mí se me podrían escapar muchas cosas, razones que quizá era incapaz de entender. Tomé una decisión: hacer caso a Dios, pues ya nos habíamos abandonado en su voluntad, y seguir la enseñanza de su Iglesia. La Iglesia podría tal vez equivocarse en esto, pero me parecía bastante más probable que fuera yo el equivocado; y aunque no lo fuera, para mí estaba claro que Dios no quería que desobedeciéramos, sino que esta era una ocasión para abandonarnos en su voluntad, para confiar. También es verdad que me facilitaba entenderlo así la figura paternal de San Juan Pablo II, un hombre santo, sabio y lleno de misericordia, que no diría algo así por decir, ni mucho menos por fastidiar.

 Se lo conté a mi esposa y estuvo de acuerdo, aun sin comprender tampoco. Le pedí al Señor que nos ayudara a entender. Y sí, de momento, al menos, tras aceptar la negativa a la FIV, veía más claros los inconvenientes colaterales (abortos, masturbación, etc.). También aprendí que realmente su "eficacia" -resulta extraño usar esta palabra utilitarista para referirse a la procreación de seres humanos, es como cosificarlos- era bastante baja, y un estudio había mostrado que había tantos niños de parejas que se sometían a una FIV como de los que estaban en lista de espera. Otro estudio mostraba que, dada la baja "eficiencia" -otra vez el utilitarismo- de la técnica, había que producir de media 27 embriones para que uno sólo de ellos llegara a nacer. Muchos no se implantaban siquiera, y aun de los implantados muchos no salían adelante. Por tanto, indirectamente se estaba provocando una masacre, y si nos hubiéramos empeñado por ese camino, habríamos caído en ella. Me sentí aliviado de no haber caído en eso; si hubiera tomado otra decisión, tal vez ni siquiera habría reparado en ello. Pero seguía sin comprender la razón esencial del problema.

 Nuestra propia vida sexual, nuestra concepción de la sexualidad, estaba aún algo contaminada de la mentalidad anticonceptiva, sin saberlo. Esta mentalidad ensucia verdaderamente el acto sexual. Tanto es así, que una absurda idea falsamente cristiana, decía que "Dios es tan caballero, que cuando los esposos hacen el amor, se ausenta y cierra la puerta". Pero eso no es lo que dice Dios en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Tobías, al casarse con Sara, se va con ella al lecho y, unidos, hacen una oración al Señor antes de acostarse juntos. Leer esto fue para mí un vuelco en la concepción de la sexualidad. En la oración de Tobías y Sara, se muestra que en su sexualidad no hay nada que ocultar, todo lo contrario, hay algo que ofrecer -incluso orgullosamente- a Dios. Su lecho se convierte en un altar, el altar del amor y la vida, un altar en que los cuerpos unidos se abren a la acción de Dios y se convierten en santuario del inicio de la vida.

 Con el tiempo comprendí internamente que esta unión de los misterios del amor y de la vida era algo muy grande, y es una gran dignidad para el hombre ser concebido así. Es obvio que Dios va a amar igual a un hijo concebido con FIV, es más, lo ha amado desde la eternidad, y hasta se ha servido de ese mal para traer al mundo a ese que Él ha creado por amor. Incluso, llevando las cosas a un extremo muy distante, pero que tal vez nos ayude para comprender, sabemos que Dios amó desde el principio y quiso que existiera un niño que haya sido concebido como consecuencia de un "rollo" de fin de semana, o incluso de una violación. Pero la voluntad de Dios es que los seres humanos seamos concebidos en ese acto maravilloso que es la sexualidad entre los esposos.

 Por tanto, con todo sentido nos habíamos abandonado a la voluntad de Dios y nos habíamos puesto a su espera.

 Pasó el tiempo y los niños no venían. Tras casi diez años sin descendencia, fuimos a Lourdes en la festividad de la Asunción de la Virgen, a rogarle por esa intención. Coincidimos con el último viaje de San Juan Pablo II fuera de Italia. Allí estuvimos, tras él, nosotros al otro lado del río, rezando frente a la gruta de Massabielle, lugar de la aparición. Mi mujer tenía un endometrioma recién diagnosticado, y tuvo que ser atendida allí mismo por un leve sangrado. Salimos de aquel encuentro de oración en ambulancia.


 Meses después, el endometrioma se rompió, causándole un daño interno que hizo que la tuvieran que intervenir de urgencia, tras horas de intensísimos dolores. Dentro del endometrioma había un tumor oculto que estaba a medio camino entre la benignidad y la malignidad. Después de la operación, el médico nos dijo que era mejor reintervenir y quitar totalmente el útero y los ovarios, antes siquiera de preguntar si teníamos hijos. Era el día de la Inmaculada Concepción. Contra la cerrazón del médico, pedimos otra opinión y nos dijeron que no era necesario extirparlo todo, pero que si en más de diez años no habíamos tenido hijos, tras esa intervención en la que sólo había quedado un trocito del ovario derecho, sería imposible. Otra médico, anatomopatóloga, nos tranquilizó y nos confirmó que el tumor no exigía necesariamente el "vaciamiento" que nos proponían.

 Hoy somos familia numerosa: tenemos un niño y dos niñas preciosos, "porque para Dios nada hay imposible" (Lc 1,37). Han pasado más de diez años desde la operación y el tumor no ha vuelto a aparecer.

