lunes, 15 de junio de 2015

Jerarquía y carisma: ¿por qué la Iglesia no es una empresa?

La Iglesia es a la vez jerárquica y carismática, como enseña el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 4).

Jerome Lejeune y su mujer con el Papa. Por iniciativa del Dr.
Lejeune, Juan Pablo creó la Pontificia Academia Pro Vita.
La Academia permitiría a la Iglesia estar a la vanguardia del
conocimiento científico, paso necesario para el análisis moral.
Existe una jerarquía que está ahí precisamente para discernir los carismas, porque el Espíritu Santo sopla donde quiere (cf. Juan 3,8). El servidor jerárquico, al nivel que sea, está sobre todo para discernir las ideas que generalmente vienen de abajo a arriba, las que el Espíritu Santo sugiere a su pueblo, dándole carismas.

En eso se diferencia la Iglesia de la clásica empresa anquilosada. En esa empresa, las ideas generalmente van de arriba a abajo. Originalidad y discernimiento recaen sobre las mismas personas. Si esto sucediera en la Iglesia, ésta se parecería a una empresa meramente humana. Incluso, se parecería a una mala empresa; porque, en las buenas empresas, en las que aprovechan su capital humano, se atiende a las ideas que vienen de abajo a arriba, y el dirigente se da cuenta de que más que tener ideas originales, su misión es distinguir las buenas ideas de sus subordinados, alentarlas y facilitar su implementación.

Además de las ideas, también el fervor y los ánimos para actuar provienen del Espíritu Santo, y por tanto fluyen a menudo de forma imprevista, en acciones que es necesario facilitar, poniendo las estructuras a su servicio. Es importante este orden eclesial, jerárquico y carismático, donde el servidor jerárquico escucha y discierne, para ser dóciles a la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia no es como una mala empresa, es como una buena empresa, pero mucho mejor, porque en ella las ideas son a menudo carismas sobrenaturales, y el servidor jerárquico cuenta también con esos dones sobrenaturales para detectarlos.

A menudo ese orden eclesial es estorbado por el pecado, como podemos ver en la vida de tantos santos: la jerarquía no es obedecida, o los carismas son entorpecidos y hasta perseguidos. A veces Dios permite esto, pero la cosecha crece de día y de noche, en la sintonía y en la oposición. Otras veces, la jerarquía no discierne, por respetos humanos mal entendidos, o bien los que reciben carismas caen en la pasividad, refugiándose en piadosas excusas para no molestar, o incluso en una mal entendida obediencia. Entonces es cuando la sal se vuelve sosa. ¡No permita Dios que nos ocurra esto!


No hay comentarios:

Se ha producido un error en este gadget.