miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Reino de la realidad

"TODO EL QUE ES DE LA VERDAD ESCUCHA MI VOZ" 
- Cristo a Pilatos (Evangelio según san Juan 37,2)



 El Reino de Dios está ya entre nosotros. Es el reino de la verdad y la justicia, es más: es el reino de la realidad. Es el Reino de todos los que escuchan la verdad, la proclaman y viven en ella. No nos damos cuenta, pero mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no es nada, es como ceniza; basta un soplo para dispersarla y que quede al descubierto la verdadera realidad de oro puro que apenas vemos.

  YO  
 LA REALIDAD

 En el juicio a Jesucristo había mucho griterío, mucha confusión; Roma afirmaba su poder con un juez injusto, los judíos el suyo con una estrategia falsa. En medio, un hombre al que quieren matar con el engaño de que es una amenaza para la autoridad imperial. Nada de eso es verdad, nada responde a la realidad, todo es paja que arrebata el viento. Debajo, el grano es el Hijo de Dios entregándose por amor, diciendo la verdad sobre Sí mismo. Es la mujer de Pilato intercediendo a favor de ese hombre justo, porque aquella noche había soñado con él. Es quizá María y alguno de los apóstoles y discípulos sufriendo a distancia la escena; es quizá alguno de los judíos sintiéndose confuso por aquella actitud inicua. Es todo corazón que escucha la verdad y se hace capaz, a su vez, de proclamarla: es la misericordia de Dios que se derrama en los corazones de los hombres, de los elegidos.

"... No así los impíos, no así:
son como paja que arrebata el viento".

(Salmo 1,4)

 Hoy en nuestro mundo también existe mucho griterío y mucha confusión. Mucha idea vana, mucha actitud falsa, mucha mentira y mucha injusticia. Pero debajo está el Reino de Dios, que es el reino de la realidad. Por ejemplo: muchos hoy desprecian a los aún no nacidos, como si no fueran seres humanos como los demás. Pero la realidad es que sí lo son. Todas esas ideas de supuesta defensa de derechos de la mujer, de compasiones y correcciones políticas, todo el abortismo y todo lo que lo apoya, todos los intereses políticos y estupideces que se dicen para sacar partido en torno a la oculta barbaridad del aborto... todo eso está en el humo, inconexo de la realidad: es pura ceniza. El Reino de Dios, el reino de la realidad, está debajo: en los niños que son abortados por desprecio a la vida que Dios nos regala, y sus almas son recibidas en la misericordia del Padre, en los que defienden la vida, en los que verdaderamente apoyan a la mujer, en las parejas o mujeres solas que con esfuerzos luchan por su hijo, en quienes se enfrentan a la corriente y dan testimonio aunque sean vilipendiados por ello, en los que escuchan esas verdades y se sienten confundidos en su error, replanteándose tanta falsedad, en las personas que reciben la misericordia de Dios y se arrepienten de haberse sometido a un aborto o de haber colaborado con él. Todo eso sí es real, sí se funda en la verdad; eso no se lo lleva el viento, sino que está bien fundido con la gracia de Dios: es el Reino de Dios presente entre nosotros.

"Cuando se aplasta bajo los pies
 a los cautivos de la tierra,
cuando se conculca el derecho de un hombre
en presencia del Altísimo,
cuando se defrauda a alguien en su pleito,
¿no lo ve el Señor?"

(Lamentaciones de Jeremías 3, 34-36)