 Comprendemos el dolor de las personas que no tienen hijos. Entendemos que nuestro caso no ocurrirá a todo el mundo, y habrá personas que se quedarán sin hijos. También hemos visto la alegría de padres que han adoptado, y existen además opciones éticas para facilitar el embarazo, como el método Billings -merece la pena, al menos, para comprobar si se tienen ciclos fértiles- o la moderna naprotecnonogía. Pero en cualquier caso, adoptando, teniendo hijos o sin tenerlos, creemos que merece la pena buscar la voluntad de Dios y hacerla.

 Espero que todo sea para mayor gloria de Dios y que nuestra experiencia pueda ayudar a otros.

sábado, 22 de agosto de 2015

El misterio de la injusticia

 Sí, Señor, creo que venimos al mundo heridos. "Pecador me concibió mi madre", como dice el Salmo (51,5). Nos has dado una naturaleza buena, que ama y busca la verdad, el bien y la belleza; y en definitiva, te busca y te ama a Ti, Señor, fuente de toda verdad, bien y belleza. Pero la herida del pecado original, con su tendencia al mal que nos aparta de lo bueno, verdadero y bello, y la herencia del sufrimiento y la muerte con que es cargado cada bebé que nace, cada embrión que es gestado, ¿acaso provienen de tu justicia?

 ¿Qué hizo el bebé para ser acreedor al hambre, al dolor y al llanto?  Y ¿qué hizo para merecer esa herida en su corazón, que por el egoísmo, la maldad y el error le llevará pronto a rechazarte a Ti, fuente del agua viva, para ir a saciar su sed en cisternas agrietadas y secas? Y ¿a cambio de qué recibe la ira de sus padres en lugar del amor, o el daño de los demás, o la indiferencia de los poderosos ante su sufrimiento, y hasta su muerte? Y sobre todo, ¿por qué no nace en Ti el que está hecho para vivir en Ti?, ¿por qué nace sin Ti el que no puede vivir sin Ti? Nada de eso lo merece, y nada de eso viene de Ti, oh, Señor, completamente justo y lleno de amor por nosotros.

 Nada de eso sigue la lógica de tu justicia, Señor. En cambio, sí sigue la perversa mecánica del mal, que por su propia inconsistencia, es injusto. No es tuya esa herencia maldita, Señor, sino de los hombres, que te rechazaron a Ti, fuente de todo amor y justicia.

 Y sin embargo, me haría doblemente merecedor de todo eso si dijera que yo no lo merezco, que yo no habría hecho lo que nuestros padres y que, por tanto, se aparte de mí su herencia. Porque me ha bastado la menor ocasión para hacerme acreedor de sobra a todo, ofendiéndote a Ti, mi Señor y mi Dios, mi Creador, y eso a pesar de haber sido regenerado desde pequeño por el Bautismo, y haber recibido tus Enseñanzas de Vida. No, yo no soy Adán ni estaba con él, pero reconozco que, sin Ti, no puedo mirar a otro que me represente mejor. Y sin embargo, Tú me has dado a tu Hijo para que ahora me represente Él, en lugar de Adán, y cargue con esa herencia maldita que a mí me habría aplastado. ¡Con qué misericordia tan enorme me has tratado! ¡Eso sí que no lo merecía!

 Tú no quisiste el mal, ni el sufrimiento, ni la herencia del pecado, Señor, pero lo avisaste y lo permitiste, y nadie te puede tachar de injusto al permitirlo. Todo eso es injusto, sí, pero no fuiste Tú el injusto. Fue injusto el hombre que pecó, al cual sometiste toda la creación; fue injusto porque dio entrada al mal en ella. No fuiste injusto al permitir el mal, al contrario, fuiste tremendamente misericordioso, hasta la locura, al entregar a tu Hijo para vencerlo y para rescatarnos.

 Aunque, Señor, esto aparece ante nosotros como un misterio de injusticia; sin embargo, lo aceptamos por la gracia de la fe, por la confianza en el amor que nos has demostrado. Además, ¿cómo íbamos a llamar injusto al que nos ha puesto en el corazón el sentido de la justicia, para que le busquemos a Él? ¿Te íbamos a condenar a Ti, Justicia y Misericordia infinitas, con el propio sentido de la justicia que tú nos has dado, al hacernos a tu imagen y semejanza? Esa sí que sería la más grave injusticia.

 Pero no, porque lo que quieres, lo quieres por amor a nosotros, y lo que permites, con misericordia y amor lo permites, para un bien mayor. "¡Feliz culpa que nos mereció tal Redentor!"- como dijo San Agustín. De esto hablamos y no entendemos; pero Tú, Señor, lo entiendes todo, y todo lo dispones según tu designio de Amor. Ahora no entendemos, como el niño que es vacunado y llora, pero entenderemos y seremos librados de todo mal, como ya somos libres del peor mal, que es vivir sin Ti, que es no vivir y que es morir. Ahora lloramos, como el niño, pero él, aunque no entiende, es consolado por el amor de sus padres, como a nosotros, aun no entendiendo, nos consuela tu Espíritu de Amor.

 En la Virgen María, nuestra Reina y Madre, mostraste desde el principio tu poder y la victoria de tu misericordia. Sufrió todas las consecuencias del mal de Adán, cargó con el más terrible dolor y sufrió en su corazón nuestra injusticia para con su Hijo Santo, nuestro Salvador. Soportó también la angustia, la fatiga y la oscuridad; pero por los méritos de tu Hijo, la salvaste de vivir siquiera un instante apartada de Ti y preservaste su santo cuerpo de la corrupción. Nos la has entregado como Madre que alivia nuestro dolor con su consuelo. Así, con manos y voz de madre, nos llega el consuelo de tu Espíritu de Amor. Ella nos susurra al oído sus palabras de sabiduría, que son las de su Divino Hijo, para que las pronunciemos para Ti mientras lloramos: "Hágase, Amén". Porque "si morimos con Cristo, creemos -porque Tú nos lo aseguras- que también resucitaremos con Él" (Romanos 6,4).

