sábado, 27 de agosto de 2016

La Reina de la Paz, en Pozoblanco

Hacía más de veinte años que no iba a Pozoblanco (Córdoba) ni veía a mi prima. No sabía lo que podíamos encontrarnos al visitar a una enferma de ELA, paralizada por la enfermedad, encamada y ya con problemas para respirar. Uno piensa en enfermedad, oscuridad, muerte, el drama familiar... Eso sí, sabía que estaba muy bien cuidada por su marido y otras personas de su familia. Me sorprendió su absoluta disponibilidad para recibirnos, cuando la llamé por teléfono, sabiendo los desajustes que una visita crea incluso en una familia sin problemas.
Con mi mujer y los tres pequeños, subimos la escalera y vimos el elevador que le habían instalado a lo largo de ella, primera muestra de un verdadero amor. Fuimos acogidos por su marido, Evadio, y entramos en el salón de la casa. Mientras hablaba me di cuenta de que ella estaba detrás de mí, postrada en una cama en medio del salón. Nos saludamos con esa confianza y alegría que da la sangre y los momentos compartidos aunque lleváramos tanto sin hablar...
Es difícil de contar lo que había allí, porque esa enfermedad estaba llena de vida, de alegría y de paz. Eso es lo que había en aquella casa, había Luz. Conchi estaba guapa, y no apartada o escondida en el dormitorio, sino en el centro de la casa, llenándola con su sonrisa. Hablaba con dificultad, pero como si no la tuviera. A su alrededor se palpaba verdadera caridad por parte de su marido y sus primos, y ella misma era una fuente de dulzura. Inmediatamente hablamos de Medjugorje, lugar de apariciones de la Virgen María, en Bosnia-Herzegovina, donde hacía pocos años había estado con mi familia. Ella deseaba mucho ir, pero el avance de su enfermedad se lo impidió.
Ese día, yo le llevaba agua de Lourdes y el consuelo de Cristo, pero no sabía siquiera, tras tantos años, desde la adolescencia, si Mari Conchi era creyente. Para mi alegría, me encontré con una persona y una familia llenas de auténtica fe en Dios, que la repartían a manos llenas. Varios sacerdotes pasaban a darle la Eucaristía, y todos los días Conchi dirigía una oración con familiares y amigos, leyendo el Evangelio. Rezamos espontáneamente y le pedí a la Virgen su curación, si era para su bien y el de su familia, antes de beber el agua del manantial. Vernos y compartir nuestra fe y devoción por la Virgen fue una gran satisfacción para ambos. Salimos de su casa contentos y edificados, a pesar del drama humano que allí se vivía.
A los ocho días, ya de vuelta en casa, recibí la noticia de su muerte. De nuevo en Pozoblanco, me contaron que se había ido rodeada de su familia y amigos, con más de cuarenta personas en la casa, pidiendo perdón y en paz, tras haber recibido los sacramentos. No había habido fiesta, pero sí una alegría que humanamente es imposible de entender, y que quizá escandalice a algunos. No es una victoria fanática, sino la realidad de la vida y la muerte, transfiguradas en Cristo, mostrando su auténtica verdad: llenas de esperanza, una esperanza cierta, no fingida, del corazón, que sólo Jesús puede dar.
En el funeral, la enorme Iglesia de Santa Catalina apenas bastaba para contener a los asistentes. Varios sacerdotes, del pueblo y alrededores, oficiaron la Misa. El testimonio de tantas personas que habían pasado por su casa y habían recibido una respuesta personal de auténtica fe y caridad cristiana, era demasiado evidente como para que el más incrédulo no viera que allí había algo más allá de lo humano. Conchi misma había sido transformada en los últimos años de su vida dando a los demás algo que manaba de Arriba. Su familia había formado con ella esa iglesia doméstica que daba de beber a todos los que se acercaban.
Paseando con mi hermana por el pueblo y explicándole todo esto, le comenté, como quien cuenta una historia sin final conocido, que Conchi quería haber ido a Medjugorje, que no pudo por su enfermedad, y que un sacerdote le había dicho: “si tú no puedes ir a Medjugorje, Medjugorje vendrá a ti”. Mi hermana me respondió que eso se había hecho verdad, porque todo lo que le había contado era la presencia de Medjugorje en su casa.
Entonces lo entendí, y recordé el nombre bajo el que la Virgen se aparece en aquel pueblo lejano: “la Reina de la Paz”. Paz en medio de la enfermedad y la muerte, paz para uno mismo que rebosa para los demás, esa Paz que el mundo necesita y que el mundo no puede darse a a sí mismo...
Descansa en Paz, Conchi, en esa Paz que está viva, que nos ama y que es Vida eterna. Y no te olvides de rogar por nosotros, para que el Señor nos transforme como te ha transformado a ti. ¡Amén!

domingo, 7 de agosto de 2016

Valoración sobre Amoris Laetitia capítulo VIII, acerca de los divorciados unidos a otra persona

En un texto anterior expuse las novedades, explícitas e implícitas, que entiendo que aporta el capítulo VIII de "Amoris Laetitia". Una vez entendido lo que dice, quiero comentar ahora algunas cosas que me extrañan de esta exhortación postsinodal.