 ¡Claro que lo ve! Otro ejemplo: la persecución anticristiana en África, Oriente Medio, Corea del Norte, China, etc. ¡Cuántas falsedades y ocultaciones hay sobre eso! ¡Cuántos intereses económicos, cuántas alianzas increíbles por el poder mientras se asola Siria e Irak, mientras se mata a los cristianos! ¡Qué manejo torticero de los medios de comunicación para que no se sepa que en nuestos tiempos se está produciendo un terrible martirio! No entremos en culpables; todo es paja que se lleva el viento. Los intereses económicos, el odio al cristianismo, la barbarie y la mezquindad de tantos; todo eso es falso, toda esa ganacia es óxido que se deshace. Nada es real, nada de lo falso permenece. Sólo permanece la verdad: la verdad del niño que confiesa a Jesucristo antes de ser degollado, la verdad de la mujer que es separada de su familia para ser vendida como esclava sexual por ser cristiana, la verdad de los que son machacados por una bomba cuando estaban en su casa sin culpa de nada, la realidad de quienes apenas pueden esbozar un gemido de denuncia para oponerse a la máquina de la injusticia, el perdón de las víctimas y los perseguidos, los musulmames -incluso los terroristas- que se ven atraídos por Cristo a la conversión, a causa del testimonio de misericordia y fidelidad de los mártires... Hasta ese mal puede servir para llamar a algunos elegidos de entre los musulmanes, para que se conviertan y vivan...  Todo eso es verdad y permanece, todo eso es el Reino de Cristo que crece entre nosotros, y que resplandecerá en su realidad cuando el orín sea limpiado, cuando todo lo falso y todo lo injusto se desprenda como el óxido.

"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?"

 (Jesús en el Evangelio según San Lucas 9,25)


 ¿Y la injusticia social? ¡Cuánto lujo, cuánto derroche, y cuánto sufrimiento al lado! ¡Qué dolor y qué frustración los de unas personas que sólo quieren formar una familia y vivir honradamente, pero no pueden, porque no tienen un sitio donde trabajar, una casa para vivir, un salario para ganarse el pan! ¡Cuánta estupidez cruel, disfrazada de ciencia económica, cuánto egoísmo y narcisismo disfrazados de política social, cuánta falsedad disfrazada de ayuda! Todo eso es porquería, polvo que se va con un soplido. Debajo queda el sufrimiento y la frustración de los pobres, eso sí es realidad; el sudor de los que sí trabajan por ellos y lo hacen por amor, la voz de los que sí claman justicia en nombre de Dios y no para subirse a ningún pedestal. Los pedestales caerán; los pobres y los misericordiosos se alzarán. Estos forman el Reino de Dios que está ya entre nosotros.

"Él derriba del trono a los podrosos 
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos".

(María, alabanza a Dios en el Magníficat 
Evangelio según San Lucas 1, 52-53)

 Hasta en la escena más terrible vence ya el Reino de Cristo: un grupo de niños puestos en fila es invitado a renegar de Cristo o ser degollados uno a uno. El dolor, el miedo, el sufrimiento, son terribles, pero la realidad que vemos con los ojos de la cara es incompleta. Acaba el primero de ser degollado en un charco de sangre sobre la tierra, y ya se levanta en el Cielo a grandes saltos, arrojándose en los brazos de su Creador. Todo, todo el sufrimiento ha pasado; en esa escena terrible hay una ventana inmensa a la felicidad.

"Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos".

Salmo 118, 15


 Hasta el mal sirve para el bien, como la traición de Judas sirvió para la glorificación de Cristo y la salvación de todos los elegidos. Los malvados, sin quererlo, aumentan la victoria de sus víctimas. El demonio intenta hacer el mal, pero...

"Todo concurre al bien de los que aman a Dios"

(Carta de San Pablo a los Romanos 8,28) 

..."incluso el pecado"

(San Agustín, padre de la Iglesia, siglo V)

 En nosotros mismos hay verdad y mentira, hay bien y mal. Todo lo que no es verdad, lo que no viene de Dios, no está anclado en la realidad y no permenecerá, será como paja que se quema en el fuego. El resto, lo auténtico, lo verdadero, lo sano, lo que está sostenido por la gracia de Dios, eso sí permenecerá.

"El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo.
Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera, pasto o paja:
la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno.
Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego".