 En definitiva, poco es lo que permitiste, porque si nos hubieras dejado abandonados a nuestro destino, habríamos muerto para siempre. Como te decimos en la Misa, "no nos abandonaste en poder de la muerte, sino que viniste en nuestra ayuda para que buscándote, te encontráramos".

Gracias, Señor, por todo lo que haces y permites por amor, aunque no lo entendamos. ¡Glorificado seas, mi Señor y mi Dios, Yahvé Adonai! ¡Gracias, Abbá!

miércoles, 19 de agosto de 2015

...Que no lo separe el hombre, ¡ningún hombre!


El matrimonio no es un tema más en la moral y la práctica de la fe. Muchos no se dan cuenta, y por eso no otorgan a los problemas de este Sínodo la importancia que tienen. El matrimonio es absolutamente central en la vida de la Iglesia. La unión de Cristo con su Iglesia es un matrimonio: "gran misterio es este -dice San Pablo en Efesios 5,32, refiriéndose a la unión en una sola carne- y yo lo refiero a Cristo y la Iglesia". El matrimonio es comunión de personas, a semejanza de Dios Trino. Es signo vivo de esa alianza esponsal de Dios y el hombre. En la profesión de una religiosa, se emplean signos de su unión esponsal con Jesucristo. En la ordenación sacerdotal, se emplean signos de su unión esponsal con la Iglesia. Toda la vida de la Iglesia fluye de este misterio esponsal, de un Cristo entregado por Ella, como refleja el bíblico Cantar de los Cantares (1,4;6,3;8,6):

"Llévame contigo: ¡corramos!
El rey me introdujo en sus habitaciones:
¡gocemos y alegrémonos contigo,
celebremos tus amores más que el vino!"


"¡Mi amado es para mí,
y yo soy para mi amado,
que apacienta su rebaño entre los lirios!"
"Grábame como un sello sobre tu corazón,
como un sello sobre tu brazo,
porque el Amor es fuerte como la Muerte..."
 Por eso, un Sínodo sobre la familia que dilucide cuestiones que afectan a la realidad esencial de matrimonio, es tremendamente importante. No es de extrañar que la intención de romper un solo matrimonio -el de Enrique VIII con Catalina de Aragón- valiera un cisma tremendo, el de la Iglesia "anglicana"; un cisma dolorosísimo, que se mantiene durante siglos y que costó la vida a miles de mártires. Algunos de ellos -como SantoTomás Moro, canciller y amigo personal de aquel rey-, por no tener más remedio que negarse, según su conciencia, a participar en cualquier hecho que, aunque fuera implícitamente, tratara como ilegítimo su matrimonio válido con Catalina, a la que el rey había rechazado para formalizar una segunda unión adúltera.

 Pero ¿acaso no nos recuerda a aquél profeta, San Juan Bautista, el Precursor, que murió por denunciar el matrimonio ilícito de Herodes? Sí, también él defendió ese otro matrimonio en nombre de Dios. No es casual que el Precursor diera su vida por algo tan esencial como la defensa del matrimonio. Tocar la esencia del matrimonio es tocar la esencia de la relación de Cristo con su Iglesia. Por eso este tema no es que sea delicado, es que es nuclear. Y ya vemos que la batalla del matrimonio no se ha librado en la nube de las ideas, sino en lo concreto, como lo es el matrimonio, un signo visible -cada matrimonio lo es-. El Precursor dio su vida por defender el matrimonio de Herodías con Herodes Filipo, el hermano del rey Herodes Antipas.  Este último tomó escandalosamente por esposa a la mujer de su hermano, y Juan se lo reprochaba públicamente. Santo Tomás Moro y otros, murieron por no reconocer la invalidez de otro matrimonio verdadero, el de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Un solo matrimonio ha merecido que se entregue la vida de los mártires; un sólo matrimonio ha merecido que se soporten los horrores y heridas para la Iglesia de un cisma terrible, que aún perdura. Porque lo que Dios ha unido, el hombre no puede separarlo; ¡ningún hombre!

 Es lógico, por tanto, que este tema levante tantas pasiones; pero precisamente por eso es hora de usar toda la firmeza y caridad de la que seamos capaces, en la búsqueda de la verdad y la voluntad de Dios, para bien de los matrimonios, de las familias que sustentan, y de toda la Iglesia. Observo, en la preparación del próximo Sínodo de la Familia, dos posturas totalmente opuestas y enfrentadas, sin ámbito para un diálogo. El tema es la comunión de los divorciados que se casan por lo civil. El problema más frecuente está en que hay matrimonios que pueden haber sido nulos, y como el proceso para decretar dicha nulidad es lento y caro, parejas que se convierten y que están casadas por lo civil o conviviendo tras un matrimonio cuya convivencia se ha roto, tienen cerrado el acceso a la comunión eucarística.

 Me parece extraño que, con todos los temas que hay en los que es necesario avanzar para la evangelización, la cuestión se centre en ese. Todo lo demás parece eclipsado. Y aún más extraño me parece, dentro de la extrañeza, que ese tema se aborde desde la curación y se obvie la prevención. Es claro que la primera causa de ese problema es que se están celebrando muchos matrimonios nulos. Evitemos la epidemia, y casi no tendremos casos que curar. Pero no... En fin, no sé si esto será negligencia o inspiración; a simple vista, puede parecer lo primero. Pero nunca se sabe... y además, a veces la Providencia actúa en las formas más inverosímiles.

