sábado, 5 de diciembre de 2015

Sobre el Magisterio de la Iglesia, nuestra guía

 A menudo los cristianos tenemos dudas sobre la interpretación de determinados pasajes del Evangelio, o sobre cuestiones morales, etc. ¿La misericordia de Dios supone que todos nos salvemos? ¿Es buena la inseminación artificial? ¿Se pueden salvar los no creyentes? En el Magisterio de la Iglesia, expresado de forma resumida en el Catecismo, tenemos un auténtico tesoro que podemos aprovechar. Es más, sin él no podemos entender mucho, y nos arriesgamos a ir siempre entendiendo las cosas a medias, o a nuestra manera (confusa).

 Para entender las Escrituras necesitamos hacerlo a la luz del mismo Espíritu Santo que inspiró a los autores sagrados. Y ese Espíritu Santo que nos ayuda a entender la verdad trasmitida por Cristo, es precisamente el don que prometió a su Iglesia antes de partir:

"Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros".
Juan 16,12-15 
 Esto ocurre igualmente con la Tradición de la Iglesia. Tradición y Escrituras constituyen la fuente por la que nos llega el agua de la Revelación, la Palabra de Dios. Y para entender bien esta Palabra necesitamos al Espíritu Santo prometido. Esa interpretación auténtica, que nos ayuda tanto, es el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu Santo. Corresponde al Papa y a los obispos en comunión con él.

 Saber eso es fundamental, y distinguir lo que es verdaderamente Magisterio de lo que no lo es, resulta clave para avanzar en el conocimiento de nuestra fe.

 Hay personas que dicen: "yo creo sólo en los dogmas de fe, o en lo que está definido de forma infalible, ex-cátedra". Pero eso es desconocer lo que es y significa el Magisterio. De hecho, los dogmas y las proclamaciones ex-catedra son pocos, y corresponden principalmente a cuestiones que han sido puestas en duda por una parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. Entonces, han necesitado un Concilio o una definición solemne para poner en claro cuál era la verdad. Pero hay muchísimas cuestiones importantes que no han sido definidas dogmáticamente, porque no han sido puestas en duda seriamente. Por ejemplo: que "nuestras oraciones son escuchadas por Dios". ¿Podría uno vivir como cristiano sin creer esto? Para nada. Y sin embargo, no ha habido una definición dogmática sobre eso, porque no ha sido puesto en duda.

 Más frecuente aún es creer que la Iglesia va cambiando su enseñanza a lo largo de los siglos, o creer que hay distintas corrientes dentro de la propia Iglesia que piensan de forma distinta. Eso no es así, y la confusión ocurre porque no se ha aprendido a diferenciar lo que es el verdadero Magisterio de la opinión personal -y a veces en desobediencia- de personas, teólogos o sacerdotes, por abundantes que sean. Por ejemplo, el "limbo" fue una opinión que pareció mayoritaria durante algún tiempo, y que incluso llegó a ser enseñada en muchos seminarios, pero jamás fue Magisterio de la Iglesia. Cuando el Papa Benedicto XVI se pronunció al respecto, negando su existencia, eso sí constituyó un acto del Magisterio,  y cone so el Magisterio no cambió, porque nunca había enseñado lo contrario. Así, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, o sobre la anticoncepción, o sobre la resurrección de Cristo verdaderamente en la carne, no podemos decir que haya distintas opiniones en diversas corrientes o sectores de la Iglesia. Lo que sucede realmente es que hay una sola doctrina de la Iglesia, y cristianos que mantienen opiniones personales en discrepancia o desobediencia a esa doctrina. Y por muy laureados que sean, por mucha cátedra que ostenten, muy alto cargo que ocupen, o por muchos que sean en número, nunca su opinión puede ser considerada como el Magisterio de la Iglesia, sino que será una mera opinión personal en contra de la enseñanza de la Iglesia y en desobediencia a la misma.

 Sí es verdad que el Magisterio de la Iglesia está vivo, y que cada vez la Iglesia va al alcanzando una mayor explicitación de las enseñanzas reveladas, sin que el Magisterio pueda cambiarlas. Todo esto se expresa maravillosamente en la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II.

 Es más, existe un sentido sobrenatural de la verdad de la fe, que es un don de Dios a sus hijos y a su Iglesia, que es conocido como "sensus eclesiae". Nos lleva a encontrar la verdad y a apartarnos de los errores al interpretar la Palabra de Dios; es una iluminación espiritual interior que nos ayuda, y que nos mantiene en comunión, en la unidad de lo esencial. Necesitamos esa unidad en lo esencial, como dijo San Agustín: "In necesariis unitas, un dubiis libertas, in omnibus caritas" (en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad).

