lunes, 16 de noviembre de 2015

Semillas de verdad en religiones no cristianas

Las religiones no cristianas tienen "semillas de verdad". Es la enseñanza de la Iglesia, expresada por el Concilio Vaticano II y recordada numerosas veces por San Juan Pablo II (ver abajo), especialmente en la Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida en su día por Joseph Ratzinger.
No cabe, por tanto, un rechazo total de las religiones que tienen "semillas de verdad", semillas que son reflejo del Verbo, de Dios mismo. Si las rechazáramos totalmente como algo malo, estaríamos rechazando también esas cosas buenas que contienen.
Decir eso no significa tampoco afirmar que son totalmente buenas, ni que salvan al hombre. Sólo la misericordia del Padre, merecida únicamente por el sacrificio de Cristo en nombre de cada persona, es capaz de salvarnos, uniendo misteriosamente a la Iglesia de Cristo a quienes ni siquiera le conocen, pero movidos misteriosamente por su gracia han aceptado su voz, inscrita en la conciencia de todo hombre. Las religiones no cristianas son mezcla de verdad sobre Dios con error y omisión, y tienen efectos buenos para el conocimiento de Dios y su ley natural en la medida que éste predomina sobre los errores. Algunas tienen una imagen de una divinidad claramente distinta, incluso opuesta al Dios verdadero, creador y bueno, llegando a ofrecer sacrificios humanos o promoviendo la violencia.
En la medida en que caen en eso, dejan de ser religión para convertirse en idolatría, ya sea por la adoración de criaturas naturales que no son Dios, o incluso adoración satánica. El diablo se las ingenia para tomar el lugar de Dios y prometer poder o protección a cambio de falsos sacrificios y crímenes, es decir, de graves pecados que alejan al hombre de Dios. Esto es evidente, por ejemplo, en los islamistas radicales. También a veces los cristianos podemos caer en idolatría, cuando decimos que adoramos a Dios pero no le seguimos en realidad a Él, presente en la enseñanza de la Iglesia, sino a ídolos materiales o, en ocasiones, al mismo Satanás.
En el extremo opuesto, los fieles de otras religiones -incluida el Islam- que piadosamente oran al Dios creador, bueno y justo, según se les ha enseñado y le ruegan según su conciencia, acorde con la ley natural, oran al mismo Dios que nosotros, aunque no le conozcan completamente o puedan tener deformaciones -y a veces más coincidencias profundas de las que pensamos y conocemos-. 
Dios es un modelo real, al que podemos conocer un poco, naturalmente, a través de su creación, de la razón y de nuestra propia conciencia. Artistas que le contemplan desde diversos lugares son capaces de dibujarle, aunque sea con una contemplación sólo parcial, y trasmitiendo al cuadro sus propios defectos como dibujantes. Estos cuadros ayudan a muchos a conocer al modelo; unos más, otros menos. Otros sin embargo, le deforman terriblemente, y hasta pintan al mismo demonio o a un objeto que se interpone entre ellos y el divino modelo.
En un momento dado, Dios se apiada del hombre y decide entregarle un cuadro perfecto, un cuadro que es tan perfecto que es Él mismo: Cristo, "imagen del Dios invisible" (Colosensses 1;15). Esta es la Revelación cristiana.
Aceptar y no rechazar lo que hay de bueno y santo en las otras religiones está en consonancia con el espíritu de la doctrina católica, del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña sin error.
De la Catequesis del 9 de Septiembre de 1998, San Juan Pablo II:"Recogiendo la enseñanza conciliar, ya desde la primera carta encíclica de mi pontificado, quise recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia, según la cual es necesario reconocer «las semillas del Verbo» presentes y operantes en las diferentes religiones (cf. Ad gentes, 11; Lumen gentium, 17). Esa doctrina nos impulsa a afirmar que, aunque por diversos caminos, «está dirigida, sin embargo, en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana» (Redemptor hominis, 11).Las «semillas de verdad» presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios, «que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y que se hizo carne en Cristo Jesús (cf. Jn 1, 14). Son, al mismo tiempo, «efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico» (cf. Redemptor hominis, 6 y 12) y que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8)". 
 Dice la declaración "Dominus Iesus", firmada por San Juan Pablo II, citando el Concilio Vaticano II (Nostra Aetate): "Teniendo en cuenta los valores que éstas [las demás tradiciones religiosas] testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres»".

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