domingo, 18 de junio de 2017

Por Corpus Christi

 Hace tres semanas estuve en la Prioral de Vejer y le hice una foto a este Edicto que ya conocía, del Obispo José María Rancés, en 1910. Está enmarcado y puesto en la Sacristía.

 En este edicto, que recuerda a los sacerdotes algunos aspectos litúrgicos, me maravilló un consejo que cuadra perfectamente con mi sensibilidad carismática. Dice que el sacerdote debe estar...
 "cuidando con esmero de que los movimientos y la gravedad con que practique las ceremonias hagan que el pueblo fiel se penetre de que el Sacerdote está en aquel acto en comunicación con Dios".
 Quizá alguien se sorprenda de que diga esto, reconociéndome carismático, pero es que la renovación carismática, sobre todo, no va de formas nuevas, sino de renovar el fervor.

 Y fervor es actuar sabiendo que estamos en comunicación con Dios, y que esto sea patente y visible. Es lo mismo que dice el Obispo José María Rancés. Cuando rezamos mirando al cielo, no hacemos el idiota mirando al techo de la iglesia, miramos a un lugar físico que es signo espiritual de la presencia de Dios, a donde ascendió el Señor, al Cielo.

 Esto se hace especialmente patente en el acto que culmina la Misa y toda la vida cristiana, cuando el sacerdote toma en sus manos a Cristo y todos unidos a Él nos ofrecemos... ¿A Quién? ¡Al PADRE! En sacrificio de alabanza:

"¡Por CRISTO, con Él y en Él, A TI, DIOS PADRE OMNIPOTENTE, en la unidad del ESPÍRITU SANTO, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos!"

Me parece importante recalcar bien este momento culminante, y mostrar que estamos dirigiéndonos al PADRE en sacrificio de alabanza (hacia el Cielo, hacia lo alto, que se vea lo que creemos), y que todos los fieles lo ratifiquemos con ese

"¡AMÉN!"

Respondido con fuerza y fervor, de manera que retumben los muros de la Iglesia y hasta los pilares del Cosmos entero, porque ese es el centro de nuestra vida, el hito de la restauración de todo en Cristo Jesús.

Creo que la participación de los laicos que promueve el Concilio Vaticano II, no tiene que ver tanto con hacer cosas, como con ese fervor que en otras épocas existió, que la secularización nubló -y por eso ahora actuamos disimulando, como si no creyéramos lo que creemos- y que es necesario renovar.


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