 Hay una postura que está causando mucha confusión y que jamás se debería haber planteado: que quien ha vivido en un matrimonio verdadero, cuya convivencia se ha roto por el motivo que sea, pueda mantener una segunda unión esponsal civil y ser admitido a la comunión eucarística. Si ha estado casado de verdad, eso es adulterio sin duda, y tanto la enseñanza de Jesús como la propia naturaleza indisoluble del matrimonio hacen ver claro que eso es un pecado, y grave. Mientras no haya arrepentimiento y propósito de enmienda, aceptando si acaso una convivencia formal y no sexual si no hay otra posibilidad mejor, la mejor misericordia que se puede tener hacia estas personas es no ocultarles el pecado y peligro en que viven, y predicarles la conversión.

 Por desgracia, esa postura de admitir por una puerta de atrás a estas personas a la comunión eucarística, fue planteada en el segundo de los dos supuestos que presentó el Cardenal Kasper, organizador del Sínodo, que por cierto usó de algunas malas artes en la preparación, dejando fuera arbitrariamente a defensores del matrimonio. El Papa le aplaudió aquel documento diciendo que era teología "hecha de rodillas". Otras palabras suyas parecen hacer entender que se refería a que eran planteamientos serenos, alejados de la cerrazón iracunda de algunos defensores del matrimonio y también de la actitud chantajista de los vendedores de una falsa misericordia relativista. Afortunadamente, el propio Kasper aclaró más tarde que el Papa Francisco no había hecho suyas estas propuestas.

 Esa propuesta de admitir a la comunión eucarística a personas en adulterio, porque su primer matrimonio es válido y están casados posteriormente por lo civil con otra personas, él la justificó en personas arrepentidas y penitentes, amparándose en lo ocurrido en los primeros siglos con los "lapsi". Estos eran los que, por debilidad, habían negado a Cristo en las persecuciones romanas. Arrepentidos, querían volver a la Iglesia. Entonces, la Iglesia no había desarrollado totalmente el sacramento del perdón. Hubo fuertes enfrentamientos con los más rigoristas, pero la Iglesia entendió que todo pecado era perdonable en quien muestra penitencia, y todo esto constituyó un desarrollo providencial y maravilloso del sacramento de la Reconciliación, concebido como un posterior "bautismo trabajoso".

 El problema es que, aunque estas personas divorciadas estén en una nueva unión, tengan hijos y obligaciones hacia ellos, que se verían muy dañados por una ruptura, si el arrepentimiento no mueve a conversión y no hay propósito de enmienda, ¿cómo van a librarse de su pecado? Si no se puede reunir el matrimonio original, al menos se le debe fidelidad, no se puede considerar válido el segundo. "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre", dice el Señor (Mateo 19,6); por tanto, no se ve cómo la Iglesia puede romper un matrimonio establecido por Dios. La Iglesia ofrece en estos casos, la posibilidad de una convivencia sin relación carnal. Es duro, difícil de comprender, pero es que la alternativa es adulterio, que nos aparta de la unión con Dios y de la salvación.

 El Cardenal Kasper no aportó ninguna argumentación teológica, se conformó con proponer una "praxis" (práctica). Pero esa práctica  contradice de la esencia del matrimonio; implícitamente, sería como considerar nulo ese primer matrimonio válido: ¡Justo aquello que -por no aceptarlo- costó la vida a San Juan Bautista y a Santo Tomás Moro!

Es lógico que esa propuesta causara un terrible revuelo entre los que defienden -y muy bien que hacen- la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio. Ha llevado a algunos de ellos a posturas que creo excesivas o al menos un tanto cerradas, llegando a veces a barruntar un cisma en el que ellos se incluirían. Creo que esto pasa por hacer tan mal las cosas, poniendo en riesgo la comunión eclesial en la verdad de Cristo, pero me parece una respuesta inadecuada, y a veces carente de esperanza y puede que hasta de fidelidad, cuando se llega a pensar en un escenario en el que quien defienda la verdad pueda encontrarse fuera de la Iglesia en la que está el Papa.

 "Donde está Pedro, allí está la Iglesia" -ésta es la verdadera Tradición, expuesta por San Ambrosio, padre de la Iglesia.

 Si no fuera por este despropósito de plantear lo implanteable, creo que habría situaciones particulares que se podrían discutir, cuando existen sospechas bien fundadas de que el matrimonio primero no fue tal, sino nulo. Se podrían acortar los procesos y facilitarlos, sin perder defensa del vínculo.

 Pero los más interesados en ello, no han planteado esto, sino una ruptura abierta con la realidad inamovible del matrimonio.

 Es una pena que se haya polarizado tanto el debate por cuestiones implanteables. Es verdad  que la Iglesia ya ha luchado y vencido en situaciones de extrema confusión, asistida por el Espíritu Santo. En Nicea, media cristiandad entró no- cristiana (arriana), las perspectivas eran penosas, y el Concilio fue un hito en la defensa de la verdad. Lo inaudito de este próximo Sínodo es que en él se estén replanteando cuestiones que ya tienen doctrina firme e inmutable. Eso sí me parece muy mal; aunque sé que Dios puede sacar bien del mal, eso no nos da pie para tentarle: "¡No tentarás al Señor, tu Dios!" (Mt 4,7). Es más, nadie debe defender públicamente que alguien en pecado mortal pueda comulgar.