(Primera Carta de San Pablo a los Corintios 3, 10-15) 

 Sí, sólo quien está verdaderamente sobre la Roca, que es Cristo, que es lo verdadero, lo real, se salvará. Quizá muchos sin ni siquiera conocerle, aunque sin culpa suya, se salvarán, porque eran de la verdad y escucharon su voz... en su conciencia. En cambio, otros se condenarán, porque le rechazaron. Esa es la realidad, ese el el Reino de Cristo, aparentemente ocultado entre tanta parafernalia, entre tanto griterío falso. Está ya aquí. Es real, es más, es lo único verdaderamente real, pues todo lo demás es vanidad.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad"

(Eclesiastés 1,2)

 Por eso, vivamos en la realidad del Reino de Dios, acogiendo su misericordia, antes de que resplandezca su justicia, porque cuando Él llegue, sólo lo justo resplandecerá. Pone Santa Faustina Kowalska en labios de Jesús en una de sus revelaciones: "Antes de venir como Juez justo, abro de par en par la puerta de mi Misericordia".


«Dime, Padre común, pues eres justo, 
¿por qué ha de permitir tu providencia, 
que, arrastrando prisiones la inocencia, 
suba la fraude a tribunal augusto? 


¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto 

hace a tus leyes firme resistencia, 
y que el celo, que más la reverencia, 
gima a los pies del vencedor injusto? 

Vemos que vibran vitoriosas palmas 
manos inicas, la virtud gimiendo 
del triunfo en el injusto regocijo.» 

Esto decía yo, cuando, riendo, 
celestial ninfa apareció, y me dijo: 
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»


Bartolomé Leonardo de Argensola, siglo XVI

 De los hombres no veremos la justicia, pero sí veremos la justicia de Dios, y los que la esperan se saciarán de ella.

 "Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia,
porque serán saciados".

Jesús en el Evangelio según San Mateo 5, 6

Y será pronto, muy pronto, antes de que nos demos cuenta:


"¡MARANA THA, VEN, SEÑOR JESÚS!"

(Apocalipsis 22,20)



