martes, 19 de diciembre de 2017

La fe en Cristo que nos salva (II)


 Empecemos por el principio: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1,1). Al principio, sólo existía Dios. Dios es un ser cuya esencia es existir, no como nosotros, que existimos como efecto de la existencia de otros. Dios existe por sí mismo, existe porque es Dios. Existe.

Por eso le dice a Moisés desde la zarza ardiente, cuando éste le pregunta quien es:

"Yo soy el que soy".
Éxodo 3,14

Ese es el nombre de Dios para Israel: "YO SOY", que en hebreo se dice YAHWÉ.

Yahwé existe y es totalmente bueno, inconmensurablemente bueno. Es eterno y su Palabra es acto, es fecundidad, es decir, es Todopoderoso. Además, es plural: Padre, Hijo (el Verbo) y el Espíritu Santo. No son tres dioses, sino tres Personas divinas: El Padre y el Hijo se aman, y el Amor entre ellos es otra Persona, que es el Espíritu Santo.

 Son tres Personas, que como personas tienen memoria, entendimiento infinito y voluntad libre. Estos tres atributos personales, en Dios son infinitos, en sus tres Personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen memoria absoluta, es decir, se conocen perfectamente a sí mismos; tienen identidad. Tienen entendimiento infinito, todo lo conocen, lo que se llama "omnisciencia". En cuanto a su voluntad libre, todo lo pueden, como ya hemos dicho; son todopoderosos, omnipotentes.

Tres Personas y un solo Dios, el primero de los misterios. Un Dios que es Amor (ver 1 Juan 4, 8). No es "el amor", no es otro nombre que le ponemos al amor. Él es Amor antes de que existiera siquiera el universo, y todo amor procede de Él.

 Y se dijo Dios:

"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza"
Génesis 1,26
¿Por qué lo hace? Por amor. Dios comunica su amor al crearnos y ama a quien crea. De hecho, el ser humano es la única criatura del Cosmos a la que Dios crea por sí misma y ama por sí misma (eso dice Gaudium et Spes 24,3, del Concilio Vaticano II). Todo lo demás lo crea para el hombre... pero también desde el principio, la verdad es que no parece así, no parece que todo sea para el hombre, porque la Creación está contaminada, pervertida. Si olvidamos eso, no entenderemos nada o pasaremos muchas cosas por alto. Desde el principio -desde el "Big Bang" si ese es el principio-, la Creación sufre una contradicción interna, un mal interior; no sigue el plan de Dios. Pero vayamos por partes, más adelante veremos por qué puede ser eso.

Dios hace al hombre a su imagen y semejanza; eso es lo que se dicen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: hagamos al hombre persona como nosotros. Dios nos hace con identidad personal, con memoria, entendimiento y voluntad libre. Y nos hace, también como Él, llamados al amor y capaces de amar. "No es bueno que el hombre esté solo", dice Dios sobre Adán (Génesis 2,18), y hace a Eva, su compañera. Si Dios es comunión del Padre y el Hijo, y su Amor es el Espíritu Santo, en esa familia que es la Trinidad, Dios hace al hombre también comunión de amor entre el hombre y la mujer, y el fruto de su amor son otras personas, los hijos. Los misterios del Amor y de la Vida, de la fecundidad, están unidos desde el principio, desde Dios mismo.

¿Cómo crea Dios?

Eso le preguntaba un estudioso discípulo musulmán a su imán y éste le respondió: "con su Palabra". Palabra es lo que en latín se traduce por "Verbum" (Verbo) y en el griego original, por "Logos". En eso, los musulmanes coinciden con los cristianos y los judíos. En el Génesis que judíos y cristianos compartimos, dice Dios: "Hágase la luz. Y la luz se hizo" (Génesis 1,3).

Si Dios crea con su Palabra -siguió preguntando aquel discípulo inteligente-, esa Palabra ¿es creación -es creada-, o es Creadora?

La respuesta era que esa Palabra es Creadora, no es creada. Como decimos los cristianos, esa Palabra es el Verbo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, tal como enseña Juan al principio del Evangelio:

"Al principio era el Verbo,
y el Verbo estaba en Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba al principio en Dios;
todas las cosas fueron hechas por Él,
y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho..."
Juan 1, 1-3
 Por eso, al entender que la Palabra es Dios, aquel alumno musulmán se empezó a dar cuenta de que los cristianos no somos idólatras, es decir, no adoramos alguien que no es Dios. Acabó convirtiéndose al cristianismo.

 Pero Dios no hace al hombre de la nada: en el Génesis, vemos cómo toma el barro y le hace un cuerpo, y sopla en su nariz, introduciendo en él espíritu de vida. El hombre es creado como una unidad de cuerpo y alma. Ese cuerpo que viene del barro indica que Dios se sirve de lo que había antes, que no hace su cuerpo de la nada. Esto encaja con la teoría de la evolución. Iremos a eso más adelante.

 Ahora tenemos al hombre, al que Dios ama por sí mismo, para que domine y cuide -ambos aspectos están unidos- toda la Creación. Esto parece muy presuntuoso dado lo pequeño que es el hombre y lo grandes que son las galaxias. Que eso no nos desoriente: ni la importancia está en el tamaño, ni la Creación, contaminada desde el principio, refleja la grandeza original del hombre creado según el plan de Dios. Vemos al hombre y la mujer, unidos por el amor, amándose a sí mismos, amando a su Creador y recibiendo todo su Amor...

