jueves, 5 de noviembre de 2015

Fecundación in vitro: una experiencia.

 Un amigo me ha pedido que escriba algo sobre la fecundación in vitro. Podría redactar un texto dando explicaciones, pero sobre este punto puedo partir de la experiencia vivida, y creo que es mucho mejor.

 Mi mujer y yo llevábamos varios años esperando un niño que no venía. Precisamente, abrirnos a la vida había sido uno de los acicates de mi conversión a Cristo, pues me encontré con que, en cualquier momento, podríamos ser padres de un hijo, y me encontraba vacío, incapaz de enseñarle para qué vivimos. Entonces, el Señor me había salido al encuentro y me había devuelto a casa, a la Iglesia.

 Pero pasaban los años y los niños no venían. Entre mi mujer y yo se repetía cada mes aquella decepción silenciosa, oculta. Entonces me planteé la fecundación in vitro, pero tenía mis dudas sobre si la Iglesia la aprobaría. Yo mismo tenía sospechas éticas, como un vago sentimiento negativo hacia ese procedimiento, aunque racionalmente no encontraba el problema. Pensaba que la finalidad era claramente buena: traer una nueva personita a este mundo, a una familia donde sería amada. Y si la cuestión estribaba en que el procedimiento para hacerlo era artificial, eso no tenía en sí nada malo, al contrario. Muchas obras del hombre -artificiales- son buenas; los antibióticos son buenos y son artificiales, y curan las enfermedades. La fecundación in vitro -FIV- podría ser buena a pesar de ser artificial, solucionando ese problema que era nuestra falta de fertilidad, contribuyendo a traer al mundo una persona, un niño querido por Dios. No encontraba por qué iba a estar mal eso. Sabía que había cosas malas asociadas a la FIV, como la "reducción embrionaria", eufemismo con el que se designa la práctica de abortos para reducir el número de hijos en embarazos múltiples. En todo caso, estas eran cuestiones circunstanciales que podían evitarse.


 Pero tanto mi mujer como yo teníamos claro, aun en medio de cierta melancolía por la falta de hijos, que nos abandonábamos en los brazos de Dios, que queríamos hacer su voluntad. Entonces, en un momento tranquilo -en nuestro hogar de entonces aún había muchos- cogí mi libro de cabecera, el Catecismo de la Iglesia Católica. Acudí al índice temático de las últimas páginas y busqué "fecundación in vitro". Me fui a la página indicada y leí:

..."Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [...] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4)".
 
 No me quedaba ninguna duda, por tanto, de que para Iglesia la FIV era inaceptable. Me sentía identificado con algunas otras cosas que se decían, porque efectivamente no vivíamos nuestra esterilidad como "un mal absoluto" y se la ofrecíamos al Señor. También esperábamos al hijo como un "don", no como un derecho. Pero seguía sin entender qué había de malo en la FIV. Es verdad que disociaba el acto sexual de la procreación; pero al fin y al cabo, era por necesidad, no por voluntad, y era para un bien mayor. ¿Qué había tan intrínsecamente malo en ello como para no aceptarlo en caso de necesidad?

 Tal vez la voluntad de Dios fuera que adoptáramos un niño -era una de las posibilidades que también se sugerían-, pero yo seguía sin comprender. Sin embargo, aunque no entendía las razones expuestas, sí vi que la voluntad de Dios era que hiciéramos caso a la Iglesia. Él no podía querer que tuviésemos en más estima nuestro criterio que el de su Iglesia, la que fundó para ayudarnos. Al fin y al cabo, a mí se me podrían escapar muchas cosas, razones que quizá era incapaz de entender. Tomé una decisión: hacer caso a Dios, pues ya nos habíamos abandonado en su voluntad, y seguir la enseñanza de su Iglesia. La Iglesia podría tal vez equivocarse en esto, pero me parecía bastante más probable que fuera yo el equivocado; y aunque no lo fuera, para mí estaba claro que Dios no quería que desobedeciéramos, sino que esta era una ocasión para abandonarnos en su voluntad, para confiar. También es verdad que me facilitaba entenderlo así la figura paternal de San Juan Pablo II, un hombre santo, sabio y lleno de misericordia, que no diría algo así por decir, ni mucho menos por fastidiar.

