domingo, 7 de agosto de 2016

Valoración sobre Amoris Laetitia capítulo VIII, acerca de los divorciados unidos a otra persona

En un texto anterior expuse las novedades, explícitas e implícitas, que entiendo que aporta el capítulo VIII de "Amoris Laetitia". Una vez entendido lo que dice, quiero comentar ahora algunas cosas que me extrañan de esta exhortación postsinodal.

1. Las excepciones que se plantean para dar la comunión a los divorciados vueltos a casar se basan en que, en casos excepcionales, estos podrían estar en gracia. Sin embargo, la prohibición sobre la que se plantean las excepciones no mencionaba, como vimos, el estar o no en gracia, sino el hecho de encontrarse en una situación objetivamente contraria al sacramento del Matrimonio que impide el acceso al sacramento de la Eucaristía.

Es decir, se está apoyando la excepción en una supuesta norma distinta, y sin haber alegado razones para tal deslizamiento. Por tanto, la excepción que se propone queda injustificada.

2. Se propone una excepción en la cual una persona que tiene relaciones sexuales con otra persona distinta a su cónyuge legítimo -sin ser nulo ese primer matrimonio-, puede estar en estado de gracia. Esto se basa en un consentimiento no pleno, que haría que el pecado no fuese imputable como grave. Esto, en lo teórico, es plenamente acorde con el Magisterio. Para llevarlo a la práctica, se usa vagamente de ejemplo un caso en que la unión posterior, adúltera, ha generado hijos, esos hijos se dañarían gravemente por una ruptura, y la persona, aun reconociendo que seguir teniendo relaciones sexuales es pecado grave, estando arrepentida de hacerlo y no queriendo seguir haciéndolo, se obliga a sí mismo a seguir teniendo esas relaciones sexuales por no poner en peligro la pareja. Se estima que esa persona podría tener un propósito de enmienda imperfecto pero suficiente para ser absuelto en confesión, y que las relaciones que esa persona sigue teniendo no son pecado grave por su consentimiento no pleno.

De nuevo, el ejemplo que se propone no es explícito, y para entenderlo hay que leer entre líneas y acudir a las notas, como se apuntó en el texto previo. Eso dificulta que pueda ser valorado y comentado.

Pero además, el ejemplo me parece alejado de la realidad humana y moral. Desde el punto de vista humano, me parece difícil que una persona se mantenga en esa indignidad de consentir unas relaciones sexuales que no quiere: o confiará en Dios y planteará a su pareja de adulterio que no puede seguir así, o abandonará su arrepentimiento y accederá voluntariamente a esas relaciones. En el sentido moral, me parece una grave desconfianza en Dios acceder a tales relaciones sexuales, buscando el bien de su familia, confiando más en sus propios planes para proteger a sus hijos que en los planes de Dios. Que ese no es un buen plan y que no es el plan de Dios, la Exhortación lo reconoce, puesto que establece implícitamente que esas relaciones son pecado, al discutir sobre su gravedad.

Sinceramente, desde mi punto de vista de simple laico, a mí no me convence que en esa situación que se ejemplifica, se pueda estar en estado de gracia. Puedo estar equivocado, pero me parece muy difícil apreciar que tal actitud sea compatible con la gracia santificante, con ser templo del Espíritu Santo. Valorar bien esto es importante, porque para comulgar hay que estar subjetivamente convencido de que no se está en pecado mortal, y es importante que la Iglesia y el director espiritual aconsejen bien sobre eso. Inducir a un juicio erróneo sería grave, y podría dañar más que ayudar al proceso de conversión de estas personas, que necesitan la misericordia de la verdad para seguir avanzando.

3. Si el ejemplo al que se ha logrado llegar para ilustrar que se puede estar en gracia en medio del adulterio es tan débil, rebuscado y controvertido, creo que es porque, realmente, no hay más ejemplos en los que se pueda pensar siquiera que un adúltero está en gracia.

En nuestros tiempos, aunque en el entorno civil, conocemos el peligro de minar una ley acudiendo a excepciones injustificadas. Es lo que ha ocurrido en todo el mundo occidental con el aborto, consentido primero como excepción sobre la base de inventados, rebuscados e injustificados casos excepcionales en los que la vida del niño se oponía a la de la madre. Una vez que se abre una brecha con una excepción injusta, la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la ley del embudo hacen el resto. Finalmente, la gente acaba pensando como vive y la ley que protegía la vida desaparece. Recordemos sobre esto el final de aquella magnífica película sobre el Juicio de Nüremberg (1961), en la que el acusado interpretado por Burt Lancaster, culpable de haber dictado sentencias injustas contra judíos, se lamenta ante su juez (Spencer Tracy), de que él no se imaginaba que se iba a producir algo tan terrible como el Holocausto. La respuesta del juez no se hace esperar: "todo eso ocurrió el primer día que usted condenó a una persona sabiendo que era inocente". Es peligroso minar la norma que defiende el Matrimonio y la Eucaristía con excepciones injustificadas.

En conclusión, la justificación que se da para todo eso es la misericordia. Pero conocemos la Palabra de Dios por medio de Jesucristo, que es la única verdadera fuente de misericordia. Si no encontramos justificación para llevar la Palabra de Dios a coincidir con nuestra propia noción de misericordia, tal vez tendríamos que ser nosotros los que aprendiéramos de Dios cómo es esa verdadera misericordia, cuya expresión es librarnos verdaderamente del pecado mediante la gracia.

Finalmente, aunque sea una cuestión distinta, creo que la mentalidad anticonceptiva y los actos anticonceptivos constituyen hoy uno de los problemas principales de la familia; un problema oculto, pero enorme y grave. Echo en falta que se hable más de este tremendo problema, base de separaciones, abortos, violencia, y generalizadas ofensas al Dios de la vida, más graves cuando son cometidas incluso por personas que son cristianos practicantes.

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