Sin embargo, los guardianes de la Creación, hombre y mujer, tuvieron ocasión de dejar de amar a Dios. Una criatura espiritual, perversa, que odiaba al hombre por ser preferido por Dios, el diablo, les dijo al hombre y a la mujer que Dios no les quería. Que si les quisiera, les convertiría en Dios a ellos también. Esto es lo que dice el relato de la "manzana". Ellos tenían dos opciones: confiar en quien les amaba, o confiar en  quien les hablaba mal de Dios. Eligieron lo segundo, y dieron entrada al mal en el mundo. Amaron a Dios mientras todo estaba perfecto. En cuanto tuvieron ocasión de pasar una prueba de confianza, ejerciendo el amor, no amaron a Dios, desconfiaron de Él, le abandonaron, no hicieron lo que Él, en su infinito amor, les había mandado. Aquí aparece algo que rechazamos, es la obediencia. Tenemos un problema psicológico con eso, como sociedad, no lo soportamos, quizá porque hemos tenido experiencias de autoritarismo fuertes y criminales, que nos ayudan a sospechar de toda autoridad, incluso de la Autoridad de Dios. También en nuestros oídos resuena la palabra del acusador: "Dios no te quiere"... "si te quisiera..." En nuestro corazón herido, su susurro hurga en la llaga.

 Decíamos que el hombre, el guardián, el dominador, el único que podría dar entrada al mal en sus dominios, lo hizo. Al hombre le había sido entregado el Cosmos, y el hombre entregó el Cosmos al mal. Puesto que las realidades espirituales no están sujetas al tiempo, si el hombre, que ha aparecido al final de la Creación, entregó el Cosmos al mal, el mal (espiritual) entró en el Cosmos desde el inicio, desde el Big Bang. Por eso, desde el principio, la Creación está desordenada. No está orientada al hombre, ni refleja el dominio del hombre, ni es totalmente digna de la grandeza del Creador.

Pero sigue siendo bella...

...Y cruel, y fea en otros aspectos. Pero es verdad, la Creación ha sido entregada al mal, pero el mal no la ha poseído completamente, ¿por qué?

Porque Dios no lo permitió, y entregó al Verbo, el Verbo se hizo hombre para cargar Él mismo con todo el mal del mundo, y liberar al mundo, pero sobre todo, liberar al hombre.

Porque así como el hombre entregó el Cosmos al mal, sobre todo se entregó a sí mismo al mal. Era libre, pero se hizo esclavo. Su naturaleza, buena, quedó corrompida, y si no se corrompió totalmente fue por esa entrega de Jesucristo, que le sostuvo.

El hombre que vemos mantiene una naturaleza buena, pero herida. Anhela el bien, pero interiormente tiende al mal. Vive en una lucha interna que le impide ser plenamente lo que es, lo que ya estaba llamado a ser. Vive en lo que San Pablo llama, en la Carta a los Romanos 8,2, "la ley del pecado y de la muerte". Sin recibir la vida renovadora de Dios, el hombre que vemos está condenado a caer en el pecado, morir y quedar apartado de Dios para siempre. Ese es nuestro destino desde que nuestros padres se apartaron de Dios. Para evitar eso, vino Jesús.

"Porque tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Hijo único,
para que todo el que cree en Él no muera
sino que tenga vida eterna".
Juan 3.16
Por supuesto, para creer esto hace falta fe, pero coherencia interna sí tiene. No es irracional.

Y sobre todo, es nuevo. Lo que hace Dios es increíble. Ningún hombre podría esperar que Dios fuera a hacer eso, entregar a su Hijo, entregarse a Sí mismo, dejarse matar en una cruz. Tanto, que a los judíos les parecía escandaloso decir eso, y a los romanos les parecía estúpido. Dibujaban a Jesús con cara de burro en una cruz, se reían de los cristianos que creían en un Dios tan estúpido y tan débil que se había dejado matar en una cruz, siendo un Dios. Creían que los cristianos seguían aquella necedad  de su Dios al dejarse devorar por las fieras, con tal de no adorar a otros dioses. Les parecía despreciable eso que ellos creían una especie de gusto por la propia tragedia.

 Como dice una canción cristiana refiriéndose a Dios: "Tu amor no es de este mundo, no hay amor humano comparable al tuyo". "En verdad -dice San Pablo en Romanos 5,7-8- apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Es decir, está claro que el Dios que se nos muestra no está hecho a imagen y semejanza de los hombres. Si los hombres se lo hubieran inventado a su imagen, sería un dios egoísta, caprichoso, vengativo, como los dioses paganos, griegos o romanos. Pero no; Dios es Amor, y nos llama a recomponer ese parecido con Él que en gran parte hemos perdido. Somos nosotros los que fuimos hechos a su imagen y semejanza, y ahora estamos llenos de granos y llagas, con la cara deformada como en el famoso retrato de Dorian Grey, que iba empeorando su apariencia mientras el protagonista iba cometiendo pecados; tanto hemos cambiado, que ya apenas nos parecemos a Él.


 

 





domingo, 17 de diciembre de 2017

La palabra de Jesús (I)


"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, en "Dios es Amor"). Esto es verdad, pero, por el contrario, sí se mantiene uno alejado del cristianismo por cuestiones o por ideas que le resultan inaceptables. Para la mentalidad actual, aceptar que un Dios creador, apenado por nuestra confusión y extravío, ha enviado a su Hijo a morir en la cruz para salvarnos, es tan incomprensible como absurdo. Los hombres y mujeres de hoy, para abrazar el cristianismo, tienen que aceptar lo que les parece una auténtica locura, más fantasiosa que cualquier cuento y mucho menos amable o "políticamente correcto" en sus detalles.