 En cualquier caso, lo más importante en la cuestión planteada, sería no seguir celebrando matrimonios nulos, cosa que parece que a pocos importa. No hacemos ningún favor a nadie celebrando simulacros de matrimonio en iglesias preciosas, al contrario. Para evitarlo deberíamos centrar en ello los objetivos de la preparación al matrimonio, de forma que sean una entrega en fidelidad por amor, para siempre, para tener hijos y formar una familia, aprovechando además ese momento único de gracia, para predicar la conversión que lleva a la vida. Acabo con esta cita memorable de Familiaris Consortio que todos los que se dedican ayudar hoy a parejas que quieren casarse deberían llevar grabada a fuego en la mente:
"El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio». La decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención".
San Juan Pablo II, Familiaris Consortio nº 68. 

lunes, 10 de agosto de 2015

Transexualidad y apadrinamiento

 El Obispo de Cádiz y Ceuta ha permitido que una persona con fe, pero con un problema de identidad sexual enfocado hacia la transexualidad, pueda apadrinar a un niño en su bautismo, tras denegárselo inicialmente. Para empezar, aclaro que mi intención al escribir este artículo no es juzgar la acción de mi Obispo. Afortunadamente para todos, yo no llevo la carga que Dios le ha entregado a él, y prefiero limitarme a aceptar su decisión en este caso particular que, como la mayoría, apenas conozco en sus detalles. 

Creo que lo que ha sucedido hay que entenderlo en el contexto de la "trampa", y su fin es impedir o dificultar la verdadera predicación de Jesucristo. No me refiero a las personas que -lo siento por ellas- se han prestado a caer en esto, sino a una intención más oculta, del verdadero enemigo. Se parece a las trampas que le pusieron a Jesús para acabar con su predicación, como la de pagar o no impuestos, o la mujer adúltera. Si defiendes a la mujer adúltera, anulas la ley de Dios, y si la condenas, ¿dónde está la misericordia que predicas? En este caso, el escándalo parece también inevitable: si se acepta el apadrinamiento, muchos creen, confundidos, que la Iglesia bendice la transexualidad; si no se hubiera aceptado, muchos creerían, también confundidos, que la Iglesia, que es y debe ser un hospital de pecadores, no acoge y rechaza a las personas transexuales. Por eso, mi intención al escribir esto es evitar la confusión, y aclarar que haberlo aceptado no significa que la Iglesia vea el cambio de apariencia sexual que llamamos "transexualidad", como un camino bueno para las personas con problemas de reconocimiento de su propia sexualidad. Al admitir la actuación de esta mujer en el bautismo del que será su ahijado/a, la Iglesia no la está reconociendo como "padrino", en el sentido de reconocer que ella sea ahora de sexo masculino. Es verdad que esta situación puede confundir a muchos, y otros la aprovechan fácilmente para aumentar esa confusión.

 El hecho de que haya padrino o padrinos de bautismo no es necesario para el sacramento. Es más, el hecho de que sean dos, un padrino y una madrina, es una costumbre, una buena y bella costumbre cristiana, no algo esencial ni obligatorio. La costumbre es también que el padrino o padrinos los elijan los padres, y deberían ser personas que les puedan ayudar a formar a su hijo en la fe, darle buen ejemplo y orar por él. Muchas veces fallamos en esto y, como no tenemos muchas opciones alrededor, caemos en el error de elegir a personas que carecen de verdadera fe, o que no viven conforme a ella.

 Aunque los problemas de identidad sexual son una durísima carga para quienes los padecen, la Iglesia sabe y enseña, incluyendo al propio Papa Francisco, que la transexualidad y el mal llamado "cambio de sexo" no constituyen el verdadero camino de la realización personal que Dios quiere para cada uno de ellos. Dios les ama a cada uno tal como son, con todos sus problemas. Es bueno saber que el sexo es algo esencial, constitutivo de la persona, y no se debe ni se puede cambiar. Dice Francisco en su reciente encíclica "Laudato Si'", nº 155: "Cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»".

En definitiva, el hecho de que a esta persona se le haya admitido -no sin evidentes dificultades- para apadrinar a un niño, significa sólo eso, que se le ha permitido apadrinar a un niño, aunque esto lleve a tantos a confusión.

sábado, 25 de julio de 2015

Gracias a España

España se empieza a deshacer porque muchos españoles ya no se sienten orgullosos de serlo. Ser español es mucho más que haber nacido o vivir en la piel de toro: es ser hijo de un pueblo y heredero de su historia. Ese pueblo es un pueblo cristiano, solidario, emprendedor, misionero y luchador. Un pueblo que recibió la civilización grecorromana y acogió la fe en Cristo, y una vez acogida, dio muchísimos frutos de martirio y santidad, convirtiéndose en su mayor defensor. Un pueblo que luchó durante más de siete siglos por sí mismo y por su fe, contra el islam. Un pueblo que evangelizó el continente americano y llevó a Cristo por todo el mundo, con innumerables ejemplos de santidad y heroísmo. Un pueblo que se cuestionó sus propias acciones y planteó las bases de los derechos humanos. Con la historia de pecados y miserias que conlleva toda historia humana, la de España es una lucha contra ese propio pecado y miseria, una lucha movida por la gracia de Dios, que se plasmó en sus leyes y en sus hombres y mujeres. Un pueblo al que, frente al comunismo, le fue concedido dar uno de los mayores testimonios de martirio de todos los tiempos, con la gracia inaudita de no haber sufrido ni una sola apostasía. Un pueblo, que en este mundo secularizado, está lleno de congregaciones orantes y da a luz nuevas realidades eclesiales.

