domingo, 24 de abril de 2016

El plan de Dios sobre la sexualidad

 Dios creó el amor entre el hombre y la mujer como imagen y semejanza del propio Amor que existe en Sí mismo, en la Trinidad. Porque Dios no está solo, es comunión de Amor.

 Hombre y mujer son cuerpo y alma integrados, y por eso se aman con el alma y con el cuerpo. El acto de amor es una entrega total, entre el hombre y la mujer que se unen en comunión de amor, y eso implica un amor único, fiel, para siempre, que da como fruto una familia. Al unirse están restaurando esa unidad del Paraíso, cuando estaban desnudos y no se avergonzaban, porque ambos se miraban limpiamente, como se miran la esposa y el esposo. Esa unión sexual es querida por Dios, es una entrega total entre ambos, les une en todos los sentidos y les hace fecundos. El misterio de la vida está unido a ese misterio del amor, que también viene de Dios.

 Esa es la maravilla que Dios ha creado. En contrario, y por el pecado, del que Cristo ha venido a liberarnos entregando su vida, se da un materialismo sexual, que deshumaniza el sexo, pervierte la intención de Dios y daña a las personas y su dignidad. Además, materializar la sexualidad dificulta vivir esa maravilla que es el matrimonio y la familia con amor fiel. Como hombre y mujer no pueden separar cuerpo y alma, la falsa entrega del cuerpo por puro placer produce heridas espirituales y heridas en el corazón que les dañan y degradan. En cambio, vivir una sexualidad con integridad les ayuda a respetarse como personas y conocerse de verdad, aparta esa dominación del hombre sobre la mujer que se produce como consecuencia del pecado, de la caída.
 
 Por eso, Dios nos advierte contra esa materialización del sexo en el sexto mandamiento: "no cometerás actos impuros", y más aún en el noveno: "no consentirás pensamientos ni deseos impuros". No lo hace parta fastidiarnos, sino para hacernos felices, porque ese camino de integridad es el que nos lleva a la verdadera felicidad y el verdadero disfrute en la unión del hombre y la mujer que Él ha querido. Querer y procurar lo mejor para uno mismo y para aquellos a quienes ama es la verdadera libertad que merece la pena, y conlleva también una renuncia a lo que nos aparta de ello. Se llama "integridad", y en materia sexual, se utiliza una palabra que se ha deformado hasta hacerla parecer algo malo o de la Edad Media -en sentido peyorativo-, cuando es bien para todos: es la "castidad", que significa "pureza", "integridad".

 Jesús nos dice que lo que nos contamina no es lo que entra en nosotros, sino lo que sale de nuestro corazón: "Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre, no el comer sin haberse lavado las manos". Mateo 15, 19-20.

 Y por eso, Jesús, que con su Muerte y Resurrección nos da poder por la fe y los sacramentos, para liberarnos del pecado, va más allá incluso que el Antiguo Testamento y nos llama a una integridad mayor: "Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero yo os digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón". Mateo 5, 27-28.

 Esto no es un pensamiento de la Edad Media, es una enseñanza del Señor para siempre, porque sólo la verdad nos hace libres, como nos dijo Jesús.
La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.
Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.
Salmo 19, 8-10

jueves, 14 de abril de 2016

El matrimonio es algo mucho más serio de lo que vemos

No os dejéis engañar por falsos profetas


 Hermanos, en este mundo, lleno de prisas, ansias y cachibaches, nos fijamos en la apariencia de las cosas y estamos ciegos para lo espiritual, que es la realidad que penetra todo lo humano.

 Eso nos pasa con el matrimonio. El matrimonio es uno, es fiel, es para unir a los esposos en un amor de toda la vida y para fundar una familia, para tener hijos, criarlos y educarlos. Pero eso, con ser una sublime maravilla, no es todo, porque:

 EL MATRIMONIO ES LA MUESTRA DE LA ALIANZA DE DIOS CON SU PUEBLO

 EN ÉL LATE EL MISTERIO DE LAS BODAS DE CRISTO CON SU IGLESIA

 Por eso, el matrimonio, que parece y es una sublime maravilla, es aún mucho más de lo que parece, y es SAGRADO.

 Eso es muy serio. Es abominable que, con la excusa de la Exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia, que ni pretende cambiar esta doctrina sagrada sobre el matrimonio ni podría cambiarla, algunos estén justificando una segunda unión tras un matrimonio válido.

 Tan serio es esto para Dios, que Jesús fue mucho más allá de la ley de Moisés, y avisó que:

"Quien mira a una mujer casada deseándola, comete adulterio en su corazón".
(Evangelio según San Mateo 5,28)

 Sólo mirar, ¿entendemos? ¿Entendemos con qué extremo y divino celo nos mostró Jesús el respeto debido al sagrado vínculo del matrimonio? Casi nadie en Israel era capaz entonces de escuchar esas duras palabras, y menos en nuestra sociedad alienada, olvidada de las realidades espirituales que subyacen en todo lo humano. Pero es la pura verdad, la pura verdad.