Tendemos a pensar que esa visión de la fe como algo irracional es producto de la mentalidad evolucionada de nuestro tiempo, pero es porque nos comparamos con la sociedad occidental de antes del siglo XVIII, que era cristiana. Si nos remontamos a las sociedades paganas del siglo I, nos encontramos exactamente con lo mismo: para aquellos romanos y griegos, la historia de un Dios muerto en la cruz y resucitado al tercer día era tan increíble como para la mentalidad de las gentes actuales, tras la gran apostasía o abandono de la fe por parte de la mayoría de la sociedad occidental. El apóstol Pablo dice que Jesús muerto en la cruz es una "necedad para los gentiles" -es decir, para los griegos a quienes él predicaba-, pero para el que cree es "sabiduría de Dios" (ver 1 Cor 1, 23-24).

Esa necedad de la fe contrasta, como sucedió también entonces, con la conversión de personas inteligentes y aparentemente sensatas; algo que interpela siempre a los que no creen. Si la fe es tan absurda, ¿cómo es posible que grandes científicos como Jérôme Lejeune -descubridor de la trisomía XXI y otras anomalías cromosómicas- abracen la fe sin problema? La cuestión aún es más llamativa cuando se trata de personas claramente ateas o agnósticas que se convierten, como Edith Stein, filósofa agnóstica de raza judía , discípula de Husserl, que se convirtió leyendo el libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús y acabó siendo una santa reconocida.

¿Cómo puede ser eso? La explicación es que, aunque al cristianismo sólo se llega por la fe, la fe dista mucho, pese a todo lo que parece, de ser absurda o irracional, y no hay nada en ella -absolutamente nada- que la ponga en contradicción con la ciencia o con la razón. Si leemos, por ejemplo, los escritos de San Agustín, el gran filósofo del siglo V, nos damos cuenta de que su acercamiento a Dios no se produjo dejándose de hacer preguntas, sino al contrario, atreviéndose a hacer las preguntas más agudas e incisivas. 

Por otra parte, es necesario reconocer que el Dios cristiano no tiene respuesta a todas las preguntas. En particular, no nos aporta una respuesta a la pregunta del mal: "siendo Tú, Dios, tan bueno, ¿cómo es que permites el mal hasta extremos tan crueles?" La única respuesta de Dios a esa pregunta ha sido enviar a su Hijo a sufrir Él mismo la mayor de las crueldades, siendo Alguien que merecía precisamente todo lo contrario. "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna" (nos dice el propio Jesús en Juan 3,16). Es decir, el propio cristianismo reconoce que existen misterios, preguntas que no pueden ser respondidas con argumentos. Pero fuera de esos pocos misterios -aunque importantes- pretende que todo sea razonable. Es razonable creer que hay cosas que no somos capaces de comprender, como la hormiga no comprnede el ajedrez, o como un punto que se mueve en un papel plano no comprende la esfera, la tercera dimensión. Nosotros no comprendemos por qué un Dios bueno y omnipotente permite -no hace- el mal. Podemos asumir que lo hace para que se produzca un bien mayor, como decía Santo Tomás, pero nada más. Sin embargo, que yo no comprenda por qué un Dios bueno permite el mal, no implica que Él sea malo, o que esto sea absurdo.  

Sin embargo, y esto sí es propio de nuestra sociedad actual descristianizada, hoy existe la idea de que la fe está en contradicción con la ciencia y la razón. Esta idea late en muchísimos libros, noticias, películas, opiniones científicas y éticas, etc., hasta haber conformado un estado de opinión, una ideología en la que estamos inmersos y que aceptamos prácticamente sin necesidad de entrar en detalles. Hoy sabemos que el mundo empezó en el Big Bang, que el hombre desciende del mono, que la Tierra gira alrededor del Sol y que ni las vírgenes tienen niños, ni los muertos resucitan, y para mantener la fe cristiana parece no haber otro camino que luchar contra la ciencia y la razón, rechazando a todo el que diga lo contrario, como ocurrió con el pobre Galileo. Sin embargo, si analizamos las cosas con verdadero conocimiento y rigor, la realidad es que la fe no sólo no está en contradicción con la teoría del Big-Bang, sino que es el ateísmo el que tuvo problemas con eso. La teoría de la evolución es también perfectamente compatible con la fe cristiana -Darwin fue un hombre de fe- y Copérnico -que era un clérigo polaco- ya enseñaba que la Tierra gira alrededor del Sol muchos años antes que Galileo, y sus teorías eran enseñadas tranquilamente en Roma. En cuanto a que una Virgen tenga un niño o que un muerto resucite, los cristianos sabemos igual que cualquiera que eso es imposible para la naturaleza, y por eso creemos que son milagros, obras de una realidad que va más allá de la naturaleza.

Ya han salido dos palabras importantes en el cristianismo: "milagro" y "misterio". En la sociedad racionalista de siglo XIX y principios del XX, estas fueron dos palabras absolutamente rechazadas: sólo los ignorantes y los inmaduros -pensaban- seguían creyendo en milagros y misterios, como si creyeran en Papá Noel. Sin embargo, tras la deshumanización evidente y las crueldades a las que ha llevado el racionalismo, la sociedad posmoderna vuelve a estar abierta a aceptar los milagros y también el misterio, entendido como aquello que no se puede explicar con palabras pero es muestra de una realidad profunda. 

