lunes, 29 de mayo de 2017

Consejo para sacerdotes

Este entrada podría llamarse también, "el cisma oculto" o "¿por qué están vacías nuestras iglesias?" Nuestro pueblo no ha empezado siendo un pueblo apóstata, ha empezado siendo un pueblo alejado de la Iglesia y los sacramentos. La apostasía ha venido o está viniendo luego, como consecuencia de ese alejamiento de las fuentes de la gracia. Pero, ¿por qué se ha alejado?

Hay una división interna en la Iglesia, dos sectores que no pueden convivir. Se trata de los modernistas y los no modernistas. Es una diferencia doctrinal y de la vida de fe que hace que en una parroquia, unos estén en un lado y otros en otro, pero mezclados. Así, todo grupo está sometido a una tensión hacia adentro que le impide avanzar hacia Dios y hacia sus hermanos.

¿A qué llamo modernismo? Principalmente, a esa teología que ha reinterpretado la Escritura en clave racionalista, haciendo un uso abusivo de los llamados "estilos literarios" para desencarnar los eventos en los que Dios se hace presente de forma milagrosa en la historia humana, empezando por la Resurrección, los milagros como signos reales de su divinidad, la triple virginidad de María, la Eucaristía, Ascensión, Pentecostés, la autoría de los textos sagrados... todo es reinterpretado en clave puramente "teológica", desencarnada, intelectualoide, como si esos acontecimientos no fuesen un hecho histórico, material, como si sólo fuesen un "lugar" teológico.

Todo eso nos suena de antiguo. Con otra pinta, no es más que una reedición del mayor y principal enemigo intelectual del cristianismo: el error gnóstico, que en el fondo y con otro disfraz, sigue negando a Jesucristo venido en la carne...

Donde hay error, no hay comunidad. Y donde no hay comunidad, no hay evangelización, porque falla el discipulado, el catecumenado, que es más que aprender unos contenidos. Por eso, sólo prosperan en la evangelización los movimientos, que son homogéneos y no modernistas. Las parroquias, colegios y otras obras, divididas, no prosperan en la evangelización. Las Iglesias y comunidades religiosas más contaminadas por el modernismo son el paradigma de la esterilidad. Las rarísimas parroquias que llegan a ser grandes evangelizadoras se lo deben, indefectiblemente, a un párroco no modernista que cuenta con un grupo de laicos homogéneo y no modernista. Y cuando, rara vez, una parroquia así prospera, cambian al pastor y vuelve la división, y todo se viene abajo. Los laicos defraudados una vez por el cambio, no volverán. Los más fuertes en la fe buscarán otra parroquia o un movimiento. Los más débiles, quedarán perdidos y aislados, y sucumbirán.

Cuando laicos firmes en la fe y resueltos en la evangelización se encuentran con uno de tantísimos párrocos abonados a la teología modernista, la puerta se les cierra; todo esfuerzo es inútil. Sus carismas quedan estériles. Los fieles más débiles en la fe, quizá sin saber siquiera por qué, se alejan, porque las ovejas no reconocen en él la voz del buen pastor. No le reconocen cuando les explica el Evangelio, y no le reconocen cuando celebra los sacramentos. El pueblo tiene sensus fidei, pero al quedar como ovejas sin pastor, se dispersa el rebaño y van siendo tragados por un mundo hostil, uno a uno.

Viceversa, cuando un sacerdote lleno de celo evangélico y no modernista se encuentra con una parroquia dividida por el modernismo (o sea, siempre, aunque sea un cisma invisible y sin fronteras), tiene muchísimas dificultades para que esta prospere. O entabla una batalla campal que lleva al traste la convivencia, o convive con la división: no hay comunidad, no hay evangelización. Lo mismo, a mayor nivel, les ocurre a los obispos en sus diócesis. Un reino dividido no puede prosperar.

Por eso, los movimientos (no modernistas) han sido la clave de la evangelización. Pastores no modernistas con laicos no modernistas, que están allí porque quieren, no por ubicación geográfica como ocurre en las parroquias, están libres de esa tensión, ese verdadero cisma interno, y pueden dedicarse a avanzar en la fe y a evangelizar.

Decía que iba a dar un consejo para sacerdotes; al menos, para algunos. Pues es este: alejaos del modernismo como de la peste. Sólo con eso, no se evangeliza, pero sin rechazar primero el error modernista, esa soberbia impostura teológica, no hay nada que hacer. Pensadlo bien, aplicad esa clave a interpretar lo que conocéis. No os podéis imaginar el daño que hace a vuestra parroquia la última modernez del teologuillo de turno. Si de verdad no os importa si los panes y los peces se multiplicaron o no, o si Jesús ascendió o no, ¡no lo neguéis! Y así, quizá con el tiempo, comprenderéis que no es tan absurdo como os parece, sino que es la pura verdad, la verdad de Cristo venido en carne, que llena el corazón. Creed lo que celebráis y celebrad lo que creéis. Tirad los libros de teologuchos a la basura y lavaos bien las manos luego. Libradnos de esa bazofia, tratad a Cristo y dadnos el sano manjar de los santos padres y de los santos teólogos de verdad.

Cuando el Papa San Pío X, hace un siglo, exigió el juramento antimodernista a todos los sacerdotes, no sufría un ataque de histerismo: veía lo que se avecinaba. Así ha sido: la iglesia está contaminada de arriba a abajo por el error, parada y a la deriva, como un barco que hace mucha agua y apenas flota. Hay que achicar todo eso con las fuerzas que Dios nos dé.

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