1. Las excepciones que se plantean para dar la comunión a los divorciados vueltos a casar se basan en que, en casos excepcionales, estos podrían estar en gracia. Sin embargo, la prohibición sobre la que se plantean las excepciones no mencionaba, como vimos, el estar o no en gracia, sino el hecho de encontrarse en una situación objetivamente contraria al sacramento del Matrimonio que impide el acceso al sacramento de la Eucaristía.

Es decir, se está apoyando la excepción en una supuesta norma distinta, y sin haber alegado razones para tal deslizamiento. Por tanto, la excepción que se propone queda injustificada.

2. Se propone una excepción en la cual una persona que tiene relaciones sexuales con otra persona distinta a su cónyuge legítimo -sin ser nulo ese primer matrimonio-, puede estar en estado de gracia. Esto se basa en un consentimiento no pleno, que haría que el pecado no fuese imputable como grave. Esto, en lo teórico, es plenamente acorde con el Magisterio. Para llevarlo a la práctica, se usa vagamente de ejemplo un caso en que la unión posterior, adúltera, ha generado hijos, esos hijos se dañarían gravemente por una ruptura, y la persona, aun reconociendo que seguir teniendo relaciones sexuales es pecado grave, estando arrepentida de hacerlo y no queriendo seguir haciéndolo, se obliga a sí mismo a seguir teniendo esas relaciones sexuales por no poner en peligro la pareja. Se estima que esa persona podría tener un propósito de enmienda imperfecto pero suficiente para ser absuelto en confesión, y que las relaciones que esa persona sigue teniendo no son pecado grave por su consentimiento no pleno.

De nuevo, el ejemplo que se propone no es explícito, y para entenderlo hay que leer entre líneas y acudir a las notas, como se apuntó en el texto previo. Eso dificulta que pueda ser valorado y comentado.

Pero además, el ejemplo me parece alejado de la realidad humana y moral. Desde el punto de vista humano, me parece difícil que una persona se mantenga en esa indignidad de consentir unas relaciones sexuales que no quiere: o confiará en Dios y planteará a su pareja de adulterio que no puede seguir así, o abandonará su arrepentimiento y accederá voluntariamente a esas relaciones. En el sentido moral, me parece una grave desconfianza en Dios acceder a tales relaciones sexuales, buscando el bien de su familia, confiando más en sus propios planes para proteger a sus hijos que en los planes de Dios. Que ese no es un buen plan y que no es el plan de Dios, la Exhortación lo reconoce, puesto que establece implícitamente que esas relaciones son pecado, al discutir sobre su gravedad.

Sinceramente, desde mi punto de vista de simple laico, a mí no me convence que en esa situación que se ejemplifica, se pueda estar en estado de gracia. Puedo estar equivocado, pero me parece muy difícil apreciar que tal actitud sea compatible con la gracia santificante, con ser templo del Espíritu Santo. Valorar bien esto es importante, porque para comulgar hay que estar subjetivamente convencido de que no se está en pecado mortal, y es importante que la Iglesia y el director espiritual aconsejen bien sobre eso. Inducir a un juicio erróneo sería grave, y podría dañar más que ayudar al proceso de conversión de estas personas, que necesitan la misericordia de la verdad para seguir avanzando.

3. Si el ejemplo al que se ha logrado llegar para ilustrar que se puede estar en gracia en medio del adulterio es tan débil, rebuscado y controvertido, creo que es porque, realmente, no hay más ejemplos en los que se pueda pensar siquiera que un adúltero está en gracia.

En nuestros tiempos, aunque en el entorno civil, conocemos el peligro de minar una ley acudiendo a excepciones injustificadas. Es lo que ha ocurrido en todo el mundo occidental con el aborto, consentido primero como excepción sobre la base de inventados, rebuscados e injustificados casos excepcionales en los que la vida del niño se oponía a la de la madre. Una vez que se abre una brecha con una excepción injusta, la pendiente resbaladiza de la inmoralidad hace el resto. Finalmente, la gente acaba pensando como vive y la ley que protegía la vida desaparece. Recordemos sobre esto el final de aquella magnífica película sobre el Juicio de Nüremberg (1961), en la que el acusado interpretado por Burt Lancaster, culpable de haber dictado sentencias injustas contra judíos, se lamenta ante su juez (Spencer Tracy), de que él no se imaginaba que se iba a producir algo tan terrible como el Holocausto. La respuesta del juez no se hace esperar: "todo eso ocurrió el primer día que usted condenó a una persona sabiendo que era inocente". Es peligroso minar la norma que defiende el Matrimonio y la Eucaristía con excepciones injustificadas.

En conclusión, la justificación que se da para todo eso es la misericordia. Pero conocemos la Palabra de Dios por medio de Jesucristo, que es la única verdadera fuente de misericordia. Si no encontramos justificación para llevar la Palabra de Dios a coincidir con nuestra propia noción de misericordia, tal vez tendríamos que ser nosotros los que aprendiéramos de Dios cómo es esa verdadera misericordia, cuya expresión es librarnos verdaderamente del pecado mediante la gracia.

Finalmente, aunque sea una cuestión distinta, creo que la mentalidad anticonceptiva y los actos anticonceptivos constituyen hoy uno de los problemas principales de la familia; un problema oculto, pero enorme y grave. Echo en falta que se hable más de este tremendo problema, base de separaciones, abortos, violencia, y generalizadas ofensas al Dios de la vida, más graves cuando son cometidas incluso por personas que son cristianos practicantes.
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