Al contrario que el racionalismo, la mentalidad postmoderna acepta quizá demasiados misterios; asume que hay muchas cosas -sobre todo, las más importantes- que no llegamos a conocer con el pensamiento sino sólo con el corazón, y ha abandonado a menudo la argumentación como fuente de conocimiento. Esto, aunque de signo contrario al racionalismo, también es un obstáculo para la fe cristiana, que pretende tener respuestas para explicar el Amor y la Vida, los dos grandes "misterios" para el hombre. Hoy en día, quien pretenda eso es visto como engreído y autoritario. Resulta de mal gusto venir a explicar por qué estamos aquí y qué es el amor, y pretender que además eso sea la "verdad", es decir, algo objetivo que todos deberían aceptar, como aceptamos que 2+2=4. Pretender tal cosa puede resultar "una opinión respetable" pero que en el fondo refleja un enfoque limitado, que podría integrarse en formas de conocimiento más abiertas. Si el misterio y el milagro eran los dos tabúes del racionalismo, la verdad es el tabú de la postmodernidad. No es que se niegue la verdad, es que el hombre de hoy siente que es más humilde aceptar formas de conocimiento que vayan más allá de una formulación limitada y supuestamente válida para todos. Lo que pretende valer para todos -se asume- es en realidad insuficiente, y además no vale para todos, porque no satisface a todos.

Aunque los estudiosos y filósofos están muy interesados en hablar del paso del racionalismo a la postmodernidad como explicación de lo que le está sucediendo a las sociedades occidentales, lo cierto es que la mayoría de las personas no están retratadas en esos cuadros. Aunque los ateos suelen estar anclados en el racionalismo y los que andan en la "Nueva Era" viven plenamente en esa postmodernidad amante de lo oriental, muchas personas viven sin hacerse tantas preguntas, con ideas que tienen algo de racionalismo y algo de postmodernidad. Estos dos materiales, aparentemente incompatibles entre sí, cuajan bastante bien con la argamasa del hedonismo y el consumismo, que podríamos resumir en la reedición del romano "carpe diem" -disfruta el momento- o el más específicamente hispano "comamos y bebamos que mañana moriremos", pero elevado exponencialmente por el progreso. El problema de esta cutre-cultura es que muestra apabullantes signos de adolescencia: fracasa con mucha frecuencia al enfrentarse a problemas graves, o en el amor de pareja, o en la formación de una familia, e incluso en el respeto al medioambiente. Fracasa incluso en el autocontrol, y muchas personas se observan a sí mismas haciendo todo lo contrario de aquello que sus queridos valores les dicen. 

Afortunadamente, no todo queda en eso, y las relativamente pocas personas que consiguen formar una familia e incluso tener hijos, encuentran en la familia ese sentido que les falta para vivir, algo que va más allá de sí mismos. Aun así, con mucha frecuencia se dan cuenta -o no- de que la familia tampoco es suficiente... Sin encontrar casi nunca la causa de lo que les sucede, muchas de estas personas acaban engrosando las filas de los tratados con ansiolíticos y antidepresivos. 
  
Pretender que la respuesta a todo esto sea la fe en Cristo resulta demasiado pretencioso a los ojos de todos los que sufren el drama actual, pero no seríamos sinceros si dijéramos otra cosa. Seguimos la enseñanza y la fuerza del que dijo "yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jesús en Juan 14,6). No podemos demostrar que tenemos la respuesta; podemos mostrar la respuesta y que esa misma respuesta demuestre su autenticidad en la vida real de cada uno. El problema es que esto hoy suena a todos como un cuento irreal, pretencioso y autoritario, y que además no aporta ninguna novedad, sino que es lo mismo que ya se conocía en nuestra sociedad hace cientos de años y de lo que -para muchos, afortunadamente- nos hemos librado. Sólo se me ocurre, ante esto, formular algunas preguntas: ¿seguro que hemos hecho bien en tirar las enseñanzas fundamentales del cristianismo a la basura?, ¿seguro que nuestra sociedad no tiene nada que aprender de Jesús de Nazaret?, y sobre todo, ¿seguro que es imposible que Dios entre de verdad en nuestra vida y la cambie?

sábado, 16 de diciembre de 2017

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre (ningún hombre)

Seamos claros -y digo esto con la autoridad que me da ser cristiano y conocer la Palabra de Dios por medio de la Iglesia-: el matrimonio sacramental y ratificado -consumado- por la unión corporal de los esposos no puede ser disuelto. Su indisolubilidad forma parte de lo que es el matrimonio, natural y sobrenaturalmente. No depende de ninguna voluntad humana.

Por otra parte, uno no puede recibir la Eucaristía, por mucha fe que tenga, si está viviendo en contradicción con el sacramento del Matrimonio. Por tanto, la única forma para que una persona casada válidamente que está conviviendo en adulterio pudiera comulgar, sería que se le dispensara de la fidelidad al primer matrimonio y se reconociera como matrimonio el adulterio en que ahora vive.

Cuando vemos estos casos, es natural comprender a las personas que viven en adulterio; ver su familia, ver que existe entrega mutua, sacrificio, fidelidad y otros elementos que son propios del matrimonio, y asumir que viven realmente como casados. Esto es así porque, por nuestra propia naturaleza humana, somos capaces de unirnos en pareja y formar una familia, con todos esos atributos. Podemos entonces darnos cuenta de que la primera ruptura y posterior unión adúltera se produjeron cuando estas personas, aunque estaban bautizadas, aún no vivían como cristianas; quizá ni siquiera habían recibido una sólida formación cristiana y tampoco habían experimentado una verdadera conversión. Ahora, que sí se han convertido, se encuentran en esa situación y parecería adecuado borrar lo pasado, de lo cual además se han arrepentido, y empezar a vivir con la situación actual, dándole consideración de matrimonio a esta nueva unión.

Pero, ¿puede la Iglesia o puede el Papa, Vicario de Cristo, hacer eso? Dice Jesús en Mateo 19,6:

"Lo que Dios ha unido, que no lo separa el hombre".
Esta frase resonó como una advertencia en el Evangelio leído el domingo en que empezaban los trabajos del Sínodo sobre la familia que dio luego lugar a la Exhortación Apostólica "Amoris Laetitia".