 El Magisterio de la Iglesia es un gran don de Jesús para todos los cristianos. Recordemos cuando Jesús andaba por la orilla del lago y vio a la muchedumbre y le dio lástima, porque andaban confundidos, "como ovejas sin pastor". Por eso nos dejó pastores y nos prometió el Espíritu Santo. Si no fuera por Él, por el Espíritu Santo, esa transmisión de la Tradición se habría corrompido con el paso de las generaciones, como en ese juego de los "disparates", en el que uno dice un mensaje a otro al oído, y este a otro, y así varias veces, y el mensaje del último es disparatado con respecto al original. Para que eso no ocurriera, el Señor envió al Espíritu Santo a su Iglesia.

 Creer lo que nos enseña el Magisterio es una forma de creer firmemente en el Espíritu Santo. Además, es una forma de obedecer a la autoridad de Cristo. Porque siempre el Magisterio es dado con la autoridad de Cristo. Y confiamos en él no por las bondades humanas del Papa y los obispos, no por su sabiduría, ciencia y rectitud moral -que ayudan cuando existen, claro- sino que confiamos en el Magisterio porque confiamos en el Espíritu Santo.

 Aquí es necesario decir también que todo el Magisterio se complementa, que tiene grados, y que no todo lo que dice o hace el Papa es Magisterio. Si, por poner un ejemplo extremo, el Papa dice que mañana va a llover, o se confunde y cree que las mareas son cada ocho horas en lugar de cada seis, esos no son actos del Magisterio. Si da una disposición disciplinar por la cual los sacerdotes deben llevar sotana amarilla, eso tampoco es un acto del Magisterio. En cambio, si escribe una encíclica sobre temas de fe o moral, eso es un acto del Magisterio, y de los más importantes, que debemos reconocer como tal, leer en consonacia con el resto del Magisterio de la Iglesia, y asimilar de forma adecuada para nuestra fe y vida cristiana.

 Este es el problema de los protestantes: se quedan con la Biblia sola, sin atender al Magisterio, interpretándola cada uno en oración, asumiendo que está ayudado por el Espíritu Santo. Leer la Biblia y asimilar su enseñanza en oración es perfecto, eso es lo que hay que hacer; pero, sin el Magisterio de la Iglesia, estamos negándonos a la iluminación necesaria que el Espíritu Santo nos da por esa mediación, y podemos sacar interpretaciones múltiples y divergentes de la misma Escritura. Así se acaba la unidad en lo esencial y los cristianos se dividen en grupos que interpretan la enseñanza de Cristo de forma distinta -y por tanto, errónea en muchos casos-. ¿Es esto lo que quiere Dios? ¡Claro que no! Algo parecido les pasa a los tradicionalistas cismáticos, que no aceptan una parte del Magisterio; al rechazarlo se sitúan por encima de él, rechazando la posibilidad de que sean ellos los que no lo entienden bien, o de entenderlo mejor en consonacia con el resto de las enseñanzas eclesiales.

 Cristo no nos ha dado la Iglesia para fastidiarnos, sino para ayudarnos, porque la necesitamos. Con todos sus defectos humanos, con las traiciones y abominaciones de los que somos sus indignos miembros, sigue siendo la mediación querida por Cristo para nosotros. ¡Nos equivocamos tanto en la vida...! Y queremos estar siempre acertados sobre cuestiones que, incluso, muchas veces, sobrepasan nuestra capacidad. Escuchar el Magisterio de la Iglesia, dejarse enseñar por él, es verdadera sabiduría. Sería soberbio empeñarnos en creer que la Iglesia, asitida por el Espíritu Santo en su Magisterio, es la equivocada, y no nosotros. Dejémonos enseñar, incluso en lo que no acabamos de entender del todo, y muchas veces ese será el principio del camino para empezar e entender.

 Este es también el testimonio de los santos: todos siguieron la enseñanza de la Iglesia, sin excepción, y en su vida mostraron la unión con Cristo. Y es la enesñanza de María, que aun lo que no entendía de Jesús, lo guardaba como un tesoro en su memoria y lo paladeaba en su corazón (Lc 2,19). Ese es el auténtico camino, humilde, de la verdadera sabiduría, de quienes se dejan enseñar por Cristo y su Autoridad, dada a la Iglesia.

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