sábado, 25 de julio de 2015

Gracias a España

España se empieza a deshacer porque muchos españoles ya no se sienten orgullosos de serlo. Ser español es mucho más que haber nacido o vivir en la piel de toro: es ser hijo de un pueblo y heredero de su historia. Ese pueblo es un pueblo cristiano, solidario, emprendedor, misionero y luchador. Un pueblo que recibió la civilización grecorromana y acogió la fe en Cristo, y una vez acogida, dio muchísimos frutos de martirio y santidad, convirtiéndose en su mayor defensor. Un pueblo que luchó durante más de siete siglos por sí mismo y por su fe, contra el islam. Un pueblo que evangelizó el continente americano y llevó a Cristo por todo el mundo, con innumerables ejemplos de santidad y heroísmo. Un pueblo que se cuestionó sus propias acciones y planteó las bases de los derechos humanos. Con la historia de pecados y miserias que conlleva toda historia humana, la de España es una lucha contra ese propio pecado y miseria, una lucha movida por la gracia de Dios, que se plasmó en sus leyes y en sus hombres y mujeres. Un pueblo al que, frente al comunismo, le fue concedido dar uno de los mayores testimonios de martirio de todos los tiempos, con la gracia inaudita de no haber sufrido ni una sola apostasía. Un pueblo, que en este mundo secularizado, está lleno de congregaciones orantes y da a luz nuevas realidades eclesiales.

No es de extrañar que nuestro pueblo fuera el más envidiado y atacado por los enemigos de la fe, que actualmente dominan el mundo, como son la masonería y los grandes poderes económicos. No es de extrañar que quieran vernos hundidos y disgregados. Si yo fuera ellos, también le tendría miedo a España. Es una pena que tantos de nosotros ya no se sientan orgullosos de todo eso, porque han perdido la fe, y porque una generación entera, rendida a la buena vida y avergonzada de nuestra fe, nuestra cultura y nuestra historia, prefirió tirar a la basura su herencia y abonar a sus hijos a la contracultura del Halloween, la Coca-Cola y los programas del corazón.

Nuestros enemigos en realidad no son la revolución liberal, ni la masonería, ni el comunismo populista, ni el islam extremista, ni los grandes magnates que gobiernan el mundo en la sombra, una sombra de injusticia capitalista; ni siquiera ellos. Nuestro verdadero enemigo es que olvidemos -como hemos olvidado, y así nos va- una herencia cristiana de fe, amor y justicia convertidas en vida y en cultura. La verdadera defensa contra todos esos azotes que Dios permite por nuestra infidelidad, es esa revolución mucho más alta que parte del amor a Dios y al prójimo.

Hoy, día de Santiago Apóstol, nuestro padre en la fe, le pedimos por España, y nos ponemos en manos de Nuestra Señora del Pilar, que se le apareció sobre esa piedra a orillas del Ebro, para asegurarle que en España la fe duraría siempre. Dijo Alfonso Guerra que "a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió", pero resulta que España, como la Iglesia, es un yunque que ya ha destrozado muchos martillos. No es la primera vez que nos vemos así, y estoy seguro de que nuestra Madre sí nos reconoce; conoce nuestra debilidad, en la que se hace patente la fuerza de Dios, como ocurrió en otros tiempos.

Parafraseando a Galdós en su Episodio de la defensa de Zaragoza: "entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que España no se rinde". Los españoles -como se dice de los bilbaínos- nacemos donde nos da la gana, repartidos por todo el mundo. Pero amamos a España, amamos su historia, amamos la herencia que a trompicones, casi milagrosamente, hemos recibido: una herencia bañada en la sangre de muchos de nuestros antepasados, que la derramaron para hacérnosla llegar. Nos sentimos orgullosos de ser españoles, pese a quien pese. Estamos profundamente agradecidos de haber nacido, sin merecerlo, en un pueblo que no concebimos con el aldeanismo y estupidez de los nacionalistas, sino con la acogida de sus familias, la solidaridad de sus misioneros, la entrega de sus mártires y, sobre todo, con la fe de Cristo y nuestra Madre de todos los pueblos.

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