Ciertamente, Jesús, nuestro Maestro del Amor y de la Misericordia, nos dice que esa supuesta salida no es real, no existe: no podemos disolver un matrimonio válido y consumado entre bautizados. Dios ha elevado la naturaleza de esa unión haciendo que sean una unidad, "una sola carne". Por tanto, la verdadera misericordia con ellos no puede consistir en considerar roto su primer matrimonio y aceptar como válida su unión adúltera.

No podemos enseñar al Maestro de la Misericordia -Jesús- a ser misericordioso. Más bien, aprendamos de Él cuál es la verdadera misericordia, que no se aleja del camino de la verdad que nos conduce a la salvación.

Muchas veces no conseguimos entender la verdad y la misericordia de Jesús, porque hemos desarrollado la absurda idea de que Dios nos promete la felicidad en esta vida, y no es así. Lo que Dios nos da en esta vida es Esperanza, y ésta realmente es prenda de felicidad y llena y satisface el corazón de las personas que aún sufrimos y luchamos en este mundo caído.

Las personas que conviven en adulterio cometen un pecado grave contra el matrimonio. Jesús no calla ni disimula el pecado, algo a lo que nosotros estamos acostumbrados por nuestra debilidad. Él se encuentra con la samaritana, y tras una enseñanza que la eleva, le recuerda su realidad pecadora: está viviendo con uno que no es su marido (cf. Juan 4,18).

Las personas que viven en adulterio están casadas con esa otra persona que dejaron atrás. Aun en el caso de que no fueran en su día los responsables de la ruptura, o que incluso la sufrieran como víctimas, no deberían haberse unido a otra persona, deberían haberse mantenido fieles al compromiso de por vida que adquirieron. Quizá entonces eran débiles, no estaban convertidas; pero ahora son fuertes en el Señor y tendrán su gracia para, al menos, evitar los actos propios de esposos que les mantienen en adulterio. Ahora Dios les da ocasión de hacer penitencia por sus pecados, y ese es el camino de la verdadera misericordia que Jesús nos da en su Palabra, no otro.

Si además, se han arrepentido del grave pecado de haber sido infieles a su primer matrimonio una vez rota aquella convivencia, ese arrepentimiento verdadero les llevará indefectible y coherentemente a no seguir cometiendo adulterio. Si no se pueden separar en cuanto a la convivencia, para criar a sus hijos, sí puede evitar la unión corporal que sólo los esposos pueden realizar virtuosamente.

Esto es muy duro, no lo dudamos, pero si ese es el camino de la verdad y del amor que nos enseña Cristo, no faltará su gracia y su esperanza. Fue dura la separación del matrimonio, habría sido muy difícil mantenerse fiel, resistiendo una tendencia natural a vivir en pareja y familia, y es ahora muy exigente evitar la expresión sexual, a la que se han habituado y es expresión de un verdadero amor humano. Es una auténtica penitencia, consecuencia de un grave pecado contra el matrimonio, que existió y sigue existiendo mientras no se acabe con esa situación. Como los mandatos del Señor son por nuestro bien y los despreciamos, las consecuencias que ahora sufrimos no son culpa suya, sino nuestra. Nos hemos acostumbrado a una libertad sin responsabilidad, pero ese camino no es bueno, y Dios no lo bendice. Cuando nos encontramos con Él, nos recuerda lo que está mal y nos muestra el camino de la autenticidad y la responsabilidad, y nos da la gracia para seguirlo.

Ese es un camino de misericordia y de verdad, y si Dios no nos promete la felicidad en esta vida, sí nos da esa virtud sobrenatural capaz de llenar sobreabundantemente de vida eterna nuestro corazón aún mortal: la Esperanza.



jueves, 30 de noviembre de 2017

La parábola del administrador astuto

Está en Lucas 16, 1-15, en el contexto de que Jesús iba camino de Jerusalem parando a predicar en ciudades y aldeas. Allí hablaba a sus discípulos, incluyendo publicanos (recaudadores de impuestos para los romanos, odiados por el pueblo) y pecadores, en presencia de los fariseos. Estos, altivos y orgullosos, murmuraban de Jesús por acercarse a los pecadores y hasta "mancharse" comiendo con ellos. Él les pone varias parábolas como la del hijo pródigo, la oveja perdida y la moneda perdida, mostrándoles que viene a los que tienen necesidad de convertirse. Los fariseos se creían perfectos; al menos, comparados con el resto, pero tenían mucho amor al dinero. Jesús propone luego también esta parábola que habla precisamente de dinero, y que tiene luego enseñanza diferenciada, tanto para los fariseos como para los discípulos.

Cuando el amo pide cuentas al administrador para despedirle, éste traza un plan para que, cuando le despidan, alguien le dé trabajo. Va a los que deben dinero a su amo: uno le debe cien barriles ("batos") de aceite, unos 3.600 litros; y otro, cien fanegas ("coros") de trigo, algo más de 200 toneladas. Son cantidades muy grandes, y redondeadas al número "100". No son estratosféricas ni imposibles de pagar, como sí lo son los 10.000 talentos de la parábola del siervo malvado, pero son cantidades que haría falta mucho tiempo y esfuerzo para pagar. El astuto administrador habla con ellos y les hace cómplices incautos de una trampa que les beneficie, pero que en realidad, a quien va a beneficiarle es a él: a uno, le dice que coja su recibo y reduzca lo que debe a 80; al otro, a 50. ¿Qué ocurrirá? Que ellos creerán que el administrador es amigo suyo, que está de su parte, y poco después verán que el amo ha expulsado a este administrador. ¿Quién va a dar trabajo a un administrador que se ve que no es honrado? Pero, ya que no lo encontrará por las buenas, él lo ha dispuesto todo para conseguirlo por las malas. Cuando ese sinvergüenza vuelva a ellos a pedirles trabajo, no se atreverán a negárselo; primero, por agradecimiento a su favor; segundo, quizá por culpabilidad al sentirse causa del despido; pero en tercer lugar, por el chantaje encubierto de que el ex-administrador, si no recibe el trabajo que pide, podría revelar el delito que ellos mismos cometieron con su falsificación: "aprisa, siéntate y escribe cincuenta" -dijo. Es muy astuto; si no le da trabajo uno, se lo dará el otro. Si el que defraudó 20 no se lo da, puede incluso denunciarle y usar el escarmiento para amedrentar al otro, que aún ha defraudado más.