No es de extrañar que nuestro pueblo fuera el más envidiado y atacado por los enemigos de la fe, que actualmente dominan el mundo, como son la masonería y los grandes poderes económicos. No es de extrañar que quieran vernos hundidos y disgregados. Si yo fuera ellos, también le tendría miedo a España. Es una pena que tantos de nosotros ya no se sientan orgullosos de todo eso, porque han perdido la fe, y porque una generación entera, rendida a la buena vida y avergonzada de nuestra fe, nuestra cultura y nuestra historia, prefirió tirar a la basura su herencia y abonar a sus hijos a la contracultura del Halloween, la Coca-Cola y los programas del corazón.

Nuestros enemigos en realidad no son la revolución liberal, ni la masonería, ni el comunismo populista, ni el islam extremista, ni los grandes magnates que gobiernan el mundo en la sombra, una sombra de injusticia capitalista; ni siquiera ellos. Nuestro verdadero enemigo es que olvidemos -como hemos olvidado, y así nos va- una herencia cristiana de fe, amor y justicia convertidas en vida y en cultura. La verdadera defensa contra todos esos azotes que Dios permite por nuestra infidelidad, es esa revolución mucho más alta que parte del amor a Dios y al prójimo.

Hoy, día de Santiago Apóstol, nuestro padre en la fe, le pedimos por España, y nos ponemos en manos de Nuestra Señora del Pilar, que se le apareció sobre esa piedra a orillas del Ebro, para asegurarle que en España la fe duraría siempre. Dijo Alfonso Guerra que "a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió", pero resulta que España, como la Iglesia, es un yunque que ya ha destrozado muchos martillos. No es la primera vez que nos vemos así, y estoy seguro de que nuestra Madre sí nos reconoce; conoce nuestra debilidad, en la que se hace patente la fuerza de Dios, como ocurrió en otros tiempos.

Parafraseando a Galdós en su Episodio de la defensa de Zaragoza: "entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que España no se rinde". Los españoles -como se dice de los bilbaínos- nacemos donde nos da la gana, repartidos por todo el mundo. Pero amamos a España, amamos su historia, amamos la herencia que a trompicones, casi milagrosamente, hemos recibido: una herencia bañada en la sangre de muchos de nuestros antepasados, que la derramaron para hacérnosla llegar. Nos sentimos orgullosos de ser españoles, pese a quien pese. Estamos profundamente agradecidos de haber nacido, sin merecerlo, en un pueblo que no concebimos con el aldeanismo y estupidez de los nacionalistas, sino con la acogida de sus familias, la solidaridad de sus misioneros, la entrega de sus mártires y, sobre todo, con la fe de Cristo y nuestra Madre de todos los pueblos.

miércoles, 24 de junio de 2015

Defensa de la vida en Laudato Si'

Numerosos puntos de Laudato Si', la enciclica ecológica del papa Francisco, defienden la vida prenatal. Lo integran en una defensa de la ecología y del hombre, en todos sus aspectos, buscando la justicia y la paz. Son los siguientes, entresacados del texto:

50. En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva».

112… es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral.

120. Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social» (cita del propio Papa en Alemania).

123. La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: « Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables ». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar.

136. Por otra parte, es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.

229. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco.

230… el mundo del consumo exacerbado es al mismo tiempo el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas.

246. … Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.

… Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,
para proteger toda vida,
para preparar un futuro mejor,
para que venga tu Reino
de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

sábado, 20 de junio de 2015

"De aquellos barros..."

"... vinieron estos lodos".

Estos días, en que "Podemos" sólo empieza a mostrar su radicalidad anticristiana e inmoral, me sorprende ver a muchas personas, cristianos de buena voluntad, llevarse las manos a la cabeza, criticar a estos jóvenes tiranos, asustados de este cambio.

 Pero esto no es nuevo. Empezamos a destruir España cuando se aprobó el aborto en 1981, y por eso el sueño de un país en paz se ha quedado en quimera. No se puede construir una sociedad justa y en paz sobre la muerte oculta de millones de inocentes. Los que no ven más allá de la realidad visible, no le dan importancia a estas cosas, y veían en estos pasados decenios un tiempo de paz y desarrollo. No era así. Madre Teresa, que veía bastante más, dijo sin tapujos que "la mayor amenaza para la paz es el aborto". La paz no se la cargó Zapatero con su guerracivilismo, él no fue más que un brazo ejecutor contra el que no estábamos protegidos, porque España había despreciado públicamente la fe y la justicia. La paz, así, era imposible, habría sido injusta. La paz no viene a los inicuos. La "transición"no nos la consiguió; no podía.

Tanto aquella primera ley del aborto, como la ley Aído no eran plenamente el triunfo del mal, porque tuvieron oposición. Sin embargo, el apoyo político unánime a la ley del aborto que se ha dado en estos últimos tiempos, y la previa aceptación de un Código de Ética Médica rastrero hace unos años, han constituido un hecho criminal y público de dimensiones inauditas. Esto nos deja desprotegidos frente a los desastres que nos acechaban, y trae consecuencias. Mientras, los miopes hacen cábalas sobre por qué ha perdido el PP, que si la crisis, los recortes, etc., como si el problema fuera ese... Como si el problema, incluso, fuera que ha perdido el PP. Están ciegos; no ven la realidad.

Miremos el ejemplo de Méjico: aprobó el aborto, y volvió a la barbarie de los sacrificios humanos al diablo, crímenes que María de Guadalupe aplastó con su pie hace 500 años. La consecuencia es que la paz huye y la violencia asola el país, pueblo por pueblo, casa por casa. La Argentina, que ha aprobado el aborto libre, sufrirá también las consecuencias.