lunes, 16 de noviembre de 2015

Semillas de verdad en religiones no cristianas

Las religiones no cristianas tienen "semillas de verdad". Es la enseñanza de la Iglesia, expresada por el Concilio Vaticano II y recordada numerosas veces por San Juan Pablo II (ver abajo), especialmente en la Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida en su día por Joseph Ratzinger.
No cabe, por tanto, un rechazo total de las religiones que tienen "semillas de verdad", semillas que son reflejo del Verbo, de Dios mismo. Si las rechazáramos totalmente como algo malo, estaríamos rechazando también esas cosas buenas que contienen.
Decir eso no significa tampoco afirmar que son totalmente buenas, ni que salvan al hombre. Sólo la misericordia del Padre, merecida únicamente por el sacrificio de Cristo en nombre de cada persona, es capaz de salvarnos, uniendo misteriosamente a la Iglesia de Cristo a quienes ni siquiera le conocen, pero movidos misteriosamente por su gracia han aceptado su voz, inscrita en la conciencia de todo hombre. Las religiones no cristianas son mezcla de verdad sobre Dios con error y omisión, y tienen efectos buenos para el conocimiento de Dios y su ley natural en la medida que éste predomina sobre los errores. Algunas tienen una imagen de una divinidad claramente distinta, incluso opuesta al Dios verdadero, creador y bueno, llegando a ofrecer sacrificios humanos o promoviendo la violencia.
En la medida en que caen en eso, dejan de ser religión para convertirse en idolatría, ya sea por la adoración de criaturas naturales que no son Dios, o incluso adoración satánica. El diablo se las ingenia para tomar el lugar de Dios y prometer poder o protección a cambio de falsos sacrificios y crímenes, es decir, de graves pecados que alejan al hombre de Dios. Esto es evidente, por ejemplo, en los islamistas radicales. También a veces los cristianos podemos caer en idolatría, cuando decimos que adoramos a Dios pero no le seguimos en realidad a Él, presente en la enseñanza de la Iglesia, sino a ídolos materiales o, en ocasiones, al mismo Satanás.
En el extremo opuesto, los fieles de otras religiones -incluida el Islam- que piadosamente oran al Dios creador, bueno y justo, según se les ha enseñado y le ruegan según su conciencia, acorde con la ley natural, oran al mismo Dios que nosotros, aunque no le conozcan completamente o puedan tener deformaciones -y a veces más coincidencias profundas de las que pensamos y conocemos-. 
Dios es un modelo real, al que podemos conocer un poco, naturalmente, a través de su creación, de la razón y de nuestra propia conciencia. Artistas que le contemplan desde diversos lugares son capaces de dibujarle, aunque sea con una contemplación sólo parcial, y trasmitiendo al cuadro sus propios defectos como dibujantes. Estos cuadros ayudan a muchos a conocer al modelo; unos más, otros menos. Otros sin embargo, le deforman terriblemente, y hasta pintan al mismo demonio o a un objeto que se interpone entre ellos y el divino modelo.
En un momento dado, Dios se apiada del hombre y decide entregarle un cuadro perfecto, un cuadro que es tan perfecto que es Él mismo: Cristo, "imagen del Dios invisible" (Colosensses 1;15). Esta es la Revelación cristiana.
Aceptar y no rechazar lo que hay de bueno y santo en las otras religiones está en consonancia con el espíritu de la doctrina católica, del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña sin error.
De la Catequesis del 9 de Septiembre de 1998, San Juan Pablo II:"Recogiendo la enseñanza conciliar, ya desde la primera carta encíclica de mi pontificado, quise recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia, según la cual es necesario reconocer «las semillas del Verbo» presentes y operantes en las diferentes religiones (cf. Ad gentes, 11; Lumen gentium, 17). Esa doctrina nos impulsa a afirmar que, aunque por diversos caminos, «está dirigida, sin embargo, en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana» (Redemptor hominis, 11).Las «semillas de verdad» presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios, «que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y que se hizo carne en Cristo Jesús (cf. Jn 1, 14). Son, al mismo tiempo, «efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico» (cf. Redemptor hominis, 6 y 12) y que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8)". 
 Dice la declaración "Dominus Iesus", firmada por San Juan Pablo II, citando el Concilio Vaticano II (Nostra Aetate): "Teniendo en cuenta los valores que éstas [las demás tradiciones religiosas] testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres»".

jueves, 5 de noviembre de 2015

Fecundación in vitro: una experiencia.

 Un amigo me ha pedido que escriba algo sobre la fecundación in vitro. Podría redactar un texto dando explicaciones, pero sobre este punto puedo partir de la experiencia vivida, y creo que es mucho mejor.

 Mi mujer y yo llevábamos varios años esperando un niño que no venía. Precisamente, abrirnos a la vida había sido uno de los acicates de mi conversión a Cristo, pues me encontré con que, en cualquier momento, podríamos ser padres de un hijo, y me encontraba vacío, incapaz de enseñarle para qué vivimos. Entonces, el Señor me había salido al encuentro y me había devuelto a casa, a la Iglesia.

 Pero pasaban los años y los niños no venían. Entre mi mujer y yo se repetía cada mes aquella decepción silenciosa, oculta. Entonces me planteé la fecundación in vitro, pero tenía mis dudas sobre si la Iglesia la aprobaría. Yo mismo tenía sospechas éticas, como un vago sentimiento negativo hacia ese procedimiento, aunque racionalmente no encontraba el problema. Pensaba que la finalidad era claramente buena: traer una nueva personita a este mundo, a una familia donde sería amada. Y si la cuestión estribaba en que el procedimiento para hacerlo era artificial, eso no tenía en sí nada malo, al contrario. Muchas obras del hombre -artificiales- son buenas; los antibióticos son buenos y son artificiales, y curan las enfermedades. La fecundación in vitro -FIV- podría ser buena a pesar de ser artificial, solucionando ese problema que era nuestra falta de fertilidad, contribuyendo a traer al mundo una persona, un niño querido por Dios. No encontraba por qué iba a estar mal eso. Sabía que había cosas malas asociadas a la FIV, como la "reducción embrionaria", eufemismo con el que se designa la práctica de abortos para reducir el número de hijos en embarazos múltiples. En todo caso, estas eran cuestiones circunstanciales que podían evitarse.