El amo se entera de lo que ha hecho y dice el texto que "alaba" su astucia. No nos confundamos con esto; no se trata de que el amo esté contento con lo que ha hecho su administrador; al contrario, le ha robado aún más, y por supuesto le despedirá. Pero le sorprende su astucia y eso es lo que alaba. Para entenderlo mejor, imaginémosle diciendo algo así como: "¡Vaya, tipo más astuto, cómo se las ha ingeniado para que ahora le den otro trabajo...!"

En la enseñanza que podemos sacar de esto hay varias facetas, según los oyentes, como indica el propio Jesús:

- A sus discípulos, les enseña que a veces los malos son más astutos con sus cosas que los buenos. Nos anima a que, cuando no nos salgan las cosas en el servicio a Dios, busquemos el camino, que para algo nos ha dado la inteligencia.
- A los ricos aparentemente piadosos, los fariseos, les enseña a utilizar su dinero: "ganaos amigos con el dinero injusto" -les dice. Seamos administradores astutos de los bienes que el Señor deja en nuestras manos: ganémonos con ellos a los pobres como amigos para el futuro, para que cuando seamos despedidos de este mundo, seamos admitidos junto a ellos en el Cielo.

Jesús, que siempre pisa tierra, nos enseña que no es poca cosa administrar con justicia nuestros bienes materiales, nuestro tiempo... Por eso nos dice que "el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel". "Lo poco" se refiere a lo material, "lo mucho", a lo espiritual.

Finalmente, nos dice Jesús que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya diría San Pablo que la avaricia es la raíz de todos los males (cf. 1 Tim 6,10), y tanto la avaricia como el dinero no se refieren sólo a lo económico, sino que pueden entenderse en sentido amplio como todo ídolo -falso señor- que cautiva el corazón del hombre para someterle y apartarle de Dios: el dinero, el placer, la fama, el poder, la tranquilidad injusta... No es posible ser fiel en lo espiritual sin cuidar el uso de los bienes materiales y del tiempo. Al contrario, el buen uso de lo material, nos ayuda a la fidelidad espiritual, a una auténtica piedad.

Los fariseos le entendían, se sentían acusados, y en vez de reconocer sus errores, se reían de Él, con una falsa risa defensiva. Entonces Jesús les acusa, les dice abiertamente que se las dan de justos, pero Dios conoce sus corazones. No es posible engañar a Dios con una falsa piedad, exclusivamente espiritual. El error anticristiano es muchas veces pretender separar el alma del cuerpo. Si usamos mal lo material -nuestros bienes, nuestro cuerpo- o perdemos el tiempo, miremos qué nos está ocurriendo, porque ese es el síntoma de que nuestro corazón no está real y totalmente en Dios.

Karol Wojtyla a los 19 años, con sus compañeros
y el mazo de su trabajo.
Pero volvamos a la parábola, que podemos ver más enseñanzas para los evangelizadores en ella. No debemos imitar la falta de honradez del administrador -nos enseña San Agustín-, pero sí su astucia, sobre todo para realizar los trabajos de Dios. Jesús nos enseña en esta parábola a no ser atontados, a no pensar que por estar trabajando para el Señor, Él va a hacer que caigan ante nosotros todos los obstáculos. No basta con rezar, tenemos que pensar, poner medios, buscar la forma de conseguir lo que queremos, y actuar. "A Dios rogando y con el mazo dando" -que no significa darle a la gente con el mazo en la cabeza como cree algún despistado, sino coger el mazo con el que se trabaja duro picando piedra. O, como nos enseñó San Agustín: "Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti". Trabajar significa no sólo obrar, sino también pensar, ser astutos, buscar las vueltas a la situación para llevar a cabo la obra de Dios.

 Mi mujer y yo tuvimos la gracia de tener por amigo a un buen jesuita y gran evangelizador, el P. Jorge Loring, que en gloria esté. Era una persona totalmente confiada en la Providencia, y eso le llevaba a no arredrarse ante empresas muy difíciles como la de, siendo ya bastante mayor, ejercer su apostolado por Internet. "¡Si San Pablo hubiera tenido Internet...!" -decía. O traducir su libro "Para Salvarte" al Chino, algo que no pudo terminar antes de morir -una gran obra que espera ser completada-.  Él rezaba, pero al mismo tiempo ideaba la forma de conseguir sus propósitos, y la Providencia le ayudaba. Una vez quiso ir a Jerusalem a grabar un vídeo documental y, para lograrlo, organizó una peregrinación, gracias a lo cual pudo costear su viaje y el del cámara. Esa es la enseñanza de Jesús en esta parábola: ¡utilicemos la astucia y la inteligencia creativa al servicio de la Luz!

 Como pasa con toda la Escritura, está viva y podemos sacar cada uno una enseñanza de ella para iluminar nuestra vida de hoy, siempre guiados por el Espíritu Santo que la inspiró. Para ello, es imprescindible siempre atender a la Tradición y la enseñanza de la Iglesia, que es asistida por Él. Sólo el Espíritu Santo nos guía hasta la verdad completa.




martes, 21 de noviembre de 2017

¡Cuidado con ser falsos profetas!