 Se lo conté a mi esposa y estuvo de acuerdo, aun sin comprender tampoco. Le pedí al Señor que nos ayudara a entender. Y sí, de momento, al menos, tras aceptar la negativa a la FIV, veía más claros los inconvenientes colaterales (abortos, masturbación, etc.). También aprendí que realmente su "eficacia" -resulta extraño usar esta palabra utilitarista para referirse a la procreación de seres humanos, es como cosificarlos- era bastante baja, y un estudio había mostrado que había tantos niños de parejas que se sometían a una FIV como de los que estaban en lista de espera. Otro estudio mostraba que, dada la baja "eficiencia" -otra vez el utilitarismo- de la técnica, había que producir de media 27 embriones para que uno sólo de ellos llegara a nacer. Muchos no se implantaban siquiera, y aun de los implantados muchos no salían adelante. Por tanto, indirectamente se estaba provocando una masacre, y si nos hubiéramos empeñado por ese camino, habríamos caído en ella. Me sentí aliviado de no haber caído en eso; si hubiera tomado otra decisión, tal vez ni siquiera habría reparado en ello. Pero seguía sin comprender la razón esencial del problema.

 Nuestra propia vida sexual, nuestra concepción de la sexualidad, estaba aún algo contaminada de la mentalidad anticonceptiva, sin saberlo. Esta mentalidad ensucia verdaderamente el acto sexual. Tanto es así, que una absurda idea falsamente cristiana, decía que "Dios es tan caballero, que cuando los esposos hacen el amor, se ausenta y cierra la puerta". Pero eso no es lo que dice Dios en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Tobías, al casarse con Sara, se va con ella al lecho y, unidos, hacen una oración al Señor antes de acostarse juntos. Leer esto fue para mí un vuelco en la concepción de la sexualidad. En la oración de Tobías y Sara, se muestra que en su sexualidad no hay nada que ocultar, todo lo contrario, hay algo que ofrecer -incluso orgullosamente- a Dios. Su lecho se convierte en un altar, el altar del amor y la vida, un altar en que los cuerpos unidos se abren a la acción de Dios y se convierten en santuario del inicio de la vida.

 Con el tiempo comprendí internamente que esta unión de los misterios del amor y de la vida era algo muy grande, y es una gran dignidad para el hombre ser concebido así. Es obvio que Dios va a amar igual a un hijo concebido con FIV, es más, lo ha amado desde la eternidad, y hasta se ha servido de ese mal para traer al mundo a ese que Él ha creado por amor. Incluso, llevando las cosas a un extremo muy distante, pero que tal vez nos ayude para comprender, sabemos que Dios amó desde el principio y quiso que existiera un niño que haya sido concebido como consecuencia de un "rollo" de fin de semana, o incluso de una violación. Pero la voluntad de Dios es que los seres humanos seamos concebidos en ese acto maravilloso que es la sexualidad entre los esposos.

 Por tanto, con todo sentido nos habíamos abandonado a la voluntad de Dios y nos habíamos puesto a su espera.

 Pasó el tiempo y los niños no venían. Tras casi diez años sin descendencia, fuimos a Lourdes en la festividad de la Asunción de la Virgen, a rogarle por esa intención. Coincidimos con el último viaje de San Juan Pablo II fuera de Italia. Allí estuvimos, tras él, nosotros al otro lado del río, rezando frente a la gruta de Massabielle, lugar de la aparición. Mi mujer tenía un endometrioma recién diagnosticado, y tuvo que ser atendida allí mismo por un leve sangrado. Salimos de aquel encuentro de oración en ambulancia.


 Meses después, el endometrioma se rompió, causándole un daño interno que hizo que la tuvieran que intervenir de urgencia, tras horas de intensísimos dolores. Dentro del endometrioma había un tumor oculto que estaba a medio camino entre la benignidad y la malignidad. Después de la operación, el médico nos dijo que era mejor reintervenir y quitar totalmente el útero y los ovarios, antes siquiera de preguntar si teníamos hijos. Era el día de la Inmaculada Concepción. Contra la cerrazón del médico, pedimos otra opinión y nos dijeron que no era necesario extirparlo todo, pero que si en más de diez años no habíamos tenido hijos, tras esa intervención en la que sólo había quedado un trocito del ovario derecho, sería imposible. Otra médico, anatomopatóloga, nos tranquilizó y nos confirmó que el tumor no exigía necesariamente el "vaciamiento" que nos proponían.

 Hoy somos familia numerosa: tenemos un niño y dos niñas preciosos, "porque para Dios nada hay imposible" (Lc 1,37). Han pasado más de diez años desde la operación y el tumor no ha vuelto a aparecer.

 Comprendemos el dolor de las personas que no tienen hijos. Entendemos que nuestro caso no ocurrirá a todo el mundo, y habrá personas que se quedarán sin hijos. También hemos visto la alegría de padres que han adoptado, y existen además opciones éticas para facilitar el embarazo, como el método Billings -merece la pena, al menos, para comprobar si se tienen ciclos fértiles- o la moderna naprotecnonogía. Pero en cualquier caso, adoptando, teniendo hijos o sin tenerlos, creemos que merece la pena buscar la voluntad de Dios y hacerla.

 Espero que todo sea para mayor gloria de Dios y que nuestra experiencia pueda ayudar a otros.

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