Con la llegada de Podemos al poder en España, por fin estamos viendo la hez que durante años hemos tolerado en nosotros mismos. No son ellos el problema: hemos sido nosotros. Años de injusticia social y de aborto no pueden dar la paz ni la justicia. Lo que va a sufrir España no es culpa de Podemos, es culpa nuestra. Hemos apostatado, hemos despreciado a Dios, fuente de agua viva, y nos hemos cavado cisternas agrietadas de progreso y bienestar, que no retienen el agua. Hemos abandonado a la verdad y hemos despreciado la justicia: ¿qué esperábamos que sucediera? Al final no tenemos ni progreso ni bienestar, sino violencia y desunión, casa por casa. "Podemos" no es la causa, es una consecuencia más, y ni siquiera la peor.

Pero ahora, no tengamos miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo; lo verdaderamente maligno es dejarnos engañar por una falsa paz y un falso orden, mientras somos acompañados poco a poco al abismo.

lunes, 15 de junio de 2015

Jerarquía y carisma: ¿por qué la Iglesia no es una empresa?

La Iglesia es a la vez jerárquica y carismática, como enseña el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 4).

Jerome Lejeune y su mujer con el Papa. Por iniciativa del Dr.
Lejeune, Juan Pablo creó la Pontificia Academia Pro Vita.
La Academia permitiría a la Iglesia estar a la vanguardia del
conocimiento científico, paso necesario para el análisis moral.
Existe una jerarquía que está ahí precisamente para discernir los carismas, porque el Espíritu Santo sopla donde quiere (cf. Juan 3,8). El servidor jerárquico, al nivel que sea, está sobre todo para discernir las ideas que generalmente vienen de abajo a arriba, las que el Espíritu Santo sugiere a su pueblo, dándole carismas.

En eso se diferencia la Iglesia de la clásica empresa anquilosada. En esa empresa, las ideas generalmente van de arriba a abajo. Originalidad y discernimiento recaen sobre las mismas personas. Si esto sucediera en la Iglesia, ésta se parecería a una empresa meramente humana. Incluso, se parecería a una mala empresa; porque, en las buenas empresas, en las que aprovechan su capital humano, se atiende a las ideas que vienen de abajo a arriba, y el dirigente se da cuenta de que más que tener ideas originales, su misión es distinguir las buenas ideas de sus subordinados, alentarlas y facilitar su implementación.

Además de las ideas, también el fervor y los ánimos para actuar provienen del Espíritu Santo, y por tanto fluyen a menudo de forma imprevista, en acciones que es necesario facilitar, poniendo las estructuras a su servicio. Es importante este orden eclesial, jerárquico y carismático, donde el servidor jerárquico escucha y discierne, para ser dóciles a la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia no es como una mala empresa, es como una buena empresa, pero mucho mejor, porque en ella las ideas son a menudo carismas sobrenaturales, y el servidor jerárquico cuenta también con esos dones sobrenaturales para detectarlos.

A menudo ese orden eclesial es estorbado por el pecado, como podemos ver en la vida de tantos santos: la jerarquía no es obedecida, o los carismas son entorpecidos y hasta perseguidos. A veces Dios permite esto, pero la cosecha crece de día y de noche, en la sintonía y en la oposición. Otras veces, la jerarquía no discierne, por respetos humanos mal entendidos, o bien los que reciben carismas caen en la pasividad, refugiándose en piadosas excusas para no molestar, o incluso en una mal entendida obediencia. Entonces es cuando la sal se vuelve sosa. ¡No permita Dios que nos ocurra esto!


domingo, 10 de mayo de 2015

¿Los animales resucitarán?

Porque también la creación será liberada
Rm 8,21
 "También la creación será liberada" (Rm 8,21)

 Hace poco, un evangelizador católico de Facebook escribía que los animales no resucitan, según la doctrina cristiana. Le comenté que esa sería su interpretación de la Escritura, pero no es doctrina católica. De hecho, la Iglesia no tiene doctrina firme sobre eso. Y yo creo que esa interpretación es errónea, aunque no digo que la mía sea correcta, porque yo no soy la Iglesia, soy sólo un cristiano que interpreta lo mejor que cree la Revelación y puedo estar equivocado.



 Los animales, en su dolor y su muerte, están sufriendo las consecuencias del pecado del hombre, sin haberlo cometido ellos. El pecado que nos muestra el Génesis no sólo afectó al hombre, sino que desordenó toda la Creación, de forma que entró en ella el sufrimiento, el dolor y la muerte, por culpa del hombre, para quien Dios hizo el cosmos y toda la naturaleza. Creo que esto no es opinión, es realidad revelada.

 San Pablo dice eso y añade algo más (Rm 8,19-22):


 "En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.


 Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.


 Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.


 Sabemos que la Creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto".


 Es decir, cuando el hombre sea restaurado en Cristo, la Creación será restaurada con él. Tras esos dolores de parto, la vieja creación alumbrará "unos cielos nuevos y una tierra nueva" (Ap 21,2). Esa imagen cinematográfica del cielo como algo etéreo en el que almas aladas tocan la lira, parece más gnóstica que auténticamente católica. Los cristianos fieles sabemos que el ser humano es "corpore et anima unus" (la unidad de cuerpo y alma), que la resurrección plena será en la carne, con nuestro cuerpo, "el mismo que tenemos ahora", como dice el Credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI, y que no viviremos volando con alitas en un Cielo espiritual, sino como personas humanas con cuerpo glorioso y alma, en los cielos nuevos y la tierra nueva.


 Por eso, pienso que la metáfora con la que se ilustra la restauración es más que una metáfora, cuando el Espíritu Santo nos dice (Isaías 65,25):


 "El lobo y el cordero pacerán juntos, el león comerá paja como el buey y la serpiente se alimentará de polvo: No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, dice el Señor".