San Juan Bautista, prototipo de verdadero profeta
¡Cuidado con ser falsos profetas! No se puede pasar por alto el pecado, la ofensa a Dios. Además, es la causa de mucho sufrimiento, ansiedad, tristeza, falta de paz, desesperación... Si no denunciamos el pecado, nuestra supuesta evangelización será como la sal sosa de la que hablaba Jesús, que no sirve para nada.

Una actitud abierta de misericordia es necesaria, pero eso no significa pasar por alto el pecado, al contrario. La misericordia es el perdón de los pecados, no el disimulo de los pecados. Esa es la salvación que anunciamos, la que nos trae Jesús, la que anuncian los verdaderos profetas:

"Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de los pecados.

Por entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz". Lc 1, 71-79.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cuidado con los falsos profetas

Cuidado si alguien te dice que condenarse es muy difícil, que según su opinión pocos se condenan y que la mayoría iremos al Purgatorio. No lo sabe; no es esa la Palabra de Dios, ni se está hablando en su Nombre al decir eso. 

Realmente, ni él ni nosotros sabemos si hay muchos o pocos que se condenen, sólo sabemos lo que nos dijo Jesucristo, y hemos de enseñar en su Nombre, no por lo que nosotros pensemos u opinemos. Cuando a Él le preguntaron si serían pocos los que se salvasen, respondió:
"Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos querrán entrar y no podrán" (Lucas 13, 24). 
Y también dijo:
"Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan". (Mateo 7, 13-14)
No es misericordia decirle a quien va por mal camino, hacia el precipicio: "no te preocupes, es muy difícil que te mates". Resulta especialmente imprudente cuando uno de los grandes errores de hoy día es la presunción, creer que porque Dios es misericordioso, no es justo; que el infierno estará semivacío y yo no me condenaré. Contra esa presunción, San Pedro en su segunda carta, nos recuerda que Dios ya envió al infierno a los ángeles caídos, así que no seamos temerarios siguiendo a falsos profetas: (2 Pe 2,1-4):
"En el pueblo de Israel hubo también falsos profetas. De la misma manera, habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán solapadamente desviaciones perniciosas, y renegarán del Señor que los redimió, atrayendo sobre sí mismos una inminente perdición. Muchos imitarán su desenfreno, y por causa de ellos, el camino de la verdad será objeto de blasfemias. Llevados por la ambición, y valiéndose de palabras engañosas, ellos se aprovecharán de vosotros. Pero hace mucho que el juicio les amenaza y la perdición les acecha. Porque Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los precipitó en el infierno y los sumergió en el abismo de las tinieblas, donde están reservados para el Juicio". (2 Pe 2,1-4).
Las opiniones personales no son doctrina ni Palabra de Dios, y no todos los que se hacen pasar por profetas son verdaderos profetas. Un verdadero profeta no es el que dice lo que todos quieren oír. Cuidado.

domingo, 18 de junio de 2017

Por Corpus Christi

 Hace tres semanas estuve en la Prioral de Vejer y le hice una foto a este Edicto que ya conocía, del Obispo José María Rancés, en 1910. Está enmarcado y puesto en la Sacristía.

 En este edicto, que recuerda a los sacerdotes algunos aspectos litúrgicos, me maravilló un consejo que cuadra perfectamente con mi sensibilidad carismática. Dice que el sacerdote debe estar...
 "cuidando con esmero de que los movimientos y la gravedad con que practique las ceremonias hagan que el pueblo fiel se penetre de que el Sacerdote está en aquel acto en comunicación con Dios".
 Quizá alguien se sorprenda de que diga esto, reconociéndome carismático, pero es que la renovación carismática, sobre todo, no va de formas nuevas, sino de renovar el fervor.

 Y fervor es actuar sabiendo que estamos en comunicación con Dios, y que esto sea patente y visible. Es lo mismo que dice el Obispo José María Rancés. Cuando rezamos mirando al cielo, no hacemos el idiota mirando al techo de la iglesia, miramos a un lugar físico que es signo espiritual de la presencia de Dios, a donde ascendió el Señor, al Cielo.

 Esto se hace especialmente patente en el acto que culmina la Misa y toda la vida cristiana, cuando el sacerdote toma en sus manos a Cristo y todos unidos a Él nos ofrecemos... ¿A Quién? ¡Al PADRE! En sacrificio de alabanza:

"¡Por CRISTO, con Él y en Él, A TI, DIOS PADRE OMNIPOTENTE, en la unidad del ESPÍRITU SANTO, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos!"

Me parece importante recalcar bien este momento culminante, y mostrar que estamos dirigiéndonos al PADRE en sacrificio de alabanza (hacia el Cielo, hacia lo alto, que se vea lo que creemos), y que todos los fieles lo ratifiquemos con ese

"¡AMÉN!"

Respondido con fuerza y fervor, de manera que retumben los muros de la Iglesia y hasta los pilares del Cosmos entero, porque ese es el centro de nuestra vida, el hito de la restauración de todo en Cristo Jesús.

