sábado, 22 de agosto de 2015

El misterio de la injusticia

 Sí, Señor, creo que venimos al mundo heridos. "Pecador me concibió mi madre", como dice el Salmo (51,5). Nos has dado una naturaleza buena, que ama y busca la verdad, el bien y la belleza; y en definitiva, te busca y te ama a Ti, Señor, fuente de toda verdad, bien y belleza. Pero la herida del pecado original, con su tendencia al mal que nos aparta de lo bueno, verdadero y bello, y la herencia del sufrimiento y la muerte con que es cargado cada bebé que nace, cada embrión que es gestado, ¿acaso provienen de tu justicia?

 ¿Qué hizo el bebé para ser acreedor al hambre, al dolor y al llanto?  Y ¿qué hizo para merecer esa herida en su corazón, que por el egoísmo, la maldad y el error le llevará pronto a rechazarte a Ti, fuente del agua viva, para ir a saciar su sed en cisternas agrietadas y secas? Y ¿a cambio de qué recibe la ira de sus padres en lugar del amor, o el daño de los demás, o la indiferencia de los poderosos ante su sufrimiento, y hasta su muerte? Y sobre todo, ¿por qué no nace en Ti el que está hecho para vivir en Ti?, ¿por qué nace sin Ti el que no puede vivir sin Ti? Nada de eso lo merece, y nada de eso viene de Ti, oh, Señor, completamente justo y lleno de amor por nosotros.

 Nada de eso sigue la lógica de tu justicia, Señor. En cambio, sí sigue la perversa mecánica del mal, que por su propia inconsistencia, es injusto. No es tuya esa herencia maldita, Señor, sino de los hombres, que te rechazaron a Ti, fuente de todo amor y justicia.

 Y sin embargo, me haría doblemente merecedor de todo eso si dijera que yo no lo merezco, que yo no habría hecho lo que nuestros padres y que, por tanto, se aparte de mí su herencia. Porque me ha bastado la menor ocasión para hacerme acreedor de sobra a todo, ofendiéndote a Ti, mi Señor y mi Dios, mi Creador, y eso a pesar de haber sido regenerado desde pequeño por el Bautismo, y haber recibido tus Enseñanzas de Vida. No, yo no soy Adán ni estaba con él, pero reconozco que, sin Ti, no puedo mirar a otro que me represente mejor. Y sin embargo, Tú me has dado a tu Hijo para que ahora me represente Él, en lugar de Adán, y cargue con esa herencia maldita que a mí me habría aplastado. ¡Con qué misericordia tan enorme me has tratado! ¡Eso sí que no lo merecía!

 Tú no quisiste el mal, ni el sufrimiento, ni la herencia del pecado, Señor, pero lo avisaste y lo permitiste, y nadie te puede tachar de injusto al permitirlo. Todo eso es injusto, sí, pero no fuiste Tú el injusto. Fue injusto el hombre que pecó, al cual sometiste toda la creación; fue injusto porque dio entrada al mal en ella. No fuiste injusto al permitir el mal, al contrario, fuiste tremendamente misericordioso, hasta la locura, al entregar a tu Hijo para vencerlo y para rescatarnos.

 Aunque, Señor, esto aparece ante nosotros como un misterio de injusticia; sin embargo, lo aceptamos por la gracia de la fe, por la confianza en el amor que nos has demostrado. Además, ¿cómo íbamos a llamar injusto al que nos ha puesto en el corazón el sentido de la justicia, para que le busquemos a Él? ¿Te íbamos a condenar a Ti, Justicia y Misericordia infinitas, con el propio sentido de la justicia que tú nos has dado, al hacernos a tu imagen y semejanza? Esa sí que sería la más grave injusticia.

 Pero no, porque lo que quieres, lo quieres por amor a nosotros, y lo que permites, con misericordia y amor lo permites, para un bien mayor. "¡Feliz culpa que nos mereció tal Redentor!"- como dijo San Agustín. De esto hablamos y no entendemos; pero Tú, Señor, lo entiendes todo, y todo lo dispones según tu designio de Amor. Ahora no entendemos, como el niño que es vacunado y llora, pero entenderemos y seremos librados de todo mal, como ya somos libres del peor mal, que es vivir sin Ti, que es no vivir y que es morir. Ahora lloramos, como el niño, pero él, aunque no entiende, es consolado por el amor de sus padres, como a nosotros, aun no entendiendo, nos consuela tu Espíritu de Amor.

 En la Virgen María, nuestra Reina y Madre, mostraste desde el principio tu poder y la victoria de tu misericordia. Sufrió todas las consecuencias del mal de Adán, cargó con el más terrible dolor y sufrió en su corazón nuestra injusticia para con su Hijo Santo, nuestro Salvador. Soportó también la angustia, la fatiga y la oscuridad; pero por los méritos de tu Hijo, la salvaste de vivir siquiera un instante apartada de Ti y preservaste su santo cuerpo de la corrupción. Nos la has entregado como Madre que alivia nuestro dolor con su consuelo. Así, con manos y voz de madre, nos llega el consuelo de tu Espíritu de Amor. Ella nos susurra al oído sus palabras de sabiduría, que son las de su Divino Hijo, para que las pronunciemos para Ti mientras lloramos: "Hágase, Amén". Porque "si morimos con Cristo, creemos -porque Tú nos lo aseguras- que también resucitaremos con Él" (Romanos 6,4).

 En definitiva, poco es lo que permitiste, porque si nos hubieras dejado abandonados a nuestro destino, habríamos muerto para siempre. Como te decimos en la Misa, "no nos abandonaste en poder de la muerte, sino que viniste en nuestra ayuda para que buscándote, te encontráramos".

Gracias, Señor, por todo lo que haces y permites por amor, aunque no lo entendamos. ¡Glorificado seas, mi Señor y mi Dios, Yahvé Adonai! ¡Gracias, Abbá!

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