 Con esto se restaura la Creación, recuperando la armonía original del Paraíso, como nos dice Génesis 1, 29-30:


 "Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento.


 Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió".


 Es decir, en el Paraíso se daba esa armonía, reflejada en la ausencia de depredación, la cual se rompería como consecuencia del pecado del hombre. Al final, todo esto será dominado por el hombre restaurado en Cristo, como nos dice también Isaías 11, 6-9:

"El león pacerá con el becerro, y un niñito los guiará"
Isaías 11,6
 "El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá, la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey.

 El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora, meterá la mano el niño apenas destetado.


 No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar".


 Explicaba este evangelizador que los animales no resucitan porque no tienen alma, porque Dios no sopló sobre su nariz en el Génesis, interpretación personal suya que me parece equivocada. Le respondí que la existencia del alma humana y del alma de los animales no es cuestión que haga falta la Revelación para conocerla, es un hecho que el hombre puede conocer con la luz de la razón natural. Un animal es un organismo biológico, y como tal, sus sensaciones no son más que impulsos eléctricos conducidos por un sistema nervioso, pero tienen la particularidad de que, dentro de ellos, a diferencia de los ordenadores, hay un ser que siente. Eso es lo que llamamos alma, que en el animal es distinta de la humana, porque la del hombre es espiritual. Ese alma no nace de la pura materia, porque la materia inanimada no puede producir un ser, un ser que siente, que recibe esos estímulos y le afectan. Por eso, con razón sentimos pena de los animales y nos apiadamos de ellos, mientras que no tenemos inconveniente en tirar un ordenador que ya no funciona bien. La Iglesia recuerda lo que todo hombre sabe, es decir, que los animales también sufren, y nos manda respetarlos como seres creados y animados que son. Dice el Catecismo en el nº 2418:



 "Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas".

 Si no tuvieran alma, si en ellos no existiera, más allá de la pura materia, un ser que vive y sufre, serían tan dignos de lástima como las piedras, que también son creadas, o como los ordenadores, que hemos fabricado nosotros.

 Y en 2415 usa el Catecismo esta expresión: "El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos...." Es decir, los seres vivos no están inanimados, sino animados.

 Además, que el hombre resucite no es un hecho natural derivado de que el alma sea inmortal -como creen algunos-, sino un bien que nos viene por la Resurrección de Cristo. Por la gracia merecida por Cristo para nosotros, y no por naturaleza, se realiza el prodigio sobrenatural de la Resurrección, en la que el alma y cuerpo se reúnen tras haberse separado en la muerte.

 Y ¿cómo es posible -cabe pensar- que el desorden en la naturaleza, la muerte y el sufrimiento, sean consecuencia del pecado del hombre, si sabemos que todo eso existía antes de que el hombre apareciese? Es verdad, antes de que el hombre apareciese sobre la tierra, pudo darse ese proceso evolutivo que el Catecismo nos muestra como posible, ya que "la Creación no salió totalmente acabada de manos del Creador", sino que Él pudo crearlo todo en ese cuerpo que estalló en el "Big Bang" y someterlo a las leyes que rigen su devenir y desarrollo, incluso dirigirlo con su Providencia.


 "La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada "en estado de vía" (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección". (Catecismo, 302)

"La Creación entera gime con dolores de parto" Rm 8,22
 Por tanto, sabemos que hubo depredación, sufrimiento, enfermedad, cataclismos  y muerte antes de que apareciese el hombre. Pero es que el pecado del hombre produjo un verdadero "cataclismo cósmico" -en palabras de un monje oriental-. Ese cataclismo pudo afectar a todo lo que había sido creado por Dios bajo el dominjo del hombre, que es la Creación entera, desde su inicio. No es la primera vez que un acontecimiento esencial es causa de algo que sucede en el tiempo ante que éste. Por ejemplo, el dogma de la Inmaculada Concepción enseña que ella fue preservada del pecado original por una gracia en atención a los méritos de Jesucristo, que aún no se habían producido en el tiempo. Y los antiguos patriarcas y profetas, ¿cómo obedecieron a Dios?, ¿acaso fue por sus propias fuerzas, en su estado de naturaleza caída, sin la gracia? Es claro que no. ¿Y cómo obtuvieron esa gracia de ser obedientes, si no es en atención a los méritos de Jesucristo? Así fue, y esa es doctrina católica. Aunque imperfectamente, ellos recibieron anticipos de unos méritos que fueron ganados por Cristo mucho después. Pues por lo mismo, la gracia de Cristo mantuvo la esperanza, la anticipó desde el principio a toda la Creación, porque toda, desde el principio, había sido desordenada por el pecado de Adán. Y si no cayó completamente en la muerte, si "cayó en la vanidad... pero conservando una esperanza" -que nos dice Pablo en Rm 8,21-, fue precisamente porque fue sostenida para el hombre y éste en atención a Cristo. Gime la Creación entera con dolores de parto -¿no se ve en eso también la evolución que conocemos por la ciencia?-, pero dando a luz el plan de Dios en medio de ese sufrimiento, como un reflejo de la cruz de Cristo.

 Por eso, el Papa Francisco, cuando encontró en Roma a un niño cuyo perro había muerto, y le consoló hablándole de que lo vería en el Cielo, ni estaba diciendo ninguna herejía, ni quizá estaba soltándole una mentirijilla piadosa. No habría ningún inconveniente en la doctrina de la Iglesia para que él, como otros cristianos -incluido el que escribe-, crea que es muy probable eso que le dijo.



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Con gratitud a Alonso Gracián, con el que tantas veces he conversado sobre estas cosas.
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