Creo que la participación de los laicos que promueve el Concilio Vaticano II, no tiene que ver tanto con hacer cosas, como con ese fervor que en otras épocas existió, que la secularización nubló -y por eso ahora actuamos disimulando, como si no creyéramos lo que creemos- y que es necesario renovar.


domingo, 12 de marzo de 2017

"Mi pueblo perece por falta de conocimiento" (Os 4,6)

Existen dos tipos de realidades a las que llamamos "energías". Unas son de tipo físico, como la energía dependiente de fuerzas gravitatorias, químicas, electromagnéticas y nucleares. Este tipo de energía se puede medir con aparatos detectores. La sanación médica se basa en ellas. Es explicable científicamente.
Existen otras realidades a las que a veces llamamos "energías", que no se pueden medir, porque son espirituales. Vienen de seres espirituales, es decir, de seres personales que están más allá de la realidad física. Los griegos llamaban "energías" a estos seres, y de ahí la palabra "energúmeno", que se refiere a aquel que está poseído por un ser espiritual maligno.
A veces se invocan estas "energías", quizá sin darse cuenta de con quién se está interaccionando. Incluso a veces, quien lo hace o quien recibe una sanación "energética" no se da realmente cuenta de lo que está haciendo.
Porque estas energías, cuando no son una patraña -origen de mera sugestión humana-, pueden tener dos orígenes: sobrenatural o preternatural. Sobrenatural es lo que viene de Dios. Preternatural, lo que viene de los ángeles caídos, de los demonios.
Muchos engañan a la gente con ritos de sanación y dicen que eso es lo que hacía Jesús o los santos al sanar. No es así, y es fácil de reconocer...
- Para la sanación que viene de Dios no hace falta conocer técnicas ni hacer cursos. No es una "gnosis", sólo hace falta fe, como se ve en el Evangelio (Mc 9, 23). Fe en Dios y en su poder de sanación.
- Por lo anterior, el artífice de la sanación no es el "medium", sino el mismo Dios. El que ruega al Señor para la sanación del enfermo no quiere ser reconocido, sino que remite a alabar a Dios.
- Por lo mismo, el que quisiera cobrar, aunque fuera un solo euro, o recibir un favor en pago por haber rogado a Dios por la sanación de otro, o por enseñar a otros a sanar, estaría cometiendo un grave pecado de "simonía", nombre que hace referencia al mago Simón, que quiso comprar a Pedro su poder de obrar milagros (Hch 9, 24). Pues dice Jesús:

"Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis" (Mt 10,8).
Finalmente, la sanación de Dios es gratuita y sobreabundante. Gratuita, porque Dios no nos pide nada, sólo debemos darle las gracias por lo que nos da gratis. Sobreabundante, porque Dios no sólo sana el cuerpo, sino que con cada milagro de sanación busca la sanación del alma del enfermo y/o de los que tiene a su alrededor.
En cambio, las acciones aparentemente "buenas" del demonio nos dan aparentemente un poco para quitárnoslo todo. Pretenden darnos migajas de salud corporal para quitarnos la paz y la unión con el Señor, para apartarnos de Él y que no pongamos nuestra esperanza en su bondad, para que no digamos "hágase Tu Voluntad" y crearnos dependencia hacia esas técnicas que no vienen de Dios.
No os dejéis engañar, hermanos, y examinadlo todo. El pueblo de Dios perece por falta de conocimiento, y la secularización ha hecho que se olviden estas cosas que son básicas para no ir por caminos equivocados, contrarios al primer mandamiento:

"¡Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, es Señor es Uno!" (Dt 6,4).
Quien recurre a una de tantas técnicas aparentemente buenas pero que no lo son, si lo hace involuntariamente, por ignorancia, y estando en gracia con la confesión y comunión frecuentes, va a estar bastante protegido contra malas influencias, pero son cosas que pueden ir minando su esperanza y su confianza en Dios. Hasta pueden recomendarlas a personas que, al no estar tan protegidas por la gracia, van a sufrir mucho más las consecuencias. Se van a hacer dependientes de esas técnicas, van a ir perdiendo su paz, se pueden alejar de Dios y les puede hacer mal a ellos y a sus familias. Los exorcistas hoy nos advierten de que les llegan personas dañadas por esas "técnicas".
Tened fe y esperanza, actuad con conocimiento, y apartaos de lo que no viene de Dios.

"Bendito sea el Señor, Dios de Israel, SÓLO Él hace maravillas" (Sal 71,18).

jueves, 5 de enero de 2017

Carta a los Reyes Magos


Querido Mago Melchor,
el de la barba plateada
que desde tierra alejada
buscó a nuestro Salvador,

Sería para mí un honor
servirte, sin darme nada,
pero es cosa acostumbrada
pedirte algo por favor.
Te diré lo que me agrada,
si no hallas cosa mejor:

Tú que regalaste el oro
al Niño-Rey con amor,
concédeme, te lo imploro
tratar con ese decoro
a los de mi alrededor.

Querido Mago Gaspar
de rojiza cabellera,
tú que a estrella mensajera
perseguiste sin dudar,
y con devoción sincera
no paraste de rezar
hasta dar con el lugar
donde el buen Jesús naciera,

una cosa yo quisiera
pedirte, sin molestar:

Tú que llevaste el incienso
para a Dios agasajar,
llena lo que digo y pienso
de gran fe y de amor inmenso
para poderle alabar.

Querido Rey Baltasar,
de raza coloreada,
que sin volver la mirada
a Jesús fuiste a buscar;
 dejaste así tu lugar,
tu tierra tan bien amada
y tu casa acomodada
en cálido bienestar.

¿Qué me puedes regalar?
¡Si no me falta de nada!

Tú que con mirra olorosa
fuiste al Niño a visitar,
con esa acción generosa
sí puedes darme una cosa:
¡enséñame el verbo “dar”!

Queridos Magos de Oriente,
vosotros que hasta el portal
fuisteis tras una señal
con espíritu obediente,

Concedednos, igualmente,
apartándonos del mal,
seguir la guía maternal
de la Iglesia en el presente,
para así poder estar
junto a Dios, eternamete.

Os lo ruego con cariño
y sincera devoción,
pues los tres sois la ilusión
de mi inocencia de niño.

Y aunque años pasarán,
guardaré una imagen bella:
Mi corazón andará
siempre detrás de la Estrella.