 No, hermanos, no os engañéis, ni os dejéis engañar por falsos profetas, ni por quienes pretenden separar la misericordia de la verdad. Una segunda unión tras un matrimonio válido parece una maravilla, pero es un pecado, pecado de adulterio. En ella puede haber en apariencia casi todo lo que en apariencia hay en un matrimonio verdadero: amor y sacrificio, porque el hombre y la mujer están capacitados para ello; un amor que anhela ser para siempre, porque en ellos late siempre ese anhelo del verdadero amor, una familia e hijos que son amados, cuidados y educados, porque en el padre y la madre está esa naturaleza, herida pero no muerta, que les hace amar y criar a sus hijos con amor. Pero esa segunda unión tras un matrimonio válido no es muestra de alianza de Dios con su pueblo, ni entra en el misterio de las bodas de Cristo con su Iglesia. Todo lo contrario, aunque parezca algo muy bueno, y por mucho que esto sea difícil de escuchar, es un ataque, un gran pecado, un contratestimonio de la alianza fiel de Dios con su Iglesia. No hay fidelidad, porque la verdadera y única fidelidad que deben un hombre o una mujer casados, es con sus respectivos cónyuges verdaderos, pase lo que pase.

 Por supuesto que a veces la convivencia de un matrimonio debe cortarse, por amenazas, maltratos, faltas continuas de respeto, etc. Pero que se rompa la convivencia no permite romper el matrimonio, todo lo contrario.

 Quien esté en la situación de una segunda unión tras un matrimonio válido, está en una situación de pecado grave, y el Señor no puede querer que eso se mantenga. ¿Debe eso apartarle de Dios, aunque por el momento se sienta incapaz de ver una salida a todo ello? Para nada, precisamente quienes tienen más derecho a la misericordia de Dios son los pecadores. Los israelitas tampoco veían salida y Dios les abrió un camino en medio del mar...

 Nosotros no podemos hacer otra cosa que acompañar esa misericordia de Dios. Pero la misericordia no es ni omitir la realidad, ni difuminarla, ni disfrazarla. No es verdadera misericordia decir a los demás lo que creemos que quisieran oír. Tienen derecho, de parte de Dios, a saber la verdad, y la verdad no es otra que esas situaciones no son matrimonio, por mucho que lo parezcan. Son pecado.

 Excepto para los falsos profetas. Para quienes quieran ser engañados, siempre habrá uno o varios profetas dispuestos a halagarles el oído, pero sus palabras desaparecerán mientras ellos caigan. Hoy los medios están repletos de sus palabras. Unas palabras en las que no hay verdadera sabiduría, sólo una falsa compasión y conveniencia.

 El matrimonio es una cosa muy seria, es sagrado. Nadie puede romper lo que Dios unió, y nadie puede llamar bien al pecado ni minimizar su maldad. Nadie. Nunca.

 Por eso, el que se casa, que sepa que es en fidelidad y para siempre, o no se case. Está comprometido a fidelidad de por vida pase lo que pase. Podrá separarse si no hay más remedio, pero deberá ser siempre fiel a ese matrimonio, como Dios es fiel a su pueblo aunque le abandone. Para eso, no le faltará su gracia si se la pide.

 Y por eso es tan importante, para quien está en una de esas situaciones, y merece la pena hacerlo aunque cueste, averiguar y poner de manifiesto si su primer matrimonio fue válido o no.  Porque la relación que está viviendo puede ser una cosa totalmente distinta, y realmente distinta, si el matrimonio primero no existió y esta segunda unión sí puede recibir el sacramento del matrimonio. Si miramos de forma mundana no lo vemos, porque las dos situaciones, estar casado o estar en adulterio, pueden parecerse muchísimo, pero realmente no tienen nada que ver, son opuestas. Discernir la verdad es esencial para saber seguir el camino de Dios, que es el camino de la felicidad para ambos, no sólo en este mundo, sino en el siguiente.

 Ya sé que esto pocos son capaces de escucharlo. En realidad, a nadie le es dado escucharlo, si la gracia de Dios no le abre los ojos. A Jesús, esto mismo no quisieron escuchárselo. Ni sus discípulos le entendieron. Pero siguieron con Él, porque sabían que Jesús les hablaba de la verdad de la salvación. Eso es lo que la Iglesia propone, de parte de Dios, a quienes están en esa situación: que busquen la verdad y se acerquen cada vez más a Jesús, estén como estén, porque Él es nuestro único  y verdadero Salvador.


Se ha producido un error en este gadget.