 Pero tanto mi mujer como yo teníamos claro, aun en medio de cierta melancolía por la falta de hijos, que nos abandonábamos en los brazos de Dios, que queríamos hacer su voluntad. Entonces, en un momento tranquilo -en nuestro hogar de entonces aún había muchos- cogí mi libro de cabecera, el Catecismo de la Iglesia Católica. Acudí al índice temático de las últimas páginas y busqué "fecundación in vitro". Me fui a la página indicada y leí:

..."Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [...] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4)".
 
 No me quedaba ninguna duda, por tanto, de que para Iglesia la FIV era inaceptable. Me sentía identificado con algunas otras cosas que se decían, porque efectivamente no vivíamos nuestra esterilidad como "un mal absoluto" y se la ofrecíamos al Señor. También esperábamos al hijo como un "don", no como un derecho. Pero seguía sin entender qué había de malo en la FIV. Es verdad que disociaba el acto sexual de la procreación; pero al fin y al cabo, era por necesidad, no por voluntad, y era para un bien mayor. ¿Qué había tan intrínsecamente malo en ello como para no aceptarlo en caso de necesidad?

 Tal vez la voluntad de Dios fuera que adoptáramos un niño -era una de las posibilidades que también se sugerían-, pero yo seguía sin comprender. Sin embargo, aunque no entendía las razones expuestas, sí vi que la voluntad de Dios era que hiciéramos caso a la Iglesia. Él no podía querer que tuviésemos en más estima nuestro criterio que el de su Iglesia, la que fundó para ayudarnos. Al fin y al cabo, a mí se me podrían escapar muchas cosas, razones que quizá era incapaz de entender. Tomé una decisión: hacer caso a Dios, pues ya nos habíamos abandonado en su voluntad, y seguir la enseñanza de su Iglesia. La Iglesia podría tal vez equivocarse en esto, pero me parecía bastante más probable que fuera yo el equivocado; y aunque no lo fuera, para mí estaba claro que Dios no quería que desobedeciéramos, sino que esta era una ocasión para abandonarnos en su voluntad, para confiar. También es verdad que me facilitaba entenderlo así la figura paternal de San Juan Pablo II, un hombre santo, sabio y lleno de misericordia, que no diría algo así por decir, ni mucho menos por fastidiar.

 Se lo conté a mi esposa y estuvo de acuerdo, aun sin comprender tampoco. Le pedí al Señor que nos ayudara a entender. Y sí, de momento, al menos, tras aceptar la negativa a la FIV, veía más claros los inconvenientes colaterales (abortos, masturbación, etc.). También aprendí que realmente su "eficacia" -resulta extraño usar esta palabra utilitarista para referirse a la procreación de seres humanos, es como cosificarlos- era bastante baja, y un estudio había mostrado que había tantos niños de parejas que se sometían a una FIV como de los que estaban en lista de espera. Otro estudio mostraba que, dada la baja "eficiencia" -otra vez el utilitarismo- de la técnica, había que producir de media 27 embriones para que uno sólo de ellos llegara a nacer. Muchos no se implantaban siquiera, y aun de los implantados muchos no salían adelante. Por tanto, indirectamente se estaba provocando una masacre, y si nos hubiéramos empeñado por ese camino, habríamos caído en ella. Me sentí aliviado de no haber caído en eso; si hubiera tomado otra decisión, tal vez ni siquiera habría reparado en ello. Pero seguía sin comprender la razón esencial del problema.

 Nuestra propia vida sexual, nuestra concepción de la sexualidad, estaba aún algo contaminada de la mentalidad anticonceptiva, sin saberlo. Esta mentalidad ensucia verdaderamente el acto sexual. Tanto es así, que una absurda idea falsamente cristiana, decía que "Dios es tan caballero, que cuando los esposos hacen el amor, se ausenta y cierra la puerta". Pero eso no es lo que dice Dios en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Tobías, al casarse con Sara, se va con ella al lecho y, unidos, hacen una oración al Señor antes de acostarse juntos. Leer esto fue para mí un vuelco en la concepción de la sexualidad. En la oración de Tobías y Sara, se muestra que en su sexualidad no hay nada que ocultar, todo lo contrario, hay algo que ofrecer -incluso orgullosamente- a Dios. Su lecho se convierte en un altar, el altar del amor y la vida, un altar en que los cuerpos unidos se abren a la acción de Dios y se convierten en santuario del inicio de la vida.

 Con el tiempo comprendí internamente que esta unión de los misterios del amor y de la vida era algo muy grande, y es una gran dignidad para el hombre ser concebido así. Es obvio que Dios va a amar igual a un hijo concebido con FIV, es más, lo ha amado desde la eternidad, y hasta se ha servido de ese mal para traer al mundo a ese que Él ha creado por amor. Incluso, llevando las cosas a un extremo muy distante, pero que tal vez nos ayude para comprender, sabemos que Dios amó desde el principio y quiso que existiera un niño que haya sido concebido como consecuencia de un "rollo" de fin de semana, o incluso de una violación. Pero la voluntad de Dios es que los seres humanos seamos concebidos en ese acto maravilloso que es la sexualidad entre los esposos.

 Por tanto, con todo sentido nos habíamos abandonado a la voluntad de Dios y nos habíamos puesto a su espera.

 Pasó el tiempo y los niños no venían. Tras casi diez años sin descendencia, fuimos a Lourdes en la festividad de la Asunción de la Virgen, a rogarle por esa intención. Coincidimos con el último viaje de San Juan Pablo II fuera de Italia. Allí estuvimos, tras él, nosotros al otro lado del río, rezando frente a la gruta de Massabielle, lugar de la aparición. Mi mujer tenía un endometrioma recién diagnosticado, y tuvo que ser atendida allí mismo por un leve sangrado. Salimos de aquel encuentro de oración en ambulancia.


 Meses después, el endometrioma se rompió, causándole un daño interno que hizo que la tuvieran que intervenir de urgencia, tras horas de intensísimos dolores. Dentro del endometrioma había un tumor oculto que estaba a medio camino entre la benignidad y la malignidad. Después de la operación, el médico nos dijo que era mejor reintervenir y quitar totalmente el útero y los ovarios, antes siquiera de preguntar si teníamos hijos. Era el día de la Inmaculada Concepción. Contra la cerrazón del médico, pedimos otra opinión y nos dijeron que no era necesario extirparlo todo, pero que si en más de diez años no habíamos tenido hijos, tras esa intervención en la que sólo había quedado un trocito del ovario derecho, sería imposible. Otra médico, anatomopatóloga, nos tranquilizó y nos confirmó que el tumor no exigía necesariamente el "vaciamiento" que nos proponían.

 Hoy somos familia numerosa: tenemos un niño y dos niñas preciosos, "porque para Dios nada hay imposible" (Lc 1,37). Han pasado más de diez años desde la operación y el tumor no ha vuelto a aparecer.

 Comprendemos el dolor de las personas que no tienen hijos. Entendemos que nuestro caso no ocurrirá a todo el mundo, y habrá personas que se quedarán sin hijos. También hemos visto la alegría de padres que han adoptado, y existen además opciones éticas para facilitar el embarazo, como el método Billings -merece la pena, al menos, para comprobar si se tienen ciclos fértiles- o la moderna naprotecnonogía. Pero en cualquier caso, adoptando, teniendo hijos o sin tenerlos, creemos que merece la pena buscar la voluntad de Dios y hacerla.

 Espero que todo sea para mayor gloria de Dios y que nuestra experiencia pueda